Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2)
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PRÓLOGO
Pittsburgh
Pensilvania
—Felicidades. Te casas en una semana.
—¿Perdona?
—Ya me has oído.
—Pues debo de haberte oído fatal, porque juraría que acabas de decir que me caso en una semana.
—Me alegra comunicarte que tu audición es perfecta.
—Tienes que estar de coña.
—¿Ves que me ría?
Gianna Argos se dejó caer en la silla con expresión alucinada. No podía decirlo en serio. No podía sugerir tal cosa… Era ridículo.
—¿En qué universo paralelo crees que estás para pensar que puedes obligarme a semejante estupidez?
—En uno en el que te han desvalijado la casa, te han vaciado la cuenta bancaria y la propia Policía te ha dicho: Señora, la han estafado —resumió, antes de añadir—.
Y oh, en uno en el que además soy el Casador de tu coven y tú eres una wikia sin vínculos con un sello próximo a caducar. Así que, sí. Te casas en una semana.
Le costó un mundo mantener la boca cerrada. Necesitaba hacerlo, porque la alternativa era meterle un enema por el culo y, con su suerte, ese hijo de puta lo disfrutaría. El muy cabrón…
Lo peor de todo es que él tenía razón. Era una bruja soltera que no tenía vínculos dentro del coven.
Nunca conoció a sus padres. Era una de esas niñas abandonadas a la puerta de un refugio y había crecido en el seno de la comunidad, acogida por varias familias hasta que alcanzó la mayoría de edad.
A los dieciocho años, una bruja tenía dos opciones: que el Casador le buscase una pareja, alguien que equilibrase su magia y la fortaleciese, o que se la bloqueasen hasta que decidiese que había llegado el momento de emparejarse.
Obviamente, ella optó por lo segundo. Lo último que quería era que alguien le impusiese una pareja, por muy compatibles que fuesen. No quería atar su vida a la de otra persona, sobre todo cuando esta podía ser tanto un brujo como un demonio que formase parte de la comunidad.
Los humanos estaban descartados para cualquier cosa que no fuese echar un polvo. Por supuesto, podía elegir a uno de ellos como pareja, aunque entonces su magia seguiría encerrada y eso… Eso nunca salía demasiado bien para las brujas.
Se frotó inadvertidamente el centro del pecho, donde llevaba la marca del sello que encerraba su magia. Nueve años. Hacía ya nueve años que la habían bloqueado y sabía que se le acababa el tiempo. Y Kevin también. Por eso se había presentado en la puerta de su casa.
Por eso y porque el coven tenía un radar particular para detectar cuando una de sus brujas metía la pata hasta el fondo.
Si no se hubiese fiado de ese cabrón, ahora no estaría en este tremendo lío.
Solo quería elegir por sí misma, tener la oportunidad de enamorarse sin que dicho amor se lo dictase un vínculo, pero le había salido el tiro por la culata.
Oliver Wilcoks le había parecido el hombre adecuado.
Era guapo, encantador, amable y seductor, un combo que la había atrapado como una tonta.
Se había enamorado… o más bien encoñado con él, solo para ir descubriendo con el paso de los meses que ese «encanto» no era más que otra forma de conseguir lo que quería.
El tío era un auténtico estafador, uno que la había envuelto en su red y mantenido prisionera durante todo un año, el tiempo suficiente para robarle hasta las bragas y dejarla…
Pues como estaba ahora, sin casa, sin dinero en la cuenta y con cara de gilipollas ante la Policía.
No habían pasado ni veinticuatro horas desde que puso la denuncia cuando el Casador se presentó en su casa. No, ya no era su casa. Le habían dado una semana para el desalojo.
—Aquí tienes el billete de avión, dinero para tus gastos y el contrato de unión.
—¿Raven Hollow? —Abrió los ojos como platos—. ¿Dónde demonios está eso?
—En el sur de Oregón, cerca de Jackson —le informó con total tranquilidad—. Es un pueblo de lo más agradable. Y Malakai tiene un rancho en las afueras, te gustará.
—¿Tú me has visto pinta de granjera? —jadeó.
—¿De verdad quieres que te conteste?
—No voy a ir a Oregón.
—No tienes otra opción. —Señaló el papel que había dejado frente a ella y que ni siquiera se había molestado en mirar—. Greyson Malakai ya te ha aceptado.
—Tiene que ser una broma.
—Ni yo me habría puesto tan creativo, créeme —le aseguró, poniendo el dedo en una línea al fondo del papel—. Firma y no me des más problemas, Gia.
—¿Que yo no te dé problemas? ¡No me jodas, Kevin! —resopló, fulminándolo con la mirada—. No voy a atarme a un brujo por mucho que lo consideres el mejor compañero para mí.
—No tienes que preocuparte por eso —aseguró, agitando una mano, restándole importancia—. Te vas a casar con un demonio.
El mundo se detuvo y ella con él.
—¿Qué has dicho?
—Que tu pareja es un demonio —respondió con ligereza—. Un covenario. Procede de un linaje antiguo y con sangre de brujo muy fuerte. Es perfecto para ti.
Un demonio brujo . No solo le había buscado pareja, sino que aun encima quería entregársela a un mestizo.
—No. Me niego.
—No puedes negarte.
Apretó los dientes y siseó.
—¡Pues busca otro candidato!
—Fue el único que he podido encontrar en tan poco tiempo.
—Eso es porque no has buscado bien.
—No se trata tanto de búsqueda como de compatibilidad, cariño. —Volvió a señalarle el papel—. Tenéis un 94%. ¿Tienes idea de lo que significa eso?
Que estaba condenada.
—Hiciste mal los cálculos, seguro. —Miró el papel frente a ella como si fuese una serpiente, estremeciéndose involuntariamente ante el solo pensamiento de semejante rango de compatibilidad—. Tienes que haberte equivocado.
—Lo hice tres veces, créeme —aseguró, agitando de nuevo la mano—. Ni yo me creía semejante afinidad…
Y no era para menos. Los rangos de compatibilidad solían alcanzar un rango entre el 60 y el 80 por ciento.
No había algo como un 100%. No existía el match perfecto, siempre existía alguna variable, así que el que su prueba de compatibilidad hubiese arrojado un noventa y cuatro era prácticamente… un milagro.
—…aunque ya era hora de que te tocase algo bueno en la vida —continuó él, ajeno a sus propios pensamientos—. No lo has tenido nada fácil, te has visto obligada a dar el doble que los demás, así que… Aquí está tu recompensa.
—No puedo casarme con un demonio… —gimió, sacudiendo la cabeza—. No quiero casarme. Punto.
—Sí, bueno. Yo también preferiría tener otro trabajo y ya ves, me toca pringar —le soltó, poniendo la pluma que ella le regaló en su dieciocho cumpleaños encima del papel—.
Vamos, Gia. Siempre deseaste dejar atrás el coven .
Ambos sabemos que no podrás hacerlo hasta que te vincules con alguien más. No existe otra forma.
Se mordió el labio inferior y lo miró.
El hombre frente a ella no era solo el Casador del coven, también era su hermano , el hijo de la última familia de acogida que se hizo cargo de ella.
Kevin la conocía mejor que nadie, por lo que sabía que su elección no había sido hecha a la ligera, sino que realmente había pensado en ella y en su futuro.
Ojalá no hubiese nacido bruja.
Tenía una marca que lo demostraba, que la identificaba como una portadora de hechizos.
Era una bruja elemental, como la de la mayoría de su gremio, pero la manifestación de su poder había comenzado demasiado pronto.
Por eso había recibido su grimorio antes de la edad de elección, uno que cerraron junto a su sello y que solo volvería a abrirse cuando este se rompiese.
—Tu futuro marido y tu grimorio te esperan en Oregón.
Levantó la cabeza, sus ojos abriéndose de par en par.
—¿Cómo que mi grimorio me espera en Oregón?
Lo vio rascarse la nuca, su mirada evitándola durante unos segundos.
—Nuevas reglas del coven —carraspeó, tosió y adoptó de nuevo una expresión profesional—. Dado que llevas un sello y estás en el límite de la edad de vinculación, será tu pareja el que lo rompa y te entregue tu contenedor de magia.
Se lo quedó mirando a la espera de que se echase a reír, que le dijese que se lo había inventado o algo, pero Kevin permaneció impertérrito.
—No.
—Sí.
—Me estás vacilando.
—En absoluto —negó, con esa amplia paciencia suya y, una vez más, señaló el papel—. Firma, Gia. Se acabó el huir, es hora de enfrentarse a la realidad.
Volvió a mirar el dichoso documento, la pluma que esperaba sobre él y tragó, pues sabía que llegados a este punto, solo había una cosa que pudiese hacer.
Garabateó rápidamente su nombre en la línea indicada y dejó escapar el aire poco a poco.
Haré que mi futuro marido no quiera tener nada conmigo.
Del éxito de su plan dependería en gran medida que recuperase su magia y siguiese manteniendo su libertad.