Una boda inesperada (Bodas y otros desastres 3) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

ISABEL

Despierto con el brazo de Gabriel alrededor de mi cintura y la cara apoyada justo debajo de su clavícula.

Durante varios segundos no me muevo. La lluvia, al otro lado de las contraventanas, suaviza la habitación y el sueño lo desdibuja todo excepto el cuerpo que sostiene el mío.

Una de mis piernas está enredada entre las suyas. Su mano descansa bajo el borde de mi camiseta, cálida contra mi espalda.

En algún momento de la noche, la almohada que hacía de frontera cayó al suelo y con ella se fueron todos los límites que habíamos trazado con tanto cuidado.

La respiración de Gabriel cambia bajo mi mejilla. Está despierto, pero ninguno de los dos lo admite.

Su pulgar se mueve una vez contra mi piel, con demasiada intención para ser un accidente. El placer me atraviesa antes de que la cautela pueda frenarlo.

Levanto la cabeza y me encuentro con su mirada. Lo tengo tan cerca que no queda margen para fingir que esto es normal.

—Buenos días —dice con la voz ronca por el sueño.

—Técnicamente.

Una sonrisa leve e íntima le curva los labios. La felicidad crece dentro de mí antes de que pueda detenerla. No es alivio ni nostalgia. Es algo más ligero y mucho más peligroso.

Su mirada baja hacia mis labios. La mano que apoya en mi espalda se tensa y él inclina la cabeza con la lentitud suficiente para que yo pueda detenerlo.

Quiero ese beso. Lo sé al instante.

Entonces la noche anterior regresa a retazos: Nueva York, la propuesta de matrimonio, los años que nos separan y su meñique curvado alrededor del mío en la oscuridad.

Desearlo es sencillo. Entender lo que significa no lo es.

Se detiene a menos de una pulgada de mi boca y espera.

Libero la pierna y me incorporo demasiado deprisa.

—Vamos a desayunar.

Su expresión se cierra antes de que consiga interpretarla. Retira la mano y se gira boca arriba, dándome espacio sin subrayar el gesto.

—Por supuesto.

Salgo de la cama con el recuerdo de su palma todavía sobre la piel. Mi cuerpo está despierto en lugares que no tienen nada que ver con el sueño.

Una alerta regional informa de que la carretera principal está cerrada por agua acumulada y un árbol caído. Puede que la reabran más tarde por la mañana.

La cena del ensayo es mañana por la noche, así que no corremos peligro inmediato de perdérnosla, pero siento la demora como una cuchilla apenas apoyada entre los omóplatos.

Abajo, el salón de desayunos se ha transformado. Las mesas se alinean contra las paredes y una larga encimera está cubierta de harina, huevos, rodillos de amasar y varias botellas de vino.

Una mujer con delantal rojo sirve copas generosas a dos huéspedes franceses y a una pareja de ciclistas alemanes.

Signor Vanni nos la presenta como su hermana, Gabriella.

—La carretera está cerrada —anuncia—. Por lo tanto, harán tagliatelle.

Es difícil discutir con semejante grado de certeza.

La clase de cocina está incluida en nuestra estancia prolongada, junto con el almuerzo. Gabriella me da un delantal azul y a Gabriel uno amarillo; después nos enseña a formar un volcán de harina y cascar cuatro huevos en el centro sin derribar las paredes.

A Gabriel se le cae un trozo de cáscara dentro del primer huevo. Lo saco con dos dedos.

—Creía que los arquitectos entendían de estructuras.

—Los edificios rara vez contienen yema.

—Quizá sea ahí donde fallan tus diseños.

Su contención cede lo suficiente para dejar paso a una sonrisa.

—Se lo comentaré al estudio.

Al llegar al tercer huevo, ya trabajamos sin hablar. Él incorpora la harina hacia el centro mientras yo giro la tabla, y la mezcla se transforma en una masa áspera bajo nuestras manos.

Nuestros dedos chocan dos veces; cada roce es breve, pero mi cuerpo lo interpreta como un mensaje.

Gabriella examina la masa y frunce el ceño.

—Demasiado seca.

—Ha absorbido la cantidad que figura en la lista —le digo.

—La harina no lee listas. —Añade agua y sigue con los demás.

Gabriel se inclina lo bastante cerca como para rozarme el hombro con el suyo.

—Por fin encontraste a una autoridad a la que no puedes auditar.

—¿Apostamos?

Su risa me calienta un lado de la cara. Me concentro en amasar para que ese sonido no me haga volverme hacia él y cometer alguna imprudencia.

El ejercicio se convierte en una competición: seis nidos de tagliatelle por pareja, juzgados por su anchura, su textura y si sobreviven a la cocción.

El premio es salsa de tomate y una cuchara de madera con forma de gallo. Gabriel quiere la cuchara al instante.

—Vives en Nueva York —le recuerdo.

—En Nueva York permiten las aves de corral.

Encontramos un ritmo. Presionar, doblar, girar. Su muñeca roza la mía y el calor asciende bajo la harina que cubre mi piel.

—Dime dónde me quieres —dice mientras observa mis manos.

La frase me golpea en el bajo vientre. Vuelvo a colocar la masa.

—Aquí.

Alza la vista y me mira. Entiende exactamente lo que acaba de ocurrir, pero no se aprovecha.

—Aquí —repite, colocando la palma junto a la mía. Presionamos a la vez.

La pareja francesa gana. Nosotros quedamos segundos porque algunas tiras de Gabriel parecen tagliatelle y otras, una lasaña estrecha, pero Gabriella le da otra cuchara con forma de gallo.

—Te premiaron por ser irritante —digo mientras la alza como un trofeo.

—Una habilidad transferible.

El almuerzo consiste en nuestra pasta con ragù de salchicha. Gabriel rechaza el vino porque va a conducir. Yo acepto una copa pequeña y empiezo a comer antes de tocarla.

La lluvia golpea las ventanas cada vez con menos fuerza mientras los demás huéspedes debaten cuándo reabrirán la carretera.

Durante un rato hablamos de la salsa, de la sospechosa perfección de la pasta de la pareja francesa y de si la cuchara con forma de gallo sobrevivirá a un viaje internacional.

La conversación esquiva todo lo que importa hasta que el silencio se vuelve más evidente que las palabras.

Gabriel deja el tenedor.

—Lo de esta mañana.

Miro mi plato.

—Estábamos medio dormidos.

—Yo no.

Yo tampoco. Admitirlo es como pisar un suelo cuya resistencia nadie ha comprobado.

—Anoche pasaron muchas cosas.

—Sí. —Dobla una vez la servilleta y luego vuelve a alisarla—. No te estoy pidiendo que decidas nada durante el desayuno.

—Bien.

La respuesta me sale demasiado brusca. Él lo nota, pero lo deja pasar.

—He estado pensando en Londres —digo—. No en lo que podría significar para nosotros. En lo que dijiste.

—¿Lo de que no sé si volvería?

—Eso y el hecho de que me lo contaras antes de que hubiera un plan, antes de que existiera una decisión de verdad.

—¿Significa eso que quieres que vuelva? —pregunta con tanta esperanza en la voz que se me encoge el corazón.

—No puedo decidir por ti. —Niego con la cabeza—. No vuelvas por mí.

Su gesto se congela, así que continúo antes de que el miedo pueda deformar la frase.

—No quiero decir que no quiera que vuelvas. Quiero decir que no puedes mudarte a Londres como disculpa ni como prueba. Tiene que ser una vida que quieras incluso si yo nunca llego a formar parte de ella.

Mira hacia las ventanas surcadas de lluvia.

—Esa es la pregunta que todavía no he respondido.

—¿Y si la respuesta es no?

—Entonces me quedo en Nueva York y dejo de fingir que la distancia fue lo único que nos rompió.

La carretera vuelve a abrir al final del almuerzo. Ayudamos a Gabriella a despejar la encimera; Gabriel lava la cuchara con forma de gallo, la envuelve en un paño de cocina y la guarda con un cuidado absurdo.

—Sabes que no tiene valor —le digo.

—Para mí sí —responde casi en un susurro.

Arriba, la habitación parece aún más pequeña a la luz del día.

La almohada que hacía de frontera yace en el suelo y las sábanas siguen revueltas por la forma en que despertamos.

Me cambio en el baño. Cuando regreso, Gabriel está junto a la ventana.

Lleva una camisa limpia que le ha prestado Signor Vanni, con las mangas remangadas hasta los antebrazos.

Todavía tiene una mancha de harina a un lado de la mandíbula.

—Te quedó un poco de harina —digo.

Se limpia el lado equivocado.

—¿Mejor?

—No. Quédate quieto.

Me acerco y se la quito con el pulgar. Su piel es cálida y áspera bajo la yema de mi dedo. Se queda completamente inmóvil, pero no aparta la mirada.

El aire se espesa a nuestro alrededor. Debería bajar la mano. En cambio, vuelvo a recorrerle la mandíbula con el pulgar, sin seguir fingiendo que la harina lo hace necesario.

Me rodea la muñeca con los dedos para que mi mano siga allí un poco más.

—Isabel.

La forma en que pronuncia mi nombre elimina de mi cabeza el último pensamiento útil. Me pongo de puntillas y él se inclina despacio, pero en cuanto su boca roza la mía, el autocontrol se hace añicos.

Al principio, el beso es cálido, como si buscara una respuesta. Entonces agarro su camisa y lo atraigo hacia mí, y el sonido que deja escapar contra mis labios hace que el beso se vuelva hambriento.

Su mano sube hasta mi nuca. Me inclina la cabeza y me abre los labios con un beso más profundo, impulsado por una necesidad a la vez nueva y familiar. Una descarga de calor me atraviesa.

Siento el sabor del café en su boca y el leve dulzor del vino en la mía, y entonces ya no existe nada más que Gabriel, sólido contra mí, intentando no tomar más de lo que le doy mientras yo sigo dándole más.

Hundo ambas manos en su cabello. Cuando le doy un tirón, pierde un poco el control. Me aprieta contra la pared, con una palma apoyada junto a mi cabeza y la otra en mi cintura. Su pulgar encuentra la franja de piel entre mi blusa y mi falda.

El contacto es lo bastante leve para resultar inocente. Mi cuerpo no lo interpreta así.

Me arqueo hacia él. Su boca abandona la mía y recorre mi mandíbula antes de encontrar ese punto bajo mi oreja. La sensación me atraviesa con tanta intensidad que mis dedos se tensan en su cabello.

—Gabriel.

Me besa la garganta una vez, despacio, y después con más fuerza. Los recuerdos estallan por todas partes: su boca sobre mí en dormitorios a oscuras, mis piernas alrededor de sus caderas, la presión exacta de sus dientes cuando yo estaba a punto de perder el control.

Giro la cara y vuelvo a encontrar su boca. El beso se vuelve descontrolado, sin aliento, hambriento. Su mano abarca la parte baja de mi espalda y me atrae hasta pegarme por completo a él. Siento la línea dura de su cuerpo contra el mío y el deseo me atraviesa, caliente e inmediato.

Gime contra mi boca. El sonido acaba con la última pretensión de que esto pueda seguir siendo solo un beso.

Mi mano se desliza bajo su camisa y encuentra piel cálida y músculos. Él se estremece, me besa con más fuerza y luego aparta la boca de la mía de golpe y da un paso atrás.

Su ausencia es tan repentina que extiendo una mano hacia él antes de contenerme. A los dos nos cuesta recuperar el aliento. Tiene los labios hinchados, el cabello revuelto y los ojos todavía fijos en mi boca.

—Tengo que parar —dice.

El deseo se afila dentro de mí.

—¿Por qué?

Se pasa una mano por la cara.

—Porque esta mañana no estabas segura.

Las palabras dan justo donde no deben.

—No me eches la culpa.

Toma aire, pero no dice nada.

Mi enfado pierde algo de fuerza. El calor de mi cuerpo, no.

—Quería que me besaras.

—¿Esta mañana?

—Sí. —La confesión me deja más expuesta que el beso—. Y también necesitaba cinco minutos para entender por qué despertar contigo me había hecho sentir tan bien.

Su expresión se suaviza, pero no se acerca.

—Dijiste que fuéramos a desayunar.

—Entré en pánico.

—Lo sé.

La habitación queda en silencio. Gabriel levanta una mano despacio y desliza el pulgar por mi labio inferior. El roce es tierno, casi insoportable después del hambre de su boca.

—¿Estás enfadada?

—Un poco. —Le sujeto la muñeca antes de que pueda bajar la mano—. Pero solo porque paraste.

Su pulgar se mueve una vez sobre mi labio.

—La próxima vez no pararé.