Una boda inesperada (Bodas y otros desastres 3) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

GAbrIEL

No debería estar en Heathrow. Debería estar dormido sobre el Atlántico, de camino a Roma desde Nueva York. Pero mi cliente reprogramó la presentación, el vuelo de conexión a Roma se llenó y alguien de la aerolínea me consiguió el último asiento disponible vía Londres.

Lo acepté porque me permitiría llegar a Bari un día antes.

Me dije que quería una noche tranquila antes de que empezara la boda y tiempo para ayudar a Max con cualquier crisis que hubiera olvidado mencionar.

También pensé en Isabel. No esperaba verla aquí.

Según el itinerario de Celine, Isabel estaría hoy en Heathrow y yo, mañana en Roma.

Celine y Max lo habían organizado así a propósito, para darle a Isabel tiempo de instalarse antes de que nos encontráramos rodeados de suficientes invitados y ajetreo nupcial como para impedir una catástrofe.

Un reencuentro controlado. Sin duda, con el visto bueno de Isabel. Es más, seguro que fue idea suya.

En cambio, entro en la zona de embarque después de dormir dos horas y la veo bajo el panel de salidas.

Durante un segundo pienso que el agotamiento me está jugando una mala pasada.

Cinco años bastan para que un recuerdo se desdibuje, pero la mujer al otro lado de la terminal es Isabel Mercer sin lugar a dudas. Lleva el cabello mucho más largo de lo que recordaba; le enmarca el rostro y la hace parecer aún más hermosa.

Viste una blusa color crema, una falda oscura y la expresión de alguien a quien ofenden todos y cada uno de los retrasos evitables del edificio.

Su laptop está abierta. Una carpeta de documentos descansa perfectamente alineada con la mesa. Hasta su equipaje sabe comportarse.

Se me oprime el pecho.

Dios, cuánto la echaba de menos.

El pensamiento me asalta sin permiso y sin una pizca de la dignidad que cinco años deberían haberme proporcionado.

Sabía que la vería en Italia. Max pasó diez minutos asegurándome que a ella le parecía «perfectamente bien» que los dos formáramos parte del cortejo nupcial, lo que significaba que no le parecía bien en absoluto. A mí tampoco.

Pero una cosa es saberlo y otra tenerla lo bastante cerca como para tocarla y distinguir la pequeña línea entre sus cejas mientras lee algo en el teléfono.

Doy un paso. Ella levanta la vista y todos los discursos que había ensayado desaparecen.

Hola, Isabel. Tienes buen aspecto. Lo siento.

Su rostro queda inexpresivo. Entonces se lleva el teléfono al oído.

—Sí —le dice a la carpeta que tiene en el regazo—. Estoy mirando el horario revisado.

No está hablando por teléfono. Estoy seguro de que solo finge no verme.

El rechazo da en el blanco con una precisión vergonzosa.

Hace cinco años habría cruzado la terminal de todos modos, convenciéndome de que ella se sentiría aliviada en cuanto superáramos el primer intercambio incómodo.

La habría besado hasta hacerle perder la razón, ella me habría correspondido y, al final, me habría perdonado cualquier estupidez que hubiese hecho.

Pero ahora no tengo derecho a hacer eso. Ya no estamos juntos.

Me obligo a volverme hacia la puerta de embarque.

Max me ha enviado once mensajes desde que aterricé; el primero decía «¿ESTÁS EN LONDRES?» y, a partir de ahí, se convirtieron en un ataque contra mis conocimientos de geografía.

El último dice:

Max

Isabel vuela hoy desde Heathrow.

Me he dado cuenta.

Ay, no.

Miro al otro lado. Isabel ha vuelto a abrir la laptop, pero no ha escrito una sola palabra. Tiene los hombros demasiado rígidos y el pulgar apretado contra el lateral del teléfono.

Conozco ese gesto.

En nuestro primer vuelo juntos, explicó las turbulencias durante todo el trayecto hasta la pista y luego me aferró el antebrazo durante el despegue con fuerza suficiente para dejarme marcas.

La distraje con los planos de un edificio de apartamentos absurdo, lleno de jardines en las azoteas, salas de lectura ocultas y ventanas orientadas hacia el amanecer.

Corrigió mis cálculos presupuestarios sin soltarme.

Después de aterrizar, negó tener miedo. Nunca la contradije.

Al otro lado de la zona de embarque, cierra los ojos e inspira despacio mientras cuenta hasta cuatro. Sigue odiando volar.

Bajo la vista hacia mi tarjeta de embarque. Asiento 2C. Quizá el asiento de al lado esté libre.

La clase ejecutiva no borrará su miedo, pero le dará más espacio y una cabina más tranquila. Si hay turbulencias, la persona sentada a su lado sabrá que no debe decirle que se calme.

Esa persona soy yo.

Lo correcto es obvio: dejarla en paz. Isabel eligió su asiento, lleva años volando sin mí y hace dos minutos dejó claro que no quiere mi compañía.

De todos modos, mis pies me llevan hasta el mostrador de la puerta.

—Quisiera pagar el cambio a clase ejecutiva de otra pasajera. —Deslizo mi tarjeta de embarque sobre el mostrador—. Isabel Mercer.

La agente consulta la pantalla antes de preguntarme: —¿La señorita Mercer lo sabe?

No, y no le hará ninguna gracia.

Si se lo pregunto, se negará. No porque prefiera la clase turista, sino porque aceptar cualquier cosa de mí le parecerá peligroso.

—Es la dama de honor principal en la boda de mi mejor amigo —digo, apoyando una mano en el borde del mostrador—. Quería darle una sorpresa.

Le dedico mi sonrisa más encantadora, con la esperanza de que se lo crea.

Pago un suplemento escandaloso en efectivo, autorizo el uso de los puntos y le pido a la agente que no mencione mi nombre.

Me observa por encima de los lentes y dice: —Parece que debería hablarlo con la pasajera.

—Lo haré.

Tarde o temprano.

Deja la nueva tarjeta junto a su teclado.

Mientras regreso a la fila, cuento las razones por las que esta es una mala idea.

Isabel odia las sorpresas que nadie ha aprobado.

Celine nunca gastaría tanto sin anunciarlo en diecisiete mensajes.

Y cambiarle el asiento a Isabel sin preguntarle se parece demasiado al tipo de comportamiento que acabó con nuestra relación hace cinco años.

«Siempre decides todo por mí», me dijo antes de que rompiéramos.

Rechazo la comparación antes de que pueda asentarse. No estoy aceptando un trabajo en otro país. Solo estoy pagando un cambio a clase ejecutiva. Más espacio, una cabina más tranquila, menos turbulencias en la parte delantera. Una solución práctica.

Solo es un asiento.

Pero quiero tenerla a mi lado. Quiero casi tres horas en las que no pueda escudarse en una llamada falsa o una emergencia de la boda. Quiero tener la oportunidad de oír su voz sin que pase por el filtro de Max, Celine o cinco años de silencio.

Esa parte es egoísta.

Embarco antes de que pueda cambiar de opinión.

La cabina está casi vacía. Guardo el equipaje de mano en el compartimento sobre el asiento 2C y saco la laptop solo para volver a guardarla enseguida. No voy a trabajar.

Me siento y miro el asiento vacío a mi lado.

Un hombre ocupa el 1C. Una pareja se instala al otro lado del pasillo. Rechazo el vino espumoso porque el corazón ya me late como si hubiera bebido seis espressos.

Entonces aparece Isabel.

El recelo se dibuja en su rostro cuando el personal de cabina la guía hacia la clase ejecutiva. Llega al 2A y abre la boca, sorprendida.

El color le sube a las mejillas. Deja de respirar.

—Por supuesto —dice mientras se sienta a mi lado.

—También me alegro de verte, Isabel. —Me abrocho el cinturón para hacer algo con las manos y me recuesto, fingiendo que el corazón no intenta abrirse paso entre las costillas.

Tras unos instantes de silencio, por fin me mira y pregunta: —¿Por qué estás aquí?

—Mi reunión terminó antes. La aerolínea me envió por Londres.

Me clava la mirada y dice: —Se suponía que llegarías mañana.

—Lo sé.

—¿Max lo sabe?

Me paso una mano por la mandíbula y respondo: —Descubrió la geografía hace veinte minutos.

No sonríe. En vez de eso, vuelve la cabeza hacia la ventanilla.

Una auxiliar de vuelo se detiene junto a nuestros asientos y nos ofrece algo de beber. Los dos elegimos agua con gas.

Isabel me estudia mientras la mujer se aleja y comenta: —Pareces diferente.

—Tú también.

Se pasa los dedos por las puntas del cabello, ahora más largo.

—Te queda bien —digo.

—Gracias. —Su mirada baja hasta la mancha en el extremo de mi manga—. Tú pareces más organizado.

Sigo su mirada, escondo la manga debajo del abrigo y respondo: —Las pruebas indican lo contrario.

Por fin asoma en su rostro un amago de sonrisa. Quiero evitar que desaparezca, pero mi siguiente pregunta lo estropea.

—¿Cómo te ha ido? —pregunto.

—Bien.

Su respuesta es inmediata, cortante y, sin duda, la única que voy a obtener. Cinco años no caben en una sílaba antes del despegue.

La auxiliar regresa con nuestras bebidas. Isabel se lo agradece y rodea el vaso con ambas manos.

—¿Sigues en el sector editorial? —pregunto con tono neutro.

—Ahora me dedico a la estrategia.

—Eso he oído.

Arquea un poco las cejas, pero no dice nada. En vez de eso, toma un sorbo sin dejar de estudiarme por encima del borde del vaso.

—Me hicieron socio del estudio el año pasado —digo.

—Lo sé. —Las palabras se le escapan antes de poder contenerlas.

Algo cálido se agita en mi interior. Lo sabe. Así que ella también preguntó por mí.

No le pregunto cómo. Su expresión ya se ha vuelto impenetrable y deja el vaso con cuidado sobre la consola.

Las puertas del avión se cierran. Los hombros de Isabel se tensan.

Recuerdo lo fácil que era alargar la mano para tomar la suya. Ahora me aferro al vaso con ambas manos.

No quiere que yo la consuele. La forma más segura de ser amable es no ponerle nombre a su miedo.

Durante la demostración de seguridad comprueba dónde está la salida más cercana y luego se fija en la tarjeta de embarque bajo su teléfono. La saca y vuelve a mirarla.

—Sigo sin entender el cambio a clase ejecutiva.

Se me contrae el estómago. Abro la boca para disculparme.

—Debió de organizarlo Celine —dice, y entre nosotros se abre una salida limpia.

No la corrijo.

Cobarde.

Puedo explicárselo en Bari, cuando el cambio ya la haya ayudado y ella esté tranquila.

—A Celine le gustan las sorpresas —digo, llevándome el vaso a la boca.

Isabel me observa hasta que se me eriza la piel, pero no dice nada.