Una apuesta entre caballeros Capítulo 40. Sin nada que esconder
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Capítulo 40. Sin nada que esconder

Dolly despertó en la habitación azul a la que había llegado huyendo la noche del baile.

La luz que unas semanas antes le había parecido fría entraba ahora más cálida que nunca por la ventana, y en el jardín los mirlos armaban un escándalo frenético que reflejaba bien su estado de ánimo.

Se quedó un rato escuchándolos, con la sábana hasta la barbilla, y se sorprendió tarareando una canción del puerto que no recordaba desde niña.

Antes de que pudiera anunciarse nada sobre el compromiso, había algo que debía hacer. Recibió al coronel Elliot y al señor Fullerton por separado, esa misma mañana, y a los dos les dijo, con la mayor delicadeza que supo encontrar, que no podía aceptar su proposición.

El coronel se tomó la noticia con la entereza que a Dolly ya no le sorprendía en él.

No hizo ninguna escena, no insistió, no le pidió explicaciones.

Se limitó a tomarle la mano un segundo más de lo estrictamente necesario, y a desearle, con toda sinceridad, la felicidad que ella misma había decidido buscar por otro camino.

Nathaniel llegó una hora después. Traía flores otra vez, esta vez lirios, y se los tendió en cuanto cruzó la puerta de la salita.

—Dorothea. He venido en cuanto recibí su nota. —Le tomó las manos antes de que ella pudiera retirarlas—. Dígame que es un sí.

Dolly se soltó con suavidad.

—Siéntese, señor Fullerton, por favor.

No se sentó. Se quedó de pie en mitad de la salita, y Dolly vio cómo la sonrisa se le iba borrando antes de que ella hubiera dicho nada.

—Señor Fullerton, no puedo aceptar su proposición.

Nathaniel se puso pálido. Después, el color le subió hasta las orejas.

—¿Por qué? —Dejó los lirios sobre una silla, sin mirar dónde—. Si es por el origen de mi familia, por lo que pueda decir la gente…

—No. No es nada de eso.

—Entonces es por el coronel.

—Tampoco.

Nathaniel se quedó mirándola, y Dolly vio el instante exacto en que lo entendía.

—Harwood. —No era una pregunta—. Aquella noche en la terraza no la estaba protegiendo de mí, ¿verdad? La quería para él.

Dolly no contestó. No hizo falta.

—Le dije que se preguntara por qué le importaba tanto. —Nathaniel soltó una risa corta, sin ninguna alegría—. No se me ocurrió que le estaba dando la respuesta yo mismo.

—Lo siento, señor Fullerton. De verdad.

—No lo sienta. Le pedí que no me hiciera esperar demasiado, y no lo ha hecho. —Se pasó una mano por el pelo—. Pero no espere que la olvide, Dorothea. No sé hacer las cosas a medias. Si algún día dejo de pensar en usted, será porque me han enterrado.

Nathaniel recogió los lirios de la silla, los miró y se los puso en las manos.

—Quédeselos. No pienso pasearme con ellos por todo Londres. —Hizo una reverencia—. Sea feliz, Dorothea. Y si alguna vez ese hombre no la trata como merece…

—Lo sé.

El señor Fullerton se dirigió hacia la puerta y, cuando ya estaba en el umbral, Dolly dijo:

—Señor Fullerton, gracias por quererme. Lo guardaré siempre, aunque no pueda devolvérselo.

Nathaniel se quedó quieto, con los ojos brillantes. Después hizo una última reverencia, más lenta que todas las anteriores.

—Ha sido un honor, Dorothea.

Y salió sin volver la vista atrás.

***

Habían decidido que la boda se celebraría en Faircross, y que partirían hacia allí en tres semanas. Mientras tanto, Dolly permanecería en casa de la duquesa, tal como el decoro exigía, aunque William había protestado vehementemente al respecto, incluso sabiendo que era lo correcto.

Dolly pasó aquellos días de tienda en tienda con Beatrice, lady Agnes y Jane, entre modistas, sombrererías y discusiones sobre telas para el ajuar, mientras William repetía, cada vez que tenía ocasión, que apenas disponía de tiempo para ver a su prometida, con un tono de queja tan constante que hasta lady Agnes había empezado a poner los ojos en blanco cada vez que él lo mencionaba.

Una mañana, lady Agnes invitó a Dolly y a Beatrice a tomar el té para repasar los detalles de la boda. Mientras las damas se instalaban en la salita, William y Sebastian discutían en el despacho.

—He ganado yo, Sebastian. No hay duda posible. Tres propuestas de matrimonio, tal como se estipuló en su día.

—Discrepo profundamente. —Sebastian, repantingado en el sillón, no parecía dispuesto a ceder ni un ápice—.

Tu propuesta no cuenta. Interferiste directamente, William, cosa que ambos acordamos que no haríamos bajo ningún concepto.

Se suponía que Dolly debía conseguir esas propuestas por sus propios méritos, no que tú te presentaras a suplicarle de rodillas en una terraza.

—No interferí en la del coronel Elliot, ni en la de Fullerton.

—Pero sí en la tercera, que es precisamente la única que cuenta a tu favor. No puedes ser juez y parte, William. Es un conflicto de intereses de manual.

La puerta se abrió en ese momento, y Dolly entró con un ramo de flores entre las manos, buscando algún jarrón vacío por la sala sin prestar demasiada atención a la conversación.

William la siguió con la mirada un instante más de lo estrictamente necesario, sin poder evitarlo, mientras ella se acercaba a la estantería del rincón.

—Y, aun así —siguió William, obligándose a volver la atención a Sebastian—, técnicamente cumplí las condiciones acordadas. Tres propuestas. Eso era lo pactado.

—Técnicamente hiciste trampa.

—No hubo ninguna trampa. Simplemente amplié el alcance de los participantes.

—Eso es exactamente la definición de trampa, William.

—Es más bien una laguna en el reglamento.

—El reglamento lo redactamos entre los dos, borrachos, en una taberna. No tiene ninguna laguna que valga, porque tampoco tiene ningún rigor del que partir.

Dolly pasó junto a la mesa donde estaban sentados, con el jarrón ya en las manos, y al hacerlo su mano rozó apenas la de William, un contacto tan breve que Sebastian ni siquiera pareció notarlo, aunque a William le bastó para perder el hilo de lo que iba a decir a continuación.

—¿Qué opina usted, señorita Marchmont? —preguntó Sebastian, aprovechando el silencio—. Zanje la cuestión, si es tan amable. ¿Quién de los dos cree que ha ganado la apuesta?

Dolly se detuvo. Miró primero a Sebastian y después a William.

—Ninguno de los dos.

—¿Cómo que ninguno? —protestó Sebastian.

Dolly colocó el ramo dentro del jarrón antes de continuar.

—La apuesta consistía en que ustedes dos me instruirían y no han hecho nada. Si hubiera dependido de ustedes, seguiría derramando el té y rompiendo tazas en cualquier salón de Londres.

Sebastian abrió la boca, ofendido.

—Eso es una exageración.

—En absoluto.

William tuvo que contener una sonrisa.

Dolly se volvió hacia ellos.

—Me instruyeron la señorita Harwood y la duquesa. Así que ya pueden ir pensando en qué regalo van a hacerles a ellas, que son quienes de verdad han ganado esta apuesta.

Salió de la sala con las flores en el jarrón, dejando a William y a Sebastian sumidos en un silencio absoluto.

—¿Tiene razón? —preguntó Sebastian al cabo de un par de minutos.

—Últimamente he notado que suele tenerla.

Sebastian suspiró.

—Qué fastidio.

William se recostó en el sillón, mucho más relajado de lo que había estado en semanas.

—Puedes admitir que hemos perdido.

—No pienso hacerlo.

—Entonces puedes seguir diciéndote a ti mismo que ganaste.

Sebastian lo miró unos segundos.

—Bueno, seamos sinceros el uno con el otro. No creo que la futura lady Harwood te permitiera pasarte una temporada entera conmigo en Londres.

William sonrió.

—Probablemente no.

—Y yo, desde luego, no tengo ninguna intención de ingresar en la milicia.

—Una lástima. Te habría sentado bien el uniforme.

Sebastian soltó una carcajada. Se levantó del sillón y se estiró la chaqueta.

—Supongo que esto significa que nuestra gloriosa apuesta ha llegado a su fin.

William lo miró.

—Parece que sí.

Sebastian caminó hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.

—Aunque hay una cosa que quiero dejar clara.

—¿Cuál?

—Sigo pensando que gané.

***

William estaba trabajando en el despacho, revisando unas cuentas del arrendamiento de las tierras del norte, cuando el mayordomo llamó a la puerta.

—Milord, la señorita Fitzgerald desea verlo.

William levantó la vista, extrañado. No esperaba ninguna visita suya, y menos en su propia casa de Londres.

—Hágala pasar.

Caroline entró con la misma sonrisa calculada de siempre, y se sentó frente al escritorio sin esperar a que William la invitara a hacerlo.

—Lord Harwood. Qué amable al recibirme sin previo aviso.

—Señorita Fitzgerald. ¿A qué debo el honor?

—Han llegado a mis oídos ciertos rumores de que va usted a casarse con la señorita Marchmont. —Se acomodó en la silla, con una calma que no auguraba nada bueno—. Y he pensado que había algo que debía usted saber sobre su prometida.

William dejó la pluma sobre el escritorio, sin ninguna prisa.

—La escucho.

—He estado indagando un poco, milord. Seguí la pista de un tal Jem Barlow, un hombre del puerto que se cruzó con ella hace ya varias semanas, cerca de una pastelería, y que la reconoció con bastante certeza.

No fue difícil hacerlo hablar, ni difícil localizar después una taberna llamada El descanso de la sirena, ni tampoco convencer a su dueña de que me contara la verdad sobre una tal Dorothea Marchant.

—Caroline sonrió con desprecio, satisfecha de su propio hallazgo—.

Su prometida no es más que una simple camarera, milord.

Una muchacha del puerto, de la más baja calaña que pueda imaginarse.

William la escuchó sin que un solo músculo de su cara se moviera, esperando.

—Imagino el golpe que debe de suponer para usted enterarse así, lord Harwood.

Un caballero de su posición, engañado por una cualquiera.

—Se inclinó un poco hacia él, con un gesto de comprensión muy ensayado—.

Pero no tiene nada que temer. Si rompe el compromiso a tiempo, nadie tiene por qué saberlo.

Y si le preocupa lo que se diga cuando se anule la boda, hay una solución muy sencilla.

—Hizo una pausa, para que la frase surtiera efecto—.

Yo estaría dispuesta a casarme con usted.

Una boda con la conmigo acallaría cualquier rumor antes de que empezara.

William la miró en silencio.

—¿Eso es todo?

Caroline pareció descolocarse por un instante.

—¿Cómo dice?

—Le pregunto si eso es todo lo que ha venido a decirme, señorita Fitzgerald —respondió William mientras se recostaba ligeramente en la silla.

—¿Ya lo sabía?

—Por supuesto que lo sabía. Es mi prometida.

William comprendió que ella había venido preparada para verlo enrojecer y balbucear. No pensaba darle ese gusto. Por primera vez desde que había entrado en el despacho, la sonrisa de Caroline vaciló.

—Entonces sabrá también que, si esto se hace público, será un escándalo.

—¿Por qué?

—Porque toda la sociedad descubrirá que la señorita Marchmont ha estado engañándolos. Que no pertenece a la familia que dice pertenecer. Que no es quien aparenta ser.

William sostuvo su mirada.

—No ha engañado a nadie que importe.

—Qué conveniente por su parte.

Caroline recuperó lentamente la sonrisa.

—Pero quizás no piense lo mismo el resto de Londres. Para la alta sociedad, va usted a casarse con una muchacha de la más baja condición. ¡Qué escándalo cuando se sepa!

—No hable usted así de mi prometida —dijo William con una voz fría, reflejo de su propio enfado.

—Solo estoy intentando advertirle.

—No. Está intentando amenazarme.

Caroline se quedó callada.

—Y ha cometido un error bastante importante —continuó William—. Ha supuesto que yo tengo algo de lo que avergonzarme.

—¿No lo tiene?

—No.

La respuesta fue tan inmediata que Caroline parpadeó.

—Sé perfectamente quién es mi prometida. Sé de dónde viene. Sé cómo vivía antes de conocernos y sé todo aquello que usted cree que puede utilizar para humillarla.

—Puedo arruinar la reputación de la señorita Marchmont y puedo arrastrar a su familia con ella.

—Puede intentarlo. —William se recostó en la silla, sin apartar la vista de ella—.

Pero le aseguro que no pienso permitir que destruya usted la reputación de la señorita Marchmont para conseguir un marido.

Y si me obliga a elegir entre proteger a mi prometida o proteger su discreción, señorita Fitzgerald, no le va a gustar nada la decisión que tome.

Se levantó despacio, apoyando ambas manos sobre el escritorio, e inclinó el cuerpo hacia delante, hasta quedar a poca distancia de ella.

—Contaré, con el mismo detalle con el que usted acaba de contarme lo suyo, la manera indecorosa en que la encontré a usted en la terraza del gran baile de la temporada, hace ya unas semanas. Ese vestido verde lleno de volantes totalmente descolocado. No es propio de una joven respetable.

Caroline palideció.

—No se atrevería.

—Ya lo creo que sí. —William habló con la misma tranquilidad de antes, sin levantar la voz—.

Deje usted en paz a mi prometida. Y ya que estamos, deje también en paz a mi hermana, porque las dos me importan por igual.

O de lo contrario, me aseguraré personalmente de que toda la ciudad sepa que su conducta no ha sido, ni mucho menos, tan intachable como pretende hacer creer.

—Nadie le creería.

—Puede que no. Pero si se supiese cómo pasó usted la velada aquella noche, el daño ya estaría hecho.

Conozco al joven Ashcombe y, permítame decirle, no es un hombre dispuesto a casarse con nadie, y menos aún después de un escándalo, así que dudo mucho que le importe a él lo que se cuente, mientras usted cargue con todo el peso.

Sería una verdadera lástima que se supiera que la señorita Fitzgerald pasó un buen rato en aquella terraza con el vestido a medio abrochar y las manos del señor Ashcombe donde ningún caballero debería tenerlas antes de una boda, y menos aún sin promesa alguna de matrimonio de por medio.

Caroline se quedó sin palabras, con el rostro completamente blanco.

—Creo que ha quedado claro, señorita Fitzgerald, que ambos tenemos algo que perder si esto sale a la luz. La diferencia es que yo estoy dispuesto a arriesgarlo por proteger a las personas que quiero. Usted, por lo que veo, no tanto.

Caroline se levantó de golpe, con la silla arañando el suelo tras ella, humillada y furiosa a partes iguales.

—¡Es usted despreciable, lord Harwood!

—Puede ser. Pero ha sido usted quien ha venido a amenazar a mi familia y a la futura señora de Faircross. No me ha dejado otra opción.

Caroline caminó hacia la puerta con paso rígido, y se detuvo justo antes de salir, girándose una última vez hacia él.

—No dirá usted nada, ¿verdad?

—Eso depende enteramente de lo que haga usted, señorita Fitzgerald.

Caroline asintió, apretando los labios, y salió del despacho sin decir una palabra más, cerrando la puerta tras ella con un golpe seco.