Capítulo 41. Sin importar cuna ni dote
Dolly estaba tumbada en la cama de la misma habitación que había ocupado en Faircross, la última vez con el corazón hecho pedazos después de escuchar, tras la puerta del despacho, las palabras de William que la habían convencido de que jamás podría quererla.
Ahora, sin embargo, todo era distinto: la muchacha que descansaba sobre las sábanas ya no era la misma que había abandonado esa casa convencida de que el amor solo traía sufrimiento. Dolly estaba exultante de felicidad.
La boda se celebraría al día siguiente. Después de la boda, se trasladaría a la alcoba principal al lado de la de William, la de la señora de la casa. Dolly se permitía ser perezosa disfrutando de las últimas horas en la habitación donde había sido tan feliz.
Llamaron a la puerta, y antes de que Dolly tuviera tiempo de incorporarse siquiera, William entró apresuradamente, cerrando tras de sí con cuidado, mirando primero hacia el pasillo para asegurarse de que nadie lo hubiera visto.
—¿Qué haces? —le preguntó Dolly divertida, ya totalmente levantada, de pie junto a la cama.
William le tomó la mano y se la besó con toda la ceremonia del mundo, sin apartar los ojos de los suyos.
—Está usted preciosa esta mañana, futura lady Harwood.
—William, podría verte alguien.
—Te he traído esto.
Llevaba en las manos el librito de poetas ingleses; la cajita con la gargantilla de oro y el pequeño colgante en forma de rosa; y las peinetas de madera que le regaló en su día para disculparse por su comportamiento.
Eran los objetos que Dolly había dejado en un cajón del escritorio de William la mañana en que partieron hacia Londres, cuando había escrito aquella nota breve de despedida.
Dolly tomó los objetos de sus manos y los contempló sin decir nada.
—¿Por qué estaban en mi mesa? —preguntó William con suavidad—. Fueron regalos para ti.
Dolly notó que una lágrima le resbalaba por la mejilla antes de poder contenerla.
—No podía llevármelos conmigo. Me recordaban demasiado a ti.
Él le limpió la lágrima con el pulgar, le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, como aquella noche en la biblioteca, y se aproximó a ella, hasta que sus cuerpos quedaron tan juntos que Dolly notó el aroma del jabón de afeitar de William.
Luego se inclinó y la besó, despacio al principio, con una suavidad que parecía querer disculparse por el tiempo que había tardado en pedirle perdón y declararse.
Enseguida, el contacto de él se hizo cada vez más urgente, sus manos estaban en todas partes: en su cara, en su cintura, en sus brazos.
Ambos se fundieron en un beso profundo y apasionado, al mismo tiempo que William, con el brazo rodeando su cintura, se inclinó sobre ella y la recostó sobre la cama.
Para Dolly el mundo entero se reducía a aquel contacto: los labios de William, el peso de su cuerpo sobre el suyo, el calor de sus manos que no parecían decidirse a estarse quietas.
—William... —murmuró Dolly, entre beso y beso, sin fuerza real en la protesta.
Él no se detuvo de inmediato. Fue deslizando los labios por la curva de su cuello hasta llegar al inicio del escote. Dolly sintió que se derretía por dentro, hasta que una vocecita de cordura, en algún rincón que todavía le funcionaba, consiguió abrirse paso.
—William. —Apenas un susurro, con una sonrisilla que desmentía cualquier reproche—. Tendrás que esperar a mañana por la noche.
Él soltó un gruñido de frustración contra su hombro, sin llegar a incorporarse del todo, y después, con un suspiro largo, se levantó de la cama y tomó a Dolly del brazo para ayudarla a incorporarse también.
Cogió la cajita, la abrió, y se colocó detrás de ella para abrocharle la gargantilla alrededor del cuello con el mismo cuidado de la primera vez, la noche del baile de lord Ellsworth, meses atrás.
—Prométeme que la llevarás puesta mañana.
—Lo prometo.
William la contempló, y se inclinó para darle un beso breve y tierno en los labios antes de dirigirse hacia la puerta. Después salió de la habitación con la misma prisa con la que había entrado.
Dolly se quedó allí, de pie, sin poder evitar una sonrisa mientras se llevaba una mano a la gargantilla.
***
La capilla de Faircross olía a cera y a las rosas que Jane había cortado esa misma mañana. Dolly esperaba en la entrada, con el vestido blanco de madame Boucheron y el colgante en forma de rosa contra la piel del cuello, cuando Sebastian se acercó a ofrecerle el brazo.
Había sido él quien lo decidió, días atrás, cuando surgió la cuestión de quién la llevaría al altar.
—Nadie más tiene derecho a hacerlo —le había dicho a William—. Soy su primo, aunque no corra ni una gota de sangre entre nosotros. Y no pienso cederle ese honor a nadie.
Ahora, con la levita nueva y el pelo bien peinado, la miró de arriba abajo y soltó un silbido bajo.
—Está preciosa, Dolly. —Por una vez, no sonrió al decirlo.
Se quedó mirándola un instante más de la cuenta, y cuando volvió a hablar, ya había recuperado el tono de siempre—.
Claro que, si quiere echarse atrás, todavía está a tiempo.
Tengo un carruaje esperándola en el patio y conozco el camino a Escocia.
Dolly apoyó la mano en su brazo.
—No, gracias, señor Fitzwilliam. Ya me hicieron una propuesta descabellada en una taberna, y con una tengo bastante para toda la vida. —Le apretó el brazo y añadió—: Aunque debo confesar que no ha salido mal.
Sebastian se echó a reír, y a ella se le pasaron los nervios.
Avanzaron por el pasillo de la capilla. En la primera fila, lady Agnes ya tenía el pañuelo en la mano, y Beatrice le dedicó a Dolly un guiño cómplice, como la noche en que la recibió en su casa para la cena.
Al fondo, junto al reverendo Hughes, esperaba William. Al verla, se tiró del pañuelo blanco que llevaba al cuello, y después ya no hizo otra cosa que mirarla.
Cuando llegaron junto a él, Sebastian le puso la mano de Dolly en la suya y se inclinó hacia su amigo.
—Cuídala bien —le dijo en voz baja—, o tendrás que vértelas conmigo.
La ceremonia fue sencilla, como los dos habían querido. Cuando el reverendo le preguntó si aceptaba a aquel hombre por esposo, Dolly contestó antes de que terminara la pregunta, y en la primera fila se oyó la risa ahogada de lady Agnes.
—Sí, quiero.
A la salida de la capilla, el sol de la mañana les dio de lleno en la cara. Antes de que los vecinos de Faircross pudieran acercarse, los rodearon quienes mejor los conocían.
Beatrice fue la primera. Envolvió a Dolly en un abrazo tan rápido y tan fuerte que no le dio tiempo a reaccionar.
—Le deseo que sea tan feliz como yo lo fui con Edward —le dijo al oído—. Ni un día menos.A su lado, lady Agnes abrazaba a su nieto como no lo había abrazado desde que era niño.
—Estoy orgullosa de ti, William. Al final has demostrado algo de sensatez.
—Se apartó para mirarlo y le dio unas palmaditas en la mejilla—.
Y debo decir que tienes un gusto excelente para elegir esposa.
Ha sido la mayor locura de tu vida, y mira lo que has sacado de ella.
No te acostumbres: no todas salen tan bien.
—Gracias, abuela. —William se inclinó y le dio un beso en la frente, igual que ella hacía con él cuando era niño—. Le prometo que esta es la última.
Jane tomó las manos de Dolly entre las suyas. Tenía los ojos húmedos, y una lágrima se le escapó antes de que pudiera evitarlo.
—Ahora es usted mi hermana —dijo—. No sabe lo feliz que me hace. No habría soportado que William se casara con una mujer que lo mereciera menos.
—Llegué a esta casa sin nada, y ahora tengo un marido y una hermana. —Dolly abrazó a Jane—. Ni en mis fascículos pasan cosas así.
Mientras tanto, Sebastian le había pasado un brazo por los hombros a William y se lo llevaba hacia un rincón del pórtico.
—Unos consejos para esta noche, de amigo a amigo —le dijo en voz baja—. Lo primero, paciencia. Lo segundo…
—Sebastian.
—…lo segundo, no te apresures. Sé cariñoso y tómate tu tiempo. Las mujeres disfrutan de…
—Sebastian —repitió William, aunque se le escapaba la risa—, si dices una sola palabra más sobre mi noche de bodas, te tiro al estanque con levita y todo.
—Lo tomaré como un agradecimiento.
Al atardecer, cuando el carruaje con los últimos invitados se perdió al final de la avenida, la casa se fue quedando en silencio.
Lady Agnes fue la primera en retirarse, alegando un cansancio que nadie le había notado en todo el día, y se llevó a Jane con ella.
Beatrice y Sebastian, que se alojaban en Faircross, no tardaron en subir también a sus habitaciones del ala de invitados.
Cuando Dolly quiso darse cuenta, en el vestíbulo solo quedaban ellos dos.
William le apartó un mechón de pelo de la cara.
—Lady Harwood —dijo despacio, probando cómo sonaba.
—Lord Harwood.
—Es, sin ninguna duda, la mejor apuesta que he hecho en mi vida.
Dolly se echó a reír, y William la besó allí mismo, al pie de la escalera. No fue un beso breve, ni discreto. Cuando por fin se apartó, no la soltó: le pasó un brazo por la espalda y el otro bajo las rodillas, y la levantó del suelo como si no pesara nada.
—¡William! —Dolly se agarró a su cuello—. ¡Que nos va a ver alguien!
—No queda nadie despierto en toda la casa.
Subió la escalera con ella en brazos, sin ninguna prisa, y la risa de Dolly se fue alejando por el pasillo hasta que una puerta se cerró.
FIN