Capítulo 39. La última lección
Dolly estaba en la terraza cuando le llegaron voces desde dentro de la casa. No distinguió las palabras, pero reconoció el tono de Beatrice, y el de alguien que le respondía en voz más baja. Sobre la mesita, los tulipanes de Nathaniel habían perdido ya la mitad de los pétalos.
La puerta se abrió, y Dolly se giró, esperando encontrar a Beatrice o a alguna doncella. Al ver a William en el umbral, el aliento se le quedó atrapado en la garganta. Dio un paso atrás por puro instinto, apoyando la espalda contra la mesita de las flores.
—¿Qué hace usted aquí? —murmuró, apretando las manos contra la tela de la falda—. Le dije a Beatrice que no quería volver a verlo.
—Lo sé. —William cerró la puerta despacio—. Solo le pido que me escuche. Después, si quiere que me vaya, me iré, y no volveré a molestarla.
William dio vueltas al ala del sombrero entre los dedos, como si buscara por dónde empezar.
Dolly se quedó mirándolo. No quería volver a escuchar algo que volviese a romperle el corazón, suficiente había tenido para toda una vida.
Pero entonces se fijó en él de verdad. Tenía ojeras de no haber dormido, y el pañuelo anudado de cualquier manera.
El ala del sombrero estaba tan maltratada que ya no tenía arreglo.
—Está bien. Hable —dijo con una entereza que no sentía por dentro.
—Le debo una disculpa por lo que pasó la última vez que nos vimos en la biblioteca y… —comenzó William, pero antes de que pudiese continuar Dolly lo interrumpió sintiendo cómo la rabia se le encendía por dentro.
—No hace falta que me pida perdón —dijo con toda la dureza de la que era capaz—. Fue usted muy claro al expresar su arrepentimiento. No es necesario que venga a decirme que siente haberme besado.
—No, Dolly. Lo está interpretando mal. —William avanzó dos pasos y bajó la voz—.
No me avergoncé de haberla besado. Me avergoncé de mí mismo.
La tenía acorralada en mitad de una discusión, y en lugar de contestarle, decidí por los dos.
Usted merecía un hombre capaz de preguntar, y yo me comporté como uno que solo sabe tomar.
Y cuando me aparté, me di cuenta de que no era la primera vez.
Me había prometido a mí mismo que nunca más volvería a interferir en su vida, y sin embargo parece que no hago otra cosa.
Dolly no contestó. Le temblaba la barbilla, pero no apartó los ojos de él.
—Y hay algo peor —siguió William—. Vine a buscarla al día siguiente. Beatrice me echó de su casa, y con razón, porque me presenté como un loco, gritando su nombre por los pasillos.
—Lo sé —dijo Dolly, con apenas una sonrisa—. Lo escuché gritar desde arriba.
—Lo que quizá no sepa es lo que hice después.
—William se miró las manos—. Me agarré a esa puerta cerrada como a un salvavidas.
Me dije que usted no quería verme y que lo más digno era respetarlo, y me quedé escondido detrás de esa excusa.
Mientras no volviera a intentarlo, no tenía que arriesgarme a que fuera usted quien me dijera que no.
Desde que murió mi padre he sido el que decide, el que administra, el que lo sostiene todo sin que nadie tenga que sostenerlo a él.
Y de pronto entendí que mi felicidad dependía de lo que usted decidiera. Me asusté, Dolly. Fui un cobarde.
—¿Y qué ha cambiado para que venga usted ahora?
—Mi abuela. —Una sombra de sonrisa le cruzó la cara—.
Me dijo, sin ninguna delicadeza, que era usted la persona más verdadera que había conocido en años, y que yo era un necio si no lo veía.
Y tenía razón. Usted ha hecho en unos meses lo que muchos hombres de mi clase no consiguen en toda una vida, y yo, mientras tanto, me he pasado días escondido para no tener que arriesgar nada.
Dolly sintió que algo parecido a la esperanza empezaba a abrirse paso, y se odió un poco por ello. No podía permitirse creerle otra vez.
—No mienta ahora para ablandarme, lord Harwood.
Sé muy bien lo que piensa de mí. Lo escuché en Faircross, ¿se acuerda?
Detrás de la puerta de su despacho. Le oí decirle a Sebastian que jamás podría enamorarse de mí, que veníamos de mundos distintos, que por mucho que se me hubiera pegado no cambiaba de dónde venía en realidad.
William palideció.
—Dolly, no, eso no...
—¡No lo niegue! ¡Lo escuché entero! —Dolly sintió que la rabia y el dolor que llevaba semanas conteniendo volvían a subirle a la garganta, arrastrando con ellos el acento que tanto le había costado pulir—.
Y ahora viene usté aquí a disculparse. ¿Por qué ahora?
¿Porque ya soy la señorita Marchmont? ¿Porque he aprendío a usar los tenedores bien y a no equivocarme de guantes?
¿Tuvo que convertirme en una dama pa' poder mirarme sin sentir vergüenza?
William se acercó a ella, incapaz de mantener la distancia ni un segundo más, con los ojos desorbitados y una desesperación que no intentaba disimular.
—No. Maldita sea, no. Se equivoca en todo.
Dolly dio un pequeño respingo ante la vehemencia de su voz, pero no retrocedió más.
—Si hay alguien aquí que no es digno de nada, soy yo —siguió William, deteniéndose frente a ella, con las manos temblándole—.
Aquel día en Faircross hablaba mi orgullo, no mi verdad.
Tenía pánico de lo que sentía por usted, y el pánico me hizo decir la peor mentira que he dicho en toda mi vida.
Era más fácil echarle la culpa a su origen que reconocer que ya entonces la amaba.
Dolly tuvo que agarrarse a la mesita de las flores.
—Es cierto, lo dije. —William no desvió la mirada—. Eran las palabras de un necio asustado, negando lo evidente. Y lo entendí hace semanas, antes incluso del baile. Le ruego que me perdone.
Dolly sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero no dejó que le nublaran del todo el juicio.
—¿Y por qué tendría que creerle ahora? Ya le he oído mentir una vez.
—No tiene por qué hacerlo. —William no apartó la mirada—. No le he dado ni un solo motivo. Y aquí estoy otra vez, pidiéndole que arriesgue usted su corazón para salvar el mío. Es lo que llevo haciendo desde el principio: pedirle a usted el valor que a mí me falta.
Se le quebró la voz, y tuvo que esperar antes de seguir.
—Usted llegó a una casa que no era la suya, con un nombre que no era el suyo, y cada día se lo jugó todo sin saber si iba a salir bien. Ha sido más valiente que yo, y más sincera, desde el primer día. Yo no he arriesgado nada en toda mi vida. Hasta hoy.
Al otro lado del muro pasó un carruaje, y el ruido de las ruedas se perdió calle abajo.
—La señorita Marchmont, con sus modales perfectos y su reverencia impecable, la construimos entre todos —siguió William—.
Pero no es de ella de quien me enamoré. Fue de usted.
De Dolly. Ocurrió poco a poco, sin darme cuenta.
Me enamoré de la muchacha a la que se le caía la “d” al hablar.
De sus historias sobre marineros tatuados.
De que, debajo de cada lección, siguiera siendo exactamente la misma, sin artificios.
Dolly se llevó una mano a la boca.
—Prefiero que me destroce diciéndome que no, ahora, a la cara, que pasar el resto de mi vida siendo el hombre que no tuvo el valor de intentarlo.
William se arrodilló sobre las baldosas de la terraza, sin importarle en absoluto la etiqueta ni que Beatrice pudiera entrar en cualquier momento, y le tomó las manos frías entre las suyas.
—Le pido perdón por lo que dije en Faircross.
Le pido perdón por la biblioteca. Y le pido perdón por esta semana en las que me escondí detrás del miedo, en vez de venir a decirle esto mucho antes.
No le pido que me perdone ahora mismo, ni que me crea de golpe.
Solo le pido la oportunidad de demostrarle que soy digno de su amor.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
Dolly lo miró desde arriba, con las lágrimas resbalándole ya sin control por las mejillas.
William seguía de rodillas, esperando a que fuera ella quien decidiera.
Algo en su interior, esa parte cautelosa que llevaba semanas protegiéndola de otro golpe, empezó a ceder poco a poco.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, sin importarle si el gesto era apropiado o no para una señorita.
—Lo ha hecho usté fatal, milord —dijo al fin. Una risa pequeña se le escapó entre el llanto.
William la miró, desconcertado.
—En mis fascículos de a penique, cuando el caballero se declara, nunca se queda ahí de rodillas hablando tanto rato.
—¿No?
Dolly negó con la cabeza.
—Siempre termina besando a la dama.
William parpadeó, sorprendido, antes de que una sonrisa enorme le iluminara la cara entera. Se levantó de un solo impulso.
—Con mucho gusto, si es así como se hace.
Pero se detuvo a un palmo de ella, sin tocarla.
—¿Puedo?
Dolly asintió.
La rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí. El beso fue profundo, urgente, tan distinto del de la biblioteca como parecido a la vez, y Dolly se aferró a las solapas de su levita, dejando que la última resistencia se disolviera del todo.
Cuando por fin se separaron, apenas un poco, con las respiraciones todavía agitadas, William le sujetó el rostro entre las manos, mirándola a los ojos.
—¿Aceptará ser mi esposa, señorita Marchant?
Dolly tenía los ojos llenos de lágrimas, pero la voz le salió firme.
—Sí.
William soltó el aire que estaba conteniendo, antes de inclinar la cabeza y besarla de nuevo.