Capítulo 38. Un secreto y una carrera
William llevaba una semana intentando retomar el trabajo pendiente, sin conseguir avanzar en ninguna de las tareas acumuladas sobre el escritorio.
Tenía la pluma en la mano y los ojos fijos en la misma línea de cifras desde hacía un buen rato, sin que ninguna cantidad terminara de encajar en su cabeza.
—Querido William, hace un día espléndido para salir a pasear, y aquí estás, encerrado con cara de lechuza.
Sebastian entró sin llamar, como solía hacer, y se dejó caer en el sillón de enfrente con su habitual falta de ceremonia.
William lo miró, exasperado.
—Si has venido hasta aquí solo para insultarme, puedes coger la puerta y salir por donde has entrado.
Sebastian sonrió, con esa media sonrisa suya que siempre presagiaba algo.
—En realidad vengo a traerte novedades de nuestra joven dama.
A William le dio un vuelco el corazón, y levantó la vista de golpe.
—¿Dolly? ¿Qué ocurre con ella?
—No sé qué pasó para que saliera huyendo a casa de Beatrice en plena noche —dijo Sebastian, sin dejar de sonreír—, pero digamos que la distancia le ha venido bien.
—Habla de una vez.
—Ha recibido dos propuestas de matrimonio. El coronel Elliot y el señor Fullerton, prácticamente uno detrás del otro.
William sintió que se hundía un poco más en la silla con cada palabra.
—Está pensándoselo —continuó Sebastian, sin ninguna prisa por acabar—. Parece decidida a casarse. Bueno, es normal, William, era exactamente lo que buscaba desde el principio.
William se levantó, con tanto ímpetu que la silla cayó hacia atrás.
—¿Y tú qué le dijiste?
—¿Qué le iba a decir? Que eligiera al que más la atrajera. Un matrimonio necesita algo de deseo, o se vuelve muy aburrido con los años.
—¡¿Le dijiste eso?! —William casi gritaba.
—¿Por qué te pones así, William? Es su vida.
William empezó a caminar de un lado a otro del despacho, sin recoger siquiera la silla caída, mientras Sebastian lo observaba desde su sillón.
—No puede casarse con ninguno de los dos.
—Recuerda que no puedes interferir —dijo Sebastian, sin levantar la voz—. No estaría bien. Es su vida.
—Elliot es demasiado mayor para ella.
—Elliot es un hombre íntegro y respetado, y tiene edad suficiente para no perder el tiempo en tonterías, que ya es más de lo que se puede decir de la mayoría de los caballeros de su edad.
—Sebastian se sirvió una copa de la licorera del despacho de William, sin pedir permiso—.
Además, parece que a Dolly le gusta bastante su compañía.
—Y Fullerton no es de fiar.
—Fullerton lleva meses portándose como un caballero ejemplar. Es más joven, seguro que le dará a Dolly lo que ella busca.
William se detuvo, se pasó una mano por la cara y tiró del nudo del pañuelo que llevaba al cuello hasta aflojarlo.
—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer?
—Nada. —Sebastian bebió un trago, disfrutando visiblemente del espectáculo—. Absolutamente nada, William. Eso es precisamente lo que se acordó cuando pusimos las reglas de la apuesta. Ella elige. Nosotros observamos.
—No puedo simplemente observar.
—¿Por qué no?
William no respondió, y Sebastian dejó que el silencio se estirara lo suficiente como para resultar incómodo.
—Es curioso —dijo al fin, con un tono que no tenía nada de casual—, que te preocupe tanto que Dolly acabe casándose con un hombre bueno que la tratará bien.
Cualquiera diría que deberías alegrarte.
Al fin y al cabo, es justo lo que le prometiste aquella noche en la taberna.
Que la querrían. Y parece que la quieren, William. Dos hombres, nada menos.
—No es eso.
—¿No? —Sebastian arqueó una ceja—. Porque desde donde yo lo veo, pareces un hombre a punto de perder algo que todavía no ha admitido siquiera que tiene.
William se quedó callado, con la mandíbula apretada, sin ninguna réplica que oponer, y Sebastian se limitó a observarlo impasible, sin insistir más, dejando la frase suspendida en el aire entre los dos.
***
Aquella tarde William se paseaba por la salita sin descanso, deteniéndose de vez en cuando junto a la ventana antes de retomar el mismo recorrido otra vez. Lady Agnes, sentada en su silloncito de siempre, con el bordado entre las manos, lo observaba de reojo desde hacía un buen rato sin decir nada.
—William. ¿Puedes hacer el favor de dejar de pasearte por la habitación como un león enjaulado? Vas a desgastar la alfombra.
William se sentó, obediente, aunque casi de inmediato empezó a mover la pierna insistentemente. Ajustó la postura, cruzó los brazos, los descruzó, y a los dos minutos ya estaba de pie otra vez.
Lady Agnes levantó por fin la vista del bordado, con una ceja arqueada.
—¿Qué ocurre?
—Nada, abuela.
—William, ¿qué ha pasado para que estés en ese estado de nerviosismo? ¿Es por el arrendamiento de los Cole?
—No, va todo bien en Faircross.
—¿Has recibido una carta del administrador?
—No, no es eso.
—¿Son las otras inversiones? ¿Tu banquero te ha comunicado algo?
—No, no, no es nada de eso.
—Pues entonces, ¿qué es?
William se detuvo por fin, con las manos a la espalda.
—Dolly va a casarse.
Lady Agnes sonrió ampliamente.
—Ah, qué bien. Me alegro sinceramente por ella. ¿Y quién es el afortunado?
—No lo sabe.
—¿Cómo que no lo sabe? ¿No has dicho que va a casarse?
—Sí, lo que quiero decir es que ha recibido dos propuestas de matrimonio. El coronel Elliot y el señor Fullerton. Y todavía no sabe cuál de los dos va a aceptar.
—Ya. —Lady Agnes volvió a su bordado, con una calma que no encajaba del todo con la agitación de William—. Espero que elija al coronel Elliot. Es un hombre tan bueno.
—¿Qué? —William se giró hacia ella—. No, sería una elección pésima.
—¿Prefieres al señor Fullerton para nuestra señorita Marchmont?
—No, ese es peor todavía. No me fío de él.
Lady Agnes dejó la aguja suspendida un instante, mirándolo con una atención distinta a la de un momento antes.
—Ya entiendo.
William volvió a pasearse por la habitación, sin notar el cambio en la voz de su abuela.
—William, querido. Te tomaba por un hombre con las ideas claras, pero veo que eres igual de necio que cualquiera de los de tu sexo.
—¿Cómo dices, abuela?
—No sé de dónde sacaste a esa muchacha —dijo lady Agnes, dejando el bordado a un lado—, y sinceramente, prefiero no saberlo. Pero sé algo que tú pareces haber olvidado, William: es la persona más verdadera que he conocido en muchos años.
—¿Cómo que de dónde la saqué? —William frunció el ceño—. Es la prima del señor Fitzwilliam.
—Sí, claro. Y yo soy la reina de Saba.
William se quedó de piedra. Sentía cómo la sangre se le acumulaba en el rostro mientras el pulso se le aceleraba.
Durante meses se había esforzado por mantener aquella farsa impecable, creyendo haber protegido a su familia de cualquier escándalo, y descubrir que su propia abuela los había estado observando a todos con absoluta claridad lo dejó desarmado.
—¿Lo sabes? ¿Jane te lo ha contado?
—No insultes a tu propia hermana. Ella no me ha dicho nada. Es mi casa, William, y yo me entero de todo lo que ocurre entre sus paredes. ¿Crees que la señorita Marchmont podía engañar a alguien esos primeros días?
William dio un paso atrás, buscando a tientas el respaldo del sillón.
Una oleada de culpa y vergüenza lo atravesó al darse cuenta del riesgo en el que había puesto el honor de su casa, pero sobre todo al comprender la inmensa generosidad con la que lady Agnes había acogido a Dolly desde el primer momento.
—Abuela, yo... te debo una explicación —dijo, con la voz entrecortada—. Si he guardado silencio no ha sido por engañarte, sino porque...
—No me debes ninguna explicación, William. No soy yo quien necesita tus razones.
—Entonces, ¿por qué no dijiste nada?
Lady Agnes se tomó su tiempo para colocarse el chal sobre los hombros.
—Porque me divertía —dijo—. A mi edad, querido, una ya no espera que nada la sorprenda.
Y de pronto mi nieto, el hombre más sensato que conozco, se presenta en casa con una prima lejana del señor Fitzwilliam que no distinguía un tenedor de pescado de uno de postre.
Quise ver hasta dónde eras capaz de llegar.
William abrió la boca, pero ella levantó una mano.
—Y porque era la primera locura que te veía hacer en tu vida. Tu padre se fue demasiado pronto, y tú pasaste de los libros a las cuentas de Faircross sin tiempo para ser joven. Yo no pude evitarlo. Así que, cuando por fin hiciste una tontería, no tuve valor para impedírtela.
Se quedaron un rato en silencio.
—Pero eso ya no importa —siguió lady Agnes—. Lo que importa es qué piensas hacer tú, ahora que hay dos caballeros esperando su respuesta.
—No creo que pueda encontrar la felicidad con ninguno de los dos —dijo William al fin, apenas con un hilo de voz.
—Ya. —Lady Agnes lo miró con calma—. ¿Y con quién debería encontrar la felicidad, en tu opinión?
—Pues... con alguien que la conozca bien. Que la respete. Y que la quiera.
Su abuela se enderezó en el silloncito.
—He visto en esa muchacha una sensibilidad que pocas jóvenes de su edad tienen, incluso entre las que llevan toda la vida educándose para esta sociedad.
Una curiosidad por aprender lo que fuera, todo lo que se le pusiera delante.
Un esfuerzo constante por mejorar, sin que nadie tuviera que exigírselo.
Es, sencillamente, una muchacha deslumbrante.
La señorita Marchmont es merecedora y digna de ser amada, William.
El coronel Elliot y el señor Fullerton han sido capaces de ver esto, y si tú no eres capaz de verlo, entonces tú eres el que no es digno de su amor.
—Claro que soy capaz de reconocer todas sus cualidades y ver su valía —dijo William, con la voz todavía más baja que antes—. Pero yo...
—¿Y vas a dejar que otro hombre le dé el amor que se merece?
—Lady Agnes lo miró fijamente—. William, no te estoy diciendo que ella vaya a elegirte a ti.
Eso no lo sé, y no me corresponde saberlo.
Pero sí sé que tienes derecho a intentarlo, y que hasta ahora ni siquiera te has dado esa oportunidad a ti mismo.
Algo se le removió por dentro a William con esas palabras, una idea que nunca había terminado de formularse del todo: siempre había pensado que Dolly merecía cumplir sus sueños sin que él interfiriera en ellos, pero jamás había imaginado, hasta ese preciso instante, que pudiera ser él quien se los hiciera realidad.
—No sé si ella sentirá lo mismo —dijo, todavía dudando.
—Pero al menos se merece la oportunidad de conocer todas las opciones que tiene delante —respondió lady Agnes, sin ninguna vacilación—, y tú, William, todavía no le has dado la tuya.
William se quedó inmóvil, con las palabras de su abuela todavía resonándole por dentro, y después, sin decir nada más, cruzó la habitación, cogió su sombrero del perchero junto a la puerta y se lo puso con decisión.
—Tengo un asunto importante pendiente, abuela.
Salió de la salita sin esperar respuesta, y lady Agnes, sola ya en su silloncito, volvió a coger el bordado, aunque no llegó a dar ni una sola puntada más, con una sonrisa pequeña asomándole a la cara mientras escuchaba los pasos apresurados de su nieto alejándose por el pasillo.
***
William salió de la casa casi corriendo sin esperar a que le trajeran el carruaje.
Recorrió a pie la distancia hasta la residencia de Beatrice, con el sombrero mal puesto y la capa aleteándole detrás, sin que le importara en absoluto la imagen que pudiera estar dando por la calle.
Necesitaba que el aire fresco de la tarde le golpeara la cara para no dejar que el pánico, que llevaba una hora entera creciéndole por dentro, terminara de paralizarlo.
Cuando el mayordomo de la duquesa abrió la puerta, William no esperó a que lo anunciaran como correspondía.
—Necesito ver a la señorita Marchmont.
El criado, desconcertado ante semejante falta de protocolo, apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la duquesa apareciera por el pasillo principal.
Beatrice lo observó de arriba abajo: la capa descolocada, el pelo revuelto por la carrera, los ojos sin ni rastro de la compostura habitual de lord Harwood.
—William —dijo, con un tono sereno pero inquisitivo—. Pensé que habíamos dejado clara la situación.
—Beatrice, por favor. —Dio un paso al frente, sin amedrentarse—. No he venido a exigir nada, ni a causar ningún escándalo. Solo le pido diez minutos. Si después de escucharme ella me pide que me marche, no volveré a molestarla jamás. Se lo juro por mi honor.
Beatrice sostuvo su mirada un momento largo, sopesando algo que solo ella podía ver. Finalmente, con un leve gesto de la cabeza, se apartó.
—Está en la terraza del jardín. —William ya se alejaba cuando ella lo llamó—. William. —Él se giró—. Procure hacer las cosas mejor esta vez.