Una apuesta entre caballeros Capítulo 37. Dos caminos y un recuerdo
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Capítulo 37. Dos caminos y un recuerdo

Dos días después de que Dolly recibiese la propuesta del coronel, estaba sentada en el silloncito junto a la ventana, mirando distraída el jardín.

Había cogido un libro de la biblioteca, pero se vio obligada a dejarlo.

La pregunta del coronel estaba demasiado presente y le impedía concentrarse en nada más.

Beatrice escribía cartas en la mesita del rincón cuando el criado anunció al señor Fullerton. Beatrice miró a Dolly un instante, como preguntándole en silencio si deseaba recibirlo, y ante el asentimiento de esta, le dijo al criado que lo hiciera pasar.

El señor Fullerton entró con una sonrisa de oreja a oreja y un ramo enorme de tulipanes rosas entre los brazos, que le tendió a Dolly en cuanto llegó hasta ella.

— Su excelencia. Señorita Marchmont.

—Señor Fullerton, qué grata sorpresa —dijo Beatrice, con la cortesía de siempre—. Siéntese, por favor.

—Gracias. —Nathaniel se sentó, todavía con la sonrisa puesta—. Hace un día espléndido, ¿no les parece? Casi parece mentira que estemos todavía en primavera.

—Aunque dicen que no va a durar —dijo Beatrice—. He oído que se espera lluvia para el fin de semana.

—Sí, algo así comentaron también en el club. Una lástima, porque tenía pensado asistir al concierto del sábado en Vauxhall, y con lluvia dudo que lo celebren al aire libre.

—Espero que el tiempo acompañe, entonces —dijo Beatrice—. ¿Y cómo está su padre, señor Fullerton?

—Bien, gracias, su excelencia. Algo preocupado por los rumores de huelga que llegan del norte, pero nada que no pueda manejar. Ya sabe usted cómo es, siempre encuentra la manera de que todo salga adelante.

—Es un hombre admirable, por lo que cuenta usted de él.

—Lo es —dijo Nathaniel, con orgullo—. Aunque a veces trabaja más de lo que su salud le permite, y ni mi madre ni yo conseguimos convencerlo de que descanse algún día.

La conversación fue apagándose poco a poco, hasta que se instaló un breve silencio, y Nathaniel, con su natural cortesía, se dirigió a Beatrice.

—Su excelencia, ¿me concedería el honor de un momento a solas con la señorita Marchmont?

—Por supuesto —dijo Beatrice, levantándose de inmediato, y antes de salir de la sala le dedicó a Dolly un guiño rápido, cómplice, que a ella le arrancó una sonrisa breve en mitad de los nervios.

En cuanto se quedaron solos, Nathaniel se levantó también, con los tulipanes ya olvidados sobre la mesita.

—Dorothea, si me permite llamarla así.

—Por supuesto.

Se acercó un paso, con una intensidad que Dolly no le había visto nunca hasta entonces, ni siquiera en la pastelería, ni en aquella primera cena en casa de Beatrice.

—Desde el mismo día en que choqué con usted a la salida de aquella tienda, hace ya casi medio año, no he dejado de pensar en usted ni un solo día.

Recuerdo cada detalle de ese encuentro, el sombrero que llevaba bajo el brazo, la disculpa que me pidió sin necesidad, pues no había hecho nada malo, y sobre todo recuerdo que me quedé allí plantado, en mitad de la calle, sin poder moverme, preguntándome quién era aquella joven que acababa de robarme, sin proponérselo, algo que ni yo mismo sabía que tenía para dar.

Dolly sintió que el corazón le latía deprisa.

—Cuando descubrí, meses después, que volvería a verla en la velada de la duquesa, no pude dormir en toda la noche anterior, de pura impaciencia.

Y desde entonces, cada ocasión en que hemos coincidido no ha hecho más que confirmarme lo que ya sospechaba desde aquel primer encuentro: que haberla conocido fue providencial, Dorothea.

No hay otra palabra que le haga justicia.

La amo, con una fuerza que no sé bien cómo explicar sin sonar exagerado, aunque le aseguro que no exagero ni una sola palabra.

Se arrodilló frente a ella, tomándole una mano entre las suyas.

—Le ruego que me haga el hombre más feliz de Inglaterra y acepte ser mi esposa.

Dolly lo miró, y después miró el ramo de tulipanes, todavía sobre la mesita.

—Señor Fullerton...

—Nathaniel, por favor.

—Nathaniel. —Dolly respiró hondo—. Me halaga usted profundamente con su declaración. Pero necesito tiempo para pensarlo. Todo esto ha sido muy precipitado.

Él le tomó las manos con más firmeza.

—Yo no lo siento así. Hemos tenido tiempo de sobra para conocernos, Dorothea, y estoy seguro de que lo que siente ahora no es más que la indecisión propia de cualquier joven enamorada. No me haga esperar. Le ruego que acepte ser mi esposa, aquí, ahora.

Dolly no supo qué decir de inmediato.

—Diga que sí ahora —insistió Nathaniel, con la voz cada vez más apremiante—. No hace falta pensarlo más.

—No sería justo para usted que le diera una respuesta así, sin haberlo meditado como merece. Usted se merece una respuesta pensada de verdad, no una que le dé solo porque me la pide con tanta insistencia.

Vio la decepción asomarle a la cara, y sintió un pinchazo en el estómago al verlo, aunque no lo bastante como para cambiar de decisión.

—No es un no, Nathaniel —dijo, con más suavidad—. Simplemente le pido algo de tiempo.

Nathaniel se quedó callado, todavía sujetándole las manos, hasta que asintió, despacio, aceptando lo que no podía cambiar.

—Esperaré, entonces. Pero no me haga esperar demasiado, Dorothea. No sé cuánto tiempo más podré disimular mi impaciencia.

Le besó la mano, se despidió con una reverencia y salió. Al entrar había cruzado la sala en cuatro zancadas; ahora le costó llegar hasta la puerta.

Dolly se quedó sola. Los tulipanes seguían sobre la mesita, y alguno ya empezaba a doblar la cabeza por el calor. Dos propuestas. Dos hombres esperando una respuesta que ella no tenía.

***

Sebastian había acudido a cenar esa noche a casa de Beatrice, y la conversación giraba en torno a algún cotilleo de la temporada —algo sobre un matrimonio precipitado en los alrededores de Bath, del que Sebastian parecía saber más detalles de los que resultaban del todo verosímiles—, mientras Dolly, sentada frente a ellos, apenas seguía el hilo.

Llevaba un buen rato empujando un trozo de patata de un lado a otro del plato, sin llevárselo a la boca, ni siquiera fingiendo interés en el relato de Sebastian.

—¿Qué le preocupa, señorita Marchmont? No ha probado casi nada —preguntó Beatrice.

—Nada en particular —dijo Dolly, soltando el tenedor sobre el plato—. Solo pensaba en el matrimonio.

—¿En el matrimonio? —preguntó Sebastian, con curiosidad.

—En general. En qué es lo que hace que un matrimonio funcione, o que no funcione. En si hace falta amor, o si basta con... con otras cosas.

Beatrice y Sebastian se miraron un instante, sin entender del todo hacia dónde iba aquello, y Dolly, incapaz de seguir dando rodeos, respiró hondo y lo soltó de una vez.

—He recibido dos propuestas de matrimonio. Y no sé qué hacer.

Sebastian dejó su copa sobre la mesa, con una sonrisa amplia.

—¿Dos? Vaya, vaya. Esto merece un brindis. —Levantó la copa, aunque nadie lo secundó—. ¿Quiénes han sido? Cuénteme los detalles.

—El coronel Elliot. Y el señor Fullerton.

—Felicidades, señorita Marchmont. —Sebastian silbó por lo bajo, con una expresión que a Dolly no le pareció del todo sorpresa—. Bien hecho, esto es justo lo que quería usted, ¿no? Un amor sincero que acabe en matrimonio. Que la quieran de verdad.

—Supongo que sí —dijo Dolly, sin mucha convicción—. Ya no tengo la certeza de nada. Estoy indecisa. Son tan distintos el uno del otro. Ni siquiera estoy segura de querer a ninguno de los dos lo suficiente como para aceptar ser su esposa.

Beatrice dejó los cubiertos con cuidado y, en tono suave, se dirigió a Dolly:

—Hay preguntas que ayudan más que otras en estos casos, señorita Marchmont.

¿Con cuál de los dos se siente más respetada?

¿Cuál la hace sentirse más segura, no solo esta noche, sino dentro de veinte años?

No es en absoluto deshonroso buscar seguridad y protección en un matrimonio, en vez de una pasión que a veces se apaga con la misma rapidez con la que empieza.

—Eso tiene sentido —dijo Dolly, con la voz apagada.

—Yo iría más por otro camino —dijo Sebastian, sin darle mucha importancia a la sugerencia de Beatrice—. ¿Cuál de los dos la hace querer encerrarse con él en una habitación y no salir en una semana entera?

—¡Señor Fitzwilliam!

—Es una pregunta legítima. El respeto y la seguridad están muy bien, pero un matrimonio sin ese otro ingrediente puede volverse bastante aburrido, con el tiempo.

Dolly no dijo nada, aunque no pudo evitar que el recuerdo del beso de William, aquella noche en la biblioteca, le viniera a la cabeza con una nitidez que la sorprendió, incómoda, delante de los dos.

—El respeto también puede volverse pasión, con el tiempo —dijo Beatrice, con firmeza—. Yo soy prueba de ello.

—Y la pasión también puede volverse respeto, si el hombre tiene la cabeza bien puesta —replicó Sebastian—. Lo importante es cuál de los dos siente ella primero.

Dolly los escuchaba a los dos, sin saber a cuál darle la razón, y pensó, con una punzada que no supo si era esperanza o tristeza, en lo maravilloso que sería poder tener las dos cosas a la vez: la seguridad de la que hablaba Beatrice, y esa otra cosa, más difícil de nombrar, de la que hablaba Sebastian.

***

Dolly se retiró temprano, alegando cansancio, aunque una hora después seguía despierta en la cama de la habitación azul, dándole vueltas a lo que habían dicho los dos, intentando encontrar alguna respuesta que le sirviera de verdad.

Fue entonces cuando cayó en un detalle que llevaba todo el día rondándole por dentro sin que ella lo hubiera nombrado.

Ni el coronel ni Nathaniel la llamaban Dolly.

Los dos usaban Dorothea, con esa formalidad tan cuidada, tan correcta, y ella lo había aceptado sin más, porque así era como debía llamarse ahora, la señorita Marchmont, Dorothea.

William no. Delante de los demás era siempre “señorita Marchmont”, pero a veces se le escapaba: un “Dolly” a media frase.

Aquel nombre llevaba dentro todo lo que ella había sido antes de convertirse en quien era ahora: la niña que robaba pañuelos con Tommy, la que jugaba a las cartas con marineros tatuados, la que había aprendido a esquivar manos indiscretas antes de aprender a bailar un vals.

Ahí estaba el problema, pensó, con una claridad repentina.

El coronel y Nathaniel conocían una versión de ella.

La que habían inventado. Todo lo que sabían sobre sus gustos y sus opiniones era cierto, pero era solo una parte, la parte que Jane y Beatrice habían pulido con tanto esmero durante meses.

Habían hablado con ella durante semanas y habían llegado a apreciar, cada uno a su manera, a aquella joven que se había presentado ante ellos como una dama.

William era el único que la conocía entera, con todo lo bueno y todo lo que la sociedad hubiera considerado vergonzoso, y precisamente por eso era también el único ante quien ella no tenía nada que fingir.

William sabía quién era Dolly. La muchacha que había existido antes de que Jane le enseñara a comportarse como una dama.

Conocía sus defectos, sus impulsos, su mal carácter y sus palabras mal pronunciadas.

Y, aun así, había seguido tratándola como si todo aquello formara parte de ella y no fuera algo que tuviera que esconder para merecer respeto.

Se removió incómoda entre las sábanas, y al final se levantó y se acercó a la ventana.

El jardín estaba completamente a oscuras, sin ni siquiera la luna asomando entre las nubes.

Con el coronel quería ser la mujer que él respetaba.

Con Nathaniel quería ser la mujer de la que él se había enamorado. Pero con William...

Con William podía ser simplemente Dolly.

No podía quedarse indefinidamente en casa de Beatrice, por mucho cariño que le tuviera y por mucho que la propia Beatrice insistiera en que no había ninguna prisa.

Protección y seguridad, había dicho Beatrice, eran razones tan válidas como cualquier otra para empezar un matrimonio.

Pensó en el coronel, en su calma, en sus historias de lugares lejanos, en la manera en que la escuchaba sin juzgarla nunca.

Lo respetaba, y creía de verdad que con el tiempo podría llegar a quererlo, aunque “amarlo” le pareciera todavía una palabra demasiado grande para lo que sentía ahora.

Le gustaba estar con él. Le gustaba que le enseñara cosas nuevas, que la tratara con esa paciencia serena que no exigía nada a cambio.

Con Nathaniel, en cambio, temía que ambos acabaran siendo infelices. Él esperaba un amor apasionado, del mismo tamaño que el suyo, y ella sabía, con una certeza que le dolía reconocer, que no podía ofrecerle eso. A la larga, eso les haría más daño a los dos que cualquier rechazo ahora.

Apoyó la frente contra el cristal frío, y dejó que le vinieran a la memoria, uno tras otro, todos los pasos que la habían llevado hasta ese instante: la taberna, la apuesta, Faircross, los meses de instrucción, el baile de Navidad, Londres.

La idea que había tenido del amor de niña, romantizada e infantil, construida a base de fascículos gastados y del recuerdo borroso de su padre hablándole a un mechón de pelo en la oscuridad. Una lágrima le resbaló por la mejilla.

Volvió a la cama e intentó dormirse, pero antes de conseguirlo, regresó el recuerdo del beso de William en la biblioteca.