Una apuesta entre caballeros Capítulo 36. Vuelta al principio
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Capítulo 36. Vuelta al principio

Cuando Dolly abrió los ojos, creyó que el tiempo había retrocedido más de cinco meses.

Aquella primera mañana, tiempo atrás, se había despertado en esa misma habitación pensando que todo era un sueño.

El azul del Támesis en las paredes y la colcha color mar.

La luz entrando por los ventanales le había parecido llena de esperanza.

Ahora, la luz que entraba parecía más fría.

Se incorporó despacio y recorrió la habitación con la vista. Todo seguía exactamente igual. Y, sin embargo, todo era diferente.

Tardó un momento en comprender qué era. No era la habitación. Era ella.

La muchacha que había llegado aquí hacía meses, con el hatillo apretado contra el pecho y la esperanza intacta, de que el mundo entero estuviera a punto de abrírsele por primera vez, ya no era la misma que se había metido esa madrugada en esa cama, con la capa todavía puesta y las lágrimas apenas secas.

Aquella Dolly había creído en las promesas de dos caballeros borrachos sin cuestionarlas ni un instante. Esta ya no creía en casi nada.

Soltó un suspiro largo y tiró del cordón junto a la cama, esperando a que llegara Anne, la doncella que la había atendido aquella primera vez, para que la ayudara a vestirse antes de bajar a desayunar.

***

Cuando Dolly bajó, Beatrice ya estaba sentada a la mesa, con un libro en una mano y una taza de té en la otra. Dolly la saludó y se sentó, y durante un instante ninguna de las dos dijo nada, en un silencio que no resultaba en absoluto incómodo.

—Gracias por permitir que me quedase anoche —dijo Dolly, apenas con un hilo de voz.

Beatrice levantó la vista del libro.

—Siempre será usted bien recibida, señorita Marchant.

Dolly notó el apellido, el antiguo, el suyo de verdad, y algo en el pecho se le aflojó un poco al oírlo.

—No quiero importunarla, señora. Buscaré una pensión, y en cuanto pueda me marcharé.

—No es necesario que busque nada. —Beatrice la miró con firmeza—. Puede quedarse el tiempo que necesite.

A Dolly se le escapó una lágrima, y bajó la vista hacia su propia taza.

—Gracias —dijo, con la voz todavía más pequeña que antes.

—He mandado a mi criado a recoger sus cosas de casa de lord Harwood —añadió Beatrice, sin darle mayor importancia, y volvió a su libro sin preguntar nada más.

Dolly se quedó pensando mientras se llevaba la taza a los labios. Se sentía afortunada de tener una amiga como Beatrice. La duquesa no había preguntado nada. Ni anoche, cuando el mayordomo la hizo pasar con la capa empapada de la lluvia fina de la noche, y la cara hecha un desastre, ni ahora.

Lo agradeció en silencio, no tenía ánimo para dar muchas explicaciones. Dolly se quedó mirando por la ventana, hacia el jardín que empezaba a despertar con la luz de la mañana. Fuera, un mirlo picoteaba la tierra entre los rosales.

***

Había pasado una semana desde que Dolly saliera huyendo de casa de lord Harwood, y en todo ese tiempo no había vuelto a pisar una calle de Londres, temerosa de cruzarse con William en cualquier esquina.

Jane y lady Agnes fueron a verla dos veces, y ninguna había hecho preguntas.

Mientras tomaban el té, habían hablado de cosas pequeñas: de la temporada, del tiempo, de algún vestido que lady Agnes había visto en una tienda, como si Dolly hubiera ido a pasar unos días a casa de Beatrice por cualquier motivo perfectamente razonable.

Al despedirse, lady Agnes le apretó las manos y le dijo que la casa estaba demasiado silenciosa sin ella.

Jane no dijo nada; la abrazó tan fuerte que se le torció el sombrero.

Por las mañanas, si el tiempo lo permitía, paseaba por el jardín de Beatrice.

Las tardes las dedicaba a leer, casi siempre junto a una ventana, mientras la duquesa hacía alguna labor o escribía cartas.

La calma de aquella casa había conseguido devolverle poco a poco algo parecido a la paz.

No era felicidad, pero al menos ya no sentía que el corazón le doliera constantemente.

Aquella mañana no paseaba sola. El coronel Elliot se había enterado, no supo Dolly cómo, de que se alojaba en casa de Beatrice, y había acudido a visitarla sin preguntar por qué había cambiado de residencia. Simplemente había venido, y Dolly se lo agradecía.

Caminaban despacio por el sendero que bordeaba los rosales, todavía sin flores.

—...y en Delhi —estaba diciendo Elliot— hay un mercado que se despierta antes del amanecer. A esa hora el aire está todavía fresco, pero el olor de las especias es tan intenso que uno tarda días en dejar de notarlo en la ropa.

—¿De verdad?

—De verdad. Y créame, después de pasar tantos años allí, uno llega a reconocer ciertas especias incluso con los ojos cerrados.

—Entonces debe de echarlo de menos.

El coronel la miró de reojo.

—Algunas cosas.

—¿Y otras no?

—El calor, por ejemplo, no.

Dolly soltó una pequeña risa, y Elliot sonrió también, aunque después guardó silencio durante unos pasos, hasta que se detuvo del todo.

—Señorita Marchmont, ¿le importaría que nos sentáramos?

—En absoluto.

Se sentaron en un banco de piedra junto a los rosales, y Dolly esperaba que él continuara hablando de la India, pero el coronel permaneció unos segundos en silencio, se levantó, dio dos pasos, se detuvo, y regresó hacia ella.

—Dorothea, si me permite llamarla así...

—Por supuesto.

Entrelazó las manos detrás de la espalda.

—Hay algo que deseo decirle, y preferiría hacerlo con franqueza.

Soy consciente de la diferencia de edad que existe entre nosotros.

Le llevo casi veinte años, y sé perfectamente que eso no es poca cosa para una mujer joven como usted.

También sé que no puedo ofrecerle lo que quizás espere de un hombre joven: no voy a prometerle una pasión desbordante, ni a decirle que moriría si no pudiera tenerla.

No sería sincero, y usted merece algo mejor que eso.

Dolly sonrió ligeramente. Elliot se sentó de nuevo, sin apartar los ojos de ella.

—Pero sí puedo ofrecerle algo que conozco bien: compañía y afecto.

Un afecto que, para mi propia sorpresa, ha ido creciendo desde aquella primera noche en que nos conocimos.

Recuerdo que pensé que era usted una joven bastante peculiar, y después descubrí que era, además, extraordinariamente curiosa, y que cada vez que hemos hablado he encontrado algo nuevo que me ha hecho querer conocerla un poco más.

No sé exactamente en qué momento ocurrió, pero en algún punto empecé a esperar con verdadero interés cada ocasión de verla.

Y cuando descubrí que se había marchado de casa de lord Harwood, me preocupé.

No porque quisiera saber qué había ocurrido, sino porque comprendí que me importaba de verdad saber si estaba bien. Quizás eso sea lo que yo llamo amor.

Le tendió la mano.

—No sé si usted siente algo parecido por mí, y no espero que lo sepa todavía. Pero sí sé lo que siento yo. Señorita Marchmont, ¿me haría el honor de convertirse en mi esposa?

Dolly se quedó mirando aquella mano tendida, sin poder hacer otra cosa durante unos segundos.

Era exactamente lo que debería haber deseado: un hombre bueno, que no la miraba por encima del hombro, que conocía —o creía conocer— su origen y aun así la trataba como a una mujer digna de respeto, que no había intentado cambiarla ni convertirla en algo que no era, y que acababa de decirle que la quería sin pedirle que fingiera ser otra persona para merecerlo. Sintió que se le humedecían los ojos.

—Coronel...

—No tiene que responder ahora.

—No —dijo Dolly, negando despacio con la cabeza—.

Precisamente por eso quiero responderle bien.

Me honra que piense usted así de mí, y no puedo decirle que no me haya conmovido.

Pero necesito tiempo. No quiero aceptar porque crea que debería hacerlo, ni rechazarlo porque ahora mismo estoy demasiado confundida para saber qué quiero de verdad.

—Me parece una razón excelente para esperar.

—¿No está decepcionado?

—Un poco, naturalmente. —Sonrió—. No soy tan virtuoso como para fingir lo contrario. Pero puedo esperar.

Le ofreció el brazo, y Dolly se levantó y apoyó la mano en él. Continuaron caminando entre los rosales todavía sin flores, hablando de la primavera, de los conciertos que quedaban por celebrarse, de un libro que Dolly quería leer, sin que ninguno de los dos volviera a mencionar la propuesta.

Pero mientras caminaba junto a él, Dolly pensó que quizás aquella era la clase de amor que había estado buscando: uno que no dolía, que no la hacía sentir pequeña.