Capítulo 35. La desesperación de William
William no había pegado ojo en toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía el mismo recuerdo: el roce de los dedos de Dolly contra su cara, la manera en que había dejado de resistirse, ese instante exacto en que ambos habían dejado de fingir.
Solo con pensarlo, notaba cómo el cuerpo entero se le encendía de una manera que no conseguía dominar por mucho que lo intentara.
Llamó a su ayuda de cámara antes de que amaneciera del todo.
—Prepáreme un baño.
—Por supuesto, milord. ¿Con el agua a la temperatura de siempre?
—Fría.
El hombre lo miró, sorprendido.
—¿Fría, milord?
—Fría.
El baño le sentó bien, o al menos consiguió calmar lo que ninguna otra cosa había logrado aplacar en toda la noche.
Pero en cuanto salió del agua, envuelto en la toalla, la imagen que le vino a la cabeza ya no fue la del beso, sino la de después: Dolly con la mano en los labios, los ojos llenos de lágrimas, esa frase quebrada, “Yo no soy pa' usté”, que le había dolido más que cualquier otra cosa.
Le debía una disculpa. Era un caballero, o al menos se preciaba de serlo, y un caballero no se comportaba así con una mujer, arrinconándola en una discusión hasta el punto de besarla sin su permiso, como si fuera cualquier muchacha de la que uno pudiera tomarse esas libertades.
Y Dolly no lo era. No era como las demás.
Valía más que cualquier joven dama que hubiera conocido en toda su vida, y precisamente por eso lo que había hecho la noche anterior le pesaba ahora como una losa.
Además, él había jurado protegerla. Había jurado que jamás volvería a interferir en sus decisiones y, en lugar de eso, se había aprovechado de la situación, dejándose llevar por algo que llevaba días quemándole por dentro.
***
William bajó a desayunar, decidido a ofrecerle una disculpa a Dolly. Cuando llegó a la salita del desayuno, la encontró vacía, salvo por lady Agnes, ya sentada con su taza de té.
—¿Dónde está la señorita Marchmont? —preguntó, extrañado—. ¿Todavía no se ha levantado?
Lady Agnes dejó la taza en el platillo con un gesto seco.
—Se ha marchado.
—¿Cómo que se ha marchado?
—Esta mañana ha venido un criado de la duquesa de Blackmoor, solicitando que preparásemos las cosas de la señorita Marchmont para llevárselas.
William sintió que palidecía.
—Eso no es posible.
—Puede serlo, y lo es. —Lady Agnes lo miró fijamente, con una dureza que él rara vez le había visto—. ¿Se puede saber qué pasó anoche, William, para que la señorita Marchmont tuviera que salir huyendo en plena noche?
William se quedó sin habla, buscando algo que decir.
—Nada, yo… solo fue un malentendido.
—¡¿Un malentendido?! —Lady Agnes alzó la voz, ya sin ningún esfuerzo por contenerse—. ¡Nadie sale huyendo de noche a buscar refugio en casa de una duquesa por un simple malentendido!
—Lo arreglaré. Iré a buscarla y lo arreglaré todo.
—Más te vale. —Lady Agnes se levantó de la silla—. Porque si de verdad eres el caballero que yo creí haber criado, sabrás exactamente qué debes hacer para reparar lo que hayas hecho. Y si no lo sabes, William, entonces me has decepcionado más de lo que jamás pensé posible.
***
William llegó a casa de Beatrice y se anunció ante el mayordomo, pidiendo ver a la señorita Marchmont.
Lo hicieron pasar a una salita, y allí esperó, con los nervios ya a flor de piel.
Se sentó y volvió a levantarse casi de inmediato.
Fue hasta la ventana y se llevó una mano a la cara.
Le pesaban las horas sin dormir, y un dolor de cabeza empezaba a asomarle detrás de los ojos.
Se había sobrepasado con Dolly la noche anterior. Ahora lo sabía con una claridad que no admitía discusión.
Oyó la puerta abrirse a su espalda.
—Dolly —dijo, girándose.
No era Dolly. Beatrice estaba en el umbral, con la barbilla levantada y una expresión de indiferencia calculada que a William le resultó, de inmediato, peor que cualquier grito.
—Lord Harwood. La señorita Marchmont no desea verlo en este momento.
—¿Qué tontería es esa? —William dio un paso hacia ella—. Beatrice, dile que venga, por favor. Necesito hablar con ella.
—Ella no necesita hablar con usted.
William sintió un vértigo repentino. ¿Y si no volvía a verla nunca? La idea le resultó inadmisible. Fue hacia la puerta.
—Esto es ridículo.
Salió de la salita, dispuesto a recorrer la casa entera si hacía falta.
—Lord Harwood. —La voz de Beatrice, ya sin ningún rastro de la calma anterior, lo siguió por el pasillo—. ¿Se puede saber qué cree que está haciendo?
William abría puertas al pasar, buscando alguna señal de Dolly.
—¿Está arriba?
—¡Lord Harwood! —Beatrice ya gritaba—. ¿Es que se ha vuelto usted loco?
William se dirigió hacia las escaleras, con la única idea fija de encontrar a Dolly, sin importarle nada más.
—¡Lord Harwood!
El grito de Beatrice, firme y autoritario como una orden, lo detuvo con el pie ya puesto en el primer escalón. Se giró hacia ella.
—Le sugiero que se marche ahora, lord Harwood. No me obligue a llamar a mis criados para que lo acompañen a la puerta.
William se quedó inmóvil, y después, derrotado, bajó del escalón y fue a buscar su sombrero, que había dejado sobre una silla de la salita. Antes de llegar a la puerta principal, se giró de nuevo hacia Beatrice.
—Beatrice, ¿puede decirle que siento mucho lo sucedido?
Ella lo miro, ya más calmada, con una expresión que se acercaba a la comprensión.
—Me temo que eso ya lo sabe ella, William.
William salió a la calle con el dolor de cabeza ya en todo su apogeo y sin la menor idea de qué excusa iba a darle a su abuela.