Capítulo 34. Sombra y ceniza
En cuanto entraron en casa, Jane y lady Agnes se despidieron con los buenos deseos de siempre y subieron hacia sus habitaciones.
Dolly se demoró en el vestíbulo hasta que los pasos de las dos se perdieron escaleras arriba. Entonces se giró hacia William, que acababa de dejar el sombrero en la mesita de la entrada.
—Lord Harwood, ¿puedo hablar con usted un momento?
—Por supuesto.
Lo siguió hasta la biblioteca. William encendió una vela con manos que a Dolly le parecieron menos firmes de lo habitual, y cerró la puerta tras ellos.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Dolly caminó de un lado a otro de la estancia, intentando ordenar una rabia que llevaba demasiado tiempo conteniendo. Dio dos vueltas completas antes de detenerse frente a él. William permanecía apoyado en el borde de la mesa con los brazos cruzados.
—¿Qué fue eso de esta noche?
William evitó su mirada. Se acercó a la licorera del rincón, se sirvió un coñac y bebió un trago antes de responder.
—No sé a qué se refiere.
—Me refiero a su interrupción en la terraza cuando estaba hablando con el señor Fullerton.
—Cualquiera podría haberlos visto. Los dos, solos en una terraza a oscuras, sin carabina. No es apropiado.
Dolly soltó una risa incrédula.
—¿No es apropiado? ¡No tiene usted ningún derecho a vigilarme así!
—Tengo todo el derecho. Soy responsable de usted mientras esté bajo mi protección.
—¡Me las he apañao sola siempre, William! —estalló ella, con el acento del puerto regresando sin ningún filtro—. ¡Con hombres mucho peores que el señor Fullerton! Un caballero educao en una terraza no es ni de lejos lo más peligroso que he tenío que enfrentar en toda mi vida.
William dejó la copa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No me gusta Fullerton. No me parece de fiar.
—Usted no lo conoce —dijo Dolly, elevando la voz—. Es un buen hombre. Cuando nos interrumpió, creo que estaba a punto de declararse, ¿lo sabía? ¡Y usté lo ha arruinao todo!
William se pasó una mano por el pelo, visiblemente alterado.
—¡No puede casarse con él! ¡No le conviene!
—¿¡Que no me conviene!? —Dolly avanzó otro paso, incapaz ya de contenerse—. ¿Y quién es usted pa' decidir eso? ¡Soy yo la que no le conviene al señor Fullerton, William! ¡Es él quien no debería acercarse a mí!
Las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos.
—Yo soy la que se ha dejao enredar en una mentira de la que ahora ya no hay escapatoria posible. Y usté, en vez de dejarme decidir con quién podría ser feliz, con un hombre bueno que no sabe la verdad, viene a estropearlo todo. ¿Por qué? ¡Dígame por qué!
William respiró hondo.
—Eso no cambia que Fullerton no es de fiar. Su dinero es nuevo, su apellido cambiado, su padre un comerciante...
—¿Y eso qué tiene de malo? —lo interrumpió Dolly—. Es un buen hombre. Ha trabajao pa' aprovechar las oportunidades que la vida les fue dando, a él y a su padre. ¿Qué tiene eso de malo? —Se acercó hasta quedar frente a él—. ¿En qué se diferencia de mí?
William abrió la boca. No salió ninguna palabra.
—¡Contésteme! —le gritó Dolly, con las manos cerradas en dos puños a ambos lados del cuerpo—.
Porque parece que lo único malo de Fullerton es que no nació con el apellido correcto.
Igual que yo. Así que dígame de una vez qué es lo que tanto le molesta de él, William, porque empiezo a pensar que es exactamente lo mismo que le impide a usté mirarme a mí como algo más que una responsabilidad.
—No es eso.
—¡Entonces qué es!
Una lágrima se desprendió de sus ojos y le resbaló lentamente por la mejilla, pero Dolly ni siquiera hizo ademán de secarla.
—¡Conteste! —gritó Dolly—. ¡Por una vez en su vida, conteste con la verdad!
—¡No puedo!
—¿¡Por qué no puede!?
—¡Porque si lo digo, ya no hay vuelta atrás!
—¡Maldita sea la hora en que llegasteis a El descanso de la sirena, usté y su amigo, con vuestra apuesta y vuestras promesas de borrachos! ¡Dígamelo de una vez, o cállese pa' siempre y déjeme en paz!
William le dio la espalda y se apoyó en el borde de la mesa, como si el peso de la pregunta lo hubiera dejado sin nada más a lo que agarrarse. Dolly apenas tuvo tiempo de preguntarse qué iba a responder cuando él se giró de nuevo.
Cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas. Una mano le rodeó la cintura; la otra se posó en su nuca, entre el pelo que la doncella le había recogido con tanto esmero esa misma tarde, y antes de que Dolly pudiera comprender lo que estaba ocurriendo, William la atrajo hacia sí y la besó.
Dolly se quedó completamente inmóvil.
Sintió los labios de William sobre los suyos, firmes, cálidos, con una intensidad que no se parecía a nada que hubiera imaginado en ninguna de las páginas que había leído.
Dolly no supo qué hacer con sus propias manos, suspendidas entre ambos, incapaces de decidir si debían apartarlo o aferrarse a él.
Él volvió a besarla, esta vez con más insistencia, y la sorpresa inicial de Dolly fue cediendo poco a poco, como una cerradura que por fin encuentra su llave.
Entreabrió los labios, y el beso se hizo más hondo, más lento, con un ritmo propio que ninguno de los dos parecía dirigir del todo.
El corazón le latía con tanta fuerza que casi dolía.
La mano de William en su cintura la acercó más, mientras la otra le recorría la nuca con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de todo lo demás.
Dolly sintió el calor de su cuerpo a través de las capas de tela, la respiración de él mezclándose con la suya, y cuando William inclinó la cabeza para besarla de nuevo, más despacio esta vez, dejó de pensar en nada.
Sus manos encontraron, por fin, dónde posarse.
Una se apoyó en su hombro; la otra subió hasta su rostro, y sus dedos rozaron la mandíbula de William, áspera y cálida bajo las yemas.
Aquel contacto le arrancó un pequeño estremecimiento, y sus dedos se cerraron con suavidad sobre su piel, atrayéndolo todavía más cerca.
William se inclinó más hacia ella. Dolly hizo lo mismo. Ninguno de los dos existió fuera de aquel instante: no había apuesta, ni Londres, ni Fullerton, ni la frase que ella había escuchado tras la puerta de un despacho semanas atrás. Solo estaban sus labios y la mano firme en su cintura.
Y entonces, de repente, William se apartó.
Fue tan brusco que Dolly abrió los ojos sobresaltada. Él había dado un paso atrás. En su cara ya no quedaba rastro de la intensidad de antes: solo sorpresa, y algo parecido al arrepentimiento.
Dolly sintió que el pecho se le cerraba.
—Señorita Marchmont, yo...
Ella se llevó una mano a los labios.
—No. No diga nada. — La voz le temblaba—. Por favor, no diga nada.
William se quedó callado. Respiró hondo antes de continuar.
—Esto no debería haber pasado.
Una lágrima le resbaló a Dolly por la mejilla, y no hizo nada por detenerla.
—No —dijo, con la voz rota—. No debería.
Bajó la mirada hacia el suelo, incapaz de seguir mirándolo.
—Yo no soy pa' usté.
William dio un pequeño paso hacia ella.
—Dolly, yo…
Ella negó con la cabeza y retrocedió.
—No. Ya lo entendí.
Se dio la vuelta, salió de la biblioteca y subió las escaleras a toda prisa, con una mano recogiendo el bajo del vestido para no tropezar y la otra apretada contra el pecho.
***
Dolly se sentó frente al tocador, con las lágrimas cayéndole por las mejillas. Qué estúpida había sido, pensó, al creer que William podría fijarse en ella algún día, como si el mundo entero no le hubiera repetido ya, de mil maneras distintas, que aquello era imposible.
Se llevó las manos al cuello, se quitó el collar con la esmeralda que lady Agnes le había prestado antes del baile y lo guardó con cuidado en su cajita, sobre el tocador.
Pensó en lo que pasaría al día siguiente, cuando bajara a desayunar y se encontrara con William al otro lado de la mesa.
Solo de pensarlo, un escalofrío le recorrió la espalda entera.
Se levantó de golpe. Cogió un vestido de paseo, mucho más sencillo que el de noche que todavía llevaba puesto.
Le costó desabrocharse este último sin la doncella: los corchetes de la espalda se le resistían entre los dedos torpes por la prisa.
Cuando por fin lo consiguió, se puso el de paseo y se echó encima la capa, tapándose la cabeza con la capucha.
Antes de salir, se detuvo un instante en la puerta y miró hacia atrás. El libro seguía sobre la mesita, el de Manon Lescaut, con las tapas gastadas de tanto releerlo. Volvió sobre sus pasos, lo cogió y lo guardó en un bolsillo interior de la capa.
Abrió la puerta del dormitorio con el mayor silencio posible.
No estaba segura de que William no siguiera todavía abajo, en la biblioteca, así que se dirigió hacia las escaleras de servicio, más estrechas y más oscuras, en vez de arriesgarse a las principales.
Bajó despacio, pegada a la pared, deteniéndose a cada crujido de la madera, hasta llegar a la puerta trasera que daba a la calle.
Salió a la noche fría y echó a andar sin mirar atrás, en dirección al único lugar donde sabía, con toda certeza, que sería bien recibida.