Una apuesta entre caballeros Capítulo 33. Veintiocho compases y la penumbra
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Capítulo 33. Veintiocho compases y la penumbra

Lord Harwood volvía a bailar con la esperanza de que la orquesta acortase la pieza por compasión, y descubrió, con cierto desaliento, que cinco meses no habían bastado para que los músicos aprendieran a compadecerse de nadie.

—Y entonces mi prima insistió en que las rosas no combinaban en absoluto con los lirios, que era un error de la florista, aunque yo creo que el problema no eran las flores sino el jarrón. Con ese color azul oscuro difícilmente podía hacer resaltar el color...

William contó los compases que faltaban para que terminara la pieza. Quedaban veintiocho.

—¿No le parece, lord Harwood?

—Sin duda —dijo él, girando a la señorita Pingley hacia la izquierda con la mano justo donde debía estar.

—Además, hace un calor impropio de la estación, ¿no cree? Mi madre dice que va a ser un verano muy caluroso si ya en primavera estamos así, aunque también dice eso cada año, así que no sé cuánto crédito darle...

Veinte compases. La mente de William volvió a la entrada del baile, apenas dos horas antes: Dolly cruzando el salón junto a Jane, con el vestido verde de madame Boucheron y la esmeralda de lady Agnes brillándole en el cuello, y cómo más de un caballero había interrumpido su propia conversación para volver la cabeza y mirarla.

—...y los colores de esta temporada son tan distintos a los del año pasado, ¿ha notado usted que ya nadie lleva el amarillo? Se ha pasado de moda de la noche a la mañana, es algo que nunca termino de entender, cómo un color puede...

—Es posible —dijo William, sin escuchar del todo.

Doce compases. Dolly no había parado de bailar en toda la noche. Las invitaciones le habían llovido desde el primer momento, empezando por el coronel y el señor Fullerton, que prácticamente se habían disputado el primer vals entre reverencias educadas y miradas menos educadas el uno hacia el otro.

—¿Y qué opina usted de la orquesta esta noche, lord Harwood? Dicen que el director es nuevo, y a mí me parece que el tempo del último vals estaba un poco...

—No sabría decirle.

Seis compases. William buscó a Dolly por encima del hombro de su pareja y la encontró rodeada de un pequeño grupo de caballeros, riendo de algo que uno de ellos acababa de decir, mientras los demás competían visiblemente por hacerla reír de nuevo.

La pieza terminó y William hizo la reverencia que correspondía, acompañó a la señorita Pingley de vuelta junto a su madre, y volvió a buscar a Dolly con la mirada.

Ya no estaba con el grupo. La encontró un momento después, del brazo del coronel, camino de la mesa de las bebidas, con la cabeza inclinada hacia él, escuchando algo que Elliot le decía con esa calma suya que a William le pareció particularmente irritante.

***

William cogió una copa de coñac de la bandeja de un criado que pasaba, se la bebió de un trago y siguió caminando hasta donde Sebastian y Beatrice conversaban junto a las puertas del jardín.

—La noche está resultando insufrible —dijo, en cuanto llegó.

—¿De veras? —Sebastian arqueó una ceja—. Yo no recuerdo un baile tan divertido en toda la temporada.

—Coincido con él —dijo Beatrice.

William miró hacia donde estaba Dolly, que en ese momento hablaba con lady Agnes y Jane, y los hombros se le aflojaron, aunque solo fuera un poco.

—Todavía no lo tienes todo perdido, William —siguió Sebastian, con evidente disfrute—. Puede que ganes la apuesta. He visto al hermano de la señorita Pingley muy pendiente de la señorita Marchmont. Mira, allí va otra vez.

William se giró. Un joven se había acercado a Dolly, y ella, con una sonrisa, le había tomado del brazo para dirigirse hacia la pista.

—Dos bailes esta noche con ese tal Pingley —dijo Sebastian—. Un tercero sería toda una declaración de intenciones. Mira qué cara pone Fullerton.

William siguió la dirección que señalaba Sebastian, y encontró a Fullerton, apartado del grupo, con la mirada clavada en Dolly y el joven Pingley con una fijeza que no se molestaba en disimular.

—Señor Fitzwilliam, se le ve claramente divertido esta noche —dijo Beatrice.

—La noche es tan insoportable como cualquier otra en un baile —insistió William—. Esta no tiene nada de especial.

—¿Cómo puedes decir eso? —Sebastian se llevó una mano al pecho, indignado—. ¿Otras veces hemos tenido a una intrusa manejándose con esta soltura entre toda la aristocracia londinense?

—Lo que le ocurre a lord Harwood —dijo Beatrice, con un brillo divertido en la mirada— es que está manteniendo las mismas conversaciones aburridas de siempre, mientras la persona con la que en realidad le gustaría hablar es el centro de atención de todos los demás caballeros del salón.

—Estáis insoportables esta noche.

Sebastian y Beatrice rompieron a reír al mismo tiempo.

—Me voy a la sala de juego —dijo William—. Allí, al menos, la conversación tiene algún sentido.Se alejó con las risas de los dos a la espalda. No llegó a la sala de juego. Se detuvo junto a una columna desde la que, por pura casualidad, se veía perfectamente la pista de baile.

***

Pasó casi una hora entera sin que el tormento diera tregua.

El tiempo transcurría con una lentitud exasperante, medido en bailes en los que William no participaba y copas que apenas lograban templarle los ánimos.

La música continuaba sonando, implacable, mientras la atmósfera del salón se volvía cada vez más calurosa y recargada.

William se retiró finalmente a un rincón en penumbra, buscando algo de silencio, pero ni allí consiguió escapar: vio a Dolly bailando un vals con Fullerton. Apretó la copa de coñac hasta que el cristal crujió bajo sus dedos.

—¡Ah, lord Harwood! Está usted aquí. Le hemos visto poco esta noche.

De repente la señora Halworth apareció de la nada, con un grupo de señoritas detrás, antes de que William pudiera escabullirse hacia otro rincón menos concurrido.

—Señora Halworth.

—Estábamos precisamente comentando lo animado que está resultando el baile este año. ¿No le parece, lord Harwood?

—Sin duda.

Mientras la señora Halworth seguía hablando, y las señoritas que la acompañaban intercalaban risitas ante comentarios que a William no le parecían merecedores de tanta gracia, sus ojos volvían una y otra vez hacia la pista.

Fullerton tenía la mano bastante más baja de lo que exigía cualquier decoro, y se inclinaba hacia Dolly con una cercanía que a William le pareció, cada vez con más certeza, impropia de un caballero.

—...y dicen que este año habrá dos bailes más antes de que acabe el mes, aunque yo no sé de dónde van a sacar tantas orquestas disponibles...

La música cesó. William vio, con una tensión repentina en el estómago, cómo Fullerton le ofrecía el brazo a Dolly y la conducía, no de vuelta hacia el grupo, sino hacia las puertas abiertas que daban a la terraza.

—Discúlpenme —dijo William, cortando a la señora Halworth a media frase, sin esperar a que ella terminara de decir lo que fuera que estuviera diciendo sobre orquestas.

Se abrió paso entre la gente, con la copa todavía en la mano, hacia las puertas de la terraza. Era inadmisible que Dolly estuviera sola ahí fuera con Fullerton, sin ninguna carabina, expuesta a que cualquiera los viera y sacara sus propias conclusiones.

***

William salió a la terraza con paso apresurado.

Tras la luz de las velas del salón, la vista tardó en acostumbrarse a la penumbra.

Miró a su alrededor, y en el rincón más oscuro descubrió a una pareja apoyada contra la balaustrada.

El caballero tenía la boca hundida en el cuello de la dama, a la altura del escote, y ella echaba la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y una mano enredada en el pelo de él.

A sus pies había caído un abanico que ninguno de los dos se había molestado en recoger.

Por un instante espantoso, creyó distinguir en la oscuridad el verde de un vestido lleno de volantes.

La copa se le escapó de la mano y se hizo añicos contra las baldosas, sin que él reaccionara a tiempo de sujetarla. Sintió un calor extenderse por todo el cuerpo, y dio un paso hacia la pareja, dispuesto a intervenir, cuando una risa le llegó desde su derecha.

Se giró. Dolly y Fullerton estaban allí, algo apartados, manteniendo las distancias, hablando en voz baja. William caminó hacia ellos de todos modos.

—Señorita Marchmont, no debería estar aquí. Será mejor que entremos.

—Lord Harwood —dijo Dolly—. ¿Qué hace usted aquí? ¿Nos ha seguido?

William abrió la boca y tuvo que pensar rápido antes de responder.

—He visto que salían y pensé que...

No terminó la frase. Fullerton se adelantó a responder.

—Lord Harwood, le aseguro que mis intenciones son completamente honorables. La señorita Marchmont se sintió acalorada en el salón y hemos salido un momento a tomar el aire. Nada más.

—El aire se puede tomar en muchos sitios, señor Fullerton. Una terraza a oscuras no es uno de ellos.

—La terraza no está exactamente a oscuras, lord Harwood.

William miró hacia los ventanales iluminados y comprendió, con cierto fastidio, que el hombre tenía razón.

—No me parece apropiado que una joven permanezca aquí sin su carabina.

—La señorita Marchmont no está haciendo nada impropio.

—No he dicho que lo esté.

—No con esas palabras.

Dolly los miró a ambos y dijo en voz baja:

—Creo que deberíamos volver dentro.

Pero William ya no estaba dispuesto a retroceder.

—Su reputación corre peligro cada vez que se encuentra en una situación que pueda prestarse a comentarios.

Fullerton se tomó su tiempo antes de responder:

—Su reputación no corre ningún peligro conmigo, lord Harwood. Quizás con quienes vienen a interrumpir una conversación privada asumiendo lo peor sin ninguna razón para hacerlo.

William sintió que la mandíbula se le tensaba.

—Me corresponde velar por su reputación.

—¿De verdad?

La pregunta fue pronunciada con tanta calma que resultó más provocadora que cualquier desafío abierto.

—¿Insinúa que no tengo derecho a preocuparme por ella?

—Insinúo que quizás su preocupación no sea del todo por la señorita Marchmont.

William dio un paso hacia él.

—Mida sus palabras, señor Fullerton.

—Las mido perfectamente, lord Harwood.

Dolly soltó el aire con frustración.

—¡Ya basta!

Los dos hombres se volvieron hacia ella.

—No necesito que ninguno de los dos decida por mí dónde puedo estar o con quién puedo hablar.

William se quedó callado.

Dolly hizo una pequeña reverencia, primero hacia Fullerton y después hacia él.

—Voy a volver al salón.

Se dio la vuelta y entró, dejándolos solos en la terraza.

William permaneció inmóvil unos segundos, con los puños cerrados a los lados.

—Le sugiero, señor Fullerton, que se mantenga alejado de la señorita Marchmont a partir de ahora.

Fullerton lo miró fijamente, sin dar un solo paso atrás ni mostrar el menor atisbo de intimidación.

—No tengo la menor intención de hacerlo, lord Harwood —respondió con una frialdad tajante—. Y le sugiero que se pregunte, muy seriamente, por qué le importa tanto que lo haga.

William no respondió. Fullerton hizo una breve inclinación de cabeza y regresó al salón. William se quedó solo. Miró hacia la balaustrada, respirando todavía con dificultad.

En el rincón oscuro, la pareja seguía enredada, sin haberse enterado de nada.

William se quedó mirándolos. Allí, a pocos pasos, estaba todo lo indecoroso que había salido a impedir, y no le había dedicado ni una sola palabra.

Había reservado toda su indignación para una conversación a la luz de los ventanales.

A sus pies, los restos de la copa brillaban sobre las baldosas.