Capítulo 32. La sospecha y el collar
Sebastian llevaba toda la mañana de un humor excelente, repantingado en uno de los sillones de cuero del club, con una copa que apenas había tocado y una sonrisa que no se le había borrado desde que se habían sentado.
—Está clarísimo, William. Voy a ganar esta apuesta. Dos pretendientes, y ninguna señal de que vaya a aparecer un tercero. Y eso que Dolly ha estado maravillosa esta temporada, mejor de lo que ninguno de los dos hubiéramos imaginado el día que la sacamos de aquella taberna.
—Mm —dijo William, detrás del periódico.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—No hay mucho más que decir.
Sebastian lo observó, y pareció interpretar aquel silencio a su manera.
—Ya veo. Te está costando aceptar que vas a perder quinientas guineas. Bueno, tampoco te va a arruinar, así que no finjas tanto pesar.
William no respondió, y Sebastian, animado por su propia certeza, siguió hablando.
—Estoy convencido de que esta noche recibirá al menos una propuesta.
El señor Fullerton parece el más decidido de los dos, la verdad.
Lleva semanas mirándola como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
No me extrañaría que, en cuanto encuentre ocasión de estar a solas con ella, se declare sin más rodeos.
—No creo que ese Fullerton sea un caballero adecuado para la señorita Marchmont —dijo William, doblando el periódico de un manotazo—. No me gustan sus maneras. Ni sus ideas.
—Tonterías. Además, no es a ti a quien tiene que gustarle. Mientras le guste a Dolly, todo irá bien.
William bebió un trago sin decir nada.
—¿Te acuerdas —siguió Sebastian, cada vez más animado con el recuerdo— de cómo llegó a casa de Beatrice el primer día?
Con ese vestido pardo que parecía un saco de patatas, hablando de la prostituta que le enseñó a jugar a las cartas y de un marinero tatuado como si estuviéramos en cualquier taberna del muelle.
—Se rio echando la cabeza hacia atrás, y un par de caballeros sentados en otra mesa lo miraron sorprendidos—.
Y ahora, mírala. Es capaz de sostener una conversación de historia egipcia con dos pretendientes a la vez.
William apretó la mandíbula y volvió a llevarse la copa a los labios, aunque ya casi no le quedaba nada dentro.
—Lo cierto es que tu hermana se lo puso bastante fácil, todo hay que decirlo —continuó Sebastian—. Yo diría que le costó menos enseñarle modales a Dolly de lo que nos costó a ti y a mí enseñarle a bailar sin que me destrozara los pies.
—Sebastian.
—¿Qué? Solo digo la verdad. Jane tiene un don.
—Sebastian se sirvió otro trago, ajeno por completo al ambiente que estaba creando—.
En fin, el caso es que se ha convertido en una auténtica dama, y una dama admirable, además.
No me extraña que tenga a dos hombres bebiendo los vientos por ella.
Yo mismo, si no la considerara casi de la familia, quizás también habría...
—¡Sebastian!
—Es broma, William, por Dios. —Sebastian levantó las manos, sin dejar de sonreír—. Aunque, ahora que lo pienso, esta noche podría ser interesante. Si Fullerton se declara delante de todo el mundo, imagínate la cara de la señorita Fitzgerald.
William dejó la copa sobre la mesita con un golpe seco y llamó al camarero con un gesto brusco para que le sirviera otra.
—Por cierto —dijo Sebastian, como de pasada—, ¿te contó Dolly lo del otro día? Lo del hombre que la reconoció, a la salida de la pastelería.
—¿Qué hombre?
—Un tal Jem, creo que dijo. Del puerto, de la taberna de la señora Peck.
Se le acercó por la calle, la llamó por su nombre de verdad, delante de Fullerton y de todo el mundo.
—Sebastian bajó la voz un poco, aunque en el club nadie parecía prestarles atención—.
Ella lo negó todo, con bastante aplomo, según me contó.
El hombre acabó convencido de que se había confundido.
Pero la señorita Fitzgerald estaba justo detrás, mirando toda la escena.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Vino a contármelo a mí primero, cuando llegó a casa. Estaba bastante alterada. —Sebastian se encogió de hombros—. Le dije que no se preocupara, que era poco probable que volviera a pasar.
—¿Y Caroline? ¿Ha dicho algo desde entonces?
—Nada que yo sepa. Pero ya sabes cómo es. No hace falta que diga nada todavía. Solo hace falta que espere el momento adecuado.
William se quedó callado, con la copa que le había traído el camarero intacta sobre la mesa. Por primera vez en toda la mañana, se había olvidado de Fullerton.
***
La tarde había transcurrido tranquila. El cielo estaba algo nublado, aunque de vez en cuando el sol se abría paso entre las nubes, sin que amenazara lluvia de verdad.
El vestido que madame Boucheron había confeccionado para la ocasión descansaba en el armario, perfecto, esperando la hora en que Dolly tuviera que ponérselo.
Ella se había pasado las últimas horas sentada en uno de los dos silloncitos junto a la ventana, con el libro que el coronel le había regalado abierto sobre el regazo.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta. Era lady Agnes, con una caja pequeña en la mano.
—¿Puedo pasar?
—Por supuesto, señora. Siéntese, por favor. —Dolly le señaló la butaca de enfrente, junto a la ventana.
Lady Agnes se sentó con cuidado, dejando la cajita sobre su regazo sin abrirla todavía.
—Quería decirle, antes de que empiece esta noche con todo su ajetreo, que he disfrutado mucho de tenerla como invitada estos meses. Su compañía ha sido un regalo que no esperaba a estas alturas de mi vida.
—Gracias, señora. —Dolly sintió que se le apretaba algo en el pecho—. Jamás me he sentido tan querida como aquí, con ustedes.
—No sé qué pasará esta noche —siguió lady Agnes, con la voz empezando a temblarle apenas, un temblor que Dolly notó enseguida—, pero estoy segura de que después de esta noche le lloverán las propuestas de matrimonio.
Y luego se casará usted con un buen hombre.
—Hizo una pausa, sosteniendo la cajita con más fuerza—.
Querida, me temo que vamos a echarla de menos cuando llegue el momento de que se marche.
—Yo también los echaré de menos a todos ustedes —dijo Dolly, con los ojos ya humedecidos.
—Prométame que vendrá a vernos.
—Por supuesto que sí, señora.
Lady Agnes abrió por fin la cajita y se la tendió. Dentro, sobre un forro de terciopelo oscuro, descansaba un collar sencillo, con una esmeralda pequeña engarzada en el centro, elegante sin resultar en absoluto ostentoso.
—Este collar me lo regaló mi esposo, hace ya muchos años. Quiero que lo lleve usted esta noche.
Dolly acercó un dedo a la esmeralda, sin llegar a tocarla.
—Es precioso.
—Lo fue para mí —dijo lady Agnes—. Y ahora quiero que lo sea para usted.
—Yo... gracias, señora. No creo que deba. Debe de ser algo muy preciado, me daría miedo perderlo.
—Tonterías. No se va a perder nada. —Lady Agnes cerró la mano de Dolly alrededor de la cajita, con firmeza—. Es solo un préstamo, para que cuando piense en esta noche, dentro de muchos años, recuerde con cariño que llevaba un collar que le prestó su querida amiga lady Agnes.
—Más que querida —dijo Dolly, con la voz ya rota—. Muchísimas gracias.
Dejó la cajita sobre la mesa y cuando lady Agnes se levantó, Dolly la imitó y la envolvió en un abrazo.
—Gracias por hacerme sentir como en casa todos estos meses.
Lady Agnes le acarició la cara con una mano suave, sonrió y salió de la habitación sin decir nada más.