Una apuesta entre caballeros Capítulo 31. Una noche de música
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Capítulo 31. Una noche de música

La doncella terminó de abrochar el vestido que Dolly llevaría esa noche.

Era la tercera vez que se lo probaba aquella tarde, aunque Dolly habría jurado que no estaba nerviosa en absoluto.

La mañana anterior, el coronel Elliot se había presentado con un ramo de flores y una invitación para asistir, con la señorita Harwood como carabina, a uno de los conciertos de la temporada.

Cuando Dolly bajó las escaleras y entró en el salón, el coronel ya estaba allí, conversando con lord Harwood. Al verla, olvidó a mitad de frase lo que estaba diciendo y se levantó del sillón.

—Señorita Marchmont, está usted preciosa esta noche.

—Gracias, coronel.

Una doncella entró con su chal de cachemira. Mientras se lo colocaba sobre los hombros, Dolly miró de reojo a William, que la observaba desde el sillón junto a la chimenea con la boca abierta.

Jane apareció en la puerta, poniéndose los guantes, y al pasar junto a su hermano se inclinó hacia él.

—Cierra la boca, William —le susurró—. Pareces una trucha.

William la cerró de golpe. Jane, muy satisfecha, se colocó junto a Dolly.

—Cuando quiera, coronel. Prometo ser la carabina más discreta de todo Londres.

—¿Está lista, señorita Marchmont? —El coronel le ofreció el brazo.

Dolly lo tomó, y los tres salieron hacia el carruaje que los esperaba en la puerta.

—Debo darle las gracias, coronel, por su amable invitación —dijo Dolly—. Es la primera vez que voy a un concierto.

—Estoy seguro de que le gustará.

***

Las Argyll Rooms olían a cera caliente y al perfume de demasiadas damas a la vez. Dolly se detuvo en lo alto de la escalera, con la mano apoyada en el brazo del coronel, y recorrió la sala con la vista antes de dar un paso más.

No buscaba a nadie en concreto. Buscaba las caras curtidas de los hombres que la reconocerían de su vida anterior. Desde la tarde de Gunter's no había vuelto a salir de casa, y tres días después todavía no se sentía tranquila.

Encontró candelabros con más velas de las que había contado nunca en una sola habitación y señoras que se abanicaban, aunque no hiciera calor. Ninguna cara del puerto.

—¿Ocurre algo, señorita Marchmont? —preguntó el coronel.

—Nada. Es que nunca había visto tantas velas juntas.

Él no insistió, y se limitó a acompañarla hasta sus asientos, en la quinta fila. Jane se sentó a la izquierda de Dolly y el coronel a su derecha. Dolly desplegó el programa sobre el regazo y alisó el papel con los dedos enguantados.

—Haydn —leyó en voz alta, y no pudo evitar sonreír.

—Me acordé de lo que me dijo la noche del baile de los Ashcombe —dijo el coronel—. Le confieso que pregunté por medio Londres hasta encontrar un programa que lo llevara.

—¿Por mí?

—Por usted. Aunque si alguien pregunta, diré que fue por Haydn.

Jane carraspeó a su lado, y Dolly tardó un momento en comprender que era para disimular la risa.

El coronel señaló una línea del programa con el dedo.

—Solo le pido una cosa. No se fíe del segundo movimiento.

—¿Por qué?

—Ya lo verá.

***

La orquesta empezó, y Dolly olvidó las caras que había estado buscando.

La música en todo su apogeo, con las variedades y sutilezas de todos los instrumentos de la música sinfónica, la dejó deslumbrada.

Nunca había oído nada igual. Cerró los ojos, totalmente entregada a la música: de esa forma no tenía que elegir entre mirar los violines o las manos del director.

El segundo movimiento empezó tan despacio y tan bajito que Dolly se inclinó un poco hacia delante sin darse cuenta, como si la orquesta le estuviera contando un secreto y no quisiera que lo oyera nadie más.

Era una melodía sencilla, casi de canción de cuna, y los violines la repitieron todavía más bajo la segunda vez.

Alguien tosió dos filas más atrás. La señora de delante dejó de abanicarse.

Entonces la orquesta entera golpeó a la vez.

Dolly dio un bote en la silla. La mano se le fue sola hacia la manga del coronel y se agarró con fuerza a su brazo, y de la boca le salió, antes de poder impedirlo:

—¡Ay, mi madre!

Media fila se giró. La señora de delante se volvió con el abanico a medio abrir. Dolly notó que la cara le ardía hasta las orejas, soltó la manga del coronel y se la alisó con dos palmaditas torpes, como si con eso pudiera devolverla a su estado anterior.

El coronel no se había movido. Seguía mirando hacia la orquesta con la espalda recta y el gesto perfectamente serio, pero le temblaban los hombros.

—Le advertí —murmuró, sin girar la cabeza.

—No me advirtió de nada. Me dijo que no me fiara.

—Es casi lo mismo.

Al otro lado, Jane se había llevado el programa a la cara y respiraba muy despacio por la nariz.

Dolly volvió a mirar al frente. La melodía había vuelto a ser suave, como si no hubiera pasado nada, y ella tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse en voz alta.

Haydn tiene sentido del humor, le había dicho Jane aquella tarde en Faircross.

Espera a que crea que la pieza ha terminado.

Dolly lo había guardado en la cabeza igual que las demás lecciones, y ahora, con la manga del coronel todavía arrugada a su lado, comprendió que no lo había entendido hasta ese momento.

***

En el descanso, el coronel les trajo vasos de limonada y se quedó de pie junto a ellas, apoyado en el respaldo de una silla vacía. Jane se excusó para ir a saludar a Charlotte Pembrook, y Dolly se quedó a solas con él, todo lo a solas que se podía estar en una sala con trescientas personas.

—Lo siento mucho —dijo—. Lo de antes. No sé qué me ha pasado.

—Le ha pasado exactamente lo que Haydn quería que le pasara. Lo escribió para despertar a los que se dormían en los conciertos. —El coronel dio un sorbo a su limonada—. Usted es la primera persona que veo sobresaltarse estando despierta. Eso tiene más mérito.

—Se está riendo de mí.

—Un poco. —Sonrió—. Pero no por lo que usted cree.

Dolly no le preguntó por qué. Se quedó mirando el vaso, girándolo despacio entre los dedos.

—Me he fijado en que no habla usted durante la música, coronel. Casi todos los caballeros lo hacen; algunos parecen venir a los conciertos solo para eso. El señor Fitzwilliam, en su lugar, habría comentado hasta el color de las velas.

El coronel tardó en contestar.

—En la India pasé muchas noches en campamentos.

Había un cabo en mi regimiento, un muchacho de Cornualles, que tocaba el violín.

Lo tocaba fatal, si quiere que le sea sincero.

Desafinaba en todas las piezas que conocía, que no eran muchas.

Pero cuando empezaba, nadie hablaba. Ni siquiera los oficiales.

Allí aprendí que la música, aunque sea mala, merece que uno permanezca en silencio.

Dolly levantó la vista.

—Donde yo me crie también había un hombre que tocaba el violín fatal. —Las palabras le salieron antes de que pudiera medirlas, y una vez fuera ya no supo cómo recogerlas—. Siempre en el mismo rincón. Los demás se reían de él. Yo no.

Esperó la pregunta. ¿Y dónde se crio usted, señorita Marchmont? ¿Hay muchos violinistas en Cranbrook? Pensó rápido en una posible respuesta para tales preguntas.

La pregunta no llegó.

—Esos son los mejores —dijo el coronel—. Los que siguen tocando, aunque se rían de ellos.

Dolly bebió un trago de limonada, y algo que llevaba tres días apretado en el pecho se le aflojó. Había dicho una verdad. Una verdad pequeña, a medias. Y no había pasado nada.

Delante de ellos, la señora del abanico se volvió otra vez y dejó la mirada clavada en Dolly con mucha intención.

—Creo que no me ha perdonado lo del segundo movimiento —susurró Dolly.

—Es posible. —El coronel lo dijo con toda la seriedad del mundo—. Las damas de Londres tienen una memoria excelente.

—Si vuelve a mirarme, le diré que fue usted quien gritó.

—No la creería.

—Entonces se lo diré con su voz.

Y antes de que él pudiera impedirlo, Dolly enderezó la espalda, bajó la barbilla y dijo, en el tono grave y pausado que el coronel usaba para hablar de los monzones:

—Le advertí que no se fiara del segundo movimiento, señora.

El coronel se quedó mirándola. Y entonces se echó a reír. No fue la risa contenida de antes, la que se le quedaba en los hombros, sino una carcajada abierta que le hizo echar la cabeza hacia atrás y que volvió media fila. La señora del abanico se giró hacia el escenario, muy ofendida.

—Perdóneme —consiguió decir el coronel, secándose los ojos con el pañuelo—. Perdóneme, señorita Marchmont. Hacía años que no me reía así.

Dolly sonrió, con la cara todavía ardiendo y, por primera vez en toda la noche, se olvidó de lo ocurrido unos días atrás, cuando Jem la reconoció.

Jane volvió en ese momento, con las mejillas encendidas por algo que le había contado Charlotte Pembrook, y la orquesta empezó a afinar para la segunda parte.

***

La segunda parte era Beethoven.

Esta vez Dolly no cerró los ojos. Lo intentó al principio, pero la música no la dejaba: subía y se rompía contra algo, volvía a subir y volvía a romperse, y cada vez que parecía a punto de llegar a alguna parte se daba la vuelta y empezaba otra vez.

Parece que estuviera discutiendo con alguien, había dicho Jane.

Dolly apretó el programa entre los dedos hasta arrugarlo y descubrió que tenía la vista en el escenario.

A su derecha, el coronel escuchaba con las manos quietas sobre las rodillas.

No la miraba. Dolly pensó que, si ella se lo pedía, aquel hombre se sentaría a su lado en conciertos como aquel durante treinta años, sin hablar durante la música y sin preguntarle nunca por el violinista del rincón.

Pensó que con él no tendría que vigilar las puertas.

La pieza terminó en un estruendo y la sala estalló en aplausos. Dolly aplaudió también, con los ojos brillantes.

***

El coronel las acompañó en el carruaje hasta casa. Durante el trayecto habló poco, y Jane, menos aún. Dolly miraba por la ventanilla las farolas, que pasaban una tras otra, con la emoción de la música todavía sonándole por dentro.

Cuando el carruaje se detuvo, el coronel bajó primero. Ayudó a Jane, después a Dolly, y retuvo su mano un instante en el estribo.

—Gracias por permitirme acompañarla esta noche, señorita Marchmont.

—Gracias a usted, coronel. Ha sido… —Dolly buscó una palabra que no fuera ni demasiado grande ni demasiado pequeña—. Ha sido lo mejor que he escuchado en toda mi vida.

—También para mí. Y he escuchado mucha música.

—¿Por Haydn?

El coronel sonrió y le soltó la mano.

—Por cómo la escuchaba usted.

Se despidió de las dos con una inclinación, se llevó la mano al ala del sombrero y volvió a subir al carruaje, que se alejó calle abajo.

Dolly se quedó en la acera. Al levantar la vista hacia la casa, vio una sombra en la ventana del despacho, recortada contra la luz de una vela. Antes de que pudiera estar segura de nada, la cortina se cerró.

—¿Y bien? —preguntó Jane a su lado—. ¿Ha disfrutado de la noche?

—Ha sido maravillosa. —A Dolly le brillaban los ojos—. Esos violines, señorita Harwood, todos a la vez, como si fueran uno solo… Y el golpe de Haydn: creí que me caía del asiento. No sabía que la música pudiera asustarle a una y hacerla reír al mismo tiempo.

—Me refería a la compañía.

Dolly abrió la boca para contestar, pero los ojos se le fueron otra vez a la ventana del despacho, ya a oscuras.

—El coronel es un caballero muy amable —dijo al fin.

Jane siguió su mirada hasta la ventana y no dijo nada.

—Amable —repitió después—. Entremos. Hace frío.