Una apuesta entre caballeros Capítulo 30. La sombra del pasado
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Capítulo 30. La sombra del pasado

Habían llegado puntuales a la pastelería Gunter's. Jane y Beatrice se habían instalado en una mesa junto a la pared, cerca de la mesa de Dolly y su acompañante, pero lo bastante lejos como para darles algo de intimidad.

Dolly se encontraba de pie frente al mostrador de pasteles. Iba recorriendo con la mirada las hileras de bandejas con dulces de todo tipo, sin terminar de decidirse por ninguno.

—¿Ya sabe cuál va a pedir, señorita Marchmont? —preguntó Nathaniel, con educación.

—No lo sé todavía —dijo Dolly, sin apartar la vista de la vitrina—. Es que todos parecen de chuparse los dedos.

Nathaniel echó la cabeza hacia atrás y se rio con ganas, sin importarle quién pudiera oírlo. Dolly se corrigió de inmediato, con las mejillas encendidas.

—Quiero decir que todos parecen deliciosos.

—Prefiero la primera versión, si le soy sincero —dijo Nathaniel, todavía sonriendo—. ¿Qué le parece si pedimos uno de cada?

Llamó la atención del camarero con un gesto y le pidió que trajera un plato con una muestra de cada uno de los pasteles, sin importarle en absoluto lo excesivo que pudiera resultar el encargo.

Se disponían a ir a su mesa cuando Caroline Fitzgerald entró en el local, del brazo del joven Ashcombe. Caroline se detuvo en seco al ver a Dolly.

—Vaya, señorita Marchmont. —Se acercó con una sonrisa claramente fingida—. Qué sorpresa encontrarla aquí, y en tan buena compañía.

—Buenas tardes, señorita Fitzgerald. Señor Ashcombe —dijo Dolly, con sequedad, aunque sin perder la compostura.

—¿Y cómo le va? —preguntó Caroline, con esa dulzura falsa que ya le conocía—. ¿Sigue igual de torpe con las copas de vino, o ya ha aprendido a sostenerlas sin arruinar la seda de los demás?

Dolly notó que las mejillas se le calentaban recordando aquel incidente del baile de Navidad, cuando el vino había acabado sobre el vestido claro de Caroline.

—Fue un accidente, señorita Fitzgerald. Ya le pedí disculpas esa noche.

—Por supuesto. Los accidentes ocurren —dijo Caroline—. Aunque debo admitir que ese vestido no volvió a quedar igual después de aquello.

Dolly, sin dejar que el comentario la desviara más, se giró hacia Nathaniel con toda la cortesía que Jane le había enseñado.

—Señor Fullerton, permítame presentarle a la señorita Fitzgerald y al señor Ashcombe.

—Un placer —dijo Nathaniel, con una reverencia breve, aunque a Dolly no se le escapó cierta tensión en su expresión.

—El placer es nuestro —dijo Caroline, aunque su mirada volvió enseguida hacia Dolly, con la misma atención calculadora de siempre—. ¿Y el coronel Elliot? Tenía entendido que también le hacía usted compañía estos días. Debe de ser agotador, atender a tantos caballeros a la vez.

—Si nos disculpan —dijo Nathaniel, con una cortesía perfecta que no dejaba lugar a réplica—, nuestra mesa ya está preparada, y el té se enfriará si esperamos más.

Le ofreció el brazo a Dolly y la condujo de vuelta hacia la mesa junto a la ventana, donde los pasteles ya los esperaban. Caroline se quedó un instante más de pie, siguiéndolos con la mirada, antes de que el señor Ashcombe, algo incómodo, le indicara con suavidad que buscaran su propia mesa.

Ya sentados, Dolly se llevó la mano a la mejilla: todavía le ardía.

—Lamento lo de antes —dijo—. No debería haber tenido lugar delante de usted.

—¿Por qué? Usted no ha hecho nada.

—Debo confesarle algo. Lo de la copa de vino no fue del todo un incidente fortuito. Digamos que la copa se me fue de las manos. —Dolly bajó un poco la voz—. La señorita Fitzgerald tiene la facultad de sacar a una de sus casillas, aunque eso no justifique que actuara así.

Levantó la mirada. Nathaniel se estaba aguantando la risa.

—¿No me diga? Yo creo que a cualquiera se le podría ir de las manos una copa de vino, en las circunstancias adecuadas.

Dolly no pudo evitar sonreír, y la tensión de antes se fue disolviendo poco a poco, mientras Nathaniel, sin que ella se lo pidiera, empezó a hablarle de su propia infancia: de sus dos hermanas pequeñas, a las que adoraba, aunque le llevaran tantos años que casi las había visto crecer como un tío más que como un hermano; de una temporada difícil en la fábrica, cuando el precio del algodón se había disparado y la mercancía se acumulaba sin encontrar comprador, obligando a su padre a recortar gastos en todo lo posible; de cómo, aun así, nunca les había faltado nada verdaderamente importante, aunque hubiera habido inviernos con menos lujos de los que después llegarían.

—Fue una infancia feliz —dijo Nathaniel—, aunque no exenta de dificultades. Por eso mi padre ha trabajado tanto después, y ha diversificado el negocio, para que nunca volvamos a depender de una sola cosecha de algodón para comer.

Dolly lo escuchó con atención, y algo en aquella historia le resultó tan familiar que no pudo evitar decir algo, aunque con el cuidado suficiente para no revelar más de lo debido.

—Lo entiendo perfectamente. Mi propia infancia tampoco estuvo del todo exenta de necesidad. Pero creo que eso, al final, me ha hecho más fuerte.

Nathaniel no dijo nada. Le acercó el plato de pasteles.

Siguieron conversando un buen rato, sobre Londres, sobre la vida en el campo, sobre las diferencias entre una y otra.

—¿Ha vivido usted alguna vez en el campo? —preguntó Dolly.

—Nunca. —Nathaniel negó con la cabeza—. Me gusta la vida en la ciudad, y, además, tampoco me queda mucho remedio. Nuestra fábrica está en Manchester, y allí paso la mayor parte del año.

—¿Y entonces qué le trae a Londres esta temporada?

—Negocios, en realidad. Estoy buscando inversores que financien la ampliación de la fábrica de la que le hablaba. —Sonrió, algo más animado—. Aunque confieso que me estoy permitiendo disfrutar bastante de la temporada londinense, mucho más de lo que había previsto al llegar.

Dolly bajó la vista hacia el platito de pasteles, con verdadero apuro. Apenas había probado unos pocos, y ya no le cabía ni un bocado más, pero le daba vergüenza dejarlos así, a medio comer, después de todo el encargo que Nathaniel había hecho.

—Si quiere —dijo él, notando su indecisión—, puedo pedirle al camarero que los prepare para llevar.

Dolly levantó la vista, sonriendo, aliviada.

—Sí, sí, será lo mejor. No quisiera que pensara que soy una glotona.

Nathaniel la miró con auténtica sorpresa.

—Señorita Marchmont, después de pedir un plato con un pastel de cada clase, creo que ya hemos superado cualquier preocupación por las apariencias.

Dolly soltó una carcajada.

—Tiene usted razón.

—Además, si hemos de ser sinceros, yo he pedido todos esos dulces. Usted solo ha cometido el error de acompañarme.

—Entonces la culpa es suya.

—Estoy dispuesto a asumirla.

Dolly sonrió abiertamente mientras Nathaniel llamaba al camarero con un gesto y le daba instrucciones para que envolvieran el resto de los pasteles con cuidado.

***

Salieron de Gunter's con la tarde todavía luminosa, Dolly con la cajita de pasteles en una mano y una sonrisa que no se le borraba de la cara.

Había sido una tarde amena, más de lo que había esperado, y Nathaniel caminaba a su lado, dispuesto a acompañarla hasta el carruaje que la esperaba un poco más allá, en la esquina.

—¿Dolly?

La voz le llegó de improviso, desde su izquierda, y Dolly se giró antes de poder contenerse, con el nombre —su nombre de verdad, el que ya casi nadie usaba— resonándole en los oídos como algo que llevaba meses sin escuchar en voz alta.

Un hombre de mediana edad, curtido por el sol y el trabajo del puerto, la miraba con la boca entreabierta, sujetando un fardo bajo el brazo.

—¿Dolly? ¿Eres tú? —Se acercó un paso, sin dar crédito—. ¡Vaya pinta que traes! No te había reconocío de lejos, chica.

Dolly sintió que el corazón se le paraba un instante entero.

—Perdone —dijo, con la voz apenas audible—, creo que me confunde con otra persona.

—Pero si soy yo, Jem. Jem Barlow. Del puerto, ¿no te acuerdas?

—Yo... lo siento. No... no sé quién es usted.

—Disculpe —intervino Nathaniel, colocándose ligeramente entre los dos—, deje de molestar a la señorita. Está claro que se ha confundido de persona.

Jem la miró de arriba abajo, con una lentitud que a Dolly le pareció eterna, hasta que algo en su expresión cedió, dudoso.

—Sí. Debo de haberme confundío.

Se alejó, murmurando algo entre dientes sobre el parecido, y Dolly sintió que por fin conseguía respirar de nuevo, aunque la mano con la que sostenía la cajita de pasteles le temblaba, apenas perceptible, pero lo bastante como para que ella misma lo notara.

Fue entonces cuando reparó en Caroline Fitzgerald, unos pasos más atrás, del brazo del señor Ashcombe. No se había perdido nada.

—Señorita Marchmont. —Jane apareció a su lado y la tomó del brazo—. Vamos, debemos regresar.

Detrás de ella llegó Beatrice, recogiendo la sombrilla sin ninguna prisa, como si la tarde no hubiera tenido nada de particular.

—Le agradecemos mucho su compañía, señor Fullerton —dijo, con su sonrisa más amable—, pero me temo que se nos ha hecho tarde.

—Gracias por la merienda —dijo Dolly. La voz todavía no le obedecía del todo.

Nathaniel se inclinó ante las tres.

—El placer ha sido mío, su excelencia. Señorita Harwood.

Señorita Marchmont. —Miró un instante hacia la esquina por la que se había marchado aquel hombre, y después a Dolly, como si fuera a preguntarle algo.

No lo hizo—. Espero que me permitan acompañarlas otro día.

Sin desconocidos impertinentes, esta vez.

Al pasar junto a Caroline, Beatrice inclinó la cabeza con una cortesía exquisita y no se detuvo.

Dolly no se volvió. No le hacía falta para saber que Caroline seguía mirándola.

***

Al llegar a casa, Jane fue a avisar a lady Agnes de que habían vuelto. Dolly, con el susto todavía instalado en el cuerpo, entró en la salita, y allí se encontró a Sebastian, con el periódico abierto y una expresión de aburrimiento tan marcada que apenas levantó la vista al oír la puerta.

—¿Qué tal ha ido la tarde? —preguntó, sin demasiado interés, pasando una página.

Dolly no respondió de inmediato. Cruzó la sala directamente hacia él, lo cogió del brazo antes de que pudiera terminar de doblar el periódico y tiró de él hacia el jardín, sin dar ninguna explicación.

—Señorita Marchmont, ¿qué...?

—Necesito hablar con usted.

Sebastian, sorprendido por la urgencia en su voz, se dejó llevar sin resistirse, y en cuanto estuvieron fuera, lejos de oídos ajenos, Dolly le contó todo de un tirón: Jem Barlow, su nombre gritado en plena calle, la mentira improvisada delante de Nathaniel, la mirada de Caroline observándolo todo desde unos pasos más atrás.

—¿Caroline ha dicho algo? —preguntó Sebastian, ya sin ningún rastro de su aburrimiento anterior.

—No, simplemente miraba, con demasiada atención. El señor Fullerton le explicó al señor Barlow que había sido un error, y quedó convencido.

—Entonces no parece que tengamos un problema todavía.

—¿Y si hay más? ¿Y si me reconoce más gente?

—Puede ocurrir, pero no merece la pena preocuparse antes de tiempo. —Sebastian se encogió de hombros—. Si ese hombre hubiese estado realmente convencido de que la conocía, no habría aceptado tan fácilmente que se equivocaba.

—No sé...

—Vamos, señorita Marchmont. Tranquila. —Le dio una palmada suave en el brazo—. Ya ha pasado. Y si vuelve a ocurrir, pensaremos qué hacer entonces.

Dolly asintió, aunque seguía sin estar del todo convencida.

Sebastian la observó un instante y, como si acabara de recordar algo mucho más interesante, recuperó su expresión habitual.

—Ahora sí. Cuénteme, ¿qué tal le ha ido con el señor Fullerton?

Dolly lo miró, incrédula.

—¿Eso es lo que le preocupa?

—Por supuesto. Lo otro ya ha terminado. Esto, en cambio, podría resultar mucho más entretenido.

—No tiene remedio.

—Nunca he pretendido tenerlo.

Dolly acabó sonriendo a pesar suyo.

—Ha sido una tarde agradable.

—¿Solo agradable?

—Muy agradable.

Sebastian alzó las cejas.

—Ah.

—¿Qué significa ese «ah»?

—Nada. Absolutamente nada. Continúe.

Dolly negó con la cabeza, aunque ya se le había escapado otra sonrisa.