Una apuesta entre caballeros Capítulo 29. Chocolates y paisajes de la India
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Capítulo 29. Chocolates y paisajes de la India

Sebastian se había presentado temprano esa mañana, con la intención de convencer a William de que lo acompañara esa misma tarde a un club nuevo que acababan de inaugurar cerca de St. James, del que aseguraba maravillas.

Jane había salido a hacer una visita, y Dolly, sentada en el sofá con un libro sobre las rodillas, escuchaba a medias la discusión mientras William, sin ningún entusiasmo, encontraba una excusa tras otra para no comprometerse a nada.

Lady Agnes bordaba en su sillón habitual, siguiendo la conversación con más interés en las réplicas de Sebastian que en el propio club.

Estaban todavía en ello cuando el mayordomo anunció la llegada del coronel Elliot.

—Hágalo pasar —dijo lady Agnes, encantada.

El coronel entró con un volumen grande bajo el brazo, encuadernado en piel oscura. Saludó a lady Agnes con una reverencia y, al incorporarse, buscó a Dolly con la mirada.

—Coronel Elliot, qué detalle por su parte venir tan temprano —dijo lady Agnes.

—Le ruego que disculpe la hora, lady Agnes. Después de tantos años en el ejército, uno pierde la costumbre de esperar a que avance el día. —Se volvió hacia los dos caballeros—. Lord Harwood. Señor Fitzwilliam.

William le devolvió el saludo con una inclinación de cabeza. Sebastian, con mucho más entusiasmo.

—Siéntese donde guste, coronel —dijo lady Agnes—. ¿Le apetece una taza de té? Pediré que lo traigan enseguida.

—Es usted muy amable, pero acabo de desayunar. No quisiera causar ninguna molestia.

Tomó el sillón más próximo al de Dolly y le tendió el libro.

—Un obsequio sin importancia, señorita Marchmont. Oriental Scenery, de los Daniell. Recordé que le interesaba el tema, y pensé que las láminas podrían gustarle más que cualquier relato mío.

—Coronel, no debería haberse molestado. —Dolly lo abrió con cuidado y se encontró con una lámina en color de un templo entre la vegetación—. Es precioso.

Apenas habían empezado a hojearlo juntos cuando el mayordomo volvió a aparecer en la puerta. A Dolly le pareció que esta vez carraspeaba antes de hablar.

—El señor Fullerton, milady.

Nathaniel entró con su sonrisa entusiasta de siempre y una cajita atada con un lazo en la mano. Se detuvo en seco al ver quién ocupaba ya el sillón junto a Dolly.

Saludó primero a lady Agnes, como correspondía, y después se volvió hacia el coronel.

—Coronel Elliot. —La reverencia le salió algo rígida—. No sabía que tendría el gusto de encontrarlo aquí.

—Señor Fullerton. —El coronel le devolvió el saludo con toda la cortesía del mundo—. Tampoco yo lo esperaba a usted.

—Lord Harwood.

William respondió con un sonido que podía pasar por un saludo, siempre que uno no fuera demasiado exigente.

—Señor Fitzwilliam.

Sebastian se levantó, le devolvió la reverencia con una ceremonia exagerada y volvió a sentarse. Esta vez apoyó el codo en el brazo del sillón y la barbilla en la mano, sin perder detalle.

Nathaniel miró el libro un instante, y después la cajita que llevaba en la mano.

—Le he traído unos chocolates, señorita Marchmont —dijo, tendiéndoselos de todos modos, aunque con bastante menos aplomo del que había mostrado al entrar.

—Muchas gracias, señor Fullerton. Son mis preferidos.

Se hizo un breve silencio. Nathaniel pareció calcular a toda prisa dónde sentarse, y acabó eligiendo el sillón que quedaba al otro lado de Dolly. Ella quedó exactamente entre los dos, con el libro sobre el regazo y la cajita ya abierta sobre la mesita.

Desde su rincón junto a la ventana, William contempló la escena: el coronel a un lado, Fullerton al otro y Dolly en medio, sonriendo a uno y a otro.

—¿No se puede estar tranquilo ni una mañana en la propia casa? —murmuró, lo bastante bajo para que solo Sebastian lo oyera.

—Yo diría que la mañana está resultando de lo más entretenida —respondió Sebastian en el mismo tono, y se le ensanchó la sonrisa. Hacía rato que se había olvidado del club de St. James.

Ajena a aquel intercambio, Dolly no se sentía especialmente incómoda entre sus dos visitantes, aunque notaba que la conversación tenía un ritmo curioso: cada uno parecía esperar su turno para hablar.

—¿Ha tenido ocasión de asistir ya a alguno de los conciertos de esta temporada, señorita Marchmont? —preguntó el coronel.

—Todavía no. Lord Harwood prometió llevarnos a uno, pero creo que tiene demasiado trabajo estos días.

Le pareció ver, de reojo, que William levantaba la vista desde su rincón junto a la ventana, aunque no dijo nada.

—Si lord Harwood no encuentra tiempo —dijo Nathaniel, con una rapidez que a Dolly le hizo sonreír—, estaré encantado de acompañarla yo mismo.

—Es muy amable, señor Fullerton.

—También yo estaría encantado de acompañarla, si le apetece —añadió el coronel, sin perder la compostura ni un instante, aunque a Dolly no se le escapó cierta chispa de diversión en sus ojos. Parecía que el coronel había entendido el juego y no parecía tener ningún reparo en jugarlo.

—Bueno, entre los dos deben de conocer ustedes toda la programación musical de Londres —dijo Dolly, riendo—. Quizás debería ir con ambos y así no tendría que elegir.

Ninguno de los dos pareció encontrar mucha gracia en esa solución, aunque los dos sonrieron de todos modos.

—¿Y qué está leyendo actualmente, señorita Marchmont? —preguntó el coronel, cambiando de tema con naturalidad.

—Un libro sobre la historia de Egipto que me prestó la señorita Harwood.

—Ah, magnífico tema. —El coronel se inclinó un poco hacia delante—. Pasé por allí de camino a la India, hace ya muchos años. Los templos de Karnak son algo que uno no olvida jamás, por mucho que se lo describan de antemano.

—Yo he leído algo parecido en una revista científica el mes pasado —dijo Nathaniel, sin querer quedarse atrás—. Hablaban de las excavaciones recientes cerca del Nilo, y de cómo...

Siguieron así un buen rato, turnándose las anécdotas, los datos, las pequeñas correcciones amables el uno al otro, y Dolly los escuchaba a ambos con verdadero interés, disfrutando de la conversación sin pararse demasiado a pensar en la competencia silenciosa que se desarrollaba justo debajo de las palabras.

Solo cuando, en un momento de silencio, miró hacia la ventana y encontró a William observándola con una expresión que no supo interpretar, se le ocurrió pensar en lo extraño que resultaba aquello: dos hombres esforzándose por ganarse su atención, cada uno a su manera, y ella sin sentir, por ninguno de los dos, nada parecido al vértigo que sentía con solo cruzar la mirada con William desde el otro lado de la sala.

¿Era esto, pensó, lo que había estado esperando durante tantos años?

No supo responderse, y decidió, por el momento, no intentarlo.

***

Jane había llevado a Dolly a la tienda de madame Boucheron para encargar un vestido nuevo, apropiado para el gran baile de la temporada, y se habían encontrado a Beatrice allí por casualidad, revisando unas telas para sí misma.

En cuanto se enteró del motivo de la visita, decidió quedarse a ayudar, y las tres se instalaron frente al espejo mientras la modista traía rollo tras rollo de seda y muselina.

Se decidieron por un verde menta profundo, más intenso que el que Dolly ya tenía, que hacía resaltar el verde de sus ojos con esas vetas doradas que apenas se notaban hasta que la luz les daba de cierta manera.

Pero fue durante los ajustes finales cuando Dolly notó algo distinto en la manera de trabajar de las dos mujeres.

—Un poco más de escote, madame Boucheron —dijo Beatrice, señalando con el dedo—. Ahí, así.

—Como desee, su excelencia —dijo la modista, marcando con alfileres.

Jane asintió, y se acercó con un lazo grande de la misma tela, colocándoselo en la parte baja de la falda con un gesto experto, de manera que quedara elegante y sofisticado, sin resultar en absoluto exagerado.

Dolly las miró a las dos, intrigada.

—Pensé que debía ser discreto. Que no gritara.

—Y no grita —dijo Beatrice, sin apartar la vista del ajuste—. Sigue siendo elegante, sigue siendo sofisticado. Pero esta vez estamos buscando otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Que los hombres se tropiecen con sus propios pies al verla entrar —dijo Jane, sin ninguna vergüenza en la voz, y Beatrice se echó a reír con una risa tan sincera que la propia madame Boucheron, con la boca llena de alfileres, tuvo que contener la risa.

—¿Y qué tal con el señor Fullerton? —preguntó Beatrice, mientras la modista ajustaba un pliegue en la cintura.

—Bien —dijo Dolly—. Es muy entusiasta. A veces me hace un poco de gracia, porque parece que siempre tiene prisa por decirlo todo antes de que se le olvide.

—¿Y el coronel?

—Con él es fácil hablar. Es un hombre muy atento, siempre escucha antes de opinar, y nunca me hace sentir que estoy diciendo alguna tontería, aunque a veces la diga.

—Eso es una virtud poco común en un hombre —dijo Jane, sin levantar la vista del lazo.

—Y bastante rara en cualquier persona, dicho sea de paso —añadió Beatrice—. ¿Y con cuál de los dos se siente más a gusto, si tuviera que elegir?

Dolly se quedó pensando, mirando su reflejo en el espejo.

—No lo sé. Con los dos me siento a gusto, de maneras distintas. Con Nathaniel me río más. Con el coronel Elliot me siento... —buscó la palabra— escuchada, supongo.

—¿Y eso no le basta? —preguntó Beatrice, con curiosidad, sin ningún juicio en la voz.

Dolly no supo qué contestar de inmediato, y seguía mirándose en el espejo, como si la respuesta pudiera estar escondida en algún pliegue de la tela verde que madame Boucheron seguía prendiendo con paciencia.

—Deberíamos ir terminando, madame Boucheron —dijo Jane, consultando el reloj—. La señorita Marchmont tiene una cita a las cuatro, y no quisiera que llegara tarde.

—Por supuesto, señorita Harwood. Ya casi hemos acabado con los ajustes de hoy.

—¿Una cita? —preguntó Beatrice, con curiosidad.

—El señor Fullerton la ha invitado a tomar el té en Gunter's —dijo Jane.

Beatrice se ajustó los guantes, ya con el ánimo puesto en la siguiente actividad.

—Entonces yo misma me tomaré un té también. No tengo ningún plan para esta tarde, y la idea de quedarme sola en casa me resulta bastante más aburrida que acompañarlas.

—No hace falta que venga, su excelencia —dijo Dolly, aunque sin mucha convicción.

—Tonterías. La señorita Harwood y yo podemos sentarnos juntas mientras usted disfruta de la conversación del señor Fullerton, y así de paso me pongo al día con ella de todo lo que me he perdido esta semana.

Jane sonrió, y las tres salieron de la tienda, dejando a madame Boucheron terminando de anotar los últimos ajustes del vestido verde, que prometió tener listo con tiempo de sobra para el gran baile.