Una apuesta entre caballeros Capítulo 28. Encuentros y discrepancias #2
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Capítulo 28. Encuentros y discrepancias #2

—Es evidente. Es una joven que resulta más interesante que cualquier otra que haya conocido esta temporada. Bastante hermosa, además, y con unos modales exquisitos. Jane ha hecho un trabajo formidable con ella.

—Sí —dijo William, en voz baja—. Demasiado bueno.

Le llegó otro fragmento de la conversación de Nathaniel con Dolly.

—...y ahora estamos ampliando la fábrica —estaba diciendo Nathaniel—. Un proyecto ambicioso, si le soy sincero, pero mi padre siempre ha dicho que quien no se arriesga se queda quieto para siempre.

—¿Y usted lo ayuda? —preguntó Dolly.

—Por supuesto. Es el patrimonio familiar. Solo el trabajo duro y la perseverancia pueden conservarlo en un mundo donde hay tanta competencia.

—El patrimonio de verdad no se conserva solo con trabajo duro, señor Fullerton —dijo William, interviniendo desde el otro lado de la mesa, con un tono que a él mismo le salió más cortante de lo que había pretendido—.

Hace falta algo más que esfuerzo. Hace falta saber para qué se conserva, y para quién.

—Es posible que tenga razón, lord Harwood —dijo Nathaniel, sin perder la calma ni un instante—.

La responsabilidad de quien hereda una casa debe de ser considerable.

Pero mi padre siempre dice que también existe una responsabilidad en aquello que uno construye para poder dejarlo algún día a sus hijos.

Dolly lo miró con interés.

—Eso me parece muy bonito.

William dejó la copa sobre la mesa, con más fuerza de la necesaria.

—No todo lo que se construye merece ser conservado.

—No —admitió Nathaniel, con la misma tranquilidad de antes—. Pero supongo que tampoco todo lo que se hereda merece conservarse.

William abrió la boca para responder y no encontró nada que decir.

—Yo creo —dijo Dolly, con calma, sin alzar la voz— que lo que de verdad importa no es cómo se consiguió algo, sino lo que se hace con ello después.

Hay quien hereda una fortuna y la dilapida en un año, y hay quien construye la suya desde la nada y la cuida como si fuera lo más valioso del mundo.

Y al revés también ocurre, claro. —Miró primero a Nathaniel y después a William, sin favorecer a ninguno de los dos—.

Me parece que juzgar solo por el punto de partida es quedarse con la mitad de la historia.

Se hizo un silencio en la mesa. William se quedó sin saber qué responder, con la sensación repentina de que toda la conversación se le había vuelto, sin previo aviso, del revés, y notó, además, que el silencio no era solo el suyo: toda la mesa parecía haberse callado poco a poco mientras la discusión avanzaba, y ahora todos los ojos se movían entre William y Dolly, esperando algo más.

—Bueno —dijo lady Agnes, rompiendo el silencio con una ligereza calculada—, hablando de cosas que se ganan con esfuerzo, ¿ha probado alguien ya el postre? Tengo entendido que la cocinera de la duquesa hace el mejor pudín de Londres.

La conversación se dispersó de nuevo, agradecida por la salida, y William se quedó mirando a Dolly, que sostenía su mirada con la barbilla ligeramente alzada, sin dar ninguna muestra de arrepentimiento por lo que acababa de decir.

—Yo diría —murmuró Sebastian, a su lado, con la voz baja y una sonrisa que no se molestó en disimular— que acabas de perder ese asalto de manera bastante estrepitosa.

***

Los caballeros se habían quedado en el comedor con el oporto, y las damas se habían retirado al salón, con el té ya servido y las voces bajas de las conversaciones entrecruzándose sin prisa. Beatrice buscó a Dolly casi de inmediato, apartándola un poco hacia un rincón junto a la ventana.

—Me alegra que no haya huido —dijo, con una sonrisa breve—. Que le esté dando una oportunidad a la temporada, quiero decir.

—He estado pensando mucho en lo que hablamos aquella tarde —dijo Dolly.

—Y la veo muy bien. —Beatrice le cogió la mano, con un afecto que no intentaba disimular—. Me alegra muchísimo que haya aprovechado tan bien los meses que ha pasado en Faircross.

—Su excelencia, señorita Marchmont.

Jane se había acercado, y Beatrice se calló de golpe. Dolly, sin embargo, sonrió.

—No se preocupe, su excelencia: la señorita Harwood lo sabe todo. Ha sido una buena amiga, y me ha enseñado mucho de lo que usted ha podido ver esta noche.

Beatrice miró a Jane, con una sonrisa que se abrió despacio, cómplice.

—Entonces hemos hecho un buen trabajo, entre las dos.

—Yo diría que sobre todo lo ha hecho ella —dijo Jane, señalando a Dolly con un gesto suave—. Nosotras solo le enseñamos las reglas. Ella ha sido quien ha decidido cada día seguir aprendiéndolas, aunque le costara.

—No siempre me ha resultao fácil. —Dolly se mordió el labio—. No siempre me ha resultado fácil. Pero he tenido dos maestras excelentes.

Beatrice se rio, con diversión.

—Dos maestras muy distintas, además.

—Las dos hicieron falta —dijo Dolly—. No creo que hubiera llegado tan lejos con una sola de las dos. Las enseñanzas de lord Harwood y el señor Fitzwilliam eran caóticas y, le seré sincera, no aprendí gran cosa con ellos.

—Es difícil que una mujer aprenda algo de un hombre —dijo Beatrice, con toda la seriedad del mundo, aunque el brillo de sus ojos la delataba.

—Completamente de acuerdo —dijo Jane—. Y menos aún cómo debe comportarse una señorita. Un caballero cree que enseñar consiste en decir “así no” cincuenta veces sin explicar nunca por qué.

—Sebastian, además, cree que enseñar y coquetear son la misma cosa —añadió Dolly, y las tres se rieron.

—Y aun así consiguió aprender —dijo Beatrice.

—A pesar de ellos, no gracias a ellos —dijo Dolly.

—Ese debería ser el lema de todas las mujeres, querida —dijo Beatrice, levantando ligeramente su taza como en un brindis silencioso.

Las tres rompieron a reír a carcajadas, lo bastante alto como para que un par de cabezas se giraran discretamente hacia ellas desde el otro extremo del salón, sin que a ninguna de las tres le importara lo más mínimo.