Una apuesta entre caballeros Capítulo 28. Encuentros y discrepancias
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Capítulo 28. Encuentros y discrepancias

Dolly llevaba puesto el vestido con la falda verde que había comprado con Beatrice en la tienda de madame Boucheron. Al entrar en la sala, hizo la reverencia correspondiente a la anfitriona, con la espalda recta y la barbilla en el ángulo exacto que Jane le había enseñado durante meses.

—Su excelencia. Gracias por su amable invitación.

—Señorita Marchmont —dijo Beatrice, con la misma formalidad, aunque le dedicó un guiño rápido, apenas perceptible, un gesto de complicidad que solo Dolly pudo captar en el instante en que se incorporó de la reverencia.

Dolly no pudo evitar que se le escapara una sonrisa antes de que Beatrice pasase a saludar al siguiente invitado.

Mientras avanzaba por la sala, se fijó en la decoración: los jarrones con flores blancas dispuestos con cuidado, las velas colocadas de manera que alumbraran cada rincón sin que la luz resultara nunca excesiva.

Eran detalles pequeños que a Dolly, meses atrás, le habrían pasado completamente desapercibidos, y que ahora reconocía como la firma inconfundible del buen gusto de Beatrice en cada cosa que tocaba.

Repasó con la mirada al resto de los invitados: Sebastian, ya con una copa en la mano, conversando animadamente con alguien junto a la ventana; un grupo de caballeros mayores discutiendo con ánimo junto a la chimenea; un matrimonio algo mayor charlando cerca de la puerta; dos damas jóvenes cuchicheando detrás de sus abanicos.

Y entonces, casi al fondo de la sala, reparó en un joven de aspecto apuesto y expresión afable, que al cruzar su mirada con la de ella se quedó con la copa suspendida a medio camino de los labios, como si se le hubiera olvidado por completo lo que estaba haciendo.

—Querida —dijo lady Agnes, tomando a Dolly del brazo, mientras se dirigían a la pareja que se mantenía cerca de la puerta—, permítame que le presente a sir Reginald y lady Whitmore. Viejos amigos de la familia.

—Señorita Marchmont —dijo lady Whitmore—, hemos oído hablar mucho de usted. ¿De dónde es su familia, si no es indiscreción?

—De Cranbrook, señora. En Kent.

—Ah, Kent. Precioso condado. ¿Y a qué se dedicaba su padre?

—Al comercio, señora. Cosas del mar, sobre todo.

—¿Y tiene usted hermanos?

—Tres, señora. Aunque la familia se dispersó bastante después de que mi padre falleciera.

Dolly respondió a cada pregunta sin vacilar. Jane le había hecho repetir aquella historia tantas veces en Faircross que ya le salía con la naturalidad de una reverencia. No notó el nerviosismo que había esperado sentir, ni tuvo un solo tropiezo en las respuestas.

—Qué familia tan interesante —dijo sir Reginald—. Y dígame, señorita Marchmont, ¿le está gustando Londres?

—Muchísimo, señor. Más de lo que hubiera imaginado.

William se había unido al grupo poco antes, sin decir mucho, limitándose a saludar a los Whitmore con la cortesía justa. Sebastian se acercó también en ese momento, con la copa todavía en la mano.

—Señor Fitzwilliam —dijo lady Whitmore, girándose hacia él—, qué encantadora es su prima. Una joven así encontrará marido seguro esta temporada.

—Esperemos que sean menos de tres —dijo Sebastian, sin pensarlo demasiado.

—Mejor si es ninguno —dijo William, en voz baja, casi para sí mismo.

—¿Cómo dice? —preguntó lady Whitmore, con la cabeza ladeada, sin haber captado del todo la frase.

Dolly, que sí lo había oído, se giró hacia William con una ceja alzada, aunque él ya había apartado la vista hacia su propia copa, sin ninguna intención de repetir lo que había dicho.

—Nada —dijo Sebastian, cubriendo el momento con una sonrisa demasiado rápida—. Decía que espero que no le falten pretendientes esta temporada.

Beatrice se acercó al grupo en ese momento, con el joven de antes a su lado, que había dejado por fin la copa en una bandeja cercana.

—Señorita Marchmont, permítame presentarle al señor Nathaniel Fullerton.

—Es un placer volver a verla, señorita Marchmont. —Hizo la reverencia con una prisa que traicionaba el entusiasmo que intentaba disimular—. Tenía la esperanza de encontrarla durante la temporada.

Dolly lo miró, algo extrañada.

—Disculpe, ¿nos conocemos? No lo recuerdo, señor Fullerton.

—Es posible que usted no me recuerde —dijo él, con una media sonrisa que no ocultaba del todo la timidez del gesto—, pero yo no he podido olvidarla.

Tuve la fortuna de cruzarme con usted hace unos meses, a la salida de una tienda.

Fue un encuentro breve, y bastante torpe por mi parte, me temo, así que no me extraña en absoluto que no lo recuerde.

Pero tenía la esperanza de que esta noche me diera ocasión de conocerla como es debido.

Se giró hacia Beatrice, algo cohibido.

—Su excelencia, le debo una confesión. Aquella tarde, la señorita Marchmont la acompañaba a usted a la salida de la tienda, y confieso que cuando supe que había una invitación disponible para esta velada, procuré hacerme con ella con la esperanza precisa de volver a encontrarme con la señorita Marchmont.

Espero que no le moleste que mis intenciones al acudir fueran tan poco desinteresadas.

Beatrice sonrió, sin ningún reproche en el gesto.

—No puedo reprocharle el querer conocer a una joven tan encantadora como la señorita Marchmont, señor Fullerton.

—¿Y a qué se dedica usted, señor Fullerton? —preguntó William, antes de que Dolly pudiera decir nada—. ¿De dónde es su familia?

—Mi padre tiene negocios de tejidos, lord Harwood. Una fábrica bastante próspera, al norte.

—¿Fullerton? —William repitió el apellido, con un énfasis apenas perceptible en la última sílaba—. No me suena de ninguna familia terrateniente con ese nombre.

—No lo somos, exactamente. —Nathaniel no perdió la sonrisa, aunque a Dolly le pareció notar cierta tensión en sus hombros—.

Mi abuelo construyó su fortuna desde la nada, con mucho esfuerzo.

El apellido, para ser sincero, no siempre fue Fullerton.

Mi abuelo empezó a utilizarlo cuando la familia comenzó a prosperar.

Supongo que pensó que sonaba más apropiado.

—Ya, más apropiado entonces —repitió William, sin apartar la mirada.

—Así es, sí. Más apropiado.

—Supongo que ciertas familias encuentran útil adaptar el apellido cuando la fortuna empieza a acompañarlas —contestó William—. ¿Y su familia tiene tierras, entonces?

—No en el sentido que usted probablemente entiende, lord Harwood. Tenemos una casa cómoda, y mi padre ha comprado alguna propiedad cerca de la fábrica, pero no somos terratenientes de linaje, si es eso lo que pregunta.

—¿Y cuántos trabajadores…? —comenzó a preguntar William.

—William —dijo Sebastian, interponiéndose con una sonrisa amplia—, si seguimos así, el pobre Fullerton va a pensar que esto es un tribunal y no una cena.

Yo, por mi parte, encuentro fascinante lo del apellido.

Casi tanto como la vez que descubrí que el abuelo de lord Pembrook se llamaba en realidad Smith.

Beatrice aprovechó la pausa.

—Creo que ya podemos ir pasando al comedor.

—Su excelencia —dijo Nathaniel, antes de que el grupo empezara a moverse—, espero que no le importe si me siento junto a la señorita Marchmont.

Lo dijo con una franqueza tan directa, casi descarada, que a Dolly se le escapó una sonrisa antes de poder contenerla.

—Por supuesto que no —dijo Beatrice, con un brillo de diversión en la mirada—. Lord Harwood no tendrá inconveniente, estoy segura, en sentarse junto a la señorita Fairweather.

—No, claro que no —dijo William, con la voz algo más baja de lo habitual, sin ninguna alternativa educada disponible.

Nathaniel le ofreció el brazo a Dolly, y juntos entraron en el comedor, dejando a William unos pasos por detrás, con la señorita Fairweather ya esperando su brazo con una sonrisa expectante.

***

La señorita Fairweather, sentada a la izquierda de William, había abandonado hacía rato cualquier intento de conversación con él y había vuelto su atención hacia el caballero que tenía enfrente, con quien parecía llevarse bastante mejor.

William no se lo reprochaba. Apenas había cruzado con ella más de tres frases en toda la cena, la mayoría respuestas de una sola palabra que ni siquiera él se había molestado en disimular como algo más que cortesía obligada.

Sebastian, a su derecha, le dijo algo pero él apenas prestó atención a sus palabras.

William no le respondió. Dolly estaba sentada un poco a su derecha, al otro lado de la mesa, y llevaba toda la cena enfrascada en la conversación con Nathaniel Fullerton, tan absorta que apenas había probado bocado.

A William le llegaban retazos sueltos de lo que decían —una anécdota que estaba contando Fullerton—, y se sorprendió prestándoles más atención de la que cualquier conversación ajena merecía.

—...y entonces el hombre insistió en que el cuadro era un Tiziano auténtico —estaba diciendo Nathaniel—, cuando en realidad lo había comprado la semana anterior en un mercadillo de Chelsea.

Dolly se rio, una risa clara y cristalina que le llegó a William desde el otro lado de la mesa con una nitidez que le pareció, en ese instante, más ruidosa que el resto de la cena junta.

—William. —Sebastian le dio un ligero codazo—. ¿Me has escuchado?

—Perdón. ¿Decías?

—Repito —dijo Sebastian—, ¿no deberías prestar más atención a la señorita Fairweather, en lugar de mirar a Dolly con esa insistencia?

William miró hacia su izquierda. La señorita Fairweather seguía enfrascada en su propia conversación, ajena por completo a su presencia.

—Solo me aseguraba de que a la señorita Marchmont le estaba yendo bien.

—Ya lo creo que sí. Mírala. —Sebastian bajó la voz, con un deje de pesar teatral—.

Cualquiera diría que ha nacido para esto.

Debería haberte puesto condiciones más difíciles, William.

Está claro que va a conseguir las tres propuestas antes de que termine la temporada.

A este ritmo, puede que ni siquiera necesite toda la semana.

William se giró hacia él con brusquedad.

—¿Tú crees?