Capítulo 26. El primer baile
Durante las dos semanas siguientes, Dolly descubrió que una casa de Londres, por grande que fuera, tenía muy pocas habitaciones en las que no pudiera aparecer William.
Bajaba a desayunar cuando él ya se había encerrado en el despacho, sobre las diez de la mañana.
Si oía sus pasos en el pasillo, recordaba de pronto algo que se había dejado en su habitación.
En determinada ocasión, que se cruzaron en la escalera, William se detuvo como si fuera a decirle algo.
Ella le hizo una reverencia impecable y siguió subiendo.
Jane habría estado orgullosa de aquella reverencia.
El resto del tiempo lo pasaba con Jane. Si iba a ver lo que la temporada tenía para ofrecerle, como le había aconsejado Beatrice, no podía hacerlo desde su habitación. Así que aceptaba cualquier propuesta de Jane antes de que terminara de formularla.
Al acostarse, sin embargo, Dolly seguía distinguiendo los pasos de William de los de cualquier otro en la casa, y no cerraba los ojos hasta oírlos pasar frente a su puerta.
Cuando llegó la noche del baile de los Ashcombe, llevaba catorce días sin mirarlo a los ojos.
Los recibieron los Ashcombe en la entrada, y mientras hacían las presentaciones de rigor, el hijo de la familia, un joven de aspecto pulcro y sonrisa fácil, se quedó mirando a Dolly un rato más del debido, antes de dedicarle una sonrisa.
Entraron en el salón principal, y Dolly notó de inmediato que varias cabezas se giraban hacia ella al pasar.
—¿Qué ocurre? —le susurró a Jane, con un principio de nerviosismo—. ¿Es la postura? ¿He hecho algo mal?
Jane le sonrió, sin ningún disimulo.
—Simplemente la están mirando a usted. Está muy bonita esta noche. —Le apretó el brazo con suavidad—. Es la novedad, señorita Marchmont. No tiene nada que temer.
No habían dado ni tres pasos más cuando el coronel Elliot se acercó a saludar a lady Agnes, que lo recibió con genuino entusiasmo.
—¡Qué alegría encontrarlo aquí esta noche, coronel! Déjeme presentarle a la señorita Marchmont, prima de nuestro querido señor Fitzwilliam.
Dolly se giró hacia él. Era un hombre mayor, quizás de la misma edad que Beatrice, aunque todavía conservaba un atractivo firme, con ese porte erguido y sereno que solo daban los años de ejército, y una sonrisa que le pareció sincera desde el primer momento.
—Un placer, señorita Marchmont.
—El placer es mío, coronel.
—El coronel acaba de regresar de la India —explicó lady Agnes—, después de varios años sirviendo allí.
—Así es —dijo Elliot—. Un destino largo, aunque instructivo. Uno aprende a apreciar el clima inglés de una manera muy distinta después de años enteros de monzones.
—Me imagino que las lluvias allí serán bastante más generosas que las nuestras —dijo Dolly, recordando algo que había leído sobre los vientos monzónicos y las estaciones de la India—, aunque también dicen que el calor previo puede resultar bastante insoportable pa'los que no están acostumbrados.
Se corrigió a sí misma casi de inmediato, aunque el coronel no pareció darle ninguna importancia al desliz, mirándola con una diversión genuina que no tenía nada de condescendencia.
—Veo que tiene usted conocimientos de geografía, señorita Marchmont. Pocas jóvenes de su edad saben distinguir un monzón de una simple tormenta.
—Lo leí en algún sitio, coronel. Me interesa bastante la geografía.
Elliot sonrió, con un brillo de interés auténtico en la mirada.
—¿Me concedería el placer del siguiente baile, señorita Marchmont?
***
Comenzó la música, y el coronel la guio por la pista con paso firme y tranquilo, sin ninguna prisa, mientras la conversación fluía entre ellos con naturalidad.
—¿Ha viajado usted mucho, señorita Marchmont?
—No, en absoluto —dijo Dolly—. Aunque me gustaría, algún día, ver alguno de los lugares que solo conozco por los mapas. ¿Y usted, coronel? Imagino que habrá visto mucho mundo con el ejército.
—Bastante, sí. —El coronel la giró con suavidad—. Aunque si tuviera que quedarme con un solo lugar, sería Cachemira. Nunca he visto una luz igual, ni siquiera en Inglaterra en pleno verano. Los valles amanecen de un color casi dorado que a uno le hace olvidar por qué está allí en primer lugar.
En uno de los giros, Dolly vio, por encima del hombro del coronel, a William de pie junto a la pared, con una expresión que no tenía nada de agradable, mientras Sebastian, a su lado, le decía algo que él apenas parecía escuchar.
—¿Y tiene alguna afición, además de la geografía? —siguió el coronel, sin notar la distracción de Dolly.
—Me gusta mucho la música, aunque no toco ningún instrumento. —Volvió a fijarse en él, apartando la mirada de William con esfuerzo—. La señorita Harwood ha hablado de asistir a algún concierto esta temporada, con una orquesta completa. Me hace mucha ilusión.
—¿Y qué compositor disfruta usted más?
—Haydn —dijo Dolly, sin dudarlo—. Me sorprenden esos giros suyos que parecen improvisados, como si la música se le fuera ocurriendo sobre la marcha, aunque sé que no es así.
El coronel la miró con una sonrisa amable, dispuesto a decir algo más, cuando Dolly, distraída todavía con la imagen de William al fondo de la sala, perdió el ritmo de un giro y le pisó de lleno.
—¡Ay! —Dolly se detuvo, con cara de auténtico espanto—. Perdone, coronel, disculpe.
—No se preocupe.
—Me temo que se me da mejor escuchar música que bailarla.
El coronel se rio, abiertamente, sin ningún reparo.
—No se preocupe, señorita Marchmont. Tampoco yo soy un gran bailarín.
Terminaron el vals sin más incidentes, y él la acompañó de vuelta hasta donde esperaba lady Agnes, haciendo la reverencia correspondiente antes de llevarse su mano a los labios.
—Ha sido un auténtico placer, señorita Marchmont.
Dolly sonrió, y el coronel se despidió con una última inclinación de cabeza antes de alejarse entre la gente.
—¿Cómo le ha ido? —preguntó lady Agnes, en cuanto se quedaron solas.
—Fatal —dijo Dolly, todavía algo colorada—. Le he pisado sin querer.
—Es bueno saber que no soy el único agraciado con sus dóciles pasos —dijo Sebastian, que acababa de reunirse con ellas.
Lady Agnes le lanzó una mirada de censura, y se volvió hacia Dolly con una sonrisa más tranquilizadora.
—Seguro que le ha ido mejor de lo que cree.
***
William se acercó poco después, cuando la orquesta ya preparaba la siguiente pieza, y se detuvo frente a Dolly con una formalidad que no encajaba del todo con la tensión que se le notaba en la mandíbula.
—¿Me concede este baile, señorita Marchmont?
—Me temo que no puedo, milord. Ya lo tengo comprometido.
—Creo que este baile me pertenece, señorita Marchmont.
El joven Ashcombe había aparecido junto a ellos, con la misma sonrisa fácil de antes, y le ofreció el brazo a Dolly sin esperar mayor confirmación. Ella lo aceptó, y se alejó hacia la pista sin volver la vista atrás.
William se quedó de pie, sin moverse, siguiéndola con los ojos mientras se perdía entre las demás parejas.
—Parece que a nuestra joven dama no le está yendo nada mal esta noche —dijo Sebastian, acercándose sin que William se hubiera percatado de su llegada—. La he visto bailar con varios caballeros ya.
—No me gusta ese Ashcombe —dijo William, sin apartar la vista de la pista—. Tiene fama de libertino. Mira cómo va deslizando la mano. Creo que voy a ir a decirle algo.
—No puedes interferir. ¿Recuerdas?
—Ya lo sé.
—Entonces no vayas.
William no respondió, pero tampoco se movió del sitio, con la mandíbula todavía tensa, observando cómo Dolly giraba una y otra vez con el joven Ashcombe cada vez un poco más cerca de lo que a él le parecía apropiado.
—Lord Harwood. Señor Fitzwilliam.
Una de las jóvenes que William prefería evitar en cualquier reunión se acercó junto a su madre, con la misma sonrisa preparada de antemano que ya conocía de otras temporadas.
—¿Lo están pasando bien esta noche?
—Muchísimo —dijo Sebastian—. La velada está resultando de lo más entretenida.
—El clima ha mejorado bastante esta semana, ¿no le parece, lord Harwood? —dijo la joven, sin dejarse desanimar por el silencio de William.
—Sí.
—Aunque dicen que volverá a llover el fin de semana.
—Es posible.
William apenas apartaba la vista de la pista, donde Dolly acababa de echar la cabeza hacia atrás, riéndose de algo que el joven Ashcombe le había dicho.
—¿Y usted no baila esta noche, lord Harwood? —preguntó la madre, con un tono que buscaba disimular mal la insinuación.
—Esta noche no —dijo William, sin apartar los ojos de la pista, y se alejó hacia la mesa de las bebidas sin más explicación.
Pidió un coñac y se lo bebió de un solo trago, notando el calor bajarle por la garganta.
Siguió mirando hacia la pista, y solo cuando la música terminó y vio que Ashcombe acompañaba a Dolly de vuelta hasta donde esperaba lady Agnes, soltó el aire que no se había dado cuenta de que llevaba conteniendo todo ese tiempo.
***
De vuelta en el carruaje, Jane y lady Agnes no dejaron de comentar lo bien que le había ido a Dolly esa noche.
—El coronel Elliot no dejó de mirarla en toda la velada —dijo lady Agnes, satisfecha—. Y ese joven Ashcombe también parecía bastante interesado.
—Ha estado usted encantadora —añadió Jane—. Nadie diría que es su primer baile de verdad en Londres.
Dolly sonrió, agradecida, aunque su atención seguía puesta en William, sentado frente a ella, con la vista fija en la ventanilla y un silencio que contrastaba con el entusiasmo de las otras dos.
—¿No está usted de acuerdo, William? —preguntó lady Agnes, notando por fin su mutismo.
—Sí, claro. Le ha ido muy bien.
Lo dijo sin ningún entusiasmo, con un tono seco que Dolly reconoció enseguida, el mismo que le había oído aquella tarde en el atrio de la iglesia, hablando con la señorita Fitzgerald.
Se quedó mirándolo, sin entender del todo qué era exactamente lo que le había puesto de tan mal humor, hasta que Sebastian, sentado a su lado, no pudo contenerse.
—Alguien parece haberse levantado con el pie izquierdo esta noche.
—No he dicho nada —dijo William, sin apartar la vista de la ventanilla.
—Exactamente. Ese es el problema.
William no respondió, y el resto del trayecto transcurrió en un silencio incómodo que nadie más se atrevió a romper.