Capítulo 25. El plan de huida
Aquella mañana, en la sala de la casa que tenía lord Harwood en Londres, la hora del desayuno transcurría con normalidad.
Dolly prefería la salita donde desayunaban en Faircross, que daba al jardín, con la ventana entreabierta y los mirlos peleándose por llamar la atención de la familia.
Aquí la sala tenía los techos altos y por las ventanas solo entraba el estrépito de los coches de caballos, que a aquella hora ya recorrían la calle arriba y abajo.
En la ciudad, parecía que hasta quienes no tenían nada que hacer necesitaban salir a hacerlo temprano.
Dolly vigilaba a William por encima de su taza de té. Él leía el periódico de la mañana con una gran concentración, aunque, en opinión de Dolly, nada de lo que dijera el diario merecía esa entrega. Al otro lado de la mesa, Jane y lady Agnes hablaban de la salida que planeaban hacer ese día.
—Necesito un sombrero nuevo para los domingos —decía Jane—. El mío ya empieza a desteñirse por el sol.
—Yo también debería renovar alguno —dijo lady Agnes—. Podríamos ir juntas después del almuerzo, antes de que se haga tarde.
William levantó la vista del periódico y sus ojos se cruzaron con los de Dolly antes de que ella pudiera apartarlos a tiempo. Dolly bajó la mirada hacia su propio plato, casi lleno, y removió el té con la cucharilla, solo para tener algo que hacer con las manos.
—¿Va todo bien, señorita Marchmont? —preguntó William—. Apenas ha probado bocado.
—Sí. Sí. —Dolly dejó la cucharilla, algo más brusca de lo que pretendía—. Estoy nerviosa por la temporada.
—Es comprensible —dijo lady Agnes, sin darle mayor importancia, ya volviendo la atención hacia ella—. ¿Le ha gustado su habitación, querida? No he tenido ocasión de preguntárselo desde que llegamos.
—Muchísimo, señora. Es igual de hermosa que la que tenía en Faircross.
William volvió a su periódico, y Jane y lady Agnes retomaron su conversación, ahora sobre lo que les gustaría hacer aquella temporada en Londres: alguna exposición, alguna visita, y Jane mencionó que le encantaría asistir a algún concierto antes de que empezaran los bailes de verdad.
Dolly las observó y, sin poder evitarlo, pensó en cuánto las iba a echar de menos.
Ya llevaban dos días en Londres y a Dolly no le había resultado nada fácil encontrar el momento oportuno para escabullirse.
Nunca estaba sola. Eso también lo había aprendido, sin que nadie se lo enseñara con una lección formal: una joven dama, por lo visto, apenas disponía de un rato a solas en todo el día, con doncellas, carabinas, visitas y familia rodeándola de la mañana a la noche.
Pero no podía seguir así: estaba decidida a marcharse antes de que acabase la semana.
En mitad de sus reflexiones, un criado entró en la sala con una bandeja pequeña, y sobre ella, una carta dirigida a William.
William cogió la carta, rompió el sello y la leyó por encima antes de anunciar el contenido en voz alta.
—Es una invitación al baile de los Ashcombe, dentro de dos semanas. Al parecer será uno de los primeros grandes eventos de la temporada.
—Estupendo —dijo lady Agnes, animándose de inmediato—. Tendré ocasión de hablar con lady Ashcombe. Hace siglos que no coincidimos. Y también estará su hermana, si no recuerdo mal, que siempre tiene las noticias más frescas de todo Londres.
—Espero que también estén los Pembrook —dijo Jane—. Hace meses que no veo a Charlotte.
—Y sin duda estará el coronel Elliot —añadió lady Agnes, con un tono que a Dolly le pareció casi malicioso—. Nunca falta a un baile de los Ashcombe.
William repasó algunos nombres más y Jane preguntó por otros.
Los dos conocían de memoria el calendario social de la ciudad, y la conversación fue pasando con soltura de un invitado probable a otro.
Dolly los escuchaba a medias, todavía perdida en sus propios pensamientos, cuando el mismo criado de antes volvió a entrar, esta vez con otra carta.
El criado le ofreció la bandejita a ella.
—Una nota para usted, señorita.
—¿Para mí? —Dolly cogió la nota con cierta cautela.
Rompió el sello y desdobló la carta.
Querida señorita Marchmont:
He sabido, por el señor Fitzwilliam, que ya se encuentra usted de vuelta en la ciudad. No he podido evitar el deseo de verla cuanto antes. Le ruego me haga el honor de acompañarme a tomar el té esta misma tarde, a las cinco.
Con todo mi afecto,
Beatrice, duquesa de Blackmoor
Cuando levantó la vista de la carta, se encontró con que los tres la estaban mirando.
—Es una invitación para tomar el té con la duquesa de Blackmoor —dijo, doblando el papel de nuevo—. Esta misma tarde.
—Vaya, es todo un honor, querida —dijo lady Agnes—. Sin duda debe asistir. Llévese el carruaje.
Dolly miró a William. Hasta entonces, cada paso que había dado como señorita Marchmont lo había decidido él, y nadie la había invitado a ningún sitio sin que él lo supiera primero.
Él la miró en silencio antes de contestar.
—Sí, por supuesto. —Cerró el periódico y lo dejó a un lado—. Le diré al mayordomo que tenga el carruaje listo para la tarde.
***
El carruaje se detuvo frente a la fachada blanca que Dolly había visto por primera vez casi cinco meses atrás.
Aquella tarde, que ahora recordaba lejana, había llegado con el vestido del puerto todavía puesto y un hatillo apretado contra el pecho, y había subido los escalones de dos en dos, contando las ventanas con la cabeza echada hacia atrás.
Ahora el lacayo le tendió la mano para ayudarla a bajar, y ella la aceptó tal como le habían enseñado.
Llevaba el vestido celeste que había comprado con Beatrice en la tienda de madame Boucheron y unos guantes blancos de cabritilla que ocultaban unas manos que ya no tenían nada del rojo áspero de fregar mesas.
Subió los escalones uno a uno, sin levantar la vista hacia las ventanas.
En el último se detuvo, se alisó el guante sobre los nudillos y esperó a que abrieran la puerta.
El criado la condujo hasta una sala donde Beatrice ya esperaba. En cuanto Dolly cruzó el umbral, la duquesa se levantó y le cogió las dos manos.
—Me alegro mucho de verla, señorita Marchant.
—Señorita Marchmont, ahora —dijo Dolly, con una media sonrisa—. ¿Recuerda?
—¿De veras?
—No lo sé. —Dolly se retorció las manos, nerviosa—. No sé bien quién soy ahora.
Beatrice le soltó las manos, dio un paso atrás y la recorrió con la mirada, del peinado a la punta de los zapatos.
—Creo que sigue siendo Dolly. Solo que con maneras más refinadas. —Beatrice le indicó el sillón que había junto a la chimenea—. Siéntese, por favor.
Dolly tomó asiento, con la espalda recta, y se quitó los guantes. Poco después entró una doncella con la bandeja del té y un plato de pastas, la dejó sobre la mesita baja y se retiró sin hacer ruido. Beatrice sirvió ella misma las dos tazas.
—¿Leche?
—Sí, gracias.
—¿Qué tal el viaje desde Faircross? Me han dicho que los caminos están impracticables después de las lluvias.
—Largo —dijo Dolly—. Jane se mareó en cuanto dejamos atrás el pueblo, y lady Agnes durmió la mitad del camino.
Beatrice se rio y le acercó el plato de pastas. Después quiso saber cómo le había ido en Faircross, y fue escuchando cada cosa que Dolly le contaba sobre aquellos meses sin apartar los ojos de ella. Cuando Dolly terminó de contarle lo del baile de Navidad, Beatrice sonrió.
—Ha mejorado usted muchísimo. Hasta el acento es distinto.
Dolly asintió, sin decir nada, y el silencio se instaló entre las dos un instante demasiado largo. Dolly se quedó mirando su taza, todavía intacta, y sus propias manos.
—Su excelencia, no tengo derecho a pedirle nada más, después de todo lo que hizo por mí la última vez.
Beatrice la miró, extrañada.
—¿Qué necesita, señorita Marchmont?
—Me preguntaba si podría ayudarme a encontrar un empleo. Quizás en alguna de las tiendas en las que estuvimos juntas. Pensé que usted tal vez conociera a alguien que pudiera necesitar una dependienta, alguien de confianza.
Beatrice, con las cejas alzadas, se quedó inmóvil, con la taza a medio camino de los labios.
—¿Y qué hay de su plan inicial? Encontrar un hombre que la amara. El matrimonio.
A Dolly se le escapó una lágrima antes de que pudiera contenerla.
—Usted llevaba razón, señora. El amor solo trae sufrimiento.
Beatrice se inclinó hacia ella.
—¿Lord Harwood? —preguntó en voz baja.
Dolly no la miró. Asintió en un gesto casi imperceptible.
—¿Se ha portado mal con usted?
—No, no. Al contrario. —Dolly negó rápidamente, con la voz ya temblorosa—. Ha sido un perfecto caballero. Pero no puedo... es solo que él no...
—Ya veo —dijo Beatrice, sin necesitar que terminara la frase.
—Usted lo dijo, señora. El amor no siempre acaba en matrimonio.
Beatrice dejó la taza en el platillo y tardó en apartar la mano de ella.
—Hablaba desde mi propia experiencia, Dolly. ¿Sabe cómo llegué a ser duquesa?
Dolly negó con la cabeza.
—Cuando era muy joven, apenas tenía su edad, estuve profundamente enamorada de un joven caballero, vecino de mi familia.
Él me correspondía, y le pidió mi mano a mi padre.
—Beatrice hablaba despacio, sin que le temblara la voz—.
Mi padre lo rechazó. No era suficiente para su hija, dijo.
Me llevó a Londres y arregló un matrimonio con el duque de Blackmoor, un hombre diez años mayor que yo, al que no había visto en toda mi vida hasta el mismo día en que nos presentaron formalmente.
—¿Y qué pasó?
—El día de mi boda no dejé de llorar. Mi madre me consolaba diciéndome que encontraría la felicidad con el duque, aunque en ese momento yo no le creía en absoluto. Así que, en mi caso, ya ve, el amor no acabó en matrimonio. El matrimonio llegó primero.
—Es una historia muy triste, señora.
Beatrice sonrió, apenas.
—No he terminado de contársela. El amor llegó después. El de verdad. Edward resultó ser un hombre tranquilo, lleno de inquietudes que yo no sabía que existían hasta que él me las enseñó. Por las noches leía en voz alta junto a la chimenea, y yo fingía bordar para poder escucharlo sin que se notara.
Hizo girar despacio el anillo de casada en el dedo, sin mirarlo.
—A su lado aprendí más en unos pocos años que en toda mi vida anterior.
Con el tiempo, el respeto que le tenía se convirtió en algo mucho más hondo que cualquier cosa que hubiera conocido antes.
Entonces comprendí que lo de aquel vecino había sido un enamoramiento de muchacha: bonito, pero pequeño al lado de lo que vino después.
—¿Fue feliz con él?
—Tanto que, durante años, olvidé que no lo había elegido yo.
—A Beatrice se le suavizó la voz—. Por desgracia, me dejó demasiado pronto.
Solo nueve años después de casarnos, cayó enfermo y murió, dejándome sola.
No he vuelto a querer a nadie con esa intensidad, con esa entrega, desde entonces.
Por eso nunca he pensado en volver a casarme.
No porque no crea en el amor, Dolly, sino porque ya lo tuve, y sé exactamente lo que se siente al perderlo.
—¿Por qué me cuenta todo esto? —preguntó Dolly.
—Porque quizás en su caso pueda ocurrir algo similar.
—Beatrice se inclinó un poco hacia ella—.
Ahora está dolida. Es normal, es el dolor del amor no correspondido, y no hay nada que le vaya a decir que pueda calmar su corazón herido.
Pero quién sabe. Quizás encuentre otro amor que la sorprenda, de la misma manera que a mí me sorprendió Edward cuando yo daba por hecho que el amor ya se había acabado para mí.
Simplemente piénselo. No tiene que decidir nada ahora mismo.
—Pero yo ya no quiero...
—Puede tantear la temporada, sin comprometerse a nada —siguió Beatrice, sin dejarla terminar—.
Y al final, cuando todo esto acabe, si sigue necesitando ayuda para buscar un empleo más acorde con su nueva situación, no se preocupe: puede acudir a mí sin ningún reparo.
Esa puerta seguirá abierta. Pero antes, dese a usted misma la oportunidad de ver lo que el mundo le ofrece.
Sería una lástima que se lo negara solo por miedo a que le vuelva a doler.
***
Esa noche, tumbada en la cama, Dolly se quedó mirando el techo durante un buen rato, con la conversación de la tarde todavía dándole vueltas en la cabeza.
Por primera vez desde que había empezado todo aquello, pensó que lo que creía saber sobre el amor quizás no fuera suficiente.
Había construido su idea a partir de fragmentos sueltos, sin ponerlos nunca juntos hasta esa noche: Jane, que le había dicho que no bastaba con que alguien la pretendiera, que también importaba a quién quisiera ella; Sebastian, que no parecía distinguir entre el amor y el deseo; sus propios fascículos, con sus caballeros perfectos y sus finales felices; y ahora Beatrice, que había amado dos veces, de dos maneras distintas, y solo una de ellas se había parecido a lo que Dolly siempre había imaginado.
¿Quién le decía que a ella no pudiera pasarle algo parecido? ¿Que lo que sentía por William, por muy real que le pareciera, no fuera más que un primer amor, intenso pero pequeño al lado de algo que todavía no había tenido ocasión de descubrir?
Decidió que seguiría adelante. Que al menos vería lo que la temporada tenía para ofrecerle, en vez de huir antes de averiguarlo.
Aunque, a oscuras, le pareciera imposible querer a nadie que no fuera William.