Capítulo 24. Un doble golpe
Dolly estaba sentada en el silloncito de su alcoba, con la espalda recta, las manos quietas sobre el regazo y la vista fija en un punto de la pared que no veía en realidad. Una lágrima le resbaló despacio por la mejilla, y no hizo ademán de secarla.
No había ido buscando lo que había encontrado.
Jane le había pedido que bajara al despacho a preguntarle a William si había terminado de sellar unas cartas antes de que las recogiera el correo de la mañana, un encargo sin ninguna importancia, de los que había hecho cientos de veces desde que había llegado a Faircross.
Se había acercado a la puerta, ya levantando la mano para llamar, cuando había visto que estaba entreabierta, y las voces de dentro le habían llegado antes de que ella hiciera ningún ruido.
No había querido escuchar. En cuanto reconoció las palabras de Sebastian, se dijo que debía llamar de inmediato, o marcharse sin más y dejar que la conversación siguiera su curso sin ella.
Pero los pies no le habían obedecido, clavados al suelo del pasillo, y la pregunta de Sebastian le llegó entera, sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
“No te habrás enamorado de la señorita Marchmont, ¿verdad?”
El corazón le había dado un vuelco tan fuerte que por un instante pensó que se le iba a salir por la boca, una esperanza tan repentina y tan intensa que casi le dolió físicamente. Y entonces había llegado la respuesta de William.
“¿Qué? ¡No! ¡Claro que no!”
Se quedó junto a la puerta, sin moverse, mientras la voz de William seguía explicando, cada palabra clavándose un poco más en el corazón.
“Viene de donde viene. Somos de mundos completamente distintos, ella y yo. No pertenece a nuestro círculo, ni por educación ni por cuna por mucho que se le haya pegado el resto. No podría enamorarme de ella, aunque me lo propusiera.”
Se apartó de la puerta antes de que la vieran, y subió las escaleras corriendo, con la carta de Jane completamente olvidada, hasta llegar a su habitación y cerrar la puerta tras ella.
Se dejó caer en el silloncito, y allí, con la respiración todavía agitada por la carrera, entendió lo que había oído. En el fondo, lo entendía perfectamente, y eso era lo que más le dolía. William la conocía de verdad. Sabía exactamente quién era debajo de todo lo aprendido.
Se levantó y fue directa hacia el baúl de viaje que todavía guardaba.
Rebuscó hasta el fondo, apartando lo que había encima, hasta encontrar el vestido pardo, el que llevaba puesto la primera vez que había cruzado la puerta de la casa de Beatrice.
Anne lo había lavado a conciencia entonces, y seguía limpio, aunque no tenía nada que ver con ninguno de los vestidos que había llevado desde entonces: la tela áspera, el corte sin gracia, un color apagado, el único que nunca había podido elegir.
Se lo puso por encima del vestido que llevaba y se miró en el espejo.
Apenas se reconoció.
Pero al mirarse así, con el vestido pardo por encima de la seda fina, comprendió algo con una claridad que le dolió más que cualquier otra cosa que hubiera entendido hasta entonces: William la vería siempre así.
Debajo de cada vestido nuevo, debajo de cada reverencia bien hecha, debajo de cada palabra correctamente pronunciada, él seguiría viendo a la muchacha que había conocido en aquella taberna del puerto.
Él la conocía de verdad, y esa era precisamente la razón por la que jamás podría pensar en ella como una igual.
Se quitó el vestido pardo de un tirón y lo lanzó contra la cama y se sentó de nuevo en el silloncito, con las palabras de Beatrice volviéndole ahora a la memoria con un sentido que no había tenido la primera vez que las oyó, aquella primera noche en Londres, cuando todavía no entendía nada de lo que le esperaba.
“A veces, incluso el amor significa solo sufrimiento.”
Sus ojos fueron hasta la mesita, donde descansaba, como siempre, su ejemplar gastado de Manon Lescaut, el mismo al que le faltaban las últimas páginas, el que había sido de su padre.
Lo cogió, y se quedó mirándolo un rato largo, pasando el pulgar por el lomo desgastado, sin abrirlo.
Nunca había sabido cómo terminaba la historia; siempre había preferido imaginar que Manon y Des Grieux encontraban al fin su paz en aquel Nuevo Mundo del que hablaban las últimas páginas que ella conocía, que su amor había ganado a todos los obstáculos.
Dejó el libro de nuevo sobre la mesita, con cuidado.
Se levantó, se secó las lágrimas de la cara con la manga del vestido de seda, sin importarle ya lo que Jane pudiera decir sobre ese gesto, y salió de la habitación con paso apresurado, sin mirar atrás.
***
Dolly bajó a la biblioteca con paso decidido.
Si aquella casa tenía tantos libros, alguno de ellos tendría que guardar el mismo relato que su padre le había dejado sin terminar.
Recorrió las estanterías más altas, las que nunca había necesitado antes, sacando volúmenes al azar, revisando lomos, devolviendo unos, cogiendo otros, hasta que, por fin, en un estante casi olvidado, encontró una edición completa.
Manon Lescaut.
Lo abrió allí mismo, de pie, apoyada de espaldas contra la estantería, y buscó el punto exacto donde su propio ejemplar se cortaba, donde las páginas se acababan sin previo aviso, sin que nadie le hubiera avisado nunca de que faltaba algo.
Encontró el lugar, pasó la hoja, y empezó a leer lo que nunca había podido leer.
Manon y Des Grieux no encontraban ninguna paz en el Nuevo Mundo. Había una nueva traición y una huida desesperada hacia el desierto, sin llevar consigo nada más que miedo y cansancio.
Dolly fue dejándose resbalar poco a poco contra la estantería, sin apartar los ojos de la página, hasta quedar sentada en el suelo, con el libro entre las manos temblorosas.
Manon caía enferma en mitad de aquella tierra baldía.
Des Grieux la sostenía entre sus brazos, sin nada con que ayudarla, viéndola apagarse poco a poco bajo un cielo que no ofrecía ningún refugio.
Y entonces, sin ceremonia, sin ningún consuelo final para el lector que hubiera esperado otra cosa, Manon moría.
Dolly no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que vio una mancha oscureciendo el papel, una lágrima que había caído justo sobre la palabra final de aquel párrafo, y se apresuró a limpiarla con la manga, demasiado tarde: la tinta ya se había corrido en un pequeño borrón que no se iba a ir nunca.
Se quedó allí sentada, en el suelo de la biblioteca, con el libro abierto sobre las rodillas, y una sola idea repitiéndose por dentro con la misma certeza fría con la que había entendido, esa misma tarde, las palabras de William desde el otro lado de una puerta entreabierta.
El amor, al final, solo era sufrimiento.
***
Dolly no había pegado ojo en toda la noche. Se había pasado las horas dando vueltas en la cama, con las palabras de William y el final de Manon entrelazándose hasta hacerse casi lo mismo, hasta que por fin, ya con las primeras luces asomando por la ventana, había llegado a una resolución.
No podía seguir en aquella casa, después de lo ocurrido.
Y la temporada, la apuesta, todo aquello por lo que había trabajado tantos meses, ya no le importaba lo más mínimo.
Lo único que quería era llegar a Londres, y una vez allí, en cuanto encontrara el momento, desaparecer sin decir nada a nadie.
Buscarse algún trabajo —quizás como dependienta en alguna de aquellas tiendecitas donde había ido con Beatrice, donde tanto le había gustado tocar las telas y ordenar los rollos de cinta por colores— y empezar una vida propia, lejos de apuestas, de mentiras, de vestidos que no eran suyos y de un hombre que jamás podría quererla de verdad.
Y, sobre todo, olvidarse del amor para siempre.
Si aquello era lo único que el amor daba a cambio —sufrimiento, un final en un desierto, una promesa que nunca llegaba a cumplirse—, prefería no volver a acercarse a él en toda su vida.
Con esa determinación clavada por dentro, bajó a la salita del desayuno.
—¿Está usted bien? —preguntó Jane, en cuanto la vio entrar—. Tiene mala cara esta mañana.
—No he dormido bien —dijo Dolly, sentándose con el mismo cuidado de siempre, aunque le costara más esfuerzo del habitual—. Nervios, supongo. Por lo de empezar la temporada.
—Es comprensible. —Jane le sirvió el té sin que Dolly tuviera que pedirlo—. Pero no debe preocuparse tanto. Está usted mejor preparada que muchas jovencitas de su edad que llevan toda la vida entrenándose para este momento. Le irá bien, señorita Marchmont.
Dolly asintió, agradecida por las palabras, y no dijo nada más, guardándose para sí la verdadera razón de su cansancio y el plan que llevaba escondido desde esa misma madrugada.
***
En el vestíbulo, con los baúles ya cargados en el carruaje, Jane y lady Agnes salieron primero, dejando a William esperando junto a la puerta a que Dolly bajara.
—He olvidado algo —dijo Dolly, deteniéndose a media escalera—. Un momento, por favor.
—Vaya tranquila —dijo William—. Todavía tenemos tiempo.
Dolly subió corriendo a su cuarto y cogió, de encima de la mesita, el librito de poetas ingleses, la gargantilla de oro con el colgante en forma de rosa y las peinetas de madera.
Había decidido no meter esos objetos en el baúl.
Bajó de nuevo, pero en vez de dirigirse al vestíbulo, torció hacia el despacho de William, vacío a esas horas de la mañana, y abrió el primer cajón del escritorio.
Dejó allí los regalos que le había hecho William, y sacó papel y pluma para escribir unas líneas breves antes de que nadie fuera a buscarla.
Milord:
No puedo llevar esto conmigo. Le agradezco de corazón todo lo que ha hecho por mí. Los meses más felices que he vivido en toda mi vida los he pasado en esta casa.
Gracias por todo.
D.
Dobló la nota, la dejó encima del libro, la gargantilla y las peinetas, cerró el cajón despacio, y salió del despacho antes de que las lágrimas que llevaba conteniendo desde la madrugada volvieran a asomar, camino del vestíbulo donde William la esperaba, ajeno todavía a lo que acababa de dejar atrás.