Capítulo 23. El principio del fin
William se quitó las gafas y las dejó sobre el escritorio, frotándose los ojos con el pulgar y el índice.
Llevaba más de una hora intentando revisar las cifras de rendimiento de las parcelas del sector este, y no conseguía hilar dos sumas seguidas sin equivocarse, obligado a empezar de nuevo cada pocas líneas.
No podía dejar de pensar en Dolly.
La noche anterior, en la biblioteca, había sido plenamente consciente de algo que llevaba días evitando enfrentar de frente: que aquella compañía tocaba a su fin.
En apenas una semana partirían hacia Londres, y con la temporada llegaría, más pronto o más tarde, el desenlace natural de todo aquello que habían construido: alguna propuesta de matrimonio, la boda, una nueva vida para Dolly lejos de Faircross.
La idea de regresar a esta casa sin ella, de volver a las cenas silenciosas, a las tardes sin risas escapándose desde la sala de música, a esta misma habitación sin la certeza de que en cualquier momento podía llamar a la puerta buscando su libro olvidado, le había dejado un vacío en el pecho que no sabía cómo nombrar sin que la palabra le resultara excesiva.
Lo cierto es que se había acostumbrado a su presencia.
A su manera de hablar, que había ido puliéndose bajo la instrucción de Jane semana tras semana, pero que a veces se le escapaba entera, sin ningún filtro, justo cuando estaba enfadada o emocionada por algo, como si el acento del puerto siguiera ahí debajo, esperando su oportunidad.
A su forma de contar las experiencias de su propia vida, con una sencillez tan natural que no dejaba sitio ni para el juicio ni para la vergüenza; Dolly no esperaba que la censuraran por lo que había vivido, pero tampoco censuraba a nadie más por lo que hubiera vivido, y esa forma de ser, sin condena y sin artificio, tan poco habitual en cualquier salón que él hubiera pisado, se había convertido en algo que echaba de menos incluso en las horas en que no la tenía delante.
No quería que se marchara. Esa era la verdad, por más que le costara reconocerla incluso para sus propios adentros, aunque sabía que no había otra solución posible.
Había cumplido su palabra. Dolly estaba preparada, más que preparada, para conseguir exactamente lo que había venido a buscar: un hombre que la quisiera, una propuesta de matrimonio, la vida que él mismo le había prometido aquella noche de borrachera en la taberna.
Desearle que se quedara sería desearle que renunciara a todo aquello por lo que habían trabajado juntos durante meses. No tenía ningún derecho a desear eso.
Además, se había prometido a sí mismo que no volvería a decidir por ella, que no volvería a condicionar sus decisiones.
Y sin embargo, había un pensamiento que lo mantenía intranquilo.
Dolly conseguiría su marido, sí. Pero ningún hombre la elegiría sabiendo quién era en realidad; la elegirían creyendo la mentira que ellos mismos habían construido para ella, y esa mentira no se disolvería el día de la boda.
Se quedaría con Dolly para siempre, agazapada debajo de cada conversación con su marido, de cada visita de una cuñada, de cada pregunta inocente sobre su familia.
William no sabía qué pasaría si alguna vez salía a la luz, y no le gustaba nada no saberlo.
Intentó volver a las cifras, sin éxito. En su lugar, le vino a la cabeza, sin permiso, la imagen de la noche anterior: Dolly de pie junto a la estantería, con el camisón fino que no dejaba mucho a la imaginación, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros, ese mechón que él mismo le había apartado de la cara sin pensarlo, cediendo a un impulso que llevaba días conteniendo.
Todavía podía sentir la suavidad de aquel pelo entre los dedos.
Apartó la imagen de un golpe mental, e igual de rápido volvió, tan nítida como si la tuviera delante otra vez.
Notó que hacía demasiado calor en la habitación, a pesar de que el fuego de la chimenea se había reducido ya a poco más que brasas. Se levantó y abrió la ventana de par en par, dejando que el frío de la mañana entrara, y respiró hondo un par de veces antes de volver a sentarse.
Aquella misma mañana, al bajar a desayunar y encontrarla ya allí, con esa sonrisa que le dedicaba, había tenido que inventarse una excusa apresurada sobre trabajo pendiente y salir de la sala casi corriendo, sin apenas probar el café.
William emitió un suspiro largo, se puso de nuevo las gafas, y volvió a intentarlo con las cifras del sector este, aunque sabía, incluso antes de mojar la pluma, que en una semana partirían hacia Londres, y que entonces, de una manera u otra, todo aquello habría acabado.
***
En el almuerzo, lady Agnes repasó el correo entre plato y plato, con los anteojos en la punta de la nariz, y de pronto agitó una carta por encima de la mesa.
—¡Por fin! Noticias del coronel Elliot.
Jane levantó la vista de la sopa.
—¿Ha vuelto?
—Desembarcó en Portsmouth hace diez días.
Tres años en la India, y ni una línea en los últimos seis meses, el muy ingrato.
—Lady Agnes desdobló el papel y carraspeó—.
Escuchad esto: “Querida lady Agnes: le escribo desde una posada de Portsmouth donde el posadero me ha preguntado dos veces si de verdad quiero el té sin especias. Me temo que la India me ha estropeado para siempre. Pasaré unas semanas en casa de mi hermano y llegaré a Londres a tiempo para la temporada, no para bailar, que ya no tengo edad, sino para sentarme en un rincón a ver bailar a los demás. Confío en encontrarla tan temible como la dejé. Dele recuerdos a la señorita Harwood, y a William, si es que todavía se acuerda de mí el muchacho que me ganaba al ajedrez haciendo trampas”.
—No hacía trampas —dijo William.
—Tenías nueve años y movías los alfiles como si fueran caballos.
Jane se rio detrás de la servilleta. Dolly, que hasta entonces había seguido la conversación con educado silencio, dejó la cuchara sobre el plato.
—¿Quién es el coronel Elliot, lady Agnes?
—Un viejo amigo de la familia, querida. Mi hijo lo quería como a un hermano pequeño. —Lady Agnes volvió a doblar la carta con cuidado—. Lleva media vida en el ejército, y los últimos años en la India.
—¿En la India? —A Dolly se le iluminó la cara—. ¿De verdad ha estado allí?
—Y en Egipto, si no recuerdo mal. Le encantará conocerla, señorita Marchmont. Es el único hombre que conozco capaz de escuchar a una mujer hasta el final de una frase.
—Entonces debe de ser un hombre muy raro —dijo Dolly.
Lady Agnes miró a Dolly, y luego a William, y sonrió sin añadir una palabra más.
William volvió a su plato. Dolly le estaba preguntando a Jane si en la biblioteca había algún libro sobre la India, y Jane le respondía que dos. William nunca había pasado de Edimburgo. Cortó la carne en trozos cada vez más pequeños, sin comerse ninguno.
Se sorprendió deseando que el coronel hubiera engordado en la India.
***
Los días habían pasado deprisa, casi sin darle tiempo a asimilarlos, y ahora, con los baúles ya cerrados y la casa entera en ese estado de expectación silenciosa que precede a un viaje, William se encontraba en el despacho con Sebastian, compartiendo la última copa antes de que al día siguiente partieran todos hacia Londres: ellos tres, Jane y lady Agnes.
—Dolly ha conseguido sorprenderme —dijo Sebastian, recostado en el sillón con la copa entre las manos, evidentemente satisfecho de sí mismo—.
No contaba con que la señorita Marchmont fuera una alumna tan aventajada.
Está más que preparada. Deberíamos haber apostado por cuatro propuestas, o al menos haber exigido que una de las tres fuera de un noble, un vizconde como mínimo, para que la apuesta tuviera algo de mérito.
William asintió, sin prestarle mucha atención, con la mirada perdida en el fuego de la chimenea.
—Estoy deseando que empiece la temporada —siguió Sebastian, con el mismo entusiasmo—. Va a ser de lo más entretenido. Ver a media aristocracia londinense cortejando a una muchacha del puerto sin tener la menor idea, y a nosotros aquí, sabiéndolo todo, disfrutando del espectáculo entero.
—Mm —dijo William, sin comprometerse con nada más que ese sonido vago.
Sebastian lo miró, su mirada reflejaba la extrañeza ante la falta de entusiasmo de su amigo, aunque no dijo nada al respecto y se limitó a dar otro sorbo a su copa.
—En cualquier caso, una vez estemos en Londres, tú y yo tenemos que ser muy estrictos con una cosa.
—¿Qué cosa?
—No podemos interferir en los acontecimientos.
—Sebastian se inclinó un poco hacia delante, con una seriedad poco habitual en él—.
Ni para acelerar las propuestas, ni para complicarlas.
Si alguno de los dos empieza a manipular quién se le acerca o quién no, la apuesta deja de tener ningún sentido.
Tiene que salir adelante por sus propios méritos, o no habremos demostrado nada.
William volvió a asentir, sin prestarle mucha más atención de la que le había prestado al resto de la conversación.
—¿Se puede saber qué te ocurre? —Sebastian dejó la copa sobre la mesita, ya con el ceño fruncido—. Llevas toda la tarde ausente.
William levantó la vista del fuego y miró directamente a su amigo.
—No creo que debiéramos continuar con esto.
—¿Cómo dices?
—Lo que has oído.
Sebastian se quedó mirándolo, procesando lo que acababa de escuchar, antes de que una sonrisa incrédula le asomara a la cara.
—¿Acaso temes perder? —dijo, con un tono que buscaba la burla habitual entre los dos, aunque le salió con algo menos de gracia que otras veces—. No puedes echarte atrás ahora, William. No después de todo lo que hemos invertido en esto.
—No, no es eso. —William negó con la cabeza, buscando las palabras—. Creo que no lo hemos pensado bien, Sebastian. ¿Qué pasará el día después?
—¿El día después de qué?
—De que se case. De que empiece su nueva vida como la esposa de cualquiera de esos caballeros que planean cortejarla.
—William dejó también su copa, sin haberla tocado apenas—.
Tendrá que vivir con una mentira para siempre.
No podrá contarle a su propio marido de dónde viene en realidad, ni una sola palabra, durante el resto de su vida.
Y si él llegara a descubrirlo algún día, ¿qué pasaría entonces?
Podría repudiarla. Podría acusarla de haberlo engañado deliberadamente, arruinarla socialmente sin ningún reparo, y con razón, porque técnicamente lo habría engañado.
Nosotros la hemos metido en esto, Sebastian, y una vez que la casemos, quedará completamente sola con la mentira.
Nosotros ya no estaremos ahí para protegerla.
—No te preocupes por ella —dijo Sebastian, quitándole importancia con un gesto de la mano—. Es una muchacha muy inteligente. Sabrá manejarlo. Le irá bien, William, ya lo verás.
—Aun así, no dejo de pensar que sería mejor acabar con esto antes de que todo se complique más.
Sebastian dejó la copa a medio camino de la boca, sin llegar a beber, y se quedó mirándolo un instante de más, inmóvil.
—William. —Bajó la voz, aunque estaban solos en la salita—. No te habrás enamorado de la señorita Marchmont, ¿verdad?
—¿Qué? —William soltó una risa corta, demasiado rápida para sonar del todo natural—. ¡No! ¡Claro que no!
—¿Seguro?
—Seguro. —William se recompuso, buscando el tono más firme que pudo encontrar—. Simplemente me preocupo por ella. Le he cogido aprecio, eso es todo, después de estos meses. Pero de ahí a enamorarme hay una distancia considerable, Sebastian.
—Pues llevas toda la tarde con cara de hombre enamorado, si quieres mi opinión.
—No es eso. —William se levantó, incómodo de repente con la conversación, y se sirvió otra copa que no tenía intención de beberse—.
¿Cómo podría enamorarme de ella, aunque quisiera?
Viene de donde viene, Sebastian. Somos de mundos completamente distintos, ella y yo.
No pertenece a nuestro círculo, ni por educación ni por cuna, por mucho que se le haya pegado el resto.
No podría enamorarme de ella, aunque me lo propusiera. Sería absurdo.
Sebastian lo miró sin decir nada. Por una vez, no sonreía.
—Claro. Absurdo. —Sebastian volvió a coger su copa, sin ninguna prisa—. No temas nada, William. Le irá bien. Y llegado el caso, si alguna vez tuviera verdaderas dificultades, siempre podría contar con nosotros. No la vamos a abandonar a su suerte, sea cual sea el resultado de todo esto.