Una apuesta entre caballeros Capítulo 22. Una pregunta en la penumbra
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Capítulo 22. Una pregunta en la penumbra

Las semanas se habían precipitado de una manera que a Dolly le costaba entender.

Una tras otra, sin apenas darse cuenta, hasta que de pronto solo quedaba una semana antes de que partieran hacia Londres.

Partiría hacia todo aquello por lo que se suponía que había hecho el trato en la taberna de la señora Peck tantos meses atrás.

Debería estar contenta. Era, al fin y al cabo, lo que había venido a buscar.

Y sin embargo, esa noche, tumbada en la cama de la habitación color crema, Dolly no conseguía dormirse. Se revolvía entre las sábanas, inquieta.

No eran solo nervios por lo que vendría. Era, sobre todo, algo parecido al pesar, la sensación de que estaba a punto de dejar atrás algo que no volvería a tener igual, aunque todo saliera bien, aunque consiguiera el amor de un caballero y la propuesta de matrimonio.

La verdad era que no quería marcharse de aquella casa.

Sabía que su vida en Faircross había sido un préstamo.

Pero en algún momento de aquellos meses, sin que ella lo hubiera planeado ni decidido, aquella casa se le había metido dentro como un hogar, el primero desde que su padre había muerto.

Tenía a Jane, que ya no era su maestra sino su amiga, la primera amiga de verdad que había tenido en toda su vida adulta.

Tenía a lady Agnes, y los pinceles, y las tardes de pintura que se habían convertido en una costumbre que Dolly esperaba con más ganas que ninguna otra. Y tenía a William.

Con William era distinto, aunque no sabía explicar bien en qué.

Algunas tardes, cuando él volvía de sus asuntos en la finca, paseaban juntos por el jardín sin ningún propósito concreto, sin lecciones que aprender ni normas que memorizar, y en esos ratos Dolly se descubría hablando sin medir cada palabra, sin preguntarse si sonaba demasiado a Dolly y no lo bastante a Dorothea.

Con él no tenía que fingir que sabía cosas que no sabía, ni disimular las que sí sabía por miedo a que sonaran fuera de lugar. Era, sencillamente, ella misma.

Se levantó, cogió una vela del aparador y bajó descalza hacia la biblioteca, con la idea de buscar algo que la ayudara a distraer la cabeza el tiempo suficiente para dormirse.

Fue directa a la estantería baja donde ya sabía, sin necesidad de mirar, dónde estaban los libros que le gustaban, y no reparó en la figura sentada en el sillón junto a la chimenea apagada hasta que una voz habló desde la penumbra.

—¿Usted tampoco puede dormir?

Dolly dio un pequeño respingo, llevándose la mano al pecho.

—¡Lord Harwood! No lo había visto.

—Perdone. No quería asustarla. —William se incorporó un poco en el sillón, y la luz de la vela le iluminó parte de la cara, cansada, con el pañuelo del cuello ya deshecho desde hacía rato—. Llevo aquí sentado un buen rato, sin encender nada. A veces ayuda, cuando la cabeza no para.

Se levantó del sillón y se acercó a ella, despacio, con las manos detrás de la espalda.

De repente, Dolly fue consciente de lo descalza que estaba, del pelo suelto que le caía sobre los hombros, del camisón fino que no había pensado en cubrir con nada antes de bajar y de lo cerca que estaba William.

—¿Y qué le quita a usted el sueño? —preguntó y notó que la voz le salía algo temblorosa.

William no dijo nada durante un momento, mirándola fijamente, y después alzó la mano y recogió un mechón de pelo que le caía sobre la cara, colocándoselo con delicadeza detrás de la oreja.

El roce de sus dedos, breve, apenas un segundo, le hizo a Dolly sentir que el corazón se le iba a salir del pecho.

—El futuro —dijo William, en voz baja.

Y de inmediato dio un paso atrás, como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho.

—Buenas noches, señorita Marchmont.

Salió de la biblioteca casi con prisa, sin esperar respuesta, dejando a Dolly de pie junto a la estantería, con la vela temblándole ligeramente en la mano y el corazón todavía acelerado, sin entender lo que acababa de ocurrir, pero segura de que ahora sí que no iba a poder conciliar el sueño en toda la noche.

***

Dolly paseaba sola por el jardín, la sombrilla completamente olvidada sobre la cama de su habitación, con la cabeza tan llena de pensamientos que empezaba a dolerle de verdad. Las ideas se le apretaban unas contra otras sin encontrar espacio suficiente.

Volvía, una y otra vez, a la noche anterior.

Al roce de los dedos de William apartándole el mechón de pelo.

A esa voz baja diciendo "el futuro" antes de salir casi huyendo de la biblioteca.

Había pasado toda la noche dándole vueltas, intentando convencerse de que aquello no era más que gratitud, la misma explicación que se había repetido a sí misma después del vals, pero esta vez la excusa no le encajaba tan fácil.

El agradecimiento no hacía que a una le temblaran las manos.

El agradecimiento no le llenaba a una el estómago de algo parecido a mariposas revoloteando sin descanso.

Esa mañana, al bajar a desayunar y encontrarlo ya allí, sentado con su taza de café y el periódico a medio leer, algo se le había encendido por dentro con una alegría tan repentina que había tenido que disimularla fingiendo interés por la mermelada.

Y William, apenas un momento después, se había levantado con prisa, alegando trabajo pendiente, despidiéndose con un “buenos días, señorita Marchmont” que a Dolly le había sonado, sin poder evitarlo, como un eco exacto de aquel “buenas noches, señorita Marchmont” de la madrugada.

Se detuvo junto a los rosales, todavía sin flor, y se quedó mirando las ramas desnudas sin verlas realmente.

¿Sería amor? La pregunta le vino, sin que la hubiera estado buscando, y en cuanto apareció ya no pudo apartarla de la cabeza.

No podía ser simple gratitud. Llevaba meses agradecida a Beatrice, a Jane, a lady Agnes, y jamás había sentido nada parecido a esto por ninguna de ellas: ningún vuelco en el pecho al verlas entrar en una sala, ninguna necesidad de repetirse sus palabras exactas una y otra vez antes de dormir, ningún roce de dedos que le siguiera ardiendo en la piel horas después de haber ocurrido.

¿Era esto lo que describían sus fascículos?

¿Era esto lo que sentía lord Ravenswood cuando tomaba la mano de su amada y le decía que la querría hasta el último aliento?

Siempre había imaginado el amor como un sentimiento evidente desde el primer instante, una certeza tan clara como la luz del día.

Nadie le había advertido que pudiera llegar así, poco a poco, sin que una se diera cuenta hasta que ya estaba completamente instalado dentro, mezclado con la gratitud y con el miedo y con todas las demás cosas que había sentido en Faircross, hasta hacerse casi imposible de separar del resto.

Dolly se llevó una mano al pecho, como si pudiera comprobar así lo que estaba sintiendo, y se quedó allí de pie, entre los rosales sin flor, con la certeza cada vez más clara de que aquello, fuera lo que fuese exactamente, no tenía ninguna intención de marcharse por sí solo.

—¿En qué anda usted pensando, que no ha notado que llevo diez minutos aquí de pie?

Dolly dio un pequeño respingo, saliendo de golpe de sus propios pensamientos, y se encontró a Sebastian a su lado, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa suya de siempre.

—Perdón, señor Fitzwilliam. No lo había oído llegar.

—Ya lo veo. ¿Le apetece pasear un rato?

Dolly asintió, y echaron a andar juntos por el sendero de grava, aunque su cabeza siguió, sin poder evitarlo, en el mismo sitio de antes: la biblioteca y una voz baja diciendo “el futuro”.

—...y, sobre todo, tenga cuidado con el joven Ashcombe —estaba diciendo Sebastian, con el mismo tono ligero de siempre—.

Encantador, dicen, pero cambia de compañía con la misma facilidad con la que cambia de caballo, y tiene fama de coleccionar corazones como quien colecciona sellos.

Y si se cruza con lord Pembrook, sonría, asienta y aléjese cuanto antes, porque el hombre no sabe hablar de otra cosa que no sea su colección de escarabajos disecados.

—Mm —dijo Dolly, sin escuchar del todo, con la vista fija en algún punto entre los setos.

—También está el joven Whitcombe, que es bastante simpático en realidad, aunque su madre es de armas tomar. Y luego tenemos a...

Siguió enumerando nombres, títulos, advertencias, con la misma facilidad y el mismo buen humor de siempre, sin que Dolly retuviera ni la mitad de lo que le estaba diciendo, todavía perdida en la pregunta que llevaba toda la mañana dándole vueltas por dentro y que no tenía nada que ver con condes ni colecciones de escarabajos.

Sebastian se detuvo, con el ceño levemente fruncido, observándola con más atención de la que había mostrado durante toda la enumeración anterior.

—¿Le preocupa algo, señorita Marchmont? No debería usted estar nerviosa por la temporada.

Lo hará bien, se lo aseguro. Y yo me encargaré de que ningún caballero...

—buscó la palabra un momento, con un gesto vago de la mano— mmm…

poco recomendable la moleste más de lo necesario, a menos que usted quiera, claro.

Dolly se detuvo también, y se quedó mirándolo un instante, decidiendo si atreverse o no.

—¿Puedo preguntarle algo, señor Fitzwilliam?

—Claro.

—¿Alguna vez ha querido usted a alguna mujer? De verdad, digo. ¿Ha amado a alguien?

—Infinidad de veces —dijo Sebastian riendo.

—¿Infinidad?

—Bueno, quizás no infinidad exactamente, pero unas cuantas, sí.

—Retomó el paso, con las manos otra vez en los bolsillos—.

Hay una manera de sentir que se le entrecorta a uno la voz al dirigirse a una mujer, que el pulso se acelera nada más verla entrar en una sala, que no se puede dejar de pensar en su sonrisa durante días. Eso lo he sentido bastantes veces.

—¿Y cuánto le duraba?

—Depende. —Sebastian se lo pensó—. Lo justo hasta que la dama en cuestión decidía llevarme a su alcoba, o yo a la mía, según se terciara.

Dolly no se escandalizó por el comentario, aunque frunció el ceño, todavía dándole vueltas.

—¿Pero eso era amor?

—Amor, deseo. —Sebastian se encogió de hombros, como si la distinción le pareciera una sutileza menor—. Viene a ser lo mismo.

—Yo pensaba que el amor era algo más profundo.

Sebastian la miró, con una atención distinta a la de toda la conversación anterior.

—¿Y por qué esa pregunta en particular?

—Por nada. Solo estaba pensando.

—Bueno, no se preocupe, señorita Marchmont. —Sebastian retomó su tono habitual, ligero, como si la pausa no hubiera existido—. Encontrará usted el amor en Londres, estoy seguro de ello. Ha mejorado tanto en estos meses que los hombres respetables harán cola en su puerta.

—No sé si quiero que hagan cola en mi puerta —dijo Dolly, pensando en alguien muy particular—. Me basta con que uno solo me quiera.

—Claro. Estoy seguro de que habrá más de uno. No debe usted temer nada.

Retomaron el paseo, y Sebastian, sin perder el hilo por mucho tiempo, volvió a su tema de antes.

—Y ahora preste atención, señorita Marchmont, que le estaba explicando lo del joven Ashcombe y todavía no ha oído lo mejor...

Siguió hablando de caballeros poco recomendables, de reputaciones que convenía vigilar, de nombres que Dolly debía recordar para la temporada, pero ella, más confundida que antes de haber hecho la pregunta, apenas lo escuchaba, con la cabeza todavía enredada entre el amor de su padre por su madre, la definición de Sebastian, y la duda cada vez mayor de si lo que sentía por William se parecía más a lo uno o a lo otro.