Capítulo 21. El baile de lord Ellsworth #2
—Caroline, tranquila —dijo lady Fitzgerald, más preocupada por el vestido que por acusar a nadie—. ¿Y quién va a hacerse cargo de los daños? Es una tela de Bruselas, no es fácil de reemplazar.
—Yo me haré cargo del arreglo —dijo William.
Dolly levantó la vista entonces, sorprendida, y se encontró con la mirada de William sostenida sobre la suya. Él no dijo nada en voz alta y a Dolly le pareció que no hacía falta.
—En cuanto a lo demás —siguió William, girándose hacia lady Fitzgerald—, le agradecería que enseñara a su hija a comportarse y a no llamar salvaje a mi invitada. La señorita Marchmont ya ha pedido disculpas, y ha dejado claro que ha sido un accidente.
Lady Fitzgerald abrió la boca para replicar, pero la firmeza en el tono de William no dejaba mucho margen, y acabó cerrándola de nuevo, cogiendo a su hija del brazo para llevársela hacia algún rincón donde intentar salvar lo que quedaba del vestido.
—¡Lo ha hecho a propósito! —insistió Caroline, ya alejándose, sin que nadie la escuchara con demasiada atención.
En cuanto se hubieron alejado lo suficiente, Sebastian se inclinó hacia Dolly, con la sonrisa más ancha de toda la noche.
—Una ejecución impecable, señorita Marchmont.
—No sé de qué habla.
—Por supuesto que no.
William le lanzó a Sebastian una mirada breve, más de advertencia que de reproche, aunque no dijo nada, y Dolly, con la copa vacía todavía en la mano, se quedó pensando que no estaba orgullosa de lo que acababa de hacer.
Pero tampoco podía decir que lo lamentara.
***
De vuelta en el carruaje, los cuatro permanecieron en silencio, cada uno con la vista perdida en la oscuridad de fuera, con la noche interrumpida antes de tiempo y sin muchas ganas de comentar lo ocurrido.
Cuando llegaron a Faircross, William le pidió a Dolly, con voz baja, que lo acompañara a su despacho. Jane y Sebastian se despidieron sin decir nada más, subiendo hacia sus habitaciones con la misma discreción con la que habían guardado silencio todo el camino de vuelta.
En el despacho, William empezó a caminar de un lado a otro, sin sentarse, mientras Dolly permanecía de pie en el centro de la sala, con la mirada baja y nerviosa ante lo que pudiera decir William. Le pareció claro que lo había decepcionado.
—Lo siento —dijo, antes de que él pudiera hablar—. No quería arruinarles la noche. Me salió sin querer, y siento mucho que tenga usté que hacerse cargo del arreglo.
—Eso es lo de menos. —William se detuvo, mirándola de frente—. ¿Por qué lo hizo?
Dolly levantó la vista, sin la vergüenza que se esperaba de sí misma un momento antes.
—La señorita Fitzgerald insultó a la señorita Harwood. Dijo que ya debería haber aceptao que ciertas oportunidades no vuelven, o algo parecío, delante de todo el que quisiera oírlo. Y a mí se me salió de dentro antes de poder pensarlo.
William se quedó callado un momento.
—Podría haberla defendido con palabras.
—Podría —admitió Dolly—. Pero las palabras no siempre alcanzan pa' todo lo que una siente, milord. Y aquella copa se me fue de la mano antes de que yo decidiera nada.
—Ya. —William se apoyó contra el borde del escritorio, con los brazos cruzados—. Curiosa coincidencia, que la copa se le fuera de la mano justo sobre el vestido.
—Muy curiosa —dijo Dolly, sin bajar la vista esta vez, y algo parecido a una sonrisa contenida le tembló en la comisura de los labios.
William la observó un instante más.
—Procure que no vuelva a ocurrir.
—Por supuesto, milord —dijo Dolly, con una solemnidad que no engañaba a nadie.
—Y Dolly.
—¿Sí?
—La próxima vez, asegúrese al menos de que nadie la vea.
Dolly se quedó mirándolo, sorprendida, sin encontrar de inmediato ninguna respuesta a eso, y William, sin esperarla, se dio la vuelta hacia el escritorio, dando la conversación por terminada, aunque a Dolly le pareció que antes de girarse estaba intentando contener una sonrisa.
***
Al día siguiente, Dolly se había instalado en el mismo sillón de siempre en la biblioteca, con un libro abierto sobre el regazo. Llevaba allí sentada media hora, y no había sido capaz de avanzar nada en la historia.
—Señorita Marchmont. ¿Puedo hablar con usted?
Lady Agnes se había detenido en el umbral de la biblioteca, con las manos entrelazadas por delante.
—Por supuesto, señora.
Lady Agnes se acercó y tomó asiento en el sillón de enfrente, alisándose la falda con un gesto pausado antes de hablar.
—La señora Barton ha venido esta mañana a tomar el té.
Dolly sintió que algo se le encogía por dentro, aunque no dijo nada.
—Me ha contado que ya se comenta en toda la región un pequeño incidente ocurrido anoche en el baile de lord Ellsworth. Algo sobre un vino, un vestido, y la señorita Fitzgerald.
Dolly bajó la vista hacia el libro que tenía entre sus manos, notando cómo el calor le subía a las mejillas.
—Fue un accidente, señora —dijo, con una voz tan baja que apenas se oyó a sí misma.
Le costaba mentirle a lady Agnes más que a nadie en toda la casa.
Podía mirar a Caroline Fitzgerald a los ojos y sostenerle la mentira sin que le temblara la voz, podía incluso bromear con William al respecto en la intimidad del despacho, pero delante de aquella anciana que le había regalado unos pinceles a escondidas solo un día antes, la mentira se le quedaba atravesada en la garganta.
—Cuénteme qué ocurrió antes de ese accidente —dijo lady Agnes, remarcando la palabra con un ligero énfasis.
Dolly dudó un instante, pero decidió que, ya que le debía al menos parte de la verdad, no iba a escatimarle esa parte.
—La señorita Fitzgerald dijo algo de la señorita Harwood, señora.
—Dolly apretó el libro entre las manos—.
Algo sobre su edad, y sobre las oportunidades que ya no le quedan.
No pienso repetirlo delante de usted. Lo dijo en voz alta, para que la oyera medio salón, mientras ella bailaba y no podía defenderse.
Algo cambió en la expresión de lady Agnes al oír aquello. El ceño se le frunció un instante, antes de que la expresión volviera a suavizarse.
—Ya —dijo, con un suspiro que sonó cansado—. Debí imaginarlo. Con Caroline Fitzgerald, todos los caminos acaban llevando al mismo sitio.
—¿Señora?
Lady Agnes se recostó un poco en el sillón, con la mirada puesta en algún punto de la ventana.
—Hace unos años, un caballero de buena posición y mejor fortuna, muy cercano a lady Fitzgerald, empezó a visitar la comarca con cierta frecuencia.
Amelia Fitzgerald estaba convencida de que le haría una oferta a su hija, y con motivos, porque el hombre le había dedicado atenciones de sobra como para alimentar esa idea. Entonces conoció a Jane.
—¿Y qué pasó?
—Lo que pasa siempre que un caballero de buen criterio conoce a Jane, señorita Marchmont: se olvidó por completo de la señorita Fitzgerald. La pretendió, se declaró, hizo todo lo que un hombre debe hacer cuando está prendado de verdad de una mujer. Y Jane lo rechazó.
—¿Por qué?
—Eso tendría que preguntárselo a ella. —Lady Agnes se encogió de hombros—. Lo que sí le puedo decir es que Jane no hizo absolutamente nada para atraer la atención de aquel caballero. No tenía ninguna intención de robarle nada a nadie. Simplemente estaba allí, siendo quien es, y eso bastó.
—Y la señorita Fitzgerald nunca se lo perdonó.
—Nunca. —Lady Agnes volvió a mirar a Dolly, con una media sonrisa—. Es más fácil odiar a la mujer que, sin proponérselo, te quitó algo, que aceptar que quizás nunca lo tuviste de verdad.
Se quedó callada y cuando volvió a hablar, su tono había recuperado algo de la firmeza práctica con la que solía dar sus lecciones de pintura.
—Conociendo a la señorita Fitzgerald, como la conozco, puedo adivinar que su comportamiento anoche no fue del todo…
cordial, por decirlo de alguna manera. Pero si me permite el atrevimiento de una anciana que ya ha visto pasar unas cuantas temporadas, debe saber que hay mujeres en esta sociedad que se dedican a buscar la grieta en los demás, porque no soportan que nadie a su alrededor parezca más entero que ellas.
La señorita Fitzgerald es una de esas mujeres, y lo será toda su vida, con vino derramado o sin él.
Contra eso no hay modales que valgan, ni disculpas, ni paciencia que dure lo suficiente.
—Entonces, ¿qué se hace, señora?
—Lo único que se puede hacer. Ser más lista que ellas.
No con trucos ni con vino derramado, señorita Marchmont, sino de verdad.
Que cuando busquen la grieta, no la encuentren, porque no hay ninguna que encontrar.
Eso es lo único que de verdad las calla, al final.
No hay honor que perder si nunca ha existido nada que ocultar.
Se levantó del sillón, alisándose de nuevo la falda con el mismo gesto pausado de antes, y le dio a Dolly una palmadita breve en la mano.
—¿Le apetece acompañarme a la salita? Me muero de curiosidad por ver qué tal responden esos pinceles nuevos en sus manos.
Dolly cerró el libro, sin disimular lo poco que le costaba abandonarlo.
—Sí, señora. Con mucho gusto.
Salieron juntas de la biblioteca, y por primera vez desde que se había despertado esa mañana, Dolly sintió que el peso de la noche anterior se le aligeraba un poco, aunque solo fuera un poco.