Capítulo 21. El baile de lord Ellsworth
—Una última cosa —dijo Jane, cuando la lección de esa mañana ya había terminado y Dolly se disponía a recoger sus papeles.
Jane se levantó del silloncito y se acercó a la cómoda de su habitación. De uno de los cajones sacó un volumen pequeño, encuadernado en piel oscura, y se lo tendió.
—Feliz Navidad, señorita Marchmont.
Dolly reconoció de inmediato el nombre en el lomo: Byron, los mismos poemas que Jane le había leído aquella primera mañana en la salita.
—Es el mismo libro —dijo, sorprendida—. El que usted usó pa' enseñarme.
—Sí. El que usé para enseñarle. Uno para mí, y este para usted. Pensé que le gustaría tener su propio ejemplar, para cuando yo no esté cerca para corregirle la pronunciación.
Dolly no supo qué decir de inmediato, así que hizo lo único que sabía hacer bien en esos momentos: abrazó a Jane, sin pensárselo.
***
Dolly iba hacia el comedor, guiada por el olor del almuerzo, cuando alguien la chistó desde una puerta. Era lady Agnes, asomada al quicio con un dedo sobre los labios y una cara de travesura que le quitaba cincuenta años de encima.
Le hizo un gesto para que entrara y, en cuanto Dolly cruzó el umbral, echó un último vistazo al pasillo y cerró la puerta con una rapidez impropia de sus años.
—No se lo diga a nadie —dijo, sacando de un cajón una cajita de madera pulida—. Los vi la semana pasada en la tienda del pueblo y pensé en usted enseguida.
Dentro de la caja, envueltos en un paño de terciopelo, había un juego completo de pinceles nuevos, de mejor calidad que los que habían estado usando en el jardín, con los mangos finos y bien equilibrados.
—Es solo un detalle que he querido tener con usted para que pueda practicar con unos pinceles que merezcan la pena —dijo lady Agnes.
—Gracias, señora. —Dolly acarició los pinceles con cuidado, como si pudieran romperse solo con mirarlos—. Los cuidaré muy bien.
—Más le vale. Si los estropea, tendrá que aprender a pintar con los dedos, porque no pienso comprarle otros.
Le cogió la mano un instante, dándole un ligero apretón, y sonrió antes de soltarla.
***
Por la tarde, cuando Dolly se dirigía hacia la biblioteca en busca de un libro con el que entretener las horas antes de vestirse para el baile, oyó pasos apresurados detrás de ella.
—Espere.
Sebastian llegó a su altura con un paquete pequeño bajo el brazo, sin aliento, como si hubiera tenido que correr para alcanzarla.
—Tome. —Se lo tendió con torpeza, sin la elegancia habitual de sus gestos—. Para esta noche.
Dolly lo abrió allí mismo: un par de guantes de seda blanca, mucho más finos que los que ya tenía, con un pequeño bordado apenas visible en el borde.
—Son preciosos, señor Fitzwilliam.
—Los vi en una tienda y me parecieron apropiados para la ocasión. —Se encogió de hombros, quitándole importancia—. No se acostumbre. No pienso convertirme en un hombre que hace regalos con regularidad.
—Demasiado tarde.
Sebastian resopló, fingiendo fastidio, aunque la sonrisa que se le escapó lo delató por completo antes de dar media vuelta y dejarla sola frente a la biblioteca, con el paquete todavía entre las manos.
***
Dolly se miró en el espejo de su habitación, y por un instante no se reconoció.
El vestido verde menta le caía en pliegues perfectos hasta el suelo, el pelo recogido en lo alto con esmero, la piel limpia y suave después de meses de aceites y cuidados.
¿Dónde estaba la muchacha de pelo sucio que había salido de la taberna hacía apenas unos meses, con el delantal manchado y las manos rojas de fregar?
—Está usted preciosa —dijo Jane, de pie detrás de ella, colocándole con cuidado las dos peinetas pequeñas que William le había regalado aquella tarde en Londres, tantas semanas atrás.
—No me reconozco, señorita Harwood.
—Yo sí la reconozco —dijo Jane, con una sonrisa cálida—. Simplemente está más elegante.
Dolly rio, y las dos bajaron juntas hacia el vestíbulo, donde los caballeros ya esperaban. Lady Agnes no las acompañaría esa noche.
—Ya estoy demasiado mayor para aguantar despierta hasta que se acabe el baile —había dicho durante la tarde, sin ningún pesar en la voz—. Prefiero mi cama y un buen libro. Ustedes disfruten por mí.
Desde la mitad de la escalera, Dolly vio a William esperando en el vestíbulo, con la levita oscura y el pañuelo blanco recién anudado. Tenía un aire tan sereno que tuvo que agarrarse a la barandilla para no tropezar con su propio vestido.
Al llegar al final de la escalera, Sebastian ofreció el brazo a Jane para dirigirse hacia el carruaje que esperaba fuera, y durante unos segundos William y Dolly se quedaron solos en el vestíbulo.
—Está usted preciosa esta noche —dijo William, con una sencillez que no dejaba lugar a dudas sobre su sinceridad.
Dolly notó que se le encendían las mejillas, y bajó la vista hacia el suelo.
—Gracias —dijo, con una vocecita que apenas reconoció como propia.
—Espere un momento. Quiero darle algo.
William sacó una cajita del bolsillo de su levita, y Dolly la abrió con dedos temblorosos. Dentro, sobre un forro de terciopelo, descansaba una gargantilla de oro fino, con un pequeño colgante en forma de rosa, sencillo, sin ninguna piedra que lo hiciera destacar más de la cuenta.
—¿Ha escogido usted esto para mí?
—Es solo un detalle. Toda jovencita debe estrenarse en su primer baile con alguna joya que le pertenezca a ella, y solo a ella.
Sacó la gargantilla de la cajita y se colocó detrás de Dolly, apartándole con cuidado un mechón de pelo suelto para abrochársela alrededor del cuello. Dolly se quedó inmóvil, sintiendo el roce fugaz de sus dedos contra la piel, y cuando terminó, se giró hacia él.
—Muchas gracias —dijo, todavía titubeando un poco.
—De nada. —William sonrió—. Feliz Navidad, Dolly.
Le ofreció el brazo, y Dolly, sonriendo también, lo cogió con firmeza, sin rastro de la torpeza de los primeros días, y salieron juntos hacia el carruaje que los esperaba fuera, bajo la noche fría de diciembre.
***
La noche estaba yendo mejor de lo que Dolly se hubiera atrevido a esperar.
Había bailado con William, con Sebastian, e incluso con un joven de apellido Northbrook que se había acercado a pedirle un baile con una timidez torpe que a ella le había resultado casi entrañable.
No había pisado a nadie más de la cuenta, había sostenido conversaciones enteras sin tropezar con ninguna palabra fuera de lugar, y por primera vez desde que había llegado a Faircross se sentía, de verdad, preparada.
—Está usted deslumbrante esta noche —le había dicho Sebastian, entre baile y baile—. Yo diría que hasta podría pasar por la hija de un vizconde, y eso ya es mucho decir.
Ahora, con una copa de vino dulce entre las manos, Dolly se había apartado a una esquina del salón, observando a Jane bailar con un joven de porte apuesto que la hacía sonreír de una manera que Dolly no le había visto antes.
—Señorita Marchmont.
Caroline se acercó con un vestido color crema cubierto de volantes azules, sonriendo con la misma falsedad de siempre.
—Señorita Fitzgerald.
—Veo que está usted disfrutando de la velada.
—Así es.
—Qué bien se la ve, la verdad. Supongo que, viniendo de una rama tan modesta de la familia del señor Fitzwilliam, no debe de estar usted muy acostumbrada a bailes como este. Debe de resultarle todo muy nuevo, muy... abrumador.
—En absoluto —dijo Dolly—. Me las arreglo bien.
—¿Y de dónde ha dicho que procede exactamente? No consigo recordarlo. Cranbrook, ¿no era?
—Así es.
—Qué curioso, tengo una prima que veranea cerca de allí, y nunca ha mencionado a ninguna familia Marchmont en la zona. Aunque, claro, supongo que ustedes se mueven en círculos distintos.
—Es probable —dijo Dolly, sin alterar el tono.
—¿Y cuánto tiempo piensa quedarse en Faircross? Debe de ser agotador, tanto tiempo lejos de los suyos, dependiendo de la hospitalidad ajena.
—El tiempo que haga falta.
Caroline dio un sorbo a su propia copa, sin dejar de sonreír, y siguió la mirada de Dolly hacia la pista, donde Jane seguía bailando, y su sonrisa se volvió todavía más afilada.
—Es una lástima que la señorita Harwood tenga que conformarse con bailar con jovencitos que apenas le prestan atención de verdad. A su edad, ya debería haber aceptado que ciertas oportunidades no vuelven a repetirse.
Algo se le encendió a Dolly por dentro. Después no supo si la mano se le movió sola o si la movió ella. El vino cayó entero sobre la falda de Caroline, empapando la seda color crema de un lado a otro.
—Uy, perdón —dijo, con la voz perfectamente serena—. Se me ha caído.
Caroline dio un grito ahogado, mirando la mancha oscura que se extendía sin remedio sobre el vestido.
—¡La ha tirado a propósito!
—¿Yo? —Dolly abrió los ojos con una inocencia que no engañó a nadie que la conociera bien—. No, señorita. Se me ha resbalado de la mano.
—¡Mentira!
—Bueno —dijo Dolly, tras una pausa breve, con el mismo tono tranquilo—, quizás la copa se inclinó un poco más de la cuenta.
El grito de Caroline atrajo la atención de medio salón, y en cuestión de segundos su madre llegó abriéndose paso entre la gente, seguida de cerca por William y Sebastian.
—¿Qué ha pasado? —preguntó lady Fitzgerald, mirando la mancha oscura extendiéndose sobre el vestido de su hija.
—¡Esta don nadie me ha tirado una copa de vino encima! —Caroline señaló a Dolly con el dedo—. ¡A propósito!
—Le rogaría que no llamara así a mi prima —dijo Sebastian, colocándose junto a Dolly, aunque con un brillo en los ojos que delataba lo mucho que estaba disfrutando la escena.
—¡Su prima me ha arruinado el vestido! —Caroline se giró hacia su madre—. ¡Esa salvaje me lo ha estropeado a propósito!
—Ha sido un accidente —dijo Dolly, con la voz perfectamente calmada—. Lo lamento muchísimo, señorita Fitzgerald.
William miró primero la mancha del vestido de Caroline, y después a Dolly. Ella evitó deliberadamente sus ojos, con la vista fija en algún punto de la lámpara sobre sus cabezas.