Capítulo 20. La otra mitad de la ecuación
Diciembre había llegado con un frío que no invitaba a salir, pero aquella tarde Jane y Dolly no tenían más remedio: la modista del pueblo las esperaba para la última prueba del vestido del baile.
Al salir, el aire helado les cortó la respiración como un cuchillo.
Caminaron deprisa hacia el carruaje, riéndose todavía de algo que Jane acababa de contar sobre la esposa del reverendo Hughes y su afición a los sombreros con demasiadas plumas.
—Le puedo prometer, señorita Marchmont, que llevaba tres pájaros enteros en la cabeza —dijo Jane, limpiándose con el pañuelo las lágrimas que se le escapaban—. Cuando se giró hacia el altar creí que iban a echar a volar.
—Yo pensé que se le iba a caer encima del cura —dijo Dolly, con una carcajada que se le escapó en una nube de vaho—. Y el pobre sin enterarse de nada, predicando tan tranquilo.
Habían ido a que madame Renard, la modista del pueblo, ajustara el bajo del vestido que Dolly llevaría al baile de Navidad de lord Ellsworth. Era un vestido de un verde menta que Jane había sacado de su propio armario esa misma semana.
—Nunca lo he llevado —le había explicado, mientras se lo tendía a Dolly con naturalidad—. Mi madre lo mandó hacer para mí hace años, pero el color no me favorece nada, me deja la piel amarillenta. A usted, en cambio…
No había hecho falta terminar la frase. En cuanto Dolly se lo probó en la tienda, frente al espejo, tanto ella como Jane se quedaron en silencio, mirando cómo aquel verde, el mismo tono que madame Boucheron había señalado el primer día en Londres como “su color”, le sentaba de una manera que ningún otro vestido había conseguido hasta entonces.
—Es el vestido más bonito que he visto en mi vida —había dicho Dolly, girándose frente al espejo.
—Es el vestido más bonito que he tenido yo, y jamás lo he podido lucir —había respondido Jane, con una sonrisa sin ningún rastro de envidia—. Así que al menos que le sirva a alguien.
Ahora, de camino al carruaje, con el ajuste ya encargado y la promesa de recogerlo en dos días, Dolly iba del brazo de Jane, todavía riéndose, con las mejillas encendidas por el frío y por la risa a partes iguales.
—Y luego dicen que las señoritas de la buena sociedad no tienen sentido del humor —dijo Dolly.
—Lo tenemos —dijo Jane—. Simplemente lo reservamos para cuando nadie más puede oírnos.
Siguieron caminando, olvidadas ya del frío que hacía.
—Espere —dijo Jane, deteniéndose antes de llegar al carruaje—. Necesito unas cintas de color rosa pálido para un sombrero. Había pensado en ellas toda la semana y se me ha olvidado por completo hasta ahora.
—Vamos —dijo Dolly, todavía sonriendo, y las dos torcieron hacia la mercería de la plaza, sin soltarse del brazo.
La campanilla de la puerta sonó al entrar, y fue entonces cuando Dolly la vio: Caroline Fitzgerald, de pie junto al mostrador, examinando un rollo de encaje con la misma expresión de superioridad con la que la había mirado en otras ocasiones.
—Señorita Harwood. Señorita Marchmont. —Caroline se giró cuando las vio entrar—. Qué casualidad encontrarlas por aquí.
—Señorita Fitzgerald —dijo Jane, con la cortesía justa.
—¿Comprando algo especial? —Caroline se fijó en Dolly, con la misma curiosidad calculada de siempre—. He oído que van a asistir al baile de lord Ellsworth.
—Así es —dijo Jane.
—Qué bien que tenga usted todavía tiempo para esas cosas, señorita Harwood, con todo lo que debe de suponerle atender a una invitada.
—Caroline ladeó la cabeza, con la voz cargada de una dulzura que no engañaba a nadie—.
Aunque, claro, supongo que a estas alturas ya se habrá acostumbrado a acompañar a otras al baile, ya que nunca la ven bailar mucho a usted misma.
Debe de ser reconfortante tener siempre algo con que ocupar el tiempo.
Jane se quedó un instante sin saber qué responder, con la sonrisa algo tensa, buscando alguna réplica que no llegó a tiempo.
Dolly no lo pensó. Cogió a Jane del brazo con firmeza y se giró hacia Caroline con la misma cortesía perfecta que Jane le había enseñado durante semanas.
—Lo siento, señorita Fitzgerald, pero llevamos un poco de prisa hoy. Espero que disfrute de sus compras.
Y sin esperar respuesta, se llevó a Jane hacia el otro extremo de la tienda, donde los rollos de cinta esperaban ordenados por colores, dejando a Caroline junto al mostrador con el encaje todavía entre las manos.
***
Salieron de la tienda con las cintas ya envueltas, y Dolly, en cuanto la puerta se cerró tras ellas, no pudo contenerse más.
—No me gusta esa mujer. Es insufrible.
—No le dé más importancia de la que se merece —dijo Jane, el paso acelerado por alcanzar el carruaje debido al frío que hacía—.
La señorita Fitzgerald ha sido siempre demasiado chismosa para su propio bien.
Se tiene en muy alta estima y no entiende que nadie más lo vea así.
Eso amarga a cualquiera. Creo que pretende gustarle a mi hermano, aunque va bastante errada con esas formas.
Dolly no dijo nada, pero algo en aquel comentario se le quedó dando vueltas por dentro, y no era precisamente el desprecio hacia Caroline.
Era la imagen que había dejado, sin querer, la propia Jane: Caroline queriendo gustarle a William, Caroline buscando su atención en cada frase, en cada mirada dirigida solo a él en el atrio de la iglesia. La idea no le gustó nada.
Siguieron caminando un rato en silencio, hasta que Jane, ya más calmada, volvió a hablar.
—¿Sabe? Estoy muy orgullosa de usted. Ha reaccionado con una cortesía perfecta, y ha evitado la confrontación sin necesidad de rebajarse a su nivel.
Dolly resopló, con una media sonrisa.
—Si he de serle sincera, señorita Harwood, lo que de verdad me hubiera gustado es pegarle un puñetazo.
Jane rio, y las dos siguieron hacia el carruaje ya con mejor ánimo. Una vez dentro, Dolly observó cómo Jane se giraba hacia la ventanilla, con la mirada perdida en los campos que empezaban a pasar, más pensativa de lo que el momento parecía requerir.
—Señorita Harwood. ¿Puedo preguntarle algo?
—Claro.
Dolly dudó un instante, buscando la manera de decirlo con el cuidado que la ocasión merecía.
—No quiero parecer maleducada, pero no consigo entender cómo una mujer como usted, tan lista, tan buena, tan capaz de todo, sigue sin casarse. No es que crea que tenga usted que hacerlo, pero me extraña que nadie se haya dado cuenta todavía de lo que vale.
Jane se quedó callada, sin apartar la vista de la ventanilla.
—Ha habido propuestas —dijo al fin—. Dos, en concreto. Hombres respetables, de buena posición, que me habrían dado una vida cómoda y sin sobresaltos.
—¿Y por qué no aceptó?
—Porque me pretendían, señorita Marchmont.
—Jane se giró por fin hacia ella—. Y que a una la pretendan no es lo mismo que a una la quieran de verdad.
Uno puede admirar unas cuentas bien llevadas, o una casa bien gobernada, o incluso una compañía agradable durante la cena, y pedir matrimonio por todo eso sin que exista nada más debajo.
Y yo puedo respetar a un hombre así, incluso apreciarlo.
Pero en mi caso eso no basta para pasar el resto de mi vida a su lado.
—¿Y qué es lo que falta, entonces?
—No sé explicarlo con una sola palabra. —Jane volvió a mirar hacia la ventanilla—.
Pero sé reconocer cuando no está. Supongo que el amor de verdad crece despacio: de la afinidad, de admirar de verdad a la otra persona, de querer estar cerca de ella sin que haya una razón especialmente sensata para hacerlo.
Si uno se casa con alguien porque conviene o porque sería un buen marido, puede tener un matrimonio perfectamente correcto. Pero eso no significa que tenga amor.
Dolly se quedó pensando en aquello, con la vista puesta en los mismos campos que Jane observaba.
Siempre había pensado en el objetivo de la misma manera: mejorar, aprender para que alguien se diera cuenta de que valía algo y la quisiera, que se lo dijera con las palabras bonitas de los libros, que le propusiera matrimonio antes de que acabara la temporada.
Nunca se había parado a pensar en la otra mitad de esa ecuación, en si ella, a su vez, sería capaz de querer de vuelta a ese alguien, o si simplemente aceptaría la primera proposición sincera que le llegara, agradecida de que alguien la eligiera al fin, sin preguntarse si aquello que sintiera por él se parecería en algo a lo que Jane acababa de describir.
Por primera vez, la pregunta no era si alguien la querría, sino a quién querría ella, y esa pregunta, tan sencilla en apariencia, le pareció de pronto mucho más difícil de contestar que cualquier lección de protocolo que Jane le hubiera enseñado hasta entonces.