Capítulo 19. El suelo bajo los pies #2
No había que pensar en los pasos. No había que contar los tiempos por dentro, ni calcular cuándo tocaba girar.
William la guiaba con una firmeza suave, casi imperceptible, y su cuerpo simplemente respondía, como si llevara toda la vida sabiendo bailar y solo hubiera necesitado a alguien que lo condujera bien para descubrirlo.
Se equivocó una vez, al principio, adelantando el pie un compás antes de tiempo, y William la corrigió sin decir nada, con una presión mínima de la mano en su espalda que la devolvió al ritmo correcto sin que ninguno de los dos tuviera que detenerse ni disculparse.
De repente, en un momento de la pieza, Dolly fue consciente de lo cerca que estaban.
De la mano de William, firme y cálida, apoyada justo entre sus omóplatos.
De lo alto que parecía él a su lado y de lo pequeña que se sentía entre sus brazos, mientras la hacía girar.
De un olor a algo limpio y suave, madera quizás, o quizás simplemente su colonia, que se le metía por dentro cada vez que giraban.
William no apartaba los ojos de los suyos.
No miraba hacia otro lado, ni hacia sus propios pies, ni hacia Jane al piano, ni hacia Sebastian en el sillón.
La miraba a ella, y ella, sin darse cuenta de en qué momento había ocurrido, dejó de pensar en la música, en los pasos, en si lo estaba haciendo bien o mal.
Se olvidó de que Jane seguía tocando. Se olvidó de que Sebastian estaba sentado a apenas unos pasos. Se olvidó de todo lo que no fuera William: sus ojos, su mano en la espalda, su ritmo constante guiándola por la sala como si el resto del mundo se hubiera quedado completamente en silencio.
—¡Eso es! —exclamó Jane, sin dejar de tocar—. Señorita Marchmont, lo está usted haciendo muy bien.
La música llegó a su fin, y William, sin soltarla del todo, la acompañó hasta el último compás con la misma firmeza de antes.
Al detenerse, le hizo la reverencia correspondiente, y al incorporarse la miró con una sonrisa cálida que a Dolly le pareció distinta de todas las que le había visto hasta entonces.
Dolly se quedó quieta, incapaz de moverse, todavía con la mano donde William la había dejado, sin saber muy bien qué hacer con el resto de su cuerpo.
—No, señorita Marchmont. —Jane, desde el pianoforte, la sacó de golpe del hechizo—. Cuando el baile termina, hace la ligera inclinación que hemos ensayado, y el caballero la acompaña fuera de la pista.
—Ah. Sí. —Dolly hizo la inclinación, con un poco de retraso, y William le ofreció el brazo para conducirla de vuelta junto a los demás, ya con la formalidad recuperada.
—Estupendo —dijo Sebastian, incorporándose del sillón dando una palmada y con el pie ya olvidado del todo—. Hemos adelantado mucho. Deberíamos hacer una prueba antes de la temporada en Londres.
—¿Una prueba? —preguntó Dolly.
—Sí, para ver cómo se defiende usted en circunstancias reales, no solo en una sala vacía con nosotros tres.
—¿Qué tal el baile de Navidad de lord Ellsworth?
—dijo Jane, cerrando la tapa del pianoforte—.
Es perfecto porque es pequeño, apenas las familias más importantes de la comarca, gente que ya conoce a la familia y no va a poner en duda lo que se le presente sin más.
Además, a algunos de los invitados ya los conoce de la parroquia, así que no se sentirá completamente perdida entre desconocidos.
Dolly no estaba escuchando nada de aquello. Seguía con la mirada fija en William, que a su vez la miraba a ella, ninguno de los dos dispuesto a ser el primero en apartar los ojos, mientras Jane y Sebastian continuaban hablando de listas de invitados y fechas del calendario.
***
Dolly metió la mano debajo de la almohada, por costumbre, buscando el mango gastado de la navaja, y no lo encontró.
Se incorporó, palpando con más urgencia, hasta que fue consciente de que se le había olvidado sacarla de su escondrijo en el armario.
Llevaba días sin sacarla, en realidad, sin darse cuenta de cuándo había dejado de hacerlo, y ahora, al buscarla y no encontrarla bajo la almohada donde siempre había estado, comprendió que ya no la necesitaba.
Se quedó tumbada, mirando el techo en la oscuridad, dándole vueltas a eso.
En la taberna, dormir sin la navaja cerca habría sido una imprudencia, casi una temeridad.
Aquí, en Faircross, con las puertas cerradas y la casa entera dormida a su alrededor, no había nada de lo que protegerse.
Se sentía segura, de una manera tan completa que ni siquiera había necesitado pensarlo para dejar de hacer lo que llevaba haciendo desde niña.
Pero no era solo eso lo que le impedía conciliar el sueño.
Volvió a pensar en la tarde, en la sala de música, en el momento en que William le había cogido la mano y habían bailado juntos sin ningún esfuerzo, como si ella llevara toda la vida sabiendo hacerlo.
No lograba explicarse el vértigo que había sentido en la boca del estómago cuando él le había colocado la mano en la espalda, ni por qué el corazón se le había acelerado de esa manera tan tonta con cada giro.
Tampoco entendía el nerviosismo que la había recorrido entera mientras él la miraba, sin apartar los ojos ni un solo instante, como si en toda la sala no hubiera nadie más que ellos dos.
No sabía ponerle nombre a nada de aquello.
Se removió en la cama, buscando una explicación que le encajara, y la única que le vino a la cabeza fue la más sencilla: agradecimiento.
Claro que sentía algo raro por dentro, se dijo.
William la había acogido en su casa, le había dado un techo, comida, ropa, una oportunidad que nadie más le había ofrecido en toda su vida.
Era normal sentir algo fuerte por un hombre así, por su protección, por la seguridad que le había regalado.
Eso debía ser, decidió, cerrando los ojos por fin. Gratitud. Nada más que eso.
Y aun así, mientras el sueño la iba venciendo poco a poco, la sensación de la mano de William en su espalda seguía ahí, tan clara como si todavía estuviera bailando, y no encontró ninguna palabra de agradecimiento que se pareciera del todo a lo que sentía.