Una apuesta entre caballeros Capítulo 19. El suelo bajo los pies
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Capítulo 19. El suelo bajo los pies

Sebastian había insistido toda la semana en que una dama que no supiera montar sería, en sus propias palabras, una rareza tan sospechosa como una duquesa que no supiera bailar, así que aquella mañana, con Jane aquejada de un dolor de cabeza y el sol asomando entre nubes bajas, Dolly se encontró subida a lomos de una yegua baya de ojos tranquilos, con el corazón latiéndole tan fuerte que le pareció increíble que nadie más pudiera oírlo.

—No va a pasarle nada —le había dicho Sebastian, sujetándole el pie para ayudarla a montar—. Betsy es la yegua más mansa de toda la cuadra. Duerme más que trabaja.

—Betsy no me da miedo, señor Fitzwilliam. Me da miedo caerme de Betsy.

—Para eso está el pomo. Agárrese ahí, y con la otra mano, las riendas, aunque hoy no las va a necesitar. Sam la lleva.

El muchacho de las cuadras, un chico flaco de unos catorce años que respondía al nombre de Sam, sujetaba una cuerda larga atada al bocado de Betsy, y empezó a caminar en círculos despacio, haciendo que la yegua avanzara al mismo paso tranquilo.

Sebastian caminaba junto al estribo de Dolly, animándola con comentarios que ella apenas podía procesar por encima del pánico.

—Ya está, ¿ve? No es tan terrible.

Dolly, con los nudillos blancos de tanto apretar el pomo de la silla, ni siquiera contestó. Toda su atención estaba puesta en Betsy.

—Esto es importante, señorita Marchmont, más de lo que cree —siguió Sebastian—.

En Londres, toda dama que se precie sale a pasear por Hyde Park a las cinco de la tarde, y no precisamente para ver el paisaje.

Se sale a que la vean, y sobre todo a que la vea algún caballero con intenciones serias.

Si no sabe mantenerse sobre un caballo con cierta elegancia, media temporada se le habrá escapado antes de empezar.

—Preferiría que se me escapara la temporada entera antes que la vida, señor Fitzwilliam.

Un ladrido sonó al otro lado del seto. Betsy levantó las orejas.

—Tranquila —murmuró Sebastian, aunque ya había girado la cabeza hacia el camino.

Entonces llegó el estruendo de madera astillándose —un carro, se sabría después, al que se le había partido un eje—, y casi al mismo tiempo, como si el ruido hubiera despertado a todos los perros de la finca a la vez, empezó un coro de ladridos frenéticos, cada vez más cerca.

Betsy se detuvo en seco, las orejas hacia atrás, y un segundo después se alzó sobre los cuartos traseros con un relincho que a Dolly le pareció el sonido más aterrador que había oído en toda su vida.

—¡Sam! —gritó Sebastian, pero ya era tarde: la cuerda se le había escapado de las manos al muchacho, y Betsy, con los ojos en blanco de puro terror, salió disparada hacia el sendero abierto.

Dolly se agarró al pomo con las dos manos, sin pensar ya en las riendas ni en nada que Jane o Sebastian le hubieran enseñado, solo en no soltarse, mientras el suelo pasaba bajo ella a una velocidad que no había conocido nunca, ni siquiera huyendo de nadie en los callejones del puerto.

He llegado muy lejos para morir ahora aplastada por un caballo con nombre de criada, pensó, con una claridad extraña en mitad del pánico.

Fue entonces cuando, por el rabillo del ojo, vio otra sombra que se le emparejaba, un caballo negro y un jinete inclinado sobre el cuello del animal, ganando terreno a cada zancada.

William.

No dijo nada, no gritó ninguna instrucción que ella pudiera haber seguido de todas formas.

Se limitó a acercar su montura hasta rozar el costado de Betsy, alargó el brazo, y con un movimiento seco y seguro atrapó las riendas sueltas cerca del bocado, tirando de ellas con una fuerza controlada mientras hablaba a la yegua en un tono bajo que Dolly no llegó a entender del todo, palabras que no parecían dirigidas a ella sino al animal.

Poco a poco, Betsy fue perdiendo velocidad, el galope descontrolado convirtiéndose en trote, y el trote en un paso tembloroso, hasta que los dos caballos se detuvieron del todo, uno junto al otro, resoplando.

William desmontó de un salto y estuvo junto a ella antes de que Dolly hubiera conseguido soltar las manos del pomo.

—¿Está usted bien?

Dolly abrió la boca para contestar, pero no le salió la voz. Lo intentó de nuevo.

—Creo que sí.

Se miró las manos, todavía agarrotadas alrededor del pomo.

—No sé si voy a poder soltar esto nunca.

—¿Se ha hecho daño?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

Él la miró un instante más.

—Volvía a la casa por el camino largo. He oído el carro y los perros desde lejos, y después la he visto a usted saliendo del picadero como alma que lleva el diablo.

Dolly soltó una respiración temblorosa que casi parecía una risa.

—Yo también me he visto.

William levantó los brazos hacia ella. Dolly dudó apenas un instante antes de dejarse caer entre ellos. Él la sujetó con firmeza hasta que sus pies tocaron el suelo. Después debería haberla soltado.

No lo hizo.

Y Dolly tampoco se apartó.

Levantó la vista hacia él y se encontró con sus ojos a apenas un palmo de distancia. La preocupación seguía allí, desnuda, sin la reserva habitual que William parecía llevar puesta incluso cuando hablaba con ella.

El corazón le golpeaba todavía contra el pecho. Por un instante, no supo si era el susto lo que lo hacía latir tan deprisa, o si era otra cosa.

El sonido de pasos apresurados la hizo enderezarse, apartándose de sus brazos justo a tiempo. William, sin embargo, siguió mirándola, como si no se hubiera dado cuenta todavía de que ya no la sostenía.

Sebastian llegó corriendo, sin aliento, con Sam pisándole los talones, pálido y a punto de las lágrimas.

—Señorita Marchmont, yo... —empezó el muchacho.

—Estoy bien, Sam. —Dolly, todavía con la voz algo temblorosa, encontró fuerzas para sonreírle—. No ha sido culpa tuya. Ha sido culpa de esos perros escandalosos, y del carro, y de un poco de mala suerte, nada más.

William, sin embargo, no dirigió su atención hacia el muchacho, sino hacia Sebastian, con una expresión que Dolly no le había visto emplear con su amigo hasta entonces.

—¿En qué estabas pensando, dejando que Sam llevara él solo la cuerda con la finca llena de perros sueltos? Tenía doce años cuando aprendí a montar, y ni siquiera a mí me dejaron hacerlo sin alguien sujetando las dos riendas el primer mes entero.

—Fue un accidente, William. Nadie podía prever...

—Se puede prever bastante, si uno se molesta en pensarlo con algo de antelación.

—William no levantó la voz, pero cada palabra le salió con un peso que no dejaba lugar a réplica—.

La próxima vez que decidas enseñarle algo a la señorita Marchmont, hazlo con la mitad del entusiasmo y el doble de cuidado.

Sebastian, por una vez, no encontró ninguna réplica ingeniosa, y se limitó a asentir, con las orejas algo enrojecidas.

William volvió a mirar a Dolly.

—No volverá a subirse a un caballo sin que yo esté delante.

Dolly alzó las cejas.

—No tema usted, lord Harwood, no pienso volver a acercarme a una de esas bestias.

Y por primera vez desde que el susto había empezado, William soltó algo parecido a una risa, corta y aliviada. Sebastian, todavía escarmentado, no se atrevió ni a sonreír.

***

Habían pasado unos días desde el incidente con Betsy, y aunque Dolly ya no soñaba con cascos desbocados ni con el sonido de la madera astillándose, todavía sentía un resto de aquel susto agarrado al cuerpo, como si se le hubiera quedado alojado entre las costillas.

Aquella tarde, Jane anunció que tocaba lección de baile y Dolly descubrió, para su propia sorpresa, que el baile empezaba a parecerle casi tan terrible como montar a caballo.

Distinto peligro, mismo desastre. Podía memorizar un poema entero en una tarde, recordar el nombre de cada condado de Inglaterra sin dudar, incluso servir el té sin derramar una gota, pero en cuanto la música empezaba y tenía que mover los pies siguiendo un compás que no era el suyo, todo lo que había aprendido con tanto esfuerzo parecía evaporarse.

En la sala de música, Jane tocaba al pianoforte una melodía suave y repetida, marcando el tres por cuatro con paciencia mientras Sebastian y Dolly daban vueltas por el centro de la sala, o al menos lo intentaban.

—¡Ay! —Sebastian dio un pequeño respingo cuando Dolly lo pisó—. Empiezo a pensar que se ha empeñado usted en que no llegue vivo a la próxima temporada.

—Perdón, perdón —dijo Dolly, sin dejar de moverse, con la cara concentrada en una mezcla imposible de cosas a la vez—. Es difícil seguir la música, y los giros, y la conversación todo al mismo tiempo.

—Es que tiene usted que dejarse llevar, no ir contando los pasos.

—¡Es lo que estoy intentando hacer!

—Pues inténtelo con menos entusiasmo en los talones.

William, sentado en el sillón desde donde llevaba un buen rato observando, con una expresión claramente divertida, no pudo contenerse.

—Es que no la estás llevando bien, Sebastian. Señorita Marchmont, parece usted una muñeca de trapo intentando no desmadejarse entre sus brazos.

—Ah, ¿sí? —Sebastian se detuvo en seco, sujetándose todavía el pie que Dolly acababa de pisar por tercera vez—. ¿Por qué no lo intentas tú? A mí ya me duelen los pies, y sospecho que voy a cojear durante una semana entera.

Jane, sin dejar de tocar, comentó:

—Yo diría que es la primera vez que alguien consigue hacerle sufrir de verdad, señor Fitzwilliam. Deberíamos anotar la fecha.

Sebastian, sin poder replicar nada a eso, se dejó caer en el sillón que William acababa de dejar libre, masajeándose el pie con gesto teatral, mientras William se acercaba a Dolly y le ofrecía la mano.

—A ver si yo tengo más suerte.

William le cogió la mano y le colocó la otra en su hombro, con un gesto tan seguro que Dolly ni siquiera tuvo tiempo de ponerse nerviosa. En cuanto Jane retomó la melodía desde el principio, William empezó a moverse, y Dolly se sorprendió al descubrir que seguirlo no costaba ningún esfuerzo.