Capítulo 18. Una palabra fuera de lugar
A Dolly, lo que más le gustaba de todo Faircross era la biblioteca.
Cada vez que encontraba un rato libre entre lección y lección, subía hasta allí, aunque solo fuera para pasar los dedos por los lomos de las estanterías más bajas.
Nunca se cansaba de la sensación de poder coger cualquier libro que quisiera, sin que nadie se lo prestara con condiciones ni se lo arrancara de las manos a medio leer.
Aquella tarde tenía un motivo de más para quedarse dentro: el frío se había instalado ya en la región, y toda la casa hablaba de ello como si el invierno hubiera decidido llegar antes de tiempo solo para incomodarlos.
Dolly escuchaba estas lamentaciones envuelta en un chal que no necesitaba en absoluto, y pensaba que nadie en aquella casa sabía lo que era tiritar de frío como Dios manda.
Amenazaba lluvia, y no hacía una tarde agradable para pasear por el jardín, así que recorría las estanterías con el dedo apoyado en los lomos, buscando algo entre novela y novela, descartando unas, cogiendo otras para leer la primera página antes de volver a dejarlas en su sitio.
—¿Qué está buscando? —preguntó William. Había entrado sin que ella lo hubiera oído llegar.
—Una historia de amor —dijo sin girarse, siguiendo con el dedo el siguiente lomo—. De esas de verdad, con final feliz y todo.
Cogió un volumen, leyó la primera línea, negó con la cabeza y lo devolvió a su sitio.
—¿Siempre busca lo mismo?
—Casi siempre.
William se acercó, apoyándose en el borde de una de las mesas, con curiosidad en el gesto.
—¿Por qué esa obsesión con el amor, si me permite preguntarlo? Nunca he conocido a nadie que lea tanto sobre el mismo tema.
Dolly se detuvo, con un libro todavía en la mano, y se giró hacia él antes de contestar.
—Mi padre quería así a mi madre, milord. De verdad.
William no dijo nada, esperando a que continuara.
—Yo era muy pequeña cuando ella murió, así que apenas la recuerdo.
Pero recuerdo bien a mi padre. —Dolly dejó el libro sobre la mesa, sin apartar la vista de un punto indefinido, navegando en la memoria de su infancia—.
Guardaba un mechón de su pelo en un relicario, y por las noches, cuando pensaba que yo dormía, lo sacaba y le hablaba.
Le contaba cómo me había ido el día, como si ella pudiera oírlo desde donde fuera que estuviese.
Nunca se volvió a casar, aunque alguna vecina se lo propuso más de una vez.
—¿Y cómo murió su padre? —preguntó William, con suavidad.
—De unas fiebres. —Dolly bajó la vista—. Llegaron de repente, en pleno verano, y en menos de una semana se lo llevaron. Yo tenía diez años. Un día estaba bien, contándome historias sobre mi madre antes de dormir, y a la semana siguiente ya no estaba.
William se quedó callado, y Dolly, tras un instante, siguió hablando. Llevaba años sin decir aquello en voz alta y ahora, de pronto, tenía con quién compartirlo.
—Por eso leo esto, supongo. Porque una vez vi cómo era de verdad, aunque fuera de reojo, aunque solo lo viera de niña sin entenderlo del todo. Y desde entonces ando buscando algo parecido en todos los libros que caen en mis manos.
—¿Y lo encuentra?
—A veces —dijo Dolly, con una media sonrisa—. Pero nunca es igual que lo que vi en mi padre. Eso, milord, no hay libro que lo consiga copiar entero.
—¿Y qué ocurrió después? —preguntó William, tras un momento de silencio—. Cuando murió su padre, quiero decir. ¿Quién se ocupó de usted?
—Nadie, milord. Nadie de verdad. —Dolly se apoyó contra la estantería, con los brazos cruzados, contando la historia con la misma naturalidad con la que hubiera contado el tiempo que hacía—.
Sobreviví en la calle unos años, con otros niños que estaban en la misma situación que yo.
El marinero de los tatuajes, el de la partida de cartas que le conté una vez, me cogió cariño.
Cada vez que desembarcaba me buscaba, y me compraba algo de comer, un pastel de carne o un poco de pan con queso.
El resto del tiempo nos las apañábamos como podíamos.
—¿Cómo?
—De todo un poco. Trabajando cuando había trabajo para niños, y robando cuando el hambre apretaba demasiado y no había otra cosa que hacer.
William tardó un instante en responder.
—¿Robando?
Dolly lo miró, sorprendida por la pregunta.
—Cuando había hambre, sí.
No había desafío en su voz. Tampoco vergüenza. Lo dijo con la sencillez de quien explica que alguna vez tuvo frío.
William bajó la mirada hacia el libro que ella había dejado sobre la mesa.
—Había un grupo de nosotros, seis o siete, que nos cuidábamos entre todos —siguió Dolly, sin darle mayor importancia—.
El más pequeño se llamaba Tommy, no tendría más de cinco años, y era tan bueno robando pañuelos de los bolsillos de los caballeros distraídos que ninguno se enteraba nunca hasta que ya estábamos lejos.
Le enseñamos entre todos, aunque nadie sabía muy bien de dónde había salido él tampoco.
Dormíamos en un almacén abandonado cerca del muelle, amontonados unos contra otros para no pasar frío.
William la escuchaba sin interrumpir, con una expresión que Dolly no supo interpretar.
—Tuve suerte, la verdad —siguió Dolly—. Muchas de las chicas de mi edad acababan sirviendo en burdeles, como Rosalind.
No es que yo tenga nada en contra de ella ni de las que hacen eso.
Cada una hace lo que puede con las cartas que le han tocado en la vida.
A mí me llegó la oportunidad de la señora Peck antes que ninguna otra cosa, y ahí solo tenía que esquivar alguna mano indiscreta de vez en cuando, que ya era más de lo que podía decir la mayoría de las chicas que conocí en esos años.
Dolly se giró de nuevo hacia la estantería, y esta vez, casi sin pensarlo, sus dedos se detuvieron en un volumen algo más gastado que los demás, con el lomo desgastado en los bordes. Lo sacó, leyó la primera página, y una sonrisa pequeña le fue asomando poco a poco.
—Este —dijo, sujetándolo contra el pecho—. Este me sirve.
William tardó un instante en reaccionar, con la mirada todavía perdida en algún punto de la estantería.
—¿Va usted a la merienda de esta tarde en casa de los Barton? —preguntó Dolly, cambiando de tema con naturalidad, sin transición alguna entre una cosa y otra.
William parpadeó, y se quedó mirándola un segundo de más antes de contestar.
—Sí —dijo, distraído—. Sí, asistiré.
***
La casa de los Barton no tenía el aire solemne de Faircross, ni la elegancia de la casa de Beatrice en Londres.
Era una casa ancha y luminosa, con demasiados cojines en cada sofá y un perro grande que dormitaba delante de la chimenea sin que nadie se molestara en echarlo, y a Dolly, en cuanto cruzó la puerta, le pareció el sitio más acogedor que había pisado desde que había salido de la taberna.
—¡Señorita Marchmont! —La señora Barton salió a recibirla con los brazos casi abiertos, como si llevaran años conociéndose—.
Qué alegría, qué alegría. Siéntese, siéntese, no se quede ahí de pie.
¿Le apetece té, o prefiere algo más fuerte para este frío espantoso?
Yo, entre nosotras, ya me he tomado un jerez antes de que llegaran ustedes, así que no se sienta juzgada si acepta uno.
Dolly no pudo evitar sonreír. Había algo en la señora Barton, quizás la risa fácil, la manera de hablar sin parar a respirar o los gestos exagerados, que le recordaba a las tardes en la taberna cuando alguna clienta de buen humor contaba historias a gritos entre risas.
—Un té estará bien, señora. Gracias.
—Qué modosita. Lord Harwood, tráigale algo más entretenido a la pobre muchacha, que con este tiempo el té solo templa las manos, no el ánimo.
—Señora Barton —dijo William, con una media sonrisa que Dolly reconoció como la que reservaba para muy pocas personas—, no voy a corromper a la señorita Marchmont en su primera visita.
—Qué aburrido se ha vuelto usted, lord Harwood, desde que heredó el título. Antes era más divertido.
—Antes tenía veinte años y ninguna preocupación.
La sala estaba ya bastante llena. La señora Barton, según explicó ella misma, había invitado también a los Redmayne, a los Farrow y a los Fitzgerald, “porque una merienda para seis personas apenas merece encender la chimenea grande”.
Las mesitas repartidas por toda la habitación estaban cubiertas de bandejas: bizcochos, pastelillos rellenos de mermelada, sándwiches cortados en triángulos perfectos, y una tarta entera todavía sin tocar, reservada, según anunció la anfitriona, “para más tarde, cuando ya no quede excusa para negarse a un segundo trozo”.
El señor Barton ocupaba un sillón junto a la ventana, con un platito ya vacío de pasteles sobre las rodillas y otro camino de llenarse en la mano, y su chaleco, tirante sobre una barriga generosa, daba fe silenciosa de cuántas meriendas como aquella llevaba ya disfrutadas a lo largo de los años.
Saludó a los recién llegados con un gesto perezoso de la mano libre, sin levantarse, y siguió a lo suyo.
Lady Agnes se había instalado junto a una anciana de pelo blanco y voz aguda, la señora Farrow, según pudo deducir Dolly por el trato, y las dos hablaban animadamente, entre risitas y algún que otro “no me diga” pronunciado con auténtico escándalo.
Fue entonces cuando Dolly reparó en Caroline Fitzgerald, sentada un poco más allá, junto a su madre, con esa sonrisa suya que nunca parecía llegarle del todo a los ojos.
—Señorita Marchmont. —Caroline inclinó la cabeza, cortés en la forma, fría en el fondo—. Qué sorpresa encontrarla también aquí.
—Señorita Fitzgerald.
—¿Le gusta el campo, entonces? Después de Londres, quiero decir. Debe de parecerle todo muy... distinto.
—Me gusta bastante, sí.
—Qué adaptable. —Caroline sonrió, sin que la sonrisa alcanzara ninguna otra parte de su cara—. No todo el mundo sabe acomodarse tan bien a un lugar que no es el suyo.
Dolly no tuvo tiempo de decidir si aquello había sido un cumplido o una pulla, porque la señora Barton, ajena por completo al tono de la conversación, ya había vuelto a hablar.
—Señorita Marchmont, cuénteme, ¿qué opina usted de la nueva modista del pueblo? Dicen que sus vestidos son muy caros, pero que duran una eternidad.
—No sabría decirle, señora. Aún no he tenido ocasión de encargarle nada, pero por lo que he visto, parece muy mañosa con la aguja.
—¿Mañosa? —repitió la señora Barton, con una ceja alzada, aunque sin dejar de sonreír—. Qué palabra tan curiosa para una modista, querida. Suena usted como si hablara de una carterista.
Caroline soltó una risa breve, tapándose la boca con dos dedos enguantados, y miró a su madre de reojo.
Dolly notó el calor en las mejillas. Jane, a su lado, dejó la taza en el platillo y tomó aire para hablar. Dolly se le adelantó.
—Así se dice en Kent de quien tiene buena mano para el trabajo fino, señora Barton.
—Dio un sorbo al té, sin prisa—. Aunque, ahora que lo menciona, no creo que haya tanta diferencia.
A una buena modista y a una buena carterista se les pide lo mismo: que una no note nada hasta que ya es demasiado tarde.
La señora Barton se quedó un instante con la boca entreabierta y después soltó una carcajada que despertó al perro de la chimenea.
—¡Eso es exactamente lo que me pasó con la factura de la primavera pasada! Señor Barton, ¿ha oído? Una carterista.
El señor Barton levantó la vista de su platito, asintió con la boca llena y volvió a los pasteles.
Caroline bajó los dedos de los labios. Ya no sonreía.
Jane volvió a coger su taza. Bajo la mesa, le dio a Dolly un toque breve en la rodilla, el mismo con el que la había mandado estarse quieta en la iglesia, solo que esta vez no era una advertencia.
El resto de la merienda, Dolly pensó cada palabra antes de soltarla. Una le había salido bien, pero no pensaba tentar a la suerte con la segunda. Desde el otro lado de la sala, Caroline la vigilaba por encima de la taza, esperando el siguiente tropiezo.
Dolly se concentró en su té y, al levantar la vista, se encontró con los ojos de William puestos en ella. Él no se acercó, ni dijo nada, pero tampoco apartó la mirada enseguida.
Cuando por fin llegó la hora de despedirse, la señora Barton la abrazó con la misma efusividad con la que la había recibido.
—Vuelva pronto, señorita Marchmont. Esta casa necesita más gente como usted.
Dolly sonrió.
—¿Aunque hable tan poco?
—Precisamente por eso. Aquí hablamos demasiado todos los demás.
Dolly le devolvió el abrazo y le dio las gracias por la invitación. A pesar del desliz con la modista, había sido una tarde estupenda, y la señora Barton, con su jerez antes de hora y su perro dormido junto al fuego, le caía mejor que cualquiera de las visitas que habían pasado por Faircross.