Capítulo 17. Nuevas rutinas #2
Sebastian, sin embargo, la fue deslizando poco a poco, unos centímetros más abajo, con una naturalidad tan descarada que Dolly casi no lo notó hasta que Jane, desde el pianoforte, alzó la voz sin dejar de tocar.
—Señor Fitzwilliam.
—¿Qué?
—La mano.
—Está exactamente donde debe estar.
—No lo está.
Sebastian la devolvió a su sitio original, con una expresión de inocencia que no engañaba a nadie.
—Solo digo que, en un salón de verdad, con las luces bajas y la orquesta tocando algo lento, algunos caballeros no son tan estrictos con la posición exacta. Es bueno que la señorita Marchmont sepa reconocer cuándo un hombre tiene verdadero interés, y no solo intenciones honorables.
—La señorita Marchmont no necesita reconocer eso todavía, y menos de su mano —dijo Jane, dejando de tocar por completo—. Señor Fitzwilliam, fuera. Vuelva cuando tenga algo útil que enseñar.
—Yo enseño cosas muy útiles.
—Fuera.
Sebastian se retiró con las manos en alto, pero no sin antes guiñarle un ojo a Dolly, que se había quedado a medio camino entre la risa y la confusión, sin saber muy bien si debía tomarse en serio los consejos de Sebastian o no.
—No le haga caso —dijo Jane, retomando la música desde el principio, con la paciencia ya algo mermada—. El señor Fitzwilliam confunde la enseñanza con el coqueteo con una facilidad asombrosa.
—¿Y cómo se sabe cuál es cuál?
—Con el tiempo —dijo Jane, la misma respuesta de siempre, y volvió a colocarle la mano en el hombro para retomar el paso desde el principio.
A William lo veía poco, mucho menos de lo que le habría gustado, aunque no lo habría reconocido ni ante sí misma.
Trabajaba mucho —más de lo que Dolly hubiera imaginado que trabajaba un hombre con tantas tierras y tanto servicio a su disposición—, y a menudo no lo veía hasta la cena, donde llegaba con el pañuelo algo flojo y una expresión cansada que solo se le suavizaba a medida que avanzaba la velada.
Una tarde, buscando la novela que había dejado olvidada el día anterior, Dolly recordó que había estado con Jane en el despacho de William, revisando un enorme mapa del mundo colgado de la pared, y que probablemente se había dejado el libro allí sin darse cuenta.
Llamó a la puerta con suavidad, y al no obtener respuesta, empujó despacio, convencida de que la habitación estaría vacía.
No lo estaba.
William se encontraba sentado tras el escritorio, tan concentrado en un libro grueso de tapas oscuras que ni siquiera había oído la puerta.
Llevaba puestas unas gafas de montura fina que Dolly nunca le había visto antes, y que le daban un aire completamente distinto, más pensativo, casi vulnerable, muy alejado del hombre severo que había conocido aquella primera mañana en el muelle.
—Perdón —dijo Dolly, quedándose en el umbral—. No sabía que había alguien.
William levantó la vista, sobresaltado, y por un instante se quedó mirándola sin decir nada.
—No sabía que llevaba usted gafas —dijo Dolly, con una sonrisa que empezaba a asomarle sin permiso.
—No las llevo.
—Las lleva ahora.
William se las quitó de golpe, como si acabara de darse cuenta de que seguían ahí, y las dejó sobre el escritorio con un gesto algo torpe, sin saber muy bien qué decir para justificar lo evidente.
Dolly no pudo contener la risa, una risa corta que le salió antes de que pudiera pensárselo, y William acabó sonriendo también, algo avergonzado, pero sin ninguna incomodidad real en el gesto.
—Venía buscando mi libro —dijo Dolly, cuando se le pasó la risa—. Me lo dejé aquí ayer, cuando estuve con la señorita Harwood.
—Está ahí, junto al mapa. —William señaló una silla cercana a la pared—. Lo vi esta mañana y pensé en devolvérselo, pero se me olvidó entre una cosa y otra.
Dolly fue a buscarlo, y al pasar junto al escritorio se detuvo, mirando las gafas todavía sobre la mesa.
—Le sientan bien. Debería llevarlas más.
—Solo las uso para leer.
—Pues lea más —dijo Dolly, con una sonrisa pícara, y salió del despacho con el libro bajo el brazo, dejando a William todavía sentado tras el escritorio, con las gafas olvidadas sobre la mesa.
***
Una tarde fría de mediados de noviembre recibieron visita: lord Chesterworth-Hyde, un vizconde menor de las tierras vecinas, hombre rollizo y de mejillas siempre encendidas, cuyo apellido doble —heredado, según le gustaba explicar a quien tuviera la paciencia de escucharlo, de la unión de dos familias de las más antiguas del condado— ocupaba en su tarjeta de visita bastante más espacio del que jamás ocuparía en la memoria de nadie que lo hubiera conocido.
Era un hombre tan satisfecho de su propia conversación que apenas necesitaba interlocutor.
Dolly solía estar presente en las visitas de la casa, aunque hablaba poco, solo lo estrictamente necesario cuando le preguntaban algo directamente, tal como Jane le había enseñado.
Esa tarde, sentada junto a la mesita del té, observaba con una mezcla de asombro y diversión la entereza de Jane y lady Agnes para aguantar la visita sin que se les moviera un solo músculo de la cara.
Lord Chesterworth-Hyde llevaba ya un cuarto de hora hablando sin llegar a ningún sitio, saltando de una idea a otra sin terminar ninguna, mezclando el estado de sus caballerizas con la opinión de su tía sobre el clima de este año, con una anécdota a medio contar sobre un primo suyo en Bath que nunca llegó a resolverse.
Todo enlazado sin ninguna pausa que permitiera a nadie más intervenir.
Dolly vio, con una atención casi científica, cómo lady Agnes disimulaba un bostezo detrás de la servilleta, tan sutil que cualquiera que no la estuviera observando de cerca lo habría confundido con un simple gesto de llevarse la tela a los labios.
Se inclinó hacia Jane, sin que nadie más pudiera oírla.
—No sé cómo aguantan ustedes tanta perorata sin desfallecer.
Jane, que en ese preciso instante se llevaba la taza a la boca, tuvo que disimular la risa con un carraspeo que a punto estuvo de convertirse en algo mucho menos discreto, y lord Chesterworth-Hyde, ajeno por completo a lo que acababa de ocurrir a dos pasos de distancia, siguió hablando sin la menor interrupción, ahora sobre la variedad de rosas que su jardinero había plantado ese año.
Cuando por fin se marchó, casi una hora después, con la misma verborrea con la que había llegado, lady Agnes esperó a que el sonido del carruaje se perdiera del todo por el camino antes de dejar caer los hombros, aliviada.
—Alguien debería decirle a ese hombre que termine una sola idea completa —dijo—. Es imposible seguirle el hilo. Empezaba a pensar que no se iba a marchar nunca.
—Creo que ni él sabe muy bien de qué ha hablado —dijo Jane—, así que le compadezco menos de lo que quizás debería.
—Y ese chaleco —añadió lady Agnes, con un mohín de desaprobación—. Con esos botones dorados. Parecía que iba a estallar de un momento a otro.
Las dos se echaron a reír, esta vez sin ningún disimulo, y Dolly rio con ellas.
Aquella tarde Dolly aprendió algo que ningún libro de Jane le había explicado todavía: que una señorita podía pensar exactamente lo que quisiera de un hombre como lord Chesterworth-Hyde, siempre que tuviera la suficiente educación para no decírselo mientras él pudiera oírla.
Y, por lo visto, también necesitaba tener a alguien cerca con quien poder reírse después.