Una apuesta entre caballeros Capítulo 17. Nuevas rutinas
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Capítulo 17. Nuevas rutinas

Bajo la dirección de Jane, Dolly aprendió más en una semana que en todas las anteriores juntas. Tenía una ventaja indiscutible sobre sus dos predecesores: Jane nunca se llevaba la contraria a sí misma.

La diferencia estaba en el método. William y Sebastian le habían dado normas sueltas, órdenes que había que memorizar sin más explicación —"así se hace, así no"—, y Dolly las había ido acumulando sin saber muy bien para qué servía cada una.

Jane, en cambio, nunca se limitaba a decirle cómo se hacía algo. Le explicaba por qué.

—El té se sirve primero a la invitada de mayor rango —le dijo una tarde, mientras repasaban de nuevo el ritual de la bandeja—, no porque sea una norma arbitraria, sino porque así se muestra respeto por cada persona según su lugar, sin que nadie tenga que reclamarlo.

Todo el protocolo funciona así. Son maneras de demostrar consideración hacia los demás sin necesidad de decirlo en voz alta.

—Ah. —Dolly asintió con entusiasmo—. Entonces no es pa' fastidiar. Es pa' que la gente se sienta bien tratá.

—Exactamente. No es para fastidiar. Es para que la gente se sienta bien tratada —corrigió Jane.

—Eso es lo que quería decir.

Con esa lógica por delante, Dolly avanzaba deprisa.

Aprendió por qué en la mesa se sentaba a los comensales alternando hombres y mujeres, para que la conversación nunca decayera.

Dolly pensaba que era una precaución que decía bastante poco a favor de la capacidad de conversación de cualquiera de los dos sexos por separado.

También aprendió por qué una joven soltera no debía quedarse a solas con un caballero más de unos minutos, no porque las intenciones de nadie se pusieran en duda automáticamente, sino porque la reputación, una vez manchada, no volvía a lavarse jamás, y era más fácil proteger algo antes que perderlo e intentar recuperarlo después.

Aprendió geografía, siguiendo con el dedo los mapas que Jane desplegaba sobre el escritorio, memorizando capitales y ríos con la misma facilidad con la que memorizaba los versos de Byron.

Aprendió historia, literatura y algo de música.

—Debe usted ser capaz de sostener una conversación con un caballero sin aburrirlo —le decía Jane—, y para eso hace falta saber de algo más que de vestidos y de cotilleos de la sociedad.

Una tarde, mientras repasaban un mapa de los condados ingleses, Dolly levantó la vista de pronto.

—¿Y bordar? ¿No va a enseñarme a bordar?

—¿Quiere aprender a bordar?

—No especialmente. —Dolly se encogió de hombros—. Pero pensé que era algo que hacían todas las señoritas.

—No todas. —Jane dejó a un lado el mapa—. Yo soy pésima. Nunca me gustó especialmente, y mi madre se rindió conmigo mucho antes de que yo me rindiera con la aguja. Si le interesa, puedo enseñarle lo poco que sé.

Dolly se quedó pensando un rato, con la vista fija en el mapa todavía extendido sobre la mesa, los ríos azules serpenteando entre condados con nombres que ya empezaba a reconocer sin esfuerzo.

—No —dijo al fin—. Prefiero la geografía.

Pero de todas las lecciones que Jane le daba, ninguna le hacía disfrutar tanto como las tardes de música.

Jane se sentaba al pianoforte y tocaba piezas de compositores que Dolly jamás había escuchado —Bach, Mozart, Haydn, y a veces algo de un tal Beethoven, más nuevo y más agitado que los demás—, e intentaba explicarle, entre pieza y pieza, cómo distinguir a unos de otros.

—Bach es metódico —decía Jane, tocando unos compases a modo de ejemplo—, todo encaja como un reloj bien construido, cada nota en su sitio exacto.

Mozart es más ligero, casi travieso, como si estuviera jugando con usted mientras toca.

Haydn tiene sentido del humor, escuche esto, espera a que crea que la pieza ha terminado y entonces la sorprende con algo más.

Y Beethoven... Beethoven es distinto a todos.

Parece que estuviera discutiendo con algo, o con alguien, incluso cuando la pieza es hermosa.

Dolly asentía, intentando retener las diferencias, pero en cuanto Jane volvía a tocar, todas las explicaciones se le escapaban de la cabeza, arrastradas por la música.

Se quedaba con los ojos cerrados, o fijos en las manos de Jane sobre las teclas, embelesada, sin prestar atención a ninguna de las palabras que había dicho un momento antes.

—Señorita Marchmont. —Jane dejó de tocar, mirándola con las cejas alzadas—. ¿Está usted escuchando algo de lo que digo?

—No, señorita —admitió Dolly, sin ninguna vergüenza—. Pero escucho todo lo que toca.

Las tardes en que Jane tenía algún otro asunto que atender, Dolly bajaba al jardín y se quedaba junto a lady Agnes, disfrutando de su compañía casi tanto como del propio cuadro que la anciana iba construyendo trazo a trazo.

Al principio se limitaba a mirar, sentada en el banco de piedra, pero poco a poco lady Agnes empezó a explicarle los secretos de la pintura: cómo mezclar los colores para conseguir justo el verde que quería, o los trucos de sombras y luces para darle profundidad a la imagen.

Dolly la escuchaba con la misma avidez con la que escuchaba a Jane hablar de geografía o de poesía.

Una tarde, bajó al jardín y se encontró con que había dos caballetes montados, uno junto al otro, y sobre uno de ellos un delantal doblado, esperando.

—Póngaselo —dijo lady Agnes, sin más preámbulo, señalando el delantal con el pincel—. Hoy pinta usted también.

—No sé pintar, señora.

—Nadie sabe pintar hasta que lo intenta.

—Lady Agnes se sentó frente a su propio caballete, ya con la paleta preparada—.

La técnica se la puedo enseñar yo, con tiempo y paciencia.

Pero la sensibilidad para apreciar la belleza en las cosas pequeñas, esa ya la tiene usted, se la vi el primer día que la encontré mirando mi cuadro.

Lo único que falta es aprender a que la mano no traicione lo que ya ven los ojos.

Dolly se puso el delantal, algo insegura, y se colocó frente al caballete, con el pincel entre los dedos sin saber muy bien qué hacer con él.

Los primeros intentos fueron un desastre.

Intentó pintar las dalias que tenía delante, con su rojo intenso y sus hojas de un verde tan vivo que casi dolía mirarlas, y lo que apareció en el papel no se parecía en nada a lo que ella tenía delante: unas manchas torpes, desproporcionadas, un rojo que parecía más bien sangre reseca que pétalo fresco.

—No me sale —dijo, frustrada, dejando el pincel sobre la bandeja con un golpe seco—. Lo veo tan claro en mi cabeza, señora, y luego sale esto.

—Eso le ocurre a todo el mundo al principio —dijo lady Agnes, sin apartar la vista de su propia acuarela—. La mano tarda en aprender lo que el ojo ya sabe. No se desanime tan pronto.

Dolly volvió a intentarlo, esta vez con más cuidado, siguiendo las indicaciones de lady Agnes sobre cómo cargar el pincel y cómo diluir el color.

El segundo intento fue mejor que el primero, y el tercero mejor que el segundo, aunque a Dolly le siguiera pareciendo que la distancia entre lo que veía y lo que conseguía plasmar en la hoja era todavía enorme.

Pero, poco a poco, tarde tras tarde, esa distancia empezó a acortarse, y Dolly descubrió que aquellas horas junto al caballete, con lady Agnes corrigiéndole el trazo con la misma paciencia con la que corregía sus propios cuadros, se habían convertido en sus horas favoritas de todo el día.

Con el paso de los días, Dolly descubrió que sentía por la anciana un afecto verdadero, algo que había ido creciendo sin que se diera cuenta hasta que ya estaba instalado dentro de ella.

Lady Agnes nunca tenía una mala palabra, ni siquiera en los peores intentos con el pincel, ni cuando Dolly se equivocaba tres veces seguidas mezclando un color que debía haber quedado a la primera.

Era paciente y observadora de una forma que a Dolly le recordaba a Rosalind, aunque con una serenidad muy distinta.

Nunca se la veía exasperada. Nunca irritada. Era una mujer que disfrutaba de la vida con tranquilidad, que sabía cómo funcionaba el mundo y había decidido, hacía mucho, que merecía la pena disfrutarlo de todos modos.

Por las noches seguían jugando a las cartas, y Dolly, que ya no necesitaba disimular tanto su habilidad como al principio, empezó a enseñarle a lady Agnes alguno de los trucos que había aprendido de Rosalind años atrás: cómo leer la cara de un rival sin que este lo notara o cómo calcular con qué probabilidad quedaban ciertas cartas todavía en la baraja.

Aunque los mejores trucos se los guardaba para sí misma porque no le gustaba perder a las cartas.

—Es usted una maestra terrible —le dijo lady Agnes una noche, después de perder tres manos seguidas siguiendo uno de sus consejos mal aplicado—, pero debo admitir que juego mejor desde que la escucho.

—Eso es porque usted escucha, señora. La mayoría de la gente no escucha.

Con Sebastian, la rutina era otra completamente distinta.

La mayor parte de las mañanas las pasaba cazando o cabalgando por la finca junto a William, acompañándolo en sus obligaciones con la excusa de que un hombre no podía pasarse toda la temporada sin hacer ejercicio, aunque Dolly sospechaba que en realidad disfrutaba más de la compañía de William que de cualquier otra cosa.

Los ratos en que aparecía por las lecciones, sin embargo, solían acabar en desastre, o al menos en confusión.

Una tarde, Jane intentaba enseñarle a Dolly los primeros pasos de un vals junto al pianoforte, marcando el ritmo con una mano mientras con la otra le corregía la postura.

Sebastian entró sin avisar y se ofreció, con su habitual entusiasmo, a hacer de pareja de baile para que Dolly practicara con alguien de verdad, en lugar de con el aire.

—La mano va aquí —dijo Jane, colocando la de Sebastian en la posición correcta sobre la espalda de Dolly, entre los omóplatos.