Capítulo 16. Los oficios
Dolly se había despertado nerviosa esa mañana, y por dos razones distintas.
La primera era sencilla: ese día acompañaría a la familia a los oficios del domingo, y nunca, desde que había llegado a Faircross, se había expuesto a tantas miradas a la vez.
Más ojos que la observasen, más oportunidades de que algo saliera mal.
La segunda era más difícil de explicar, incluso para ella misma: Dios y ella llevaban años sin hablarse.
Para ser más exactos desde hacía nueve años, desde la muerte de su padre. Había muerto una tarde de viernes de unas fiebres, dejándola sola en el mundo con apenas diez años y sin nadie que le enseñara las oraciones ni le explicara por qué las cosas ocurrían como ocurrían.
Desde el funeral de su padre, Dolly no había vuelto a pisar una iglesia, lo cual, pensándolo bien, la ponía en una situación bastante más honesta que la de buena parte de los feligreses que llevaba camino de conocer, cuya única relación con Dios consistía en no perderse un oficio de domingo y no volver a pensar en Él el resto de la semana.
Se había vestido como la ocasión requería, con el vestido crema cuya falda madame Boucheron había adaptado con la tela verde menta, el mismo que Beatrice le había ayudado a elegir en Londres.
Estaba dispuesta a darle otra oportunidad a Él, aunque no estaba del todo convencida de que la iniciativa debiera partir de ella.
Se sentó en el banco de la pequeña parroquia entre Jane y Sebastian, con William al otro lado de su hermana, y lady Agnes en el extremo, ya con el libro de oraciones abierto sobre el regazo antes de que el reverendo Hughes hubiera pronunciado la primera palabra.
El sermón empezó con una promesa de brevedad que no cumplió en absoluto.
El reverendo Hughes, un hombre mayor de voz monótona y palabras grandilocuentes, se extendió sobre la parábola del sembrador durante lo que a Dolly le pareció media eternidad, repitiendo cada idea tres veces con distintas palabras, como si desconfiara de que la primera vez hubiera calado bien entre los feligreses.
Desconfianza que, a juzgar por los fieles que ya empezaban a cabecear en los bancos de atrás, no carecía enteramente de fundamento.
Dolly aguantó los primeros diez minutos con la espalda recta, tal como le había enseñado Jane.
A partir del undécimo, empezó a cambiar el peso de una nalga a otra sobre el banco de madera, que no parecía diseñado para que nadie se sentara en él más de un cuarto de hora sin sufrir calambres.
Miró el techo, con sus vigas oscuras. Miró las vidrieras, contando los cristales que había de cada color.
Miró a la gente sentada delante, contando sombreros.
Empezó a mover un pie, muy despacio, dentro del zapato, sin que se notara desde fuera.
Jane, sin volver la cabeza ni interrumpir su propia atención hacia el púlpito, le puso una mano en la rodilla, un toque breve y firme que bastó para que Dolly se quedara quieta de golpe.
Dolly se enderezó, avergonzada, y clavó la vista al frente, intentando concentrarse de nuevo en el sembrador y sus semillas, aunque la mitad de su cabeza siguiera calculando cuánto quedaría todavía de sermón.
***
Salieron al atrio de la iglesia con el sol de media mañana calentando ya la piedra gastada del suelo, y mientras el resto del grupo se detenía a intercambiar saludos con algún vecino, Dolly se quedó rezagada, con la vista fija en una lápida pequeña, con un nombre y dos fechas separadas por muy pocos años.
Se quedó mirándola, pensativa, sin saber muy bien por qué aquella lápida diminuta le pesaba más que todas las demás, más grandes, que la rodeaban. Definitivamente no entendía a Dios.
—...sí, parece que llegará pronto —estaba diciendo Jane, un poco más allá, retomando alguna conversación que Dolly no había llegado a oír desde el principio—. Creo que será bueno para la señora Gordon, desde que murió su marido está muy sola.
—Sin duda —dijo William—. Será un cambio de aires agradable para ella.
—¿Y el señor Barrow? Me ha parecido verlo hoy con mejor color que el mes pasado.
—Sí, se está recuperando bien de la fiebre. El médico dice que para primavera estará como nuevo.
—Señorita Marchmont. —La voz de lady Agnes la sacó de golpe de sus pensamientos, y Dolly se giró hacia ella, todavía con la lápida pequeña en algún rincón de la cabeza—. ¿Qué le ha parecido el oficio de hoy?
Dolly, sin haber vuelto del todo de sus propias reflexiones, contestó antes de pensarlo demasiado.
—El rollo que nos ha soltado el reverendo ha sido un tremendo aburrimiento, señora.
Lady Agnes se quedó un instante paralizada, con las cejas alzadas.
—¿Cómo ha dicho, querida?
—Ha dicho que “el desarrollo del libro sagrado ha sido estupendo para el discernimiento”, abuela —dijo Jane, sin apenas dejar espacio entre una frase y otra, con una naturalidad tan perfecta que ni el propio reverendo, de haberla oído, habría dudado de su sinceridad.
Lady Agnes asintió, satisfecha con la aclaración, y se giró para saludar a otra conocida que se acercaba por el sendero, mientras Dolly, todavía con el corazón acelerado por el desliz, buscaba la mirada de Jane con una mezcla de gratitud y vergüenza que no hizo falta expresar en palabras.
—Lord Harwood.
Una mujer de mediana edad se acercaba por el sendero del atrio, del brazo de una joven vestida con un cuidado que a Dolly, en cuanto la miró, le hizo pensar en las lecciones de Beatrice frente al escaparate de aquella tienda en Londres.
El vestido no era llamativo en el color —un amarillo discreto, incluso elegante a primera vista—, pero llevaba tantos volantes superpuestos en el bajo, y una flor de tela tan grande prendida en la cintura, que a Dolly le pareció que aquel vestido estaba gritando algo que quería tapar.
—Lady Fitzgerald. Señorita Fitzgerald —dijo William, con la reverencia correspondiente.
La madre se dirigió de inmediato hacia lady Agnes, enfrascándose con ella en una conversación sobre la salud de no sé qué prima común, mientras la hija se quedaba junto a William con una sonrisa preparada de antemano.
—Lo hemos echado de menos en la parroquia estas últimas semanas, lord Harwood.
—He estado en Londres —dijo William—. Asuntos que no podían esperar.
—Espero que al menos hayan sido asuntos entretenidos.
—No especialmente.
—Qué lástima. Uno esperaría que Londres tuviera siempre algo con que sorprender a un caballero. —La señorita Fitzgerald ladeó la cabeza, sin desanimarse por la sequedad de la respuesta—. ¿Se hospeda mucho tiempo en la ciudad, o suele preferir la tranquilidad de Faircross?
—Prefiero Faircross.
—Eso pensaba yo. Siempre lo ha dicho, desde que éramos niños. —Se rio, con una risa breve y bien ensayada—. Aunque debo decir que un hombre como usted debería mostrarse un poco más en sociedad. No es sano encerrarse tanto tiempo con las cuentas de la finca.
—Cada uno se encuentra sano a su manera, señorita Fitzgerald.
Dolly lo observaba de reojo, extrañada. Aquel tono cortante, aquellas respuestas de dos palabras que no dejaban ningún hueco para seguir hablando, no se parecían en nada al William que había dejado la nota junto al libro de poemas, o que se detenía a explicarle por qué se llenaba una copa de vino tinto antes que otra. Casi no lo reconocía.
—Permítame presentarle a la señorita Marchmont —dijo William, sin darle demasiado margen a la conversación para seguir por ese camino—, prima lejana de mi buen amigo el señor Fitzwilliam. Ambos se alojan en Faircross una temporada.
—Señorita Fitzgerald. —Sebastian se adelantó con una reverencia digna de una duquesa, le cogió la mano y se la llevó a los labios, sonriendo—. El placer, se lo aseguro, es completamente mío.
La joven se rio, con la misma risa de antes, y le dedicó a Sebastian una caída de ojos antes de girarse hacia Dolly y repasarla de arriba abajo con un vistazo rápido.
—Un placer —dijo, sin ninguna calidez en la voz, y sin esperar respuesta se giró de nuevo hacia William—.
Como le decía, lord Harwood, mi madre organiza una pequeña reunión el mes próximo.
Esperamos contar con su presencia. Sería una lástima que Faircross se olvidara por completo de la vida social esta temporada.
—Ya veremos si los asuntos de la finca lo permiten.
—Confío en que sí. —La señorita Fitzgerald sonrió una vez más, sin dejarse desalentar por ninguna de las respuestas secas que había recibido hasta entonces, y siguió hablando de la reunión, de quién asistiría, de qué música habría, dirigiéndose a William con la misma insistencia con la que llevaba toda la conversación.
—Lady Fitzgerald, señorita Fitzgerald —dijo lady Agnes, acercándose por fin al grupo—, me temo que debemos continuar. Nos esperan en casa antes del almuerzo.
Se despidieron con las reverencias correspondientes y echaron a andar hacia el carruaje.
Lady Agnes se adelantó del brazo de Jane, comentando que el reverendo Hughes había estado especialmente inspirado esa mañana, sin que quedara claro si era un elogio.
Dolly, William y Sebastian las siguieron unos pasos por detrás, lo bastante lejos para que ninguna de las dos pudiera oírlos.
—¿Quién era esa señorita? —preguntó Dolly, cuando ya estaban a unos pasos de distancia.
—La señorita Fitzgerald.
—Ya sé cómo se llama. —Dolly frunció el ceño, todavía dándole vueltas a algo—. Me refiero a... ¿siempre habla usted así con ella?
William la miró extrañado.
—¿Así cómo?
—Como si cada palabra le costara dinero.
Sebastian comenzó a reirse detrás de ellos, sin ningún disimulo.
—Dolly...
—¿Qué? —preguntó ella, sinceramente desconcertada, mirando de uno a otro—. Conmigo habla usté más.
William tardó un instante en responder. Cuando habló, lo hizo más despacio de lo normal, y no la miró al decirlo.
—Con usted no tengo que fingir interés por la conversación.
—¿Porque no hablo de reuniones con música e invitados?
—Exactamente.
—A mí me gustaría ir a una reunión así alguna vez.
—Ya lo sé.
Dolly se giró hacia Sebastian, que caminaba unos pasos por detrás con esa sonrisa suya que siempre ocultaba algo más.
—¿Usted entiende algo?
Sebastian le guiñó un ojo antes de responder.
—Algo.
No dijo nada más, y Dolly se quedó igual de desconcertada que antes, mirando primero a Sebastian y después a William, sin conseguir entender lo que Sebastian parecía entender y a ella se le escapaba por completo.