Una apuesta entre caballeros Capítulo 15. Poemas y notas sin firma
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Capítulo 15. Poemas y notas sin firma

Después del desayuno, lady Agnes anunció su intención de salir a pasear por el jardín mientras el sol de la mañana todavía era templado. En cuanto se hubo marchado, Jane cogió a Dolly del brazo con una determinación que no dejaba mucho margen para preguntas.

—Venga conmigo.

La condujo a una salita pequeña, contigua al dormitorio de Jane, que Dolly no había visto hasta entonces.

Un escritorio cubierto de papeles ocupaba casi toda la habitación; al lado de la ventana había un silloncito con la tela algo gastada, y al otro lado, una pequeña estantería con los libros apilados de cualquier manera.

Era la única nota de desorden dentro de un orden casi milimétrico.

Aquella salita estaba hecha para trabajar, no para impresionar a nadie.

Una rareza notable en una casa donde, según había ido descubriendo Dolly, la mayoría de las cosas parecían existir para ser admiradas antes que utilizadas.

—Aquí nadie nos va a molestar —dijo Jane, cerrando la puerta tras ellas.

Se sentó al escritorio y sacó una hoja grande, dividida en columnas y filas con una letra apretada y ordenada, un verdadero calendario de semanas repartidas en materias: conversación, etiqueta, baile, vestuario, música, historia, literatura, comportamiento en sociedad.

Dolly se quedó mirando aquello con la boca entreabierta.

—¿Cuándo ha hecho usté to’ esto?

—Anoche.

—¿Toda la noche?

—No toda. No necesito dormir mucho cuando tengo un problema que resolver —dijo Jane, sin darle mayor importancia, aunque a Dolly le pareció, por el tono, que aquello no era ninguna exageración—. Antes de empezar, quiero que quede clara una cosa. No voy a enseñarle a fingir que es otra persona.

—Entonces, ¿qué va a enseñarme?

—A que nadie pueda descubrir que no sabe las reglas que ellos creen que usted debería conocer. —Jane dejó la hoja sobre la mesa, entre las dos—. Y hay algo más difícil que todo lo demás junto: tendrá que aprender cuándo merece la pena decir lo que piensa, y cuándo no.

—¿Y cómo voy a saberlo?

—Lo aprenderá con la práctica.

Jane se levantó, cogió un libro de la estantería —un volumen fino, de tapas oscuras— y le indicó a Dolly que se sentara en el sillón junto a la ventana.

—Lo primero que hay que corregir es su acento —dijo, sin rodeos—. Delata más de lo que usted cree, cada vez que abre la boca.

Dolly no se ofendió. Asintió, ya con la espalda más recta antes de que Jane terminara la frase, sin apartar los ojos de ella.

—Habla usted el idioma de Shakespeare —siguió Jane, con una pasión repentina que a Dolly le sorprendió, distinta del tono práctico de un momento antes—.

De Milton. De Byron. No debería insultar ese idioma cada vez que lo pronuncia, y no me refiero a las palabras equivocadas que a veces suelta usted por ambición, que esas hasta tienen su encanto.

Me refiero a la manera de pronunciar las palabras correctamente.

Abrió el libro por una página marcada y leyó en voz alta, con una dicción tan clara y cuidada que cada palabra parecía tallada antes de salir de su boca:

“Camina bella, como la noche

de climas despejados y de cielos estrellados;

y todo lo que es mejor de la oscuridad y de la luz

resplandece en su aspecto y en sus ojos,

así suavizada en esa tierna luz

que el cielo al ostentoso día niega.”

Dolly la escuchó sin moverse, sin apenas respirar, dejando que el ritmo de los versos le entrara por dentro.

—Ahora usted —dijo Jane, tendiéndole el libro.

Dolly leyó despacio, con cuidado, y Jane la dejó terminar la primera estrofa entera antes de intervenir.

—“Despejados”, no “despejaos” —dijo, deteniéndola—. Se le ha caído la “d” entera. Y “estrellados”, no “estrellaos”. Escuche la diferencia.

Dolly repitió, y repitió otra vez, y Jane fue corrigiendo palabra por palabra, con una paciencia que no se parecía en nada a las prisas contradictorias de William y Sebastian. Era más metódica, casi quirúrgica.

Dolly repitió el verso una quinta vez... y se quedó mirando la página un momento, con el ceño levemente fruncido, los labios moviéndose sin sonido sobre alguna palabra que no terminaba de encajarle.

—¿Y qué quiere decir to' esto? —preguntó al fin, señalando el poema con el dedo.

—Todo esto —corrigió Jane, sin brusquedad, casi de pasada—. La "d" no se pierde ahí tampoco.

—Todo esto —repitió Dolly, despacio, marcando la palabra entera—. Lo digo bien, pero no sé muy bien de qué habla el poema.

Jane, que había estado a punto de pasar a la siguiente estrofa, se detuvo. Dejó el dedo quieto sobre la página, sin señalar ya ninguna palabra, y tardó un instante de más en contestar.

—Es un hombre hablando de una mujer —dijo, sentándose en el borde del escritorio, olvidado el calendario por un momento—.

Describiéndola. Pero no como se describe a alguien bonito y ya está.

Dice que ella es como la noche más hermosa que existe, esa noche despejada llena de estrellas, donde todo lo oscuro y todo lo luminoso se juntan en su cara y en sus ojos sin que ninguno de los dos gane.

—Jane suspiró—. Es un hombre intentando explicar que hay mujeres que no pueden describirse con una sola palabra, porque llevan dentro cosas que parecen contrarias y que, sin embargo, conviven en ellas en perfecta armonía.

Eso es lo que la hace hermosa. No un solo rasgo, sino ese equilibrio entero.

—Suena como si la quisiera de verdad.

—Es probable que sí —dijo Jane—. O al menos que la admirara lo suficiente como para pasarse una noche entera buscando las palabras justas para decírselo.

Dolly bajó la vista hacia el poema de nuevo, releyendo el primer verso en silencio, moviendo los labios sin emitir sonido.

Algo se le removió por dentro, algo parecido a lo que había sentido cuando escuchó cantar a Jane acompañada del pianoforte aquella noche, pero más íntimo esta vez, más cercano a lo que ella misma llevaba imaginando desde niña en las páginas gastadas de sus fascículos.

—Ojalá alguien me mirara así algún día —dijo, casi sin darse cuenta de que lo decía en voz alta—. Y encontrara palabras así de bonitas pa' decírmelo.

—Para decírmelo —corrigió Jane, casi por reflejo, aunque esta vez sin ninguna intención de detener la conversación.

—Para decírmelo —repitió Dolly, sin apenas darse cuenta ya del esfuerzo.

Jane no respondió de inmediato. Se quedó mirando a Dolly, con una expresión que a Dolly le pareció que ya no tenía nada de la maestra estricta de un rato antes.

—Sigamos —dijo al fin, aunque con más suavidad en la voz—. La segunda estrofa.

***

Dolly paseaba sola por el sendero de grava, con el vestido de día color crema y la sombrilla más olvidada que sostenida sobre el hombro, repasando en voz baja algunos de los versos que Jane le había hecho repetir esa mañana.

Jane había salido después de la lección, camino de una visita social a la que no podía faltar, y lady Agnes seguía entretenida con sus acuarelas en algún rincón del jardín, así que Dolly tenía el sendero prácticamente para ella sola.

—Todo esto —murmuraba, marcando la "d" final con el mismo cuidado que Jane le había enseñado—. Estrellados. Suavizados.

—Parece usted muy concentrada.

William se acercaba por el camino que venía de los establos, con la ropa todavía marcada por el polvo del campo y una expresión de cansancio que Dolly no le había visto antes, aunque se le suavizó un poco en cuanto la vio.

—Lord Harwood. —Dolly se giró hacia él, sonriendo—. Viene de ver a los arrendatarios, ¿no? Debe estar usted agotao.

Se detuvo un instante, frunciendo el ceño como si acabara de recordar algo importante.

—Perdón. Agotado.

William la miró, sorprendido, y una sonrisa apenas perceptible le curvó la boca.

—Agotado —repitió Dolly, esta vez con cuidado—. Jane dice que no se me puede caer la d cada vez que hablo.

—Jane tiene razón —dijo William, y después de una pausa añadió—: Aunque debo admitir que me parece una lástima que pretenda corregir precisamente eso. —William retomó el paso a su lado, aminorándolo para acompasarlo al de ella—. ¿Qué tal le ha ido esta mañana con Jane?

Dolly no necesitó que le insistieran. Empezó a contarle, casi sin pausa, cómo Jane le había hecho un calendario entero de estudio, cómo había empezado por corregirle el acento con un libro de poemas, cómo le había leído los versos de un tal Byron con una voz tan bonita que parecía otra Jane distinta a la que servía el té con esa seriedad suya de siempre.

—Y me explicó de qué hablaba el poema —siguió, con los ojos brillantes—.

Es un hombre que le dice a una mujer que ella es como la noche más bonita que hay, con estrellas y to’, que en su cara se juntan la luz y la oscuridad y ninguna de las dos gana.

Nunca había oído a nadie hablarle así a otra persona, milord.

Ni en mis fascículos, y eso que en mis fascículos hay caballeros que dicen cosas muy bonitas.

—¿Y le gustó? —preguntó William, con una sonrisa que no intentó disimular—. Byron, digo.

Dolly se paró, buscando las palabras exactas para describir lo que había sentido esa mañana, y las encontró, como siempre, en el sitio más inesperado.

—Me gustó tanto, milord, que se me erizó hasta el moño.

William soltó una carcajada que le salió antes de poder contenerla, tan repentina y sincera que hasta él mismo pareció sorprendido de haber reído así, en mitad del jardín, con el cansancio del día todavía pegado a la ropa.

—¿Y usted, lord Harwood? ¿Cómo le ha ido con los arrendatarios?

—Bien. El tejado de los Whitfield necesita reparación antes del invierno, así que he hablado con el carpintero del pueblo. Y los Cole por fin han terminado de pagar el atraso del año pasado. Después he estado revisando el drenaje de los campos de las tierras del sur con el administrador.

—¿Se acuerda usted de todo eso? ¿De cada arrendatario, de cada tejado?

—Tengo que acordarme. Si yo no lo hago, nadie más lo hará por mí. Son cuarenta y tres familias las que dependen de que Faircross funcione bien, señorita Marchmont. No es solo la casa. Es gente que necesita que la finca vaya bien para poder comer este invierno.

—Eso es mucho peso pa' llevar... —Se detuvo, y se corrigió sola, casi sin darle importancia—. Para llevar usted solo.

—Es el peso que me tocó. —Se encogió de hombros—. Uno se acostumbra.

—¿Y no le pesa, alguna vez, tener que estar siempre... así? —Dolly buscó la palabra—. Tan serio. Tan correcto. Como si no pudiera equivocarse nunca.

—No puedo equivocarme. O no puedo permitírmelo, al menos no en las cosas que importan.

Heredé Faircross con veintiún años, y nadie me preguntó si estaba preparado.

Un día era solo el hijo de mi padre, y al siguiente tenía cuarenta y tres familias esperando a ver si el nuevo lord Harwood sabía lo que hacía.

—¿Y quién cuidaba de usted, mientras usted cuidaba de todo esto?

William volvió la cara de repente para mirarla.

—Nadie, supongo. Jane tenía sus propias cargas. Mi abuela ya había criado bastante. Y yo aprendí a no necesitarlo. O a no pedirlo, que quizás no sea exactamente lo mismo.

Dolly no dijo nada. William tampoco. Se quedó callado más tiempo del que la pregunta merecía, mirando algún punto del sendero que no estaba realmente allí.

—Pues yo creo que no debería acostumbrarse. Que una carga se sienta menos no quiere decir que haya dejado de pesar.

William se quedó mirándola. No dijo nada, y el silencio entre los dos ya no se parecía al de un momento antes.

Siguieron paseando un trecho más, hasta que el sendero los llevó a un claro donde lady Agnes estaba sentada frente a un caballete pequeño, con la paleta apoyada en el brazo y el pincel suspendido a medio camino de un trazo, absorta en lo que tenía delante.

—Ahí está lady Agnes —dijo William, bajando la voz, como si hablar demasiado alto pudiera espantar la concentración de la anciana—. Cuando pinta es mejor no interrumpirla.

Se acercaron despacio, y Dolly se quedó mirando la pintura por encima del hombro de lady Agnes.

Pintaba unas dalias del jardín, capturadas en manchas de color que a Dolly le parecieron, al principio, poco más que borrones, hasta que dio un paso atrás y de pronto todo cobró forma.

La luz de la tarde cayendo justo donde debía caer, el verde de las hojas con un matiz que ella nunca hubiera sabido nombrar.

—Es precioso —dijo, sin pensarlo, y lady Agnes levantó la vista del papel, sorprendida de encontrarlos allí.

—Ah, son ustedes. No los he oído llegar.

—No queríamos molestarla —dijo William—. De hecho, ya me marchaba. Tengo varias cartas que escribir antes de la cena.

Se despidió con una inclinación de cabeza hacia su abuela y otra, algo más lenta, hacia Dolly, y se alejó hacia la casa, dejándolas solas junto al caballete.

Dolly se quedó allí, sin saber muy bien si debía quedarse o seguir su paseo, pero algo en el cuadro la retenía, esa manera en que unas simples manchas de color, vistas de cerca, no parecían nada, y sin embargo, vistas desde un paso atrás, cobraban todo el sentido.

—¿Le interesa la pintura, señorita Marchmont? —preguntó lady Agnes, sin apartar la vista de la pintura.

—No sé na’ de pintura, señora. Pero me gusta mirarla.

—Eso ya es más de lo que la mayoría puede decir. —Lady Agnes mojó el pincel de nuevo, sin prisa—. Quédese si quiere. No muerdo, aunque algunos digan lo contrario.

Dolly sonrió y se sentó en el banco de piedra cercano, observando en silencio cómo la anciana seguía trabajando, añadiendo un trazo aquí, corrigiendo otro allá, con una paciencia que a Dolly le recordó la de Jane cuando le había enseñado a decir “todo esto” un rato antes.

***

Dolly subió a su habitación a dejar la sombrilla y, al entrar, se encontró con un pequeño volumen de tapas verdes colocado sobre la almohada.

Lo cogió y lo abrió por la primera página.

Poemas de amor de poetas ingleses, decía el título, con letras doradas ya algo desgastadas por el uso, y al pasar las hojas descubrió versos de Shakespeare, de Byron —el mismo que Jane le había leído esa misma mañana—, de un tal Keats del que nunca había oído hablar, y de otros nombres que no reconoció, todos hablando, cada uno a su manera, de lo mismo: el amor, sus promesas, sus certezas, sus dudas.

Entre las páginas, sujeta con cuidado, encontró una nota escrita con una letra firme que ya empezaba a reconocer de las cartas que había visto sobre el escritorio del despacho.

“Pensé que le gustaría”.

No había firma, no hacía falta. Dolly se sentó en el borde de la cama con el libro entre las manos, releyendo la nota dos, tres veces, hasta que las cuatro palabras se le quedaron grabadas con la misma facilidad con la que se le habían quedado los versos de Byron esa misma mañana.

Por un instante se olvidó por completo de que tenía que prepararse antes de la cena.