Una apuesta entre caballeros Capítulo 14. Una oportunidad disfrazada de mentira #2
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Capítulo 14. Una oportunidad disfrazada de mentira #2

—Eso puedo aportarlo yo —dijo Sebastian, ya más serio, o al menos fingiéndolo—. Un nombre necesita algo de historia detrás, si no suena a nombre inventado. Le pondría oficio, algún vicio menor, quizás una muerte con algo de dramatismo.

—Nada de dramatismo innecesario, señor Fitzwilliam. Cuanto más aburrido, más creíble.

—Aburrido no vende, señorita Harwood.

—No estamos vendiendo nada. Estamos intentando que nadie la cuelgue.

Sebastian se llevó una mano al pecho, como si la frase le hubiera dolido de verdad, y Jane, sin darle la satisfacción de mirarlo, siguió escribiendo.

—Dónde ha vivido todos estos años. Por qué ha llegado ahora, con fechas que encajen con las nuestras.

—Las fechas las tengo yo controladas —intervino William—. Si decimos que llegó a Londres hace quince días, coincide con cuando empezamos a mencionarla en las cartas a la familia.

Jane siguió escribiendo.

—Bien. Qué relación tiene exactamente con el señor Fitzwilliam, para que todos digamos siempre lo mismo si alguien pregunta. Qué propiedades tiene, o no tiene, su familia.

—Ninguna, evidentemente —dijo Sebastian—.

Eso simplifica bastante las cosas. Nadie hace demasiadas preguntas sobre una fortuna que no existe.

Y el padre —añadió, ya lanzado—. Murió arruinado por culpa de un socio que huyó con la mitad del capital de la empresa una noche sin avisar a nadie.

Se llamaba Josiah Pratt. Tenía fama de jugador.

—¿Y si alguien pregunta por ese tal Josiah? —preguntó Jane, sin dejar de escribir.

—Nadie va a preguntar por un socio arruinado de un comerciante fallecido de Cranbrook. Y si lo hacen, siempre podemos decir que era un hombre muy reservado.

—Eso no explica nada.

—Precisamente. Los hombres reservados rara vez explican nada.

Jane levantó la vista.

—Por eso mismo no quiero que usted escriba una sola palabra de esta historia.

—Qué poca confianza.

—Me la ha ganado a pulso.

—Espere. —Dolly levantó una mano, como si estuviera en clase y temiera perder el hilo—. ¿Josiah es el socio o mi padre?

Se hizo un silencio breve.

—El socio —dijeron Jane y Sebastian a la vez.

—¿Y mi padre entonces cómo se llama?

Todos se miraron.

—Buena pregunta —admitió Jane, y volvió a mojar la pluma.

—William Marchmont —propuso Sebastian.

—No puede llamarse William. Ya tenemos un William en la sala.

—Es una coincidencia encantadora.

—Es una manera segura de que alguien se confunda en la peor cena posible.

—Henry —dijo William, sin levantar la vista de sus propias notas—. Henry Marchmont. Sencillo, corriente, nadie lo recordará ni para bien ni para mal.

—Henry —repitió Dolly, probando el nombre—. Vale. Mi padre se llamaba Henry.

Jane lo anotó y cogió otra hoja para seguir completando la vida de Dolly.

—Sigamos. Dónde ha vivido todos estos años, sus hermanos, y qué sabe usted y qué no sabe sobre la gente con la que se va a cruzar, para que nunca la pillen fingiendo conocer a alguien que no conoce, ni desconociendo a alguien a quien debería conocer.

Dolly se quedó mirando la pluma correr sobre el papel, con una mezcla de alivio y vértigo parecida a la que había sentido la primera mañana en la habitación azul de Beatrice.

—Es mucho que memorizar, señorita.

—Sí —dijo Jane, sin dejar de escribir—. Por eso empezamos hoy mismo.

Sebastian y William se miraron aliviados por cómo había resultado todo, mientras Dolly se sentaba frente a la mesa dispuesta a aprenderse toda su historia.

—Y hay algo más —añadió Jane, deteniendo la pluma y mirando a los tres por turno—. Mi abuela no puede saberlo.

William levantó la mirada.

—Jane...

—No, William. Bajo ningún concepto. Ya le ha tomado cariño. Si descubre de dónde viene en realidad la señorita Marchmont y comprende que todos hemos participado en esto, no solo se sentirá engañada, pensará que la hemos puesto en ridículo. Y no voy a hacerle eso.

Miró a los tres.

—Esto queda entre nosotros.

Nadie dijo nada en contra, y Jane volvió a la pluma, ya con la biografía de Dorothea Marchmont empezando a tomar forma sobre el papel.

***

Salieron de la biblioteca ya con la tarde bien avanzada, después de más de dos horas construyendo, entre los cuatro, la vida entera de Dorothea Marchmont.

Dolly llevaba varias hojas apretadas contra el pecho, cubiertas de la letra apretada de Jane, y repasaba mentalmente cada detalle mientras subían las escaleras: había nacido en Cranbrook, sí, pero no hija única como habían dicho al principio, sino la menor de cuatro hermanos.

El mayor, Edmund, había ingresado en el ejército hacía años y servía ahora en algún puesto de guarnición en Irlanda, lo bastante lejos como para que resultara improbable que nadie lo conociera de vista.

El segundo, Robert, había emigrado a América buscando fortuna en el comercio de algodón, y no se sabía gran cosa de él desde hacía tiempo, lo cual convenientemente cerraba cualquier pregunta sobre su paradero actual.

La hermana, Margaret, se había casado con un boticario de Tunbridge Wells, un hombre respetable aunque de posición modesta, y apenas mantenía correspondencia con el resto de la familia.

Dolly repetía los nombres en voz baja: Edmund, Robert, Margaret.

Josiah Pratt. Tunbridge Wells. Le sudaban un poco las manos alrededor del papel, consciente de que todo aquello tenía que quedarle grabado con la misma firmeza con la que sabía su propio nombre, o el otro, el verdadero, el que ya casi nadie usaba.

Cuando llegaron a la planta de los dormitorios, empezaron a separarse hacia sus respectivas habitaciones para arreglarse antes de la cena. Dolly, sin embargo, se detuvo antes de que William llegara a doblar hacia su ala del pasillo.

—Lord Harwood. ¿Tiene usté un momento?

William se detuvo, y Sebastian, con más tacto del que solía mostrar, siguió caminando hacia su habitación sin hacer ningún comentario.

—Quería darle las gracias —dijo, cuando estuvieron a solas—. Por lo que le dijo a su hermana. Que no podía echarse atrás, que yo era responsabilidad suya ahora.

William se la quedó mirando, sin saber qué responder.

—¿Estaba usted escuchando tras la puerta? —preguntó él, más divertido que molesto.

Dolly sonrió, con un brillo pícaro que no intentó disimular.

—Las buenas costumbres de los bajos fondos no se pierden en un par de semanas, milord. Una aprende a distinguir cuándo merece la pena escuchar detrás de una puerta y cuándo es mejor salir corriendo.

—Entonces sabrá que también me llamó descerebrado indirectamente, al defender a Sebastian de la culpa entera.

—Eso también lo oí. —Dolly no perdió la sonrisa—. Pero lo que oí primero fue lo otro. Que no iba usté a devolverme al sitio de donde vine. Que era yo su responsabilidad ahora, y que pensaba cumplirlo. —Dolly bajó la vista y notó que el color subía a sus mejillas—. Gracias por eso.

Se despidió con una pequeña inclinación de cabeza, ya sin la torpeza de los primeros días, y se dio la vuelta hacia su habitación.

A mitad de pasillo, sin saber muy bien por qué, volvió la cabeza un instante.

William seguía allí, en el mismo sitio donde lo había dejado, sin haberse movido hacia su propia habitación, mirándola todavía con una atención que no parecía tener ninguna prisa por apartarse.

Dolly no dijo nada. Siguió caminando, aunque notó que el paso se le había vuelto, sin proponérselo, un poco más lento que de costumbre.