Capítulo 14. Una oportunidad disfrazada de mentira
Se sentaron los tres en fila frente a Jane: Dolly en medio, con las manos apretadas sobre el regazo; William a un lado, con la espalda recta y la mirada firme, aunque la pierna le temblaba con un movimiento nervioso que no lograba controlar; Sebastian al otro, recostado con la misma expresión despreocupada de siempre, como si el asunto no fuera del todo con él.
Jane no se sentó de inmediato. Se quedó de pie, mirándolos a los tres, y después empezó a caminar despacio delante de ellos, de un extremo a otro de la alfombra, con los brazos cruzados.
Se detuvo, resopló, y se sentó por fin en el sillón de enfrente.
Pero no aguantó ni un minuto sentada: volvió a levantarse, caminó hasta la ventana, se quedó allí de espaldas, mirando el jardín sin verlo realmente, y luego se giró otra vez hacia ellos con los ojos cargados con un enfado que era muy visible por su forma de fruncir el ceño.
Dolly sintió que el corazón le latía en la garganta. Aquello se había acabado, pensó. La iban a mandar de vuelta, a Londres, quizás al puerto, quizás a ningún sitio, y todo lo que había aprendido en aquellas semanas no habría sido más que un sueño demasiado bonito para durar.
—Por favor, señorita Harwood —dijo, con una voz tan pequeña que casi no la reconoció como propia—. No me eche usté.
Jane la miró fijamente, y su expresión se suavizó un poco, aunque no lo suficiente.
—Antes tendría que echarlos a ellos dos.
Volvió a sentarse y clavó la vista en Dolly sin apenas parpadear. Era una mirada que no permitía esconderse en ningún sitio.
—¿Qué es lo que quiere usted, señorita Marchmont? ¿Marchant? O como quiera que se llame en realidad. —Hizo una pausa breve—. ¿Dinero?
William se removió en el asiento, dispuesto a responder por ella, pero Jane levantó una mano sin apartar los ojos de Dolly.
—Deja que conteste ella.
Dolly tragó saliva, y respondió con la única verdad que tenía, sin adornarla ni disfrazarla.
—No, señorita. No busco dinero.
—¿Entonces qué?
—Amor. —Dolly juntó las manos con más fuerza sobre el regazo—.
Su hermano, lord Harwood, me prometió que una vez preparada, un joven respetable me querría, y se casaría conmigo.
Eso es lo que quiero, señorita. Que alguien me quiera de verdad, como es debido, y que ese cariño acabe en matrimonio, como pasa siempre cuando el amor es de los de verdá.
—¿Y usted cree que esto —dijo Jane, señalando con un gesto vago toda la situación— es la manera de conseguirlo?
—No lo sé, señorita —dijo Dolly, con sinceridad—. Pero es la única oportunidad que he tenío en toda mi vida. Y no pienso dejarla escapar sin intentarlo.
—¿Qué tiene de malo esperar a que llegue una oportunidad de verdad, en vez de aceptar la primera que se cruza en su camino envuelta en una mentira?
—Que a mí nunca me han llegao oportunidades de verdad, señorita.
—Dolly la miró de frente, sin bajar la vista esta vez—.
Usté ha tenío toda su vida a alguien que le enseñara buenos modales, una casa como esta pa' crecer, ropa, comida, un apellido de verdad que nadie le puso pa' engañar a nadie.
Yo he tenío un padre que me quería pero que me dejó muy pronto, una taberna, una mujer que me llamaba ladronzuela todos los días, y nada más.
Si a mí me sale al paso una oportunidad, aunque sea disfrazá de mentira, aunque venga de una apuesta de borrachos, la voy a coger con las dos manos y no la voy a dejar escapar.
Se hizo un silencio en la biblioteca.
—¿Entiende usted las consecuencias, si esto sale mal?
—preguntó Jane, más despacio esta vez, con menos filo en la voz—.
Si alguien descubre quién es usted en realidad, no va a ser solo una vergüenza pasajera.
Va a ser el fin de cualquier posibilidad de que la acepten en ningún salón de este país. Va a quedar señalada para siempre.
—Lo sé, señorita.
—¿Lo sabe de verdad?
—Sí lo sé —dijo Dolly, sin vacilar—. Si esto sale mal, vuelvo a la taberna. O a otra parecida.
—¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó Jane, con una calma que a Dolly le pareció, por primera vez, genuinamente curiosa, no acusatoria.
—Que no hay nada pa' mí allí, señorita. —La voz de Dolly se quebró apenas, lo justo para que se le notara—. Aquí, al menos, he tenío unas semanas de saber lo que se siente al dormir calentita o al leer sin que nadie me quite el libro de las manos.
Bajó la vista un momento, hacia las manos que todavía tenía apretadas sobre el regazo, y se quedó así, en silencio, el tiempo suficiente para que nadie en la sala se atreviera a llenarlo por ella.
Cuando volvió a levantar la vista, la clavó en Jane sin ningún temblor.
—En toda mi vida, señorita, lo único que he conocío de la gente ha sido desprecio.
Nunca nadie me ha dado motivos pa' pensar que mereciera algo mejor. —Se detuvo un instante, como si le costara decir lo que venía después—. Pero si aprendo a hablar bien, a moverme bien, a ser de verdad una señorita como usté, quizás entonces sí que alguien me mire y piense que valgo algo. Que merezco que me quieran, y que me respeten. Eso es lo que quiero de verdad, señorita. No el matrimonio en sí, eso viene después. Quiero llegar a ser alguien a quien de verdad merezca la pena querer. Aunque to’ se acabe mañana mismo, ya ha valío la pena, solo por saber que era posible.
Así que si me pregunta si entiendo las consecuencias, sí, las entiendo. Y, aun así, prefiero intentarlo.
La biblioteca volvió a quedar en silencio. Ni siquiera Sebastian encontró nada que decir. William no se atrevió a moverse.
Jane no contestó enseguida. Se quedó mirando a Dolly un momento más de lo necesario, y asintió de manera casi imperceptible.
Se levantó de nuevo, más despacio, con los brazos cruzados.
Cerró los ojos y se los frotó con el pulgar y el índice de la mano derecha.
Caminó hasta el escritorio, se apoyó en el borde, y se quedó mirando a Dolly con una frialdad que no tenía nada que ver con el enfado de antes.
—Una cosa debe quedar clara antes de que decida nada —dijo—.
No pienso arriesgar el apellido de esta familia por usted, señorita Marchmont, ni por nadie.
Si en algún momento alguien descubre lo más mínimo de todo esto, no voy a defenderla.
Diré que hemos sido engañados, que usted se presentó ante nosotros con aspiraciones que no le correspondían, y que mi hermano fue víctima de su propia buena fe.
La reputación de esta familia no la va a arrastrar usted al fondo, pase lo que pase.
—Jane —dijo William, con algo de reproche en la voz.
—No, William. —Jane no apartó los ojos de Dolly—.
Tú tienes la conciencia tranquila porque tomaste la decisión sabiendo el riesgo y porque diste tu palabra de caballero.
Nuestra abuela no. Nuestros padres, que Dios los tenga en su gloria, tampoco lo sabían cuando construyeron lo que dejaron con su nombre.
Yo no voy a permitir que ese nombre se manche por una apuesta de borrachos, por muy buenas intenciones que tuvieras al final.
Dolly asintió despacio, sin apartar la vista, sin ningún rastro de sorpresa en la cara: en el fondo, encontraba la propuesta razonable.
—Lo entiendo, señorita. No le pido que me defienda si esto sale mal. Solo le pido la oportunidad de que no salga mal.
Jane la observó un momento más, con la misma frialdad calculadora, aunque algo en la firmeza de la respuesta de Dolly pareció hacerle reconsiderar el peso de su propia decisión.
Se incorporó y volvió a colocarse delante de los tres, con las manos entrelazadas por delante, mirando primero a Sebastian, después a William, y por último a Dolly.
—Está bien. Los ayudaré. —Hizo una pausa, y su mirada se endureció apenas al posarse de nuevo en los dos hombres—. A partir de ahora la instrucción de la señorita Marchmont queda bajo mi responsabilidad. Está claro que no va a aprender nada con estos dos patanes.
—¿Patanes? —Sebastian se llevó una mano al pecho—. Yo diría que hemos hecho un trabajo bastante decente, considerando las circunstancias.
—¿Decente? —Jane le lanzó una mirada que no dejaba mucho espacio para la réplica—. Fue usted quien la metió en esta locura para empezar, señor Fitzwilliam. No creo que esté en posición de presumir de nada.
Sebastian abrió la boca para defenderse, y volvió a cerrarla, sin encontrar ningún argumento que le sirviera.
Dolly, sin pensarlo, se levantó y cruzó los pocos pasos que la separaban de Jane, cogiéndole las dos manos entre las suyas con un gesto tan espontáneo que ni ella misma pareció haberlo decidido de antemano.
—Gracias, gracias, señorita Harwood. —Le apretó las manos, con los ojos brillantes—. Le prometo que no la voy a decepcionar.
Jane no apartó las manos, pero tampoco las movió, tan rígida como Beatrice ante aquel primer abrazo en Londres. Solo al cabo de un instante le devolvió el apretón, breve, casi a regañadientes.
—Ya lo veremos, señorita Marchmont. —El tono ya no tenía nada de la frialdad de un momento antes—. Y otra cosa: a partir de hoy, nadie vuelve a improvisar una historia sobre su familia.
—Eso limita considerablemente mi creatividad —dijo Sebastian.
—Precisamente.
Jane soltó las manos de Dolly con suavidad y volvió a caminar hasta el escritorio, donde cogió papel y pluma con una decisión renovada.
—Vamos a necesitar una historia completa —dijo Jane—. No cuatro frases sueltas que cambian según quién las cuenta, sino una biografía entera, coherente, que nadie pueda desmontar por más preguntas que haga.
—Propongo que sea huérfana de nacimiento, criada por lobos en el norte de Escocia —dijo Sebastian—. Nadie hace preguntas incómodas a alguien criado por lobos.
—No.
—Es memorable.
—Es ridículo.
—Ese es precisamente su encanto.
Jane ni siquiera levantó la vista del papel.
—Dónde nació exactamente. Quiénes son sus padres, con nombres de verdad, no “Silas Marchmont” inventado sobre la marcha en un vestíbulo.