Una apuesta entre caballeros Capítulo 13. Un juego de porcelana y una confesión
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Capítulo 13. Un juego de porcelana y una confesión

Habían elegido la salita del ala este porque nadie la usaba nunca. Era una habitación más fría y con menos encanto, cualidades que nadie mencionaba en voz alta al describirla a las visitas, que seguían recibiendo el nombre de la salita azul.

Era el sitio perfecto para practicar sin que nadie los interrumpiera ni fuera testigo de los desastres.

Esa tarde, lady Agnes se había ido a pintar al jardín con su caballete y su paciencia infinita para las acuarelas.

Jane había salido temprano hacia el pueblo, a visitar a la esposa del reverendo Hughes, cuya conversación encontraba, según sus propias palabras, “edificante”, aunque solía volver de esas visitas con una expresión que sugería más cansancio que edificación.

De modo que los tres tenían la tarde entera por delante.

William había hecho traer un juego de té completo, el más sencillo que pudo encontrar, para no arruinar el bueno. Llevaban ya más de media hora repitiendo lo mismo una y otra vez.

—Se sostiene así —dijo William, por tercera o cuarta vez, corrigiéndole la posición de los dedos alrededor del asa—. El meñique no se levanta. Eso es una exageración vulgar, no elegancia.

—Yo lo hacía pa' que se viera fino.

—Se ve ridículo, se lo aseguro.

Dolly volvió a intentarlo, sirviendo la tetera con el pulso tenso después de haber repetido el mismo gesto toda la tarde, y el chorro se torció justo antes de llegar a la taza, derramando un charco pequeño sobre el plato.

—Otra vez —dijo William levantándose, a la vez que emitía un suspiro.

—Yo diría que ya van seis “otra vez” —comentó Sebastian, desde el sillón donde se había repanchingado hacía rato—. A este paso vamos a necesitar una segunda tetera antes de que aprenda con la primera.

—No ayudas, Sebastian.

—No pretendo ayudar. Pretendo disfrutar del espectáculo.

Dolly dejó la tetera sobre la bandeja con más fuerza de la necesaria, y se limpió las manos en la falda, olvidando por completo que llevaba puesto uno de los vestidos de madame Boucheron y no el delantal de la taberna.

—Es que ustedes dos no se ponen de acuerdo en na’ —dijo, con el acento más marcado de lo habitual, señal segura de que empezaba a perder la paciencia—. Uno me dice de un modo y el otro de otro, y luego cuando lo hago mal me miran como si la culpa fuera mía.

—Nadie ha dicho que sea culpa suya —dijo William.

—Ustedes no, pero la cara que ponen sí.

William abrió la boca para replicar y volvió a cerrarla, porque no encontró nada que decir que no sonara a excusa. Miró la tacita, con el charco de té ya enfriándose sobre el plato, y pensó, con calma, qué era lo que estaba fallando.

En una sola semana con Beatrice, Dolly había aprendido más que en todos estos días con ellos dos. Con Beatrice no había tenido dificultad para interiorizar algunas de las normas de cortesía más básicas. Todo había sido más sencillo.

Ahora, en cambio, la instrucción no avanzaba con la premura necesaria. A ese ritmo no estaría lista ni para dentro de dos temporadas.

La razón no era ningún misterio. Beatrice le enseñaba con la autoridad tranquila de quien lo ha hecho toda la vida, sin necesitar corregirse a sí misma a mitad de frase.

Él y Sebastian, en cambio, discutían entre ellos casi tanto como corregían a Dolly, cada uno con su propia idea de cómo debía hacerse cada cosa, y a veces ni siquiera coincidían en lo esencial.

¿Cómo iba a aprender nadie a comportarse como una dama, si quienes se lo enseñaban ni siquiera se ponían de acuerdo en qué significaba eso?

Dolly se dejó caer en la silla, con los hombros hundidos, la mirada fija en la mancha de té sobre el mantel, y los brazos cruzados sobre el pecho.

—Vamos, inténtelo otra vez —dijo William.

Dolly cogió una taza con la mano izquierda para intentarlo una vez más, con las manos ya menos firmes que al principio, y en el segundo intento se le resbaló entre los dedos y cayó al suelo, rompiéndose en varios pedazos contra la madera.

Sebastian soltó una carcajada que no pudo ni quiso contener.

—Bueno, al menos esta vez no ha sido el té.

—¡Sebastian! —William se volvió hacia él, la paciencia ya completamente agotada—. No tiene ninguna gracia. ¡Llevamos toda la tarde con lo mismo, y tú ahí sentado sin hacer nada más que reírte!

—Perdona que encuentre algo de humor en que le estés gritando a una mujer por una taza rota.

—¡No le estoy gritando!

—Sí que me está gritando —dijo Dolly, levantándose también, con las mejillas encendidas—. Y usté no ayuda ni un pimiento, ahí sentao riéndose de mí como si fuera un payaso de feria. ¡Los dos son unos inútiles, que no saben ni ponerse de acuerdo entre ustedes, y encima me lo echan a mí en cara!

—¡Yo no le he echado nada en cara!

—¡Casi!

—¿Casi? —William se pasó una mano por el pelo, revolviéndoselo sin darse cuenta—. Lo único que he dicho es que lo intente otra vez.

—Con esa cara. Esa cara que pone, como si yo fuera boba.

—Yo no pongo ninguna cara.

—Sí que la pones —terció Sebastian, sin levantarse del sillón, señalándolo con un dedo perezoso—. La pones ahora mismo.

—¡Cállate! —dijeron William y Dolly a la vez, sin mirarse siquiera el uno al otro.

Sebastian levantó las dos manos, sonriendo, sin hacer ningún esfuerzo por disimular lo mucho que se estaba divirtiendo.

William dio un paso hacia la mesa y pisó sin querer uno de los pedazos de la taza rota, que crujió bajo su bota. Retrocedió, pisó otro trozo, y se llevó las dos manos a la cara, arrastrándolas despacio hacia abajo, como si con eso pudiera borrar toda la tarde.

—Genial —dijo Dolly—. Ahora encima la ha roto usté más.

—¡Ya estaba rota!

—¡Pues más rota!

—Señor Fitzwilliam. Señorita Marchmont.

La voz de Jane, desde la puerta, cortó de golpe la discusión. Ninguno de los tres la había oído llegar, y los tres se giraron a la vez, con la taza rota todavía esparcida por el suelo entre ellos.

Jane los observó, sin ninguna prisa, con su mirada tranquila.

William conocía bien esa mirada. La conocía desde niño, cuando había hecho alguna travesura y su hermana mayor se había plantado frente a él con esa misma calma que anunciaba que la travesura ya estaba descubierta y que no había escapatoria posible. Era peor que cualquier grito.

—¿Les importaría dejarme a solas con mi hermano?

***

Jane esperó a que Sebastian y Dolly hubieran salido, cerró la puerta tras ellos, y se quedó de pie, con los brazos cruzados y los labios apretados en una línea recta, mirando a William sin decir nada.

—Me vas a contar quién es esa muchacha —dijo, sin ningún preámbulo—, porque está claro que no es ninguna prima lejana de Sebastian.

—Jane...

—Dime, por favor, que no has traído a una querida tuya a esta casa. Con la abuela viviendo aquí.

—¡¿Qué?! —William se quedó mirándola, totalmente descolocado por la pregunta—. ¡No! ¡Claro que no, Jane!

—Entonces, ¿quién es? Porque llevo días viéndola cometer errores que ninguna joven educada cometería jamás, el otro día la vi ayudando a una criada a limpiar una mesita.

Sarah me ha contado que la otra mañana cuando fue a hacer la cama encontró una navaja debajo de la almohada y ahora os he encontrado a los tres gritándoos por una taza rota como si fuerais criados de la misma cocina.

William se pasó una mano por la cara, y por primera vez desde que Dolly había llegado a Faircross, sintió que no le quedaba ninguna excusa a la que recurrir.

—Se llama Dolly. Dorothea Marchant, en realidad. Trabajaba sirviendo mesas en una taberna del puerto de Londres.

Se lo contó todo, sin dejarse nada: la noche del baile, la borrachera, la taberna de mala muerte a la que Sebastian lo había llevado, la apuesta que había nacido entre risas y jarras de cerveza, la mañana siguiente en el muelle, la promesa que había estado a punto de romper y no había roto, Beatrice acogiéndola en su casa, la semana de preparación antes de ir a Faircross.

Incluso le contó los detalles de la apuesta: las tres propuestas de matrimonio, las quinientas guineas, la milicia y la temporada completa acompañando a Sebastian.

Jane lo escuchó de pie, sin interrumpirlo ni una sola vez, con los brazos todavía cruzados y el rostro cada vez más pálido a medida que la historia avanzaba.

Cuando William terminó, Jane se quedó en silencio, se sentó como si necesitase buscar apoyo y enseguida se levantó de golpe.

—¡¿Es que te has vuelto loco?!

—Jane...

—¡No! —Jane empezó a caminar de un lado a otro de la salita, sin poder quedarse quieta—.

Has traído a una desconocida a nuestra casa, le has puesto un apellido falso, le has enseñado a mentir a la abuela en su propia mesa, ¡y todo por una apuesta que se te ocurrió borracho a las tres de la madrugada!

—Lo sé.

—¡No, no lo sabes! —Se detuvo frente a él, con los ojos brillantes de una rabia que William no le había visto en años—. Si esto sale mal, William, si alguien descubre la verdad, no serás solo tú quien cargue con la vergüenza. Será la abuela.

—Jane, por favor.

—Seré yo. —No le hizo caso, siguiendo como si él no hubiera dicho nada—. Será el apellido de nuestro padre, que tú te empeñaste tanto en mantener intacto cuando heredaste, y que ahora estás arriesgando por un capricho de una noche.

—Lo sé, Jane.

—¿Y cómo te dejaste arrastrar por ese descerebrado de Sebastian? —Jane sacudió la cabeza, incrédula—. Tú, precisamente tú, que no tomas una decisión sin sopesarla tres veces. ¿En qué estabas pensando?

—No estaba pensando. Ese es exactamente el problema.

Jane se quedó mirándolo, con la respiración todavía agitada, y por un momento pareció que iba a decir algo más, algo peor, antes de que el enfado empezara, muy despacio, a dar paso a otra cosa.

—Va a salir bien, Jane. —William dio un paso hacia ella, buscando algo de terreno firme donde apoyar la defensa—. Nadie se va a enterar de nada. Dolly aprende rápido, mucho más rápido de lo que...

—¿Dolly?

William se quedó callado. Ya era tarde para corregirlo, y se encontró mirando el suelo al percatarse de la familiaridad que se le había escapado en el tratamiento.

Jane volvió a caminar por la habitación, esta vez más despacio, con las manos entrelazadas delante de ella, como si necesitara el movimiento para pensar con claridad.

—Esta locura se acaba aquí, William. Hoy mismo. Hablamos con la muchacha, la señorita Marchant, le pagamos el viaje de vuelta a Londres, y este asunto queda enterrado antes de que alguien más se entere de nada.

—No.

Jane se detuvo y se giró hacia él.

—¿Cómo que no?

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué no?

—Porque le hice una promesa. —William no apartó la mirada, aunque le costara sostenerla—.

Y ahora está bajo mi protección. No puedo devolverla al sitio de donde salió, Jane, no después de todo lo que ha dejado atrás para venir aquí.

Perdió su trabajo, su cuarto, lo poco que tenía, todo por creer en la palabra de un caballero. Mi palabra.

—William...

—Me hice una promesa a mí mismo, la noche que la llevamos a casa de Beatrice —siguió, sin dejarla terminar—.

Que pasara lo que pasara con la apuesta, ganara o perdiera, me aseguraría de que ella saliera de esto con una vida mejor de la que le tocó vivir.

Ahora soy responsable de ella, y no pienso deshacerme de esa responsabilidad solo porque a mí me resulte más cómodo.

Jane se lo quedó mirando, y algo en su expresión cambió, muy despacio, de la rabia a algo parecido al orgullo, aunque mezclado todavía con la inquietud de no saber si ese orgullo estaba justificado del todo.

—No puedo creerlo. —Negó con la cabeza despacio, como si con el gesto pudiera deshacer parte de lo que acababa de oír—. ¿Y cómo es que la duquesa se prestó a esto? Una mujer de su posición, ayudando a...

—Tenía sus motivos —dijo William—. Al principio nos dejó bien claro lo que pensaba de la apuesta, y no fue nada halagador. Pero creo que, con los días, se encariñó de verdad con la señorita Marchant. No lo hizo por nosotros, Jane. Lo hizo por ella.

Jane volvió a mirarlo, y William reconoció en su expresión algo que ya conocía bien de toda una vida siendo su hermano menor: la resolución firme que precedía siempre a sus decisiones más difíciles, la misma que había usado para sostener la casa entera tras la muerte de sus padres sin que nadie la viera doblegarse ni una sola vez.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y salió de la salita.

Al abrir la puerta se encontró a Sebastian y a Dolly de pie, demasiado cerca del umbral para haber estado esperando por casualidad. Jane los miró a los dos, sin ninguna sorpresa en el gesto.

—Los quiero a los tres en la biblioteca —dijo, y siguió caminando por el pasillo sin esperar respuesta.