Una apuesta entre caballeros Capítulo 11. Una prima de Cranbrook #4
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Capítulo 11. Una prima de Cranbrook #4

—Muchísimo, señora —dijo Dolly, la voz aún tomada por la emoción—. Nunca había oído cantar así ni a los marineros más borrachos de la taberna, con to’ ese sentimiento y finura.

—¿Cómo dice, querida? —Lady Agnes se inclinó un poco hacia ella.

—Que nunca... —empezó Dolly, y William ya se había puesto en pie antes de que pudiera terminar la frase.

—Dice que “Nunca ha oído interpretar así esos ligeros caprichos de una forma tan tierna, con ese sentimiento y dulzura” —dijo, con una voz un poco más alta de lo necesario, tapando el resto de la frase de Dolly con la suya propia—.

Mi hermana tiene un don excepcional para el pianoforte, siempre lo ha tenido.

Lady Agnes, todavía con el ceño ligeramente fruncido, pareció dejarlo pasar, distraída ya por la idea de pedirle a Jane otra pieza.

Dolly, con las mejillas ardiendo, se giró hacia William con los ojos muy abiertos. Por suerte Jane estaba guardando las partituras y no parecía haber escuchado nada.

***

Los días en Faircross empezaron a caer en una rutina familiar que Dolly, sin proponérselo, aprendió pronto a reconocer.

Por las mañanas, después del desayuno, solía pasear por el jardín con Sebastian, que parecía disponer de un tiempo infinito y ninguna obligación concreta que atender, mientras William desaparecía en el despacho o los establos con la misma disciplina de todas las mañanas.

Por las tardes, Jane se retiraba con el ama de llaves a repasar las cuentas domésticas y a decidir los menús de la semana, una costumbre que llevaba tres años sosteniendo sola desde la muerte de sus padres y que no pensaba abandonar solo porque hubiera visita en la casa, y lady Agnes aprovechaba para su siesta de después de comer, de la que nadie se atrevía a distraerla.

Era entonces cuando Dolly, William y Sebastian se escabullían juntos a la biblioteca, con la tranquilidad de saber que nadie iba a interrumpirlos hasta bien entrada la tarde.

La primera vez que Dolly puso un pie dentro, se quedó parada en el umbral, tal como le había pasado con tantas otras cosas desde que había salido de la taberna.

La biblioteca de Beatrice ya le había parecido grande, pero esta la superaba con creces: estanterías que subían hasta un techo altísimo, con una escalera de madera con ruedecillas para alcanzar los volúmenes más altos, y un olor a papel viejo y cuero que a Dolly le pareció, de inmediato, el mejor olor que había encontrado en toda la casa.

Algunos de los lomos parecían tan antiguos que temió que se deshicieran solo con tocarlos, con letras doradas casi borradas por el paso de los años.

Sin embargo, en cuanto entraban, Sebastian y William se ponían manos a la obra, cada uno con su propia idea de lo que Dolly necesitaba saber esa tarde.

—Cuando le presenten a alguien de rango superior, espere a que él le tienda la mano primero —decía William.

—Salvo si es un caballero soltero de su edad —añadía Sebastian—, en cuyo caso puede tender la mano usted, con un poco de disimulo, para asegurarse de que él no se atreve a no hacerlo.

—Eso no es del todo cierto.

—Es cierto en la mitad de los salones de Londres.

—¿Entonces qué hago? —preguntaba Dolly, mirando de uno a otro, ya sin saber a quién de los dos creer—. Si espero, hago mal según usté, y si no espero, hago mal según usté.

—Espere —decían los dos a la vez, sin ponerse de acuerdo en nada más.

Antes de salir de la biblioteca cada tarde, Dolly cogía alguno de los volúmenes más pequeños de una de las estanterías bajas, sin que nadie se lo hubiera dicho ni permitido explícitamente, y se lo llevaba consigo al salón donde solían reunirse después.

Por las noches, después de la cena, solía jugar a las cartas con lady Agnes, aunque ahora con más contención que la primera noche, procurando que se le escaparan menos expresiones del puerto.

De vez en cuando perdía a propósito alguna mano.

Lady Agnes, lejos de cansarse, parecía cada vez más entusiasmada de haber encontrado por fin una rival a su altura.

Dolly disfrutaba de la compañía de la anciana y no disimulaba su decepción cuando alguna noche lady Agnes se retiraba pronto, aquejada de un cansancio que decía llevar encima desde el almuerzo.

En esas noches, Dolly sacaba el librito que había cogido esa tarde de la biblioteca y se sentaba con él junto al fuego, disfrutando de esos ratos de silencio con la misma avidez con la que había disfrutado de todo lo demás desde que había salido de la taberna.

Una tarde, Dolly se dirigía a la biblioteca con intención de cambiar el libro que ya había leído por otro.

Fue entonces cuando se encontró en el corredor con una de las doncellas más jóvenes forcejeando con un jarrón demasiado grande, intentando levantarlo de una mesa baja para pasar un paño por debajo sin conseguir sujetarlo bien con las dos manos a la vez.

Dolly no lo pensó. Dejó el libro sobre una silla y se acercó, sujetando el jarrón por el otro lado sin que nadie se lo pidiera, para que la muchacha pudiera limpiar tranquila.

—Gracias, señorita —dijo la doncella, sorprendida, sin saber muy bien dónde mirar.

—No es nada —dijo Dolly, ya volviendo a colocar el jarrón en su sitio—. Yo también he fregao mesas toda mi vida, sé lo que pesan estas cosas cuando una está sola.

Se dio la vuelta para recoger el libro que había dejado en la silla, y se encontró a Jane de pie en el umbral, observándola.

—Señorita Marchmont.

—Señorita Harwood —dijo Dolly, dando un paso hacia atrás al verla.

—¿Le apetecería tomar el té con nosotras esta tarde? —preguntó Jane, con el mismo tono rutinario de siempre, como si no hubiera visto nada digno de mención.

—Sí, señorita Harwood. Con mucho gusto.

Jane asintió y siguió su camino por el pasillo, sin decir nada más, dejando a Dolly con la sensación de que aquella pregunta tan sencilla escondía, quizás, algo que todavía no alcanzaba a entender del todo.