Capítulo 11. Una prima de Cranbrook #3
William la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de ella.
Capítulo 12. Cuestión de modales
Dolly se despertó y, todavía medio dormida, tiró del cordón junto a la cama para llamar a la doncella.
Beatrice le había enseñado que a desayunar se bajaba vestida, y no en bata, como había hecho aquella primera mañana en Londres.
Así que esperó a que llegase Sarah para ayudarla con la ropa.
Era ridículo: llevaba toda la vida vistiéndose sola, y se moría de hambre.
Mientras esperaba, se quedó mirando la habitación.
No era tan imponente como la que había tenido en casa de Beatrice —aquella tenía algo de ostentoso, aunque nunca recargado, con su azul profundo y sus muebles de líneas serias—, pero a Dolly esta le gustaba más.
Era más sencilla, más femenina, con las paredes en un tono crema suave, cubiertas de un papel con pequeñas flores repetidas que apenas se notaban hasta que una se fijaba de cerca, y una colcha a juego que parecía hecha para dormir la siesta.
Se levantó y se acercó a la ventana. Desde allí se veía parte del jardín: setos recortados en formas geométricas, una fuente pequeña de piedra con el agua cayendo en un sonido constante, y más allá, hasta donde alcanzaba la vista, campo abierto, verde y quieto, sin una sola persona a la vista.
Se quedó un rato así, con la frente casi tocando el cristal.
Todo era tan distinto de lo que había conocido: el puerto siempre ruidoso, siempre lleno de gente moviéndose de un lado a otro, gritando, cargando, discutiendo.
Aquí, en cambio, no se oía nada más que el agua de la fuente y algún pájaro.
La inmensidad la sobrecogía, esa sensación de que el campo podía tragarse a una persona entera sin que nadie se enterase, pero también le gustaba, esa quietud que no había sentido nunca, ni siquiera de noche en la taberna, cuando por fin todos se iban y ella se quedaba sola con el crepitar de la última vela.
Llamaron a la puerta y entró Sarah, llevando una jarra de agua caliente para el aseo.
—Buenos días, señorita.
—Buenos días —dijo Dolly, incómoda, otra vez, al dejarse ayudar por alguien que no conocía de nada. Con Anne ya se había acostumbrado a esos primeros minutos torpes de la mañana, y ahora tenía que empezar de nuevo con una total desconocida.
Sarah abrió el armario, donde los vestidos de Dolly ya colgaban ordenados, y se detuvo un momento, dudando entre dos.
—¿Cuál prefiere la señorita para esta mañana?
Dolly miró los vestidos, recordando todo lo que Beatrice le había explicado con tanta paciencia: cuáles eran de día, sencillos, de telas ligeras y colores suaves; cuáles de noche, con más vuelo y algún detalle de más; y cuáles, los menos, reservados para las ocasiones verdaderamente especiales, que casi daba miedo tocar de lo bien guardados que estaban.
—El rosa claro —dijo, señalando uno de los de día—. Ese está bien pa' la mañana.
Sarah lo descolgó y empezó a ayudarla a vestirse, y Dolly, todavía incómoda, notó que le costaba un poco menos que la primera vez, en casa de Beatrice, cuando dos doncellas la habían desvestido a la vez y ella había pensado que aquella gente no tenía ninguna decencia.
***
Cuando Dolly entró en la salita donde se servía el desayuno, encontró a Jane y a lady Agnes ya sentadas, cada una con su taza. Se dio cuenta de que, desde que había llegado a Faircross, era la primera vez que estaba sola con las dos, sin William ni Sebastian de por medio.
—Buenos días —dijo, deteniéndose en la puerta, sin saber muy bien si debía esperar a que la invitaran a pasar.
—Buenos días, señorita Marchmont —dijo Jane.
Dolly miró alrededor, buscando alguna señal de los otros dos.
—¿Lord Harwood no baja a desayunar?
—Se levantó temprano —dijo Jane—. Siempre lo hace, aquí en la finca. Tiene asuntos que atender antes de que el resto de la casa se despierte.
—¿Y el señor Fitzwilliam?
—Todavía duerme, imagino. No es hombre de madrugar. Mi hermano suele decir que el señor Fitzwilliam confunde el desayuno con la comida.
Dolly no supo si aquello era una broma o no, así que no dijo nada, y se quedó de pie un momento más, sin saber qué hacer con las manos ni con los pies.
—Puede sentarse, si desea desayunar —dijo Jane, señalando una silla vacía con un gesto que no admitía mucha discusión.
Dolly se sentó, y en cuanto un criado le sirvió el té, Jane empezó a hablar, con el mismo tono amable de la noche anterior, aunque las preguntas esta vez venían más seguidas, sin apenas dejar hueco entre una y otra.
—Cuénteme algo más de la casa de su familia en Cranbrook. ¿Era grande?
—No mucho, señorita Harwood.
—¿Y cómo era la vida allí? ¿Tenían tierras propias, o el negocio de su padre era solo el comercio marítimo?
—Solo el comercio, creo. —Dolly se llevó la taza a los labios, ganando un instante para pensar—. Yo era pequeña, no me acuerdo del to’ bien.
—¿Cuántos hermanos tenía usted?
—Ninguno, señorita.
—Qué raro. El señor Fitzwilliam mencionó anoche que la familia se había dispersado, como si hubiera varios hermanos repartidos. ¿Eran primos, entonces, los que se marcharon?
Dolly abrió la boca sin saber muy bien qué contestar, con la sensación de estar caminando sobre un suelo de arenas movedizas, cuando lady Agnes, sin levantar apenas la vista de su propio plato, intervino.
—Jane. Deja que la señorita Marchmont desayune tranquila. ¿A qué vienen tantas preguntas a estas horas? Parece un interrogatorio, no una charla de buena mañana. ¿Qué modales son esos?
Jane se sonrojó ligeramente y bajó la vista hacia su taza.
—Solo tenía curiosidad, abuela.
—Pues guárdate la curiosidad para después de las tostadas.
Se hizo un silencio breve, incómodo, que Dolly no supo cómo llenar, hasta que la puerta se abrió y Sebastian entró, todavía con el pelo revuelto y un bostezo mal disimulado.
—Buenos días a todos —dijo, dejándose caer en la silla junto a Dolly—. Espero no haberme perdido nada interesante.
***
Dolly caminaba por el sendero de grava con la sombrilla color crema abierta sobre el hombro, más por obligación que por gusto.
Beatrice le había insistido en que debía llevarla siempre que saliera a pasear de día, aunque a Dolly le parecía un incordio incómodo, algo más que sujetar y que además le tapaba parte de la vista del jardín cuando el viento la ladeaba.
—Y entonces me preguntó por mis hermanos — le contaba a Sebastian, gesticulando con la mano libre mientras con la otra apretaba el mango de la sombrilla—, y yo le dije que ninguno, y ella va y dice que qué raro, que usté había dicho que la familia se había dispersao, como si hubiera un montón de primos repartíos por ahí.
Y yo no supe qué decir, señor Fitzwilliam, me quedé ahí como un pasmarote, hasta que su abuela la mandó callar.
—Lady Agnes tiene un don especial para eso —dijo Sebastian, con una tranquilidad que a Dolly le pareció casi insultante—. No se preocupe, ya se me ocurrirá algo si vuelve a preguntar.
William apareció por el sendero que venía del establo, todavía con las botas embarradas de la mañana.
—Buenos días —dijo—. ¿Qué ocurre?
—Nada grave —contestó Sebastian, con la misma ligereza de siempre, quitándole importancia con un gesto de la mano—. Jane le ha hecho algunas preguntas a la señorita Marchmont durante el desayuno, un poco insistentes quizás, pero...
—Su hermana lo sabe —lo interrumpió Dolly, sin poder contenerse más—. Y va a echarme de aquí a patadas.
William se detuvo en seco.
—¿Cómo que lo sabe? ¿Quién se lo ha contado?
—Nadie se lo ha contao, pero se lo huele.
—Dolly apretó el mango de la sombrilla—.
Esta mañana, en el desayuno, me preguntó por mis hermanos, y yo le dije que no tenía ninguno, y ella dijo que qué raro, que Sebastian había hablao anoche de que la familia se había dispersao, como si hubiera varios.
Me quedé sin saber qué decir, y su abuela tuvo que meterse pa’ que Jane parara de preguntar.
William se quedó callado un momento antes de contestar.
—Eso no es lo mismo que saberlo, Dolly. Jane es curiosa, y observadora, siempre lo ha sido. Pero de ahí a que sepa la verdad hay una distancia enorme.
Dolly no dijo nada durante un instante, sorprendida por el nombre. William tampoco pareció darse cuenta de lo que acababa de decir, o si se dio cuenta, no hizo ademán de corregirlo.
—¿Y si sigue preguntando?
—Entonces hablaré yo con ella. —William se quitó un guante, distraído—.
Pero óigame bien: nadie va a echarla a ningún sitio.
Esta es mi casa. El señor de Faircross soy yo, y mientras usted quiera quedarse bajo este techo, no tiene nada que temer.
Si llega a descubrirse el engaño, nadie la obligará a marcharse. Por mucho que mi hermana insista.
Dolly lo miró, con la sombrilla ya casi olvidada en la mano, y notó que por fin empezaba a respirar con más facilidad.
***
Después de la cena, cuando lady Agnes ya empezaba a sacar la baraja del cajoncito con su entusiasmo habitual, William se adelantó a la partida.
—Jane, ¿por qué no nos deleitas con algo de música esta noche? Hace tiempo que no te oímos tocar.
Jane se dejó convencer sin demasiada resistencia y se sentó al pianoforte, y en cuanto empezaron a sonar los primeros compases, acompañados de su propia voz, Dolly se quedó completamente quieta, con la taza de té a medio camino de los labios, olvidada.
No se parecía a nada que hubiera oído antes. En la taberna, la música era siempre de borrachos cantando a gritos canciones que hablaban de mujeres y de oro con la misma delicadeza que un puñetazo, o algún marinero rascando un violín desafinado en una esquina mientras los demás se reían.
Esto era distinto. La voz de Jane subía y bajaba con una dulzura que a Dolly se le metió por dentro. Notó que los ojos se le humedecían.
Cuando Jane terminó y bajó las manos del teclado, Dolly seguía con la vista fija en ella, todavía atrapada en la última nota.
—¿Disfruta usted de la música, señorita Marchmont? —preguntó lady Agnes.