Una apuesta entre caballeros Capítulo 11. Una prima de Cranbrook #2
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Capítulo 11. Una prima de Cranbrook #2

—Lo es —confirmó Sebastian, con una gravedad tan bien fingida que William, por un instante, sintió la tentación absurda de creérsela también, a pesar de saber, mejor que nadie, que cada palabra era falsa de principio a fin.

—Deberíamos ir a cambiarnos para la cena —dijo William, cortando la conversación antes de que Jane encontrara alguna otra pregunta a la que Sebastian tuviera que inventar respuesta—. El viaje ha sido largo para todos.

—Por supuesto —dijo Jane.

***

Cuando el mayordomo anunció que la cena estaba servida, Sebastian ofreció el brazo a Jane, William el suyo a su abuela, y Dolly los siguió, sola, un paso por detrás, tal como correspondía a la invitada de menor rango entre todos.

Cruzaron el vestíbulo hasta el comedor, donde la mesa —más pequeña que la del salón de Beatrice, pero igual de bien dispuesta— esperaba con las velas ya encendidas.

William ocupó la cabecera, con lady Agnes a su derecha y Jane a su izquierda; Sebastian y Dolly quedaron uno frente al otro, a media mesa.

—¿Y qué tal la cosecha este año, William? —preguntó lady Agnes, en cuanto sirvieron la sopa.

—Mejor de lo esperado, en realidad. El administrador calcula que superaremos la del año pasado, y eso sin contar lo que rendirán las nuevas tierras de labranza del este, que este es el primer año que dan cosecha completa.

—¿Y las inversiones de las que hablaste en primavera? ¿Las del canal de Grand Junction?

—Van bien. Mejor de lo que preveía el propio agente. Entre eso y los nuevos arrendamientos, Faircross rinde este año más de lo que ha rentado en la última década.

—No sé de dónde sacas el tiempo para ocuparte de todo eso además de la finca.

—Del sueño, sospecho —dijo Jane, con una media sonrisa—. Lleva meses encerrándose en el despacho hasta bien entrada la noche.

—Alguien tiene que hacerlo —dijo William, aunque el comentario de su hermana no le pareció del todo un reproche.

—Tu padre estaría orgulloso —dijo lady Agnes, con una seriedad que no era habitual en ella—. Heredaste esto muy joven, y lo has llevado mejor que muchos hombres el doble de mayores que tú.

William no respondió enseguida, incómodo con el cumplido.

Al levantar la vista del plato, se encontró con los ojos de Dolly fijos en él, quietos, sin la timidez con la que había mirado el resto de la cena.

Ella apartó la mirada en cuanto se supo descubierta, y William, sin saber muy bien por qué, sintió que el cuello de la camisa le apretaba un poco más de lo habitual.

Jane, con buen tino, cambió de tema.

—¿Cómo está su padre, señor Fitzwilliam?

—Tan robusto como siempre, aunque se queja de la gota más de lo que la gota, sospecho, se lo merece.

—¿Y su hermano?

—Insufrible, como corresponde a todo heredero que se precie. —Sebastian sonrió—. Aunque debo admitir que administra las tierras mucho mejor de lo que yo lo haría, así que supongo que la providencia sabe lo que hace repartiendo las responsabilidades como las reparte.

—¿Piensa quedarse mucho tiempo en Faircross?

—Lo que William me soporte.

—Eso podría ser bastante tiempo, o bastante poco, dependiendo del día —dijo William, y Jane sonrió, la primera sonrisa despreocupada que le había visto esa noche.

Dolly seguía la conversación sin intervenir, con la espalda recta, casi rígida, las manos en el regazo entre plato y plato.

William la observaba de reojo: esperaba a que alguien más levantara primero el tenedor antes de tocar el suyo, comprobando qué cubierto usaban los demás antes de decidirse por el correcto.

Del vino apenas había bebido dos sorbos pequeños, la copa casi intacta desde que se la habían servido.

Cuando el criado se acercó con la bandeja de las verduras, Dolly, sin pensarlo, alargó la mano y se sirvió ella misma antes de que él pudiera hacerlo, tal como habría hecho en la taberna al llevar los platos a la mesa.

Al notar que el criado se había quedado quieto, esperando con la bandeja todavía inclinada, retiró la mano rápido, murmurando un perdón apenas audible antes de dejar que él terminara de servirle.

William, que lo había visto, contuvo el impulso de decir algo, y en cambio miró hacia Jane, temiendo encontrar en su cara la señal de que también lo había captado.

La encontró. Su hermana no dijo nada, no cambió el gesto, siguió cenando como si no hubiera notado nada fuera de lugar.

Pero sus ojos se habían quedado, apenas un segundo de más, fijos en Dolly antes de volver a la conversación con Sebastian, y aquel segundo le bastó a William para saber que a su hermana no se le escapaba nada.

—¿Y usted, señorita Marchmont? —preguntó la abuela, cuando llegó el siguiente plato—. ¿Le gusta el campo, o prefiere el bullicio de Londres?

—Prefiero el campo, lady Agnes —dijo Dolly, con la voz algo más controlada esta vez—. Es mucho más tranquilo.

—Sabia elección —dijo, y volvió su atención de nuevo hacia William y los asuntos de la finca, sin que nada en su expresión delatara si había notado algo o no.

William dejó que el resto de la cena transcurriera así, entre el trigo del sur y la gota del padre de Sebastian, sin que ningún otro desliz viniera a complicar las cosas, y se permitió, poco a poco, aflojar un poco los hombros.

Va mejor de lo que esperaba, pensó, aunque el recuerdo de la mirada de Jane se le quedó grabado en la mente.

***

Pasaron a la salita después de la cena, y William se sentó en un sillón desde donde podía ver, sin parecer que vigilaba, la mesita donde lady Agnes había convocado una partida de cartas.

—¿Juega usted, señorita Marchmont? —le había preguntado, sacando una baraja de un cajoncito, con una rapidez que delataba las ganas que llevaba todo el día conteniendo.

—No, lady Agnes. Nunca he jugao.

—Entonces le enseñaremos. Nada anima tanto una noche como una buena mano de cartas.

Sebastian se apuntó de inmediato, y entre él y lady Agnes explicaron las reglas en un par de minutos, impacientes por comenzar el juego.

Jane se había instalado en un sillón algo apartado, con un libro abierto sobre las rodillas, aunque William notó que pasaba las páginas con menos frecuencia de la que cabría esperar de alguien realmente absorto en la lectura.

William pensó en el marinero de los tatuajes, en el dueño gordo del burdel, en Rosalind enseñándole a Dolly a no dejarse engañar por ningún hombre del puerto.

Notó que una gota de sudor le bajaba por la sien.

Esperó, más bien rogó mentalmente, que Dolly no mencionase a ninguno de sus antiguos compañeros de cartas.

Las primeras manos las perdió Dolly, una tras otra, con una torpeza tan convincente que William llegó a preguntarse si de verdad no sabía jugar.

Pero a la cuarta mano algo cambió: empezó a calcular las cartas de los demás con una rapidez que lady Agnes no pareció notar, y a la séptima ya había ganado tres manos seguidas, con una sonrisa que se le escapaba cada vez que recogía las fichas.

—Vaya, vaya —dijo lady Agnes, sin que nada en su tono delatara sospecha alguna, ya inclinada hacia delante en la silla, con toda la atención puesta en la partida—. Parece que tiene usted más talento del que decía, señorita Marchmont.

—Tengo suerte, señora, na’ más.

—La suerte no gana tres manos seguidas.

Dolly sonrió, y ganó la octava mano también, con una jugada que hizo que Sebastian tirara sus propias cartas sobre la mesa con resignación teatral.

—Le va a dejar sin blanca, lady Agnes.

—Ya lo veo. —Lady Agnes barajó de nuevo, con los ojos brillantes de emoción—. ¿Dónde ha aprendido usted a jugar así?

—Una amiga me enseñó, hace tiempo —dijo Dolly.

Por un instante William temió que continuara, que el nombre de Rosalind o la casa del dueño gordo asomaran de nuevo a la conversación como habían asomado en la cena de Beatrice.

Pero Dolly se contuvo, quizás recordando la lección de aquella noche, y se limitó a barajar sus propias cartas con una destreza que delataba más práctica de la que cualquier señorita debería tener.

—Y ahora sí que van ustés a morder el polvo —soltó Dolly, sin pensarlo, recogiendo las fichas de la mano que acababa de ganar con un gesto rápido y seguro, casi profesional.

Sebastian se atragantó con la risa que intentaba contener.

Lady Agnes, demasiado entretenida repasando sus propias cartas para el próximo reparto, no pareció reparar en la expresión, o quizás la tomó por alguna rareza propia de las costumbres de Kent.

Jane, en cambio, levantó la vista del libro un instante, la justa para que William, que la observaba de reojo con el corazón encogido, viera que la había oído perfectamente.

Su hermana no dijo nada. Bajó la vista de nuevo al libro, sin cambiar el gesto, pasando una página que probablemente no había leído.

William le lanzó a Sebastian una mirada rápida, cargada de todo el significado que pudo meter en ella sin decir una palabra, y Sebastian, captándola al vuelo, dejó sus cartas sobre la mesa con un bostezo bien ensayado.

—Lady Agnes, creo que el viaje nos ha dejado a todos más cansados de lo que pensábamos. ¿Dejamos la partida para mañana?

Lady Agnes, que llevaba camino de perder otra ronda de fichas, no puso ninguna objeción.

Sebastian se levantó y le tendió la mano a Dolly para ayudarla a ponerse en pie, pero ella, todavía barajando las cartas con la misma destreza de toda la noche, no pareció reparar en el gesto. Sebastian carraspeó, y Dolly levantó por fin la vista.

—Ah. —Dejó la baraja sobre la mesa y se puso en pie sin ayuda de nadie—. Ha sido un placer jugar con usté esta noche, lady Agnes.

—El placer ha sido mío, señorita Marchmont. —Lady Agnes empezó a recoger sus propias fichas, sin ninguna prisa—. Hacía años que no perdía tanto dinero con tan buena compañía. Espero que mañana me permita usted la revancha, y alguna lección más, ya que estamos.

Dolly sonrió, hizo una leve inclinación de cabeza hacia los presentes, y se despidió con un buenas noches que sonó, por una vez, exactamente como debía sonar.