Una apuesta entre caballeros Capítulo 11. Una prima de Cranbrook
30%

Capítulo 11. Una prima de Cranbrook

William se ajustó el pañuelo del cuello por tercera vez en menos de un cuarto de hora.

—William. —Sebastian, sentado frente a él, lo observaba divertido—. ¿Quieres dejar de arreglarte el pañuelo? Va a terminar más torcido de lo que estaba antes de que empezaras.

William dejó caer las manos sobre las rodillas, consciente de golpe de lo que había estado haciendo, y miró hacia la ventanilla, como si el paisaje mereciera de repente toda su atención.

Dolly iba sentada frente a él, junto a Sebastian, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo, exactamente como Beatrice le había enseñado.

No había dicho apenas nada en la última hora del trayecto.

William la observó por el rabillo del ojo, sin que ella pareciera notarlo: el vestido azul celeste, el pelo recogido con una de las peinetas que le había regalado, la barbilla ligeramente alzada.

Si conseguía mantenerse así, pensó, callada y con esa compostura, quizás aquello saliera bien después de todo.

—Dígame, señorita Marchmont —probó Sebastian, por tercera o cuarta vez desde que habían salido de Londres—, ¿ha estado alguna vez en el campo?

—No, señor.

—¿Le gustan los caballos?

—No sé, señor. Nunca he montao ninguno.

—Pero le gustará el aire fresco, sin duda.

—Supongo que sí, señor.

Sebastian se recostó en el asiento, algo derrotado, y le lanzó a William una mirada que decía claramente inténtalo tú.

—¿Va todo bien, señorita Marchmont? —preguntó William.

Dolly se giró hacia él, y por un instante pareció que iba a decir que sí, sin más, como había hecho con todo lo demás.

—Sí. —Se detuvo, buscando las palabras—. Es solo que to’ esto es tan grande. Tan ancho.

Volvió a girar la cabeza hacia la ventanilla, donde los campos se extendían en todas direcciones, verdes y dorados según la luz, sin una sola casa a la vista durante largos tramos del camino.

William no supo qué responder a eso, así que no dijo nada, y el silencio volvió a instalarse en el carruaje hasta que, al doblar una curva del camino, Faircross apareció ante ellos.

Dolly se inclinó hacia la ventana del carruaje.

La casa se levantaba al final de una avenida flanqueada de árboles centenarios.

La fachada de piedra gris claro parecía extenderse más de lo que la vista alcanzaba a abarcar de una sola vez: alas a ambos lados, ventanas que se repetían fila tras fila y una escalinata de entrada lo bastante ancha como para que diez personas pudieran subir por ella sin rozarse.

Detrás, el parque se perdía en la distancia, con setos recortados y algo que parecía un lago brillando bajo el sol de la tarde.

Dolly soltó un silbido bajo, nada propio de una señorita, y pegó la cara a la ventanilla del carruaje.

—No me había dicho usted que era tan… tan amplia.

—Supongo que lo es —respondió William, restándole importancia.

Dolly no apartaba los ojos de la fachada, que crecía a cada segundo a medida que el carruaje avanzaba por la avenida.

—¿Y pa' qué necesitan tres personas una casa tan grande? Con esto se podría meter a medio puerto y sobraría sitio.

Sebastian soltó una risa que intentó, sin mucho éxito, disimular con una tos.

William se quedó mirando la fachada de Faircross, y sintió que el nudo que llevaba toda la mañana en el estómago se apretaba un poco más. Quizás, después de todo, aquello no había sido tan buena idea.

***

El carruaje se detuvo al pie de la escalinata, donde ya esperaban Jane, erguida y atenta como siempre, y su abuela, apoyada con elegancia en el bastón, ambas vestidas para recibir visita formal aunque no fuera más que la vuelta a casa de William.

Dolly bajó del carruaje con la ayuda de Sebastian, se alisó la falda con un gesto discreto —tal como le habían enseñado— y avanzó hacia ellas con la espalda recta y la barbilla en el ángulo justo que Beatrice había repetido tantas veces.

—Jane, abuela —dijo William—, permitidme presentaros a la señorita Dorothea Marchmont, prima lejana de Sebastian. —William se giró hacia Dolly—. Señorita Marchmont, le presento a la señorita Harwood y a mi abuela, lady Harwood.

Dolly hizo la reverencia exacta que había practicado toda la semana, ni un grado de más ni de menos, y esperó a que la abuela hablara primero, tal como también le habían enseñado.

—Bienvenida, señorita Marchmont —dijo la abuela de William—. Puede usted llamarme lady Agnes, lo prefiero así.

—Un placer conocerlas —dijo, cuando lady Agnes le tendió la mano—. Les agradezco mucho su amable invitación.

La frase salió perfecta, cada palabra en su sitio, y William sintió que el aire que llevaba conteniendo desde el desayuno se le escapaba del pecho por fin. Lo está haciendo bien, pensó. Va a salir bien.

—El placer es nuestro, señorita Marchmont —dijo Jane, con una cortesía cálida—. Pasen, por favor. Deben de estar agotados del viaje.

Entraron al vestíbulo, y fue entonces cuando la compostura de Dolly empezó a resquebrajarse, aunque no de la manera que William había temido.

Se quedó mirándolo todo: el techo altísimo con molduras doradas, la escalinata que se dividía en dos a mitad de camino, un retrato de cuerpo entero que ocupaba casi toda una pared, un jarrón chino tan grande como ella misma.

Giraba la cabeza de un lado a otro, sin ningún disimulo, mirando todos los detalles de la casa con la boca entreabierta.

—Señorita Marchmont —dijo lady Agnes—, ¿de qué parte del país procede su familia?

Dolly no contestó. Seguía con la vista fija en el retrato, calculando, como si intentase adivinar quién era aquel caballero de peluca empolvada.

—Señorita Marchmont —repitió lady Agnes, un poco más alto.

Dolly se sobresaltó y volvió la cabeza de golpe.

—Perdone, señora. ¿Decía?

—Le preguntaba de qué parte del país procede su familia.

—Ah. —Dolly dudó un instante de más—. Del sur, señora... mmm, quiero decir, lady Agnes. De por allí cerca de Kent.

—¿Alguna zona en particular?

—Eso, de por allí, cerca del... —Dolly se detuvo, buscando algo en su memoria que no terminaba de aparecer.

—De Cranbrook —intervino Sebastian, con toda naturalidad—. La familia de mi madre tiene lazos allí desde hace generaciones. La señorita Marchmont es de una rama algo alejada, pero de la misma raíz.

—Qué interesante —dijo Jane—. Nunca había oído hablar de esa rama de la familia.

—¿Y a qué se dedicaba su padre, señorita Marchmont? —añadió lady Agnes, con el mismo tono amable de charla de bienvenida.

—Era... —Dolly se distrajo un segundo con el jarrón chino, que brillaba bajo la luz que entraba por una claraboya—. Comerciaba, señora. En el sur. Cosas del mar, ya sabe usté, embarques y de eso.

—¿Del mar?

—Del mar —repitió Dolly, y por un instante el acento se le escapó un poco más marcado de lo habitual, antes de que ella misma pareciera notarlo y se corrigiera—. Perdón. Del comercio marítimo, quiero decir.

—Un negocio respetable, sin duda —dijo Sebastian, rellenando el silencio con la misma soltura de siempre—.

Aunque la familia, como suele pasar, se dispersó bastante después de su fallecimiento.

Por eso la señorita Marchmont ha pasado unos días bajo la protección de la duquesa de Blackmoor, mientras se resuelven algunos asuntos.

—Qué generoso por parte de su excelencia —dijo lady Agnes.

—Deben de estar agotados del viaje —dijo Jane—. Quizás la señorita Marchmont prefiera refrescarse un poco antes de la cena.

—Sería lo más sensato —dijo William, aliviado de que la conversación se desviara por fin lejos de Cranbrook y del comercio marítimo—. El viaje ha sido largo.

Jane asintió, y se volvió hacia él.

—Hemos acomodado a la señorita Marchmont en una de las habitaciones de invitados, la que da al jardín.

—Me parece bien —dijo William.

Jane hizo un gesto hacia una de las criadas que esperaba discretamente junto a la escalera.

—Sarah, acompañe a la señorita Marchmont a su habitación —ordenó Jane—. Sarah será su doncella durante su estancia con nosotros, señorita Marchmont. Cualquier cosa que necesite, no dude en pedírsela.

—Gracias, señorita Harwood —dijo Dolly, con la reverencia de despedida ya bien ensayada, y después, girándose hacia la abuela—. Y gracias a usté también, lady Agnes. Es muy amable.

Dolly siguió a la doncella escaleras arriba, y William no pudo evitar seguirla con la mirada hasta que desapareció por el rellano, con la misma sensación de alivio que se siente al ver alejarse, sano y salvo, algo que ha estado a punto de romperse.

En cuanto Dolly desapareció escaleras arriba, lady Agnes se volvió hacia Sebastian.

—Su prima es una joven muy bonita, señor Fitzwilliam —dijo—, aunque sus modales tienen un aire un tanto... rústico. Esa "d" que se le cae de las palabras. ¿Ha pasado mucho tiempo en el campo?

—Bastante, lady Agnes —dijo Sebastian, sin que se le moviera un solo músculo de la cara—. Kent tiene sus propias costumbres de habla, y la señorita Marchmont ha vivido bastante alejada de los salones de la buena sociedad hasta ahora. Estoy convencido de que en unas semanas apenas se le notará.

—¿Y cómo es exactamente su parentesco? —preguntó Jane—. Me gustaría entenderlo bien, para no confundirme si alguien me pregunta.

—Es hija de un primo segundo de mi madre —dijo Sebastian, con la misma fluidez de antes—. Silas Marchmont, que se instaló en Cranbrook hace ya varias décadas. Nunca tuvimos mucho trato con esa parte de la familia, la verdad, hasta que su hija se vio en apuros hace poco.

—¿Qué clase de apuros?

—El padre de la señorita Marchmont falleció hace algunos años, dejando los asuntos familiares en un estado bastante confuso.

Deudas mal gestionadas, un socio poco honrado...

En fin, una desgracia —Sebastian negó con la cabeza—.

La familia se dispersó, cada uno tirando por su lado, y la señorita Marchmont se quedó prácticamente sin nadie a quien recurrir.

Cuando me enteré, no pude quedarme de brazos cruzados.

Al fin y al cabo, la sangre es la sangre.

—Qué historia tan triste —dijo Jane.