Una apuesta entre caballeros Capítulo 10. Eso es sociedad
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Capítulo 10. Eso es sociedad

La semana pasó más rápido de lo que a Dolly le hubiese gustado.

Hubo más salidas por las mañanas con Beatrice, aunque más breves que la primera.

Una mañana para comprar zapatos y otra para un par de sombrillas: la primera, en verde oscuro, a juego con el vestido de madame Boucheron, y la segunda, en un crema sencillo que Beatrice insistió en que le haría falta más de lo que Dolly imaginaba.

Beatrice le dijo que una dama debía usar sombrilla cuando pasease en el exterior.

Dolly había dejado de sorprenderse cada vez que Beatrice decía aquello de apúntelo en mi cuenta.

Había llegado a la conclusión de que los ricos no pagaban las cosas.

Simplemente las apuntaban, y alguien, en algún lugar, se encargaba del resto.

Le pareció un sistema excelente, siempre que ella no fuera ese alguien.

Los días en que Beatrice tenía otros asuntos que atender —visitas, cartas, algún recado del que nunca daba demasiadas explicaciones—, Dolly los pasaba en la biblioteca, sentada en el mismo sillón de cuero, devorando un libro tras otro con la misma hambre con la que había devorado el desayuno la primera mañana.

Nadie le decía que dejara de leer, nadie la llamaba vaga ni le arrancaba el libro de las manos.

Pensaba que podría acostumbrarse fácilmente a eso.

Apenas salía a la calle en todo el día y no le importaba en absoluto.

Las tardes eran para William y Sebastian, y Dolly pronto aprendió que cada uno enseñaba de una manera completamente distinta.

—Si un caballero le pregunta si le gusta la poesía —dijo Sebastian una tarde, en el jardín—, nunca responda que sí demasiado rápido. Primero averigüe qué poeta le gusta a él.

—Eso es absurdo —dijo William, desde el banco donde estaba sentado.

—Eso es sociedad.

—¿Entonces tengo que mentir? —preguntó Dolly.

—No —dijo William.

—Sí —dijo Sebastian, al mismo tiempo.

Dolly miró a uno y después al otro.

—¿Y a cuál se supone que le tengo que hacer caso?

—A mí —dijeron los dos a la vez, y Dolly se rio, porque aquello, al menos, sí que le quedaba claro: fuera lo que fuese lo correcto, no iba a averiguarlo escuchándolos a ambos.

Algunas de esas sesiones terminaban con Dolly frotándose las sienes, la cabeza llena de reglas que se le mezclaban unas con otras —¿el tenedor pequeño era para el pescado o para el postre?

¿la reverencia a un conde era más o menos profunda que a un vizconde?

—, pero se esforzaba en no dejar que se le notara demasiado el cansancio, y repetía cada norma en voz baja hasta grabársela, aunque le costara el doble que a cualquier otra.

El día en que llegaron los vestidos de madame Boucheron, Dolly subió a su habitación y se encontró el armario abierto de par en par, con Anne colocando la última prenda en su sitio.

Se quedó parada en la puerta, mirando aquella fila de colores —el azul celeste, el crema con la falda nueva, el gris perla, y varios más que ni recordaba haberse probado— colgados uno junto a otro, tan distintos entre sí y tan bien cuidados, cada uno con su propio espacio.

—¿Son todos pa' mí? —dijo, más para comprobarlo en voz alta que para preguntarlo.

—Todos, señorita.

Dolly se acercó y tocó la falda del vestido verde, la misma tela que se le había escapado entre los dedos en la tienda unos días antes, y por un instante volvió a sentir el mismo vértigo del primer día, la sensación de que aquello no podía ser cierto del todo, que en cualquier momento alguien entraría por la puerta a decirle que había sido un error, que los vestidos eran para otra persona.

No entró nadie. Los vestidos seguían allí, colgados, esperando a que ella los llevara puestos.

En esos días, Dolly empezó a darse cuenta de que Beatrice estaba más sola de lo que aparentaba.

Algunas noches se quedaba mirando el fuego de la chimenea tanto rato que se le olvidaba la labor en el regazo.

Nunca nombraba a su difunto esposo; si alguien lo hacía, respondía con dos frases cortas y cambiaba de tema.

Y pese a la casa enorme y a los criados, pasaba casi todas las tardes sin compañía.

Solo Sebastian venía a buscarla, y no todas las noches.

Dolly no le preguntó nada a Sebastian sobre Beatrice. No sabía si era apropiado preguntarlo. En aquella casa había aprendido que algunas preguntas era mejor guardárselas.

Pero empezó a buscarla por las tardes, después de las lecciones con William y Sebastian, sin darse cuenta.

A veces Beatrice estaba leyendo. Otras, escribiendo cartas.

En ocasiones no hacía absolutamente nada, y se limitaba a mirar el fuego.

Dolly se sentaba cerca, con su propio libro.

Ninguna de las dos hablaba demasiado. Y, poco a poco, aquello empezó a parecerles a las dos la cosa más natural del mundo.

La noche antes de partir hacia Faircross, los tres se reunieron en la biblioteca. William entró el último, y se quedó de pie junto a la puerta.

—Mañana partimos —dijo.

Dolly cerró el libro despacio, y miró con las cejas levantadas a William.

—¿Ya ha pasao la semana?

—Así es —dijo Sebastian, dejándose caer en el sillón de enfrente, con esa sonrisa que nunca parecía tomarse nada del todo en serio—. Pero no se preocupe. Si todo sale mal, siempre podemos huir a Escocia.

—No vamos a huir a ninguna parte —dijo William.

—¿Por qué no? —preguntó Dolly.

—Porque William tiene un sentido del deber tan desarrollado —dijo Sebastian— que probablemente nos perseguiría hasta Escocia para obligarnos a volver.

—Correcto —dijo William, sin ninguna gracia en la voz, aunque a Dolly le pareció ver algo parecido a una sonrisa contenida.

Dolly se rio, y el peso de lo que se le venía encima pareció un poco más ligero. Entonces William añadió, en voz más baja:

—No se preocupe. Estará bien.

Dolly lo miró, buscando en su cara la misma sinceridad que había buscado el día de las peinetas.

—¿De verdad lo cree?

—Sí.

***

A la mañana siguiente, William y Sebastian llegaron en el carruaje de William para recoger a Dolly, que ya estaba preparada. Antes de bajar, Dolly se detuvo en el umbral de la habitación azul, mirándola por última vez. Soltó un suspiro breve y bajó las escaleras.

Los criados ya cargaban los baúles en el carruaje cuando Dolly encontró a Beatrice esperando en el vestíbulo. Se acercó a ella y, sin detenerse a pensar si era correcto o no hacerlo, la envolvió en un abrazo sincero.

Beatrice se quedó un instante rígida antes de devolverle el abrazo con la misma firmeza.

—Gracias por to’ —dijo Dolly, con la voz algo apretada—. No sé cómo voy a pagarle nunca lo que ha hecho por mí.

—No tiene que pagarme nada, señorita Marchmont —dijo Beatrice, apartándose lo suficiente para mirarla a la cara—.

La veré dentro de cuatro meses y medio, en la temporada.

Y ahí me lo devolverá usted todo de sobra, cuando la vea desenvolverse con soltura en un salón lleno de nobles engreídos que no sospecharán nada.

Dolly sonrió, se dio la vuelta, y salió hacia el carruaje. Esperó junto a la portezuela, sin alargar la mano hacia ella, hasta que un criado se la abrió. William, de pie junto al estribo, le ofreció la mano para ayudarla a subir, y Dolly la aceptó sin pensarlo, ya sin la torpeza de la primera vez.

El carruaje se puso en marcha, y Dolly se giró para mirar por la ventanilla la casa donde había pasado esa semana, viéndola hacerse pequeña calle abajo.

No sabía si volvería a dormir en aquella habitación azul, ni si volvería a sentirse alguna vez tan segura como se había sentido allí.

Siguió mirando hasta que la casa desapareció de su vista.