Capítulo 9. Compras y disculpas #3
—Son bonitas —dijo, sin poder evitar tocarlas con la punta del dedo—. Y no gritan. —Levantó la vista hacia él, casi sorprendida de haberlo notado—. Eso me lo ha enseñao su amiga esta mañana.
—La duquesa tiene buen criterio para esas cosas.
Dolly cerró la cajita despacio y la dejó sobre el brazo del sillón, todavía sin estar del todo convencida.
—¿Y por qué la disculpa?
—Por mi comportamiento de ayer por la mañana. En el muelle. —William no apartó la mirada mientras lo decía—. No fue el de un caballero, y usted merecía algo mejor.
Dolly lo miró, entornando los ojos, intentando buscar la trampa. No la encontró, y su cara se iluminó con una sonrisa sincera.
—Pues ya está olvidao, hombre —dijo—. Con lo que he visto y he vivío estos dos días, hasta ha valío la pena lo del muelle. —Le dio una palmadita rápida en el brazo, como haría con cualquier conocido de la taberna, sin pensarlo dos veces—. No soy de las que guardan rencor.
Dicho esto, se sentó de nuevo y volvió a coger su libro, dando el asunto por zanjado.
William se quedó de pie, descolocado por lo rápido que se había resuelto todo, y carraspeó.
Dolly levantó la vista del libro.
—¿Le apetecería pasear conmigo por el jardín? —preguntó William.
Dolly cerró el libro, marcando la página antes de dejarlo sobre la mesa, y asintió despacio.
Fueron hacia la puerta que daba al jardín, y al llegar a lo alto de la escalinata de piedra, William se detuvo y le ofreció el brazo. Dolly lo miró sin saber muy bien qué hacer con él, como si le hubiera tendido algo cuya utilidad no terminaba de comprender.
—Tómelo así —dijo William, guiándole la mano hasta su antebrazo con suavidad—. Para bajar las escaleras. Es lo que se espera.
—Ah. —Dolly apoyó la mano, rígida, y bajaron juntos los escalones, despacio, hasta llegar a la grava del sendero.
En cuanto pisaron el jardín, Dolly retiró la mano y siguió caminando por su cuenta, un paso por detrás de él, y William no dijo nada al respecto.
—En una semana partiremos hacia Faircross —dijo, después de un rato caminando en silencio—. Es mi propiedad, en el campo. Allí es donde deberá aprender el resto de lo que necesita antes de la temporada.
—¿Y cómo es Faircross?
—Una casa de piedra gris. Más vieja de lo que aparenta por dentro.
Dolly volvió la cabeza hacia él.
—¿Y es muy grande?
—Bastante. Mi bisabuelo añadió un ala nueva hace cincuenta años, y todavía se distingue dónde empieza la piedra antigua y dónde la nueva, si uno sabe dónde mirar.
—¿Y cuántas habitaciones tiene?
William la miró de reojo.
—Más de las que cualquier familia podría necesitar.
—¿Más de las que necesita una familia?
—Muchas más.
—Entonces tendrá habitaciones vacías.
—La mayoría.
Dolly pareció considerar aquello durante unos segundos.
—¿Y qué hacen con ellas?
—Nada.
Ella frunció el ceño, como si aquella respuesta le resultara incomprensible.
—Qué desperdicio.
William tuvo que contener una sonrisa.
—También hay un parque. Se tarda casi una hora en cruzarlo a pie si se camina despacio. Y un lago, al fondo, junto al bosque.
—¿Un lago?
William asintió.
—De niño me enseñaron a pescar allí.
Dolly guardó silencio un instante.
—¿Le gustaba?
—Mucho.
Siguieron paseando en silencio por el camino de grava, hasta que William se paró.
—Los arrendatarios llevan generaciones trabajando las mismas tierras que sus padres y sus abuelos. Es tranquilo. Mucho más tranquilo que Londres.
—Suena bonito.
—Lo es.
William miró hacia delante, al sendero que se perdía entre los setos.
—Espero que le guste.
—¿Y quién vive allí, además de usted?
—Mi hermana, la señorita Jane Harwood. Y mi abuela, lady Agnes.
—¿Cómo es su hermana?
William se lo pensó antes de contestar.
—Responsable. Es mayor que yo, y siempre ha sido la más sensata de los dos.
—La cara de William se suavizó al decirlo—.
Cuando murieron nuestros padres, fue ella quien se ocupó de que la casa siguiera funcionando mientras yo aprendía a ocuparme de la finca.
No lo pasamos bien ese primer año, pero ella nunca dejó que se notara demasiado.
—¿Está casada?
—No. Dice que todavía no ha encontrado motivo suficiente.
—¿Y a usted le parece bien eso?
—Me parece que es asunto suyo, no mío. —William caminó unos pasos en silencio antes de añadir—: Aunque a veces me preocupa que esté esperando algo que no exista.
—¿Y su abuela? ¿Cómo es lady Agnes?
—Eso lo descubrirá usted misma —dijo William, y una sonrisa le asomó, breve, a la comisura de la boca, aunque el tono siguiera siendo el mismo, seco y medido, de siempre—. No es mujer fácil de resumir en una frase.
—¿Es severa?
—Es honesta.
Dolly caminó un trecho pensando en eso, mirando los rosales ya sin flor a ambos lados del sendero.
—¿Y qué le va a decir de mí? A su hermana, a su abuela. Cuando lleguemos.
—Lo que ya les he escrito. Que es usted prima lejana de Sebastian, y que necesita nuestra hospitalidad mientras se resuelve su situación.
—Eso no es del todo mentira —dijo Dolly—, pero tampoco es del todo verdad.
—No —admitió William, sin buscar excusas—. No lo es.