Capítulo 9. Compras y disculpas #2
—Ese vestido es un desastre, señorita Marchmont.
—¿Cómo? Si tiene lazos y de to’.
—Precisamente por eso. —Beatrice reanudó la marcha, tirando suavemente de ella para que la siguiera—.
La verdadera elegancia no está en cuántos adornos pueda llevar un vestido, sino en la calidad de la tela y en los pequeños detalles: un corte bien hecho, un botón bien colocado, un color que sepa cuándo callarse.
Cuantos más volantes lleva un vestido, más está gritando que necesita distraer la atención de algo.
Ya lo aprenderá. Venga, mi modista está aquí mismo.
***
Madame Boucheron resultó ser una mujer de mediana edad, con las manos rápidas y una sonrisa que no se le borraba de la cara, ni siquiera cuando Dolly se equivocaba de brazo al probarse una manga o se quedaba quieta demasiado tiempo, sin saber qué se esperaba de ella.
La tienda olía a tela nueva y las paredes estaban forradas de estantes con rollos de tejidos de todos los colores que existían y algunos que Dolly no sabía que existieran hasta ese momento.
Perdió la cuenta de los vestidos que se había probado. Uno tras otro, sujetos con alfileres, ajustados y desajustados, mientras madame Boucheron daba vueltas a su alrededor con la boca llena de alfileres y comentarios en voz baja para sí misma.
—No hay tiempo para confeccionar nada nuevo antes de una semana —había explicado la modista al principio, apretándose las manos—, pero puedo ajustar algunas piezas que ya tengo hechas. Con los retoques adecuados, nadie notará la diferencia.
En uno de los vestidos, un azul pálido que a Dolly le sentaba especialmente bien, madame Boucheron empezó a apretar la cintura con alfileres, mucho más de lo que a Dolly le pareció necesario.
—Déjelo un poco suelto —dijo Beatrice, desde su asiento junto al espejo, sin levantar apenas la voz.
—¿Su excelencia lo prefiere así?
—Lo prefiero así porque en una semana, bien alimentada, la señorita Marchmont habrá ganado algo de peso, y no quiero que el vestido le quede estrecho antes de haberlo estrenado.
Dolly se miró en el espejo, sorprendida de que Beatrice hubiera pensado en ese detalle, tan pequeño y tan práctico que a ella ni se le habría ocurrido.
Mientras madame Boucheron iba y venía con más telas, Dolly observó que Beatrice descartaba algunas con apenas un vistazo —un amarillo demasiado intenso, un estampado de flores grandes— y se detenía en otras con más atención: un verde suave, un crema, un gris perla que a Dolly le pareció bastante aburrido.
—No entiendo por qué unos sí y otros no —dijo Dolly al fin, incapaz de descifrar el criterio—. ¿Es por el color, o por la tela, o...?
Beatrice se giró hacia ella tan rápido que el rollo de tela que tenía en las manos estuvo a punto de caérsele.
—Buena pregunta. Y no le voy a contestar diciéndole qué me gusta a mí y qué no, porque entonces lo único que aprendería es a copiar mi gusto, y eso no le va a servir de nada el día en que yo no esté a su lado.
—Se levantó y cogió el rollo de amarillo intenso que había descartado antes—.
Este color grita. Dice: mírenme. Y una joven que acaba de entrar en sociedad, sin apellido conocido ni fortuna que la respalde, no puede permitirse que un vestido hable antes que ella.
Cuanto más discreto el vestido, más atención se presta a lo que usted dice y hace, no a lo que lleva puesto.
La elegancia debe verse en el corte y en la caída de la tela.
Debe ayudar a resaltar los encantos naturales de una joven, nunca a eclipsarla.
—Pero a mí me gusta ese vestido de ahí —dijo Dolly, señalando uno de tafetán rosa fuerte, con volantes en el bajo.
—Puede gustarle. No hay nada malo en ello. —Beatrice dejó el amarillo a un lado—. Pero si quiere que la tomen por una joven de buena familia, tiene que entender qué dice un vestido antes incluso de que usted haya abierto la boca.
Dolly asintió despacio, guardándose la explicación con el mismo cuidado con el que había guardado todo lo demás desde el día anterior.
Fue entonces cuando madame Boucheron, con los ojos brillantes, se acercó con dos rollos de tela distintos y los fue poniendo junto a la cara de Dolly, uno y después el otro, entornando los ojos y ladeando la cabeza a cada cambio.
—Este —dijo al fin, sosteniendo un verde menta pálido junto a la mejilla de Dolly—. Este es su color, señorita. Resalta el verde de sus ojos y hace que esos reflejos dorados del cabello parezcan aún más cálidos.
Dolly acarició la tela y esta se le escapó entre los dedos, tan suave que casi no parecía tela de verdad.
—Madame Boucheron —dijo Beatrice con un tono distinto, más firme—, ¿no podría hacer una prenda en ese color para la señorita Marchmont?
—Tengo un vestido en tonos crema al que podría adaptar la falda con esa tela, su excelencia. No sería perfecto, pero se acercaría bastante.
—Hágalo.
Se quedaron un buen rato más, entre telas y alfileres, hasta que por fin madame Boucheron cerró su libreta y preguntó, con la pluma todavía en la mano, cómo deseaba la duquesa que se abonara todo.
—Apúntelo en mi cuenta —dijo Beatrice, sin mirar siquiera la cifra que la modista había ido sumando en voz baja—. Y que envíen todo a mi casa en cuanto esté listo.
Dolly buscó con los ojos algún billete, alguna moneda, algo que pasara de una mano a otra. No encontró nada. En aquel mundo, por lo visto, el dinero se pagaba en otro sitio, lejos de las tiendas y de quien compraba.
Salieron a la calle, y Dolly, todavía con la cabeza llena de telas y colores, no pudo callarse lo que llevaba un rato pensando.
—Señora, no puedo permitir que gaste tanto dinero en mí. No está bien. Con un par de vestidos me apaño de sobra.
—No es mi dinero el que se gasta, señorita Marchmont —dijo Beatrice, sin darle mayor importancia, echando a andar hacia el siguiente destino—.
Si quiere parecer una señorita, necesita un vestido para cada ocasión, no dos.
Y en cuanto al dinero, no se preocupe por eso.
Corre todo a cuenta de lord Harwood, que fue quien la metió en este lío, para empezar.
***
La tienda de guantes era diminuta comparada con la de madame Boucheron, pero tenía cajones y más cajones detrás del mostrador, cada uno con un color distinto de guantes de cabritilla doblada con pulcritud.
Beatrice fue señalando sin apenas dudar: un blanco para las ocasiones de noche, un par color crema para el día, un gris perla que combinaría con el vestido nuevo del mismo tono.
—Y este verde pálido —dijo, sacando un par de un cajón—, para cuando lleve el vestido de madame Boucheron.
Dolly contaba los pares que se iban amontonando sobre el mostrador, ya iban por el quinto o el sexto, y no pudo contenerse más.
—Señora, ¿pa’ qué necesito tantos pares? Solo tengo un par de manos.
Beatrice se rio, una risa corta, y cogió de una estantería cercana un sombrerito de paja con una flor grande de tela, se lo colocó a Dolly sobre la cabeza, lo miró con ojo crítico, y lo descartó de inmediato, devolviéndolo a su sitio.
—Los guantes no son solo para las manos, señorita Marchmont.
Son para cada momento del día. No lleva usted los mismos guantes para tomar el té por la tarde que para bailar de noche, igual que no lleva el mismo vestido.
—Cogió otro sombrero, este más fino, de ala más estrecha, con un lazo azul celeste y se lo probó, ladeándolo un poco antes de asentir—.
Nadie se lo dirá si se equivoca. Pero todas lo notarán.
—Es mucho que recordar —dijo Dolly, mirándose en el espejo con el sombrero puesto, sin reconocerse del todo.
—Con el tiempo, ni se dará cuenta de que lo está recordando.
Pagaron —o, mejor dicho, Beatrice volvió a decir aquello de “apúntelo en mi cuenta”— y salieron a la calle con varios paquetes que un criado ya esperaba para cargar.
Dolly, todavía distraída con el sombrero nuevo bajo el brazo, no vio al hombre que caminaba en dirección contraria hasta que chocó de lleno contra él.
—Discúlpeme, no le había...
—No, la culpa es mía. —El hombre, joven, con una levita impecable y un sombrero que se llevó a la sien en un gesto rápido, se quedó un instante mirándola, algo más de lo que la simple cortesía exigía—. Espero no haberle hecho daño.
—Ninguno, señor. Perdón otra vez.
Dolly siguió su camino junto a Beatrice, pero no pudo evitar echar un vistazo atrás un segundo después. El hombre seguía parado en la acera, todavía mirándola.
***
Beatrice le había mostrado la biblioteca de la casa esa misma tarde, y le había dicho que cogiera prestado cualquier volumen que le apeteciera.
Dolly llevaba ya un buen rato instalada en uno de los sillones de cuero, con un libro de tapas verdes sobre las rodillas, cuando la puerta se abrió y entró William, con una cajita envuelta en papel entre las manos.
Dolly se levantó y, al ver la cajita, su primera reacción fue entornar los ojos con desconfianza.
—¿Qué es eso?
—Un regalo. —William se acercó y se lo tendió, con un gesto torpe—. Una disculpa disfrazada de regalo, para ser exactos.
Dolly cogió la cajita con cuidado y la abrió. Dentro, sobre un forro de terciopelo oscuro, había un par de peinetas pequeñas, sin ninguna piedra ni adorno llamativo, solo una talla fina en la madera oscura que brillaba con la luz de la ventana.