Una apuesta entre caballeros Capítulo 9. Compras y disculpas
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Capítulo 9. Compras y disculpas

Dolly abrió los ojos sin saber muy bien dónde estaba.

La luz del gran ventanal se derramaba por el suelo, limpia, sin el filtro grasiento de la única ventana de su buhardilla en la taberna.

Contempló el dosel de la cama y no pudo evitar compararlo con el techo inclinado que la saludaba todas las mañanas.

Se quedó quieta, escuchando. No había gritos de la señora Peck desde abajo, ni el chirrido de la puerta de la cocina, ni gaviotas peleándose por algo en la calle. Solo silencio, y el calor todavía suave de las brasas de la chimenea, y unas sábanas que olían a limpio contra su piel.

Un sueño, pensó, y cerró los ojos otra vez, esperando despertar de verdad en su jergón de paja.

Cuando volvió a abrirlos, la habitación azul seguía allí, con la misma colcha color mar y la misma luz entrando por la ventana con cortinas a juego, y Dolly comprendió, con una mezcla de alivio y vértigo, que no había sido ningún sueño.

Estiró los brazos acariciando con las puntas de los dedos las suaves sábanas.

Recordó todo lo que había ocurrido el día anterior, el paseo en carruaje, los comentarios divertidos de Sebastian, el baño, la cena…

Dolly cerró los ojos de nuevo y se permitió quedarse en la cama unos segundos más, sabiendo que no tenía que bajar a preparar desayunos, ni a fregar el suelo de la taberna.

El ruido de su estómago interrumpió sus ensoñaciones. Suspiró y se levantó, se puso la bata que habían dejado a los pies de la cama y salió al pasillo, con hambre atrasada de media vida.

Bajó las escaleras despacio, mirando a su alrededor con la misma curiosidad del día anterior: los cuadros; las alfombras; un reloj de pie, marcando las horas con un tictac tan distinto al reloj cascado de la cocina de la taberna; y los jarrones con flores frescas que llenaban todo de una fragancia agradable.

No sabía bien hacia dónde ir, así que siguió su instinto y el olor lejano a café y a algo tostándose, hasta que encontró unas escaleras estrechas que bajaban a lo que solo podía ser la cocina.

Empujó la puerta y se encontró de frente con una mujer robusta, con las manos llenas de harina, que se giró al oír el ruido y se quedó mirándola con la boca entreabierta, como si acabara de ver aparecer al fantasma de la casa.

—Perdone —dijo Dolly, algo cortada—. ¿Podría tomar algo de desayunar? Me muero de hambre.

La cocinera no llegó a responder, porque en ese momento otra voz habló desde la mesa de la cocina, donde Anne estaba sentada con una taza de té entre las manos.

—Señorita Marchant, el desayuno se sirve arriba, en la salita. Venga, la acompaño.

Dolly, algo avergonzada por el error pero demasiado hambrienta como para que le importara mucho, siguió a Anne de vuelta por las escaleras hasta llegar a una salita luminosa donde Beatrice ya estaba sentada, con una taza delante y un periódico doblado junto al plato.

—Buenos días, señorita Marchant. ¿Cómo ha dormido?

—Como un tronco, señora. No recuerdo haber dormío así en toda mi vida.

—Me alegro —dijo Beatrice, indicándole con un gesto que se sentara.

Dolly tomó asiento, y antes de que le sirvieran nada, decidió sacarse de encima lo que llevaba toda la mañana rondándole por dentro.

—Señora, quería pedirle disculpas. Por lo de anoche. Lo de Rosalind y el marinero. No debí contar eso en la mesa, delante de todos.

—No se preocupe. Son sus experiencias, y no tiene nada de malo haberlas vivido. Solo tiene que entender que hay lugares donde contarlas escandalizaría a media sociedad londinense, y que eso, en su situación, sería un problema mucho mayor que una simple falta de decoro.

Dolly bajó la cabeza, con las orejas algo encendidas.

—Tengo mucho que aprender, señora.

—Precisamente —dijo Beatrice, dejando la taza en el platillo—. Y hoy empezamos por algo urgente. Vamos a salir de compras, a ver a mi modista. Lo primero para parecer una señorita es tener el armario de una señorita.

—Nunca he ido de compras, señora. Ni a una modista. El vestido que llevaba, el que traía puesto cuando llegué, era de una señora del puerto, ya mayor, que me lo dio cuando se le quedaba pequeño. Antes de ella lo había tenío otra chica, Peg, que trabajaba de...

Dolly se detuvo a media frase, al ver la cara de Beatrice, que había alzado apenas una ceja.

—Perdón, eso tampoco se cuenta —dijo, callándose inmediatamente.

Beatrice sonrió y levantó su taza de té.

—Aprende usted rápido, señorita Marchmont.

Dolly sonrió y siguió tomando su desayuno en silencio.

***

Después del desayuno, Dolly subió a su habitación, donde Anne ya la esperaba para ayudarla a prepararse para salir.

Estuvo a punto de decirle que era capaz de vestirse ella sola, que llevaba toda la vida haciéndolo sin ayuda de nadie, pero se quedó callada; intuía que las señoritas requerían ayuda para todo, y que ahora ella tenía que aprender a comportarse como tal, aunque le costara acostumbrarse a que le abrocharan hasta el último botón.

Anne la peinó de manera sencilla, con un medio recogido que dejaba que las ondas del pelo le cayeran por encima de los hombros, y volvió a frotarle las manos con el aceite de almendras de la noche anterior, insistiendo un poco más en los nudillos, todavía algo ásperos.

Cuando bajaron, Beatrice ya la esperaba junto a la puerta, poniéndose unos guantes de cabritilla blanca, estirándolos dedo a dedo con un gesto tan natural que parecía no requerir ningún pensamiento.

Dolly, sin darse cuenta, se miró las manos, todavía algo enrojecidas, aunque menos ásperas que el día anterior.

Nadie le había dado guantes a ella. Se preguntó si debería haberlos pedido, o si aquello se hablaba, o si simplemente había cosas que una tenía que saber sin que nadie las dijera.

Fueron hacia la puerta principal, y Dolly, por costumbre, alargó la mano hacia el picaporte.

Beatrice no hizo ademán de tocarlo. Se quedó esperando, con las manos cruzadas delante, hasta que un criado apareció de la nada y abrió la puerta, con una reverencia breve.

Dolly retiró la mano justo a tiempo, y se prometió a sí misma no volver a cometer ese error.

Lo mismo ocurrió con la portezuela del carruaje.

Dolly ya había aprendido, del día anterior, que a ella se la ayudaba a subir, pero ahora se fijó en otra cosa: Beatrice ni siquiera miraba hacia la portezuela hasta que el criado la había abierto del todo; simplemente caminaba, con la vista al frente, y confiaba en que las cosas se abrieran a su paso.

Dolly comprendió que ahí estaba, precisamente, buena parte del truco: una dama no pedía que le abrieran las puertas.

Una dama simplemente esperaba, y las puertas se abrían.

El carruaje en el que subieron no era el mismo de alquiler del día anterior, sino uno propio de Beatrice, con las iniciales pintadas en la portezuela y un escudo pequeño debajo.

Por dentro, los asientos eran de cuero suave, con cojines bordados en hilo dorado, y el traqueteo de las ruedas apenas se sentía, como si el carruaje flotara sobre la calle en vez de rodar sobre ella.

Dolly se sentó con la espalda recta, imitando sin darse cuenta la postura de Beatrice, y miró por la ventanilla mientras avanzaban.

Las calles estaban llenas de gente, pero era un bullicio distinto al del puerto: nada de carros chocando entre gritos, ni de marineros dando voces mientras descargaban las embarcaciones.

Aquí la gente caminaba deprisa pero en orden, esquivándose unos a otros casi sin rozarse, y los pocos gritos que se oían venían de vendedores de flores o de periódicos, con un tono que sonaba casi a canción.

—Es tan distinto de los muelles a primera hora —dijo Dolly, más para sí misma que para Beatrice—. Allí to’ es jaleo y peste a pescao. Aquí hasta el ruido parece que se ha lavao la cara antes de salir.

El carruaje se detuvo en una calle flanqueada de tiendas con escaparates de cristal tan limpio que parecía invisible, y Dolly se quedó un momento sin bajar, mirándolo todo desde la ventanilla antes de que un criado le abriera la puerta.

Caminaron despacio, Beatrice saludando con una leve inclinación de cabeza a algún conocido que se cruzaba y recibiendo la misma inclinación a cambio, sin que nadie llegara a detenerse ni a decir una palabra de más.

Dolly observaba cada gesto: la manera en que Beatrice sostenía la sombrilla, ni muy alta ni muy baja; la manera en que caminaba, sin prisa, aunque llevara una lista entera de recados; la manera en que pasaba de largo ante los escaparates sin volver la cabeza ni una sola vez, sin que nada en ellos pareciera capaz de detenerla.

Dolly, en cambio, no podía dejar de mirar.

Pasaron delante de una tienda de sombreros con plumas y cintas expuestas en el escaparate como si fueran joyas, y después una mercería con hilos de todos los colores imaginables enrollados en carretes de madera pulida.

Una joyería, con collares y broches relucientes tras el cristal, apenas le robó un segundo de atención antes de que sus ojos siguieran de largo.

Fue la librería de al lado la que la detuvo del todo.

—Señora, mire —dijo, casi sin darse cuenta de que había hablado en voz alta, con la nariz casi pegada al cristal—. ¡Cuántos libros!

Filas y filas de lomos, algunos con letras doradas, apilados en un escaparate entero solo para libros, más de los que Dolly hubiera imaginado que pudieran existir juntos en un solo sitio. Se quedó mirando un buen rato, hasta que Beatrice le tocó el brazo con suavidad para que siguieran caminando.

Un poco más adelante, otro escaparate le hizo detenerse otra vez: un vestido de un color rosa chillón, con tantos volantes superpuestos que apenas se adivinaba la tela de debajo, y lazos cosidos en cada costura posible, uno encima de otro, hasta perder la cuenta.

—Ese es precioso —dijo Dolly, mientras pegaba la cara y las manos al cristal.

Beatrice se detuvo, siguió la mirada de Dolly hasta el escaparate, y negó con la cabeza, mientras se llevaba dos dedos al puente de la nariz.