Capítulo 8. Una promesa a medianoche
Era ya noche cerrada y William permanecía despierto en la alcoba principal de su casa de Londres.
Había despedido a su ayuda de cámara con un gesto de cabeza, sin decir nada, y se había quedado solo en la habitación, de pie junto a la ventana, con la mirada perdida en el jardín.
La luna estaba casi llena y le daba a los setos recortados un color plateado.
En otras circunstancias habría disfrutado de la quietud del paisaje.
Esa noche no.
Llevaba todo el día evitando pensar en lo que había hecho, ocupándose de una cosa y después de otra. Pero ahora, solo, sin nada más que hacer, el pensamiento volvió con toda su fuerza: había arruinado la vida de una persona que no le había hecho ningún daño.
Se pasó una mano por la cara, cansado, aunque el cansancio que sentía ahora no tenía nada que ver con el de la mañana.
Podía imaginar, sin mucho esfuerzo, lo que aquello significaría para él si todo salía mal: el escándalo, la vergüenza para su familia, quizás el fin de cualquier aspiración que tuviera de casarse bien algún día.
Eso ya sería bastante malo. Pero no era lo que de verdad le pesaba.
Lo que le pesaba era ella.
Dolly no había hecho nada más que servir mesas y creer en la palabra de un caballero.
Y él, que se preciaba de ser precisamente eso —un caballero, un hombre de palabra—, le había hecho una promesa que ni siquiera recordaba haber hecho, y que había estado a punto de romper esa misma mañana, en el muelle, con la excusa fácil de que todo había sido un error.
No se reconocía en el hombre que había hecho aquello.
Él no jugaba con la vida de nadie por diversión, no apostaba lo que no le pertenecía, no dejaba a una muchacha de veinte años sin trabajo ni techo por el capricho de una apuesta entre amigos.
Y sin embargo, lo había hecho. Había bastado una botella de más para que se convirtiera, durante unas horas, en exactamente ese hombre.
Pensó en lo que Dolly le había contado durante la cena, con la lengua suelta por el vino y sin darse cuenta de lo que revelaba: once años, sola en la calle, aprendiendo a jugar a las cartas bajo la dirección de una prostituta.
Ninguna niña debería tener que vérselas con marineros borrachos y con el dueño de un burdel para sobrevivir.
William había tenido, a esa misma edad, tutores, un caballo y un ala entera de la casa para él solo.
Las vidas de ambos no tenían ningún punto en común, salvo el que él mismo había creado la noche anterior, sin pensar, sin medir las consecuencias, como si las vidas de los demás pudieran apostarse igual que una partida de cartas.
Eso se acababa ahí.
Apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana, y se hizo una promesa que no pensaba romper por nada: pasara lo que pasara con la apuesta, ganara o perdiera, tuviera éxito el plan o se desmoronara en la primera semana, él se aseguraría de que Dolly Marchant saliera de todo aquello con una vida mejor de la que le había tocado.
No como pago por el daño hecho, que ningún vestido ni ninguna casa podrían compensar del todo, sino porque ahora, le gustara o no, era responsable de ella.
Se hizo a sí mismo una segunda promesa, con la misma firmeza que la primera.
Asegurarse de que a Dolly no le faltaran los medios para una vida mejor era una cosa, y en eso no pensaba dar marcha atrás.
Otra muy distinta era volver a elegir por ella, como habían hecho la noche anterior en la taberna.
Eso no volvería a ocurrir. Lo que le esperase a partir de ahora lo escogería Dolly libremente, no él ni ningún otro hombre con más posición que criterio.
No pensaba volver a influenciarla en sus decisiones.
Se apartó de la ventana y se sentó al escritorio. En una semana partirían hacia Faircross, y antes de eso había una carta que llevaba todo el día postergando y que ya no podía esperar más. Mojó la pluma y empezó a escribir.
Querida Jane:
Espero que estas líneas te encuentren bien, a ti y a la abuela. Te escribo porque en una semana regresaré a Faircross, y no lo haré solo.
Traeré conmigo a una joven, prima lejana de Sebastian Fitzwilliam por parte de una rama de la familia que él mismo apenas conoce, cuyas circunstancias la han dejado, de momento, sin un hogar donde pasar estos meses.
Se trata de la señorita Marchmont, y le he ofrecido nuestra hospitalidad en Faircross mientras se resuelve su situación.
Te pido, hermana, que hables con la abuela y le expliques lo mismo.
Sé que es mucho pedir sin previo aviso, pero confío en que ella, con su buen juicio y su experiencia, sabrá tomarla bajo su protección y guiarla en lo que haga falta.
A la señorita Marchmont le vendría bien contar con alguien de la sensatez de la abuela cerca.
Os la presentaré en persona en cuanto lleguemos. Os pido, por ahora, solo esto: que la recibáis con la misma amabilidad con la que recibiríais a cualquier invitada de la familia.
Con todo mi cariño,
William