Una apuesta entre caballeros Capítulo 7. Seda rosa y una navaja bajo la almohada #2
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Capítulo 7. Seda rosa y una navaja bajo la almohada #2

—Señorita Marchmont —dijo William, también probándolo.

—Suena raro —admitió Dolly—. Pero suena bonito, como los nombres de los libros.

—Bien, pues a partir de ahora será la señorita Marchmont —dijo Sebastian, dejando la copa—. Empecemos por lo básico. Cuando entre en una sala llena de gente, ¿qué es lo primero que hace?

Dolly se lo pensó.

—¿Buscar la mesa de la comida?

—No —Sebastian negó con la cabeza, paciente—. Espera a que alguien la presente. No se acerca usted a nadie, nadie se acerca a usted sin que antes los presenten formalmente. Es de mala educación hablar con un desconocido sin presentación previa.

—Aunque él le hable primero a usted —añadió William—, no debe responder con demasiada familiaridad hasta que sepa quién es.

—De acuerdo. Espero. No hablo —Dolly repitió las dos cosas en voz baja, como fijándolas—. ¿Y hago una reverencia?

—Depende de a quién —Sebastian se enderezó en la silla para hacer la demostración—. A un caballero, así, una simple inclinación de cabeza. A una dama de mayor rango, la reverencia completa, más profunda cuanto más alto el título. A un duque o una duquesa...

—Como usted, señora —dijo Dolly, mirando a Beatrice.

—Como yo —confirmó Beatrice—, la reverencia más pronunciada de todas, salvo para la realeza.

—¿Y para el rey?

—Por ahora, no tiene que preocuparse de esa—dijo William, y fue lo más parecido a una broma que había dicho en todo el día.

—Otra cosa —siguió Sebastian—. En la mesa, el tenedor pequeño es para el pescado, el grande para la carne. Se empieza siempre por los cubiertos de fuera y se va hacia dentro, plato a plato.

Dolly miró la fila de cubiertos junto a su plato, contándolos con el dedo por debajo de la mesa, sin que se le notara demasiado.

—De fuera hacia dentro —repitió—. ¿Y las copas?

—La más alta para el vino tinto, la más ancha para el blanco, la pequeña para el jerez —dijo William—. Y no se llena usted misma la copa. Espera a que el criado lo haga.

—Y no habla con la boca llena —añadió Sebastian—, ni apoya los codos en la mesa, ni...

—Caballeros —dijo Beatrice al fin, levantando una mano—. Denle un poco de aire a la muchacha. Lleva un día entero aprendiendo cosas nuevas. No hace falta que se lo enseñen todo en una sola velada.

Dolly soltó el aire que llevaba un rato conteniendo y clavó la vista en el plato, sin atreverse a comprobar si había aprobado el examen o solo sobrevivido a él.

La cena siguió, más relajada después de eso, y con ella las copas de vino, que Dolly bebió sin mucha conciencia de cuántas llevaba, porque nadie las llenaba de golpe como en la taberna, sino poco a poco, entre plato y plato, hasta que sin darse cuenta ya iba por la segunda y notaba las mejillas calientes y la lengua algo más suelta de lo que solía ser.

Cuando retiraron el último plato, Sebastian se recostó en la silla con un suspiro.

—Una cena deliciosa, su excelencia. Como siempre.

—Sí —dijo Dolly, todavía con la lengua suelta por el vino—. Realmente deliciosa. No había cenao tan bien desde la vez que le gané una comilona entera a un marinero lleno de tatuajes.

—¿Cómo dice? —dijo William.

—Sí, sí. —Dolly se rio al recordarlo, sin notar todavía el cambio en la sala—.

Fue en el puerto, cerca de la taberna, cuando yo tendría unos once años.

Llevaba viviendo por mi cuenta unas semanas y hacía cuatro días que no probaba bocao, así que cuando vi al marinero jugando a las cartas, me colé a mirar sin que me echaran.

El hombre llevaba tatuajes hasta en el cuello: serpientes, sirenas y de to’.

Jugaba con el dueño de una casa de mujeres que había cerca, uno gordo que siempre olía a tabaco.

El marinero, que ya iba bien bebido, me retó de broma, diciendo que si le ganaba me pagaba la cena. Le gané tres manos seguidas.

—¿Y quién le enseñó a usted a jugar así? —preguntó Sebastian, inclinándose hacia delante, los codos ya sobre la mesa antes de que Beatrice pudiera protestar por ello.

—Una de las chicas del dueño gordo. Rosalind, se llamaba. Muy buena persona, la verdá, aunque fuera prostituta. Me enseñó to’ los trucos que sabía, pa' que nadie me engañara cuando jugara con los hombres del puerto.

Se hizo un silencio en la mesa.

Dolly, todavía sonriendo por el recuerdo, levantó la vista y se encontró a los tres completamente inmóviles: Beatrice, con la boca entreabierta y el tenedor del postre detenido sobre el plato; William, con los ojos muy abiertos y la tez un poco pálida; y Sebastian, intentando contener la risa.

Fue el primero en reaccionar, con una carcajada que le salió incontrolable.

—Esto —dijo, entre risas, señalándola con el tenedor— va a ser bastante más complicado de lo que había pensado.

Dolly bajó la vista hacia su plato, notando por fin, con retraso, que algo en lo que acababa de contar no había sido lo más apropiado, sin saber muy bien qué hacer ni dónde meterse.

***

Después de la cena se habían trasladado a una salita más pequeña, con un fuego encendido que le calentaba las mejillas, y Dolly, entre el vino y el calor de la chimenea, había empezado a dar cabezadas sin poder evitarlo, la barbilla cayéndole hacia el pecho una y otra vez.

—Creo que ya hemos tenido bastante por hoy —dijo Beatrice y tiró del cordón para llamar a la doncella—. Anne, acompañe a la señorita Marchant a su habitación.

Dolly apenas recordaba haber subido las escaleras.

La habitación azul la recibió tal como la había dejado, salvo que ahora la cama estaba abierta y el fuego de la chimenea le daba a todo un calor distinto al de la taberna, un calor que no traía consigo el olor a humedad ni a pescado ni a sudor ni a cerveza rancia, sino algo limpio, como a madera quemándose despacio.

Anne la ayudó a quitarse el vestido rosa con el mismo cuidado de antes, y le puso encima una camisola blanca y suave. Dolly no supo de dónde había salido ni preguntó, demasiado cansada ya para que le importara.

—Buenas noches, señorita.

—Buenas noches —murmuró Dolly, y en cuanto la puerta se cerró detrás de la doncella, se levantó de la cama, mucho más despierta de repente de lo que había estado un instante antes.

Fue hasta el armario donde habían guardado sus botas viejas, las mismas que había llevado desde la taberna, y buscó en el interior de una de ellas hasta dar con lo que quería: una navaja pequeña, de mango gastado, que llevaba consigo desde que tenía memoria.

Se la había regalado su padre. Una muchacha sola no debía dormir sin nada bajo la almohada, ni en la buhardilla de una taberna ni, por lo visto, en la casa más lujosa que había pisado en su vida.

Nunca se sabía cuándo iba a hacer falta.

La deslizó bajo la almohada, con el mismo gesto de siempre, y se metió en la cama.

Nunca había estado en un colchón así. Se hundía justo lo necesario, ni mucho ni poco, y las sábanas olían a algo floral y ligero, sin ningún rastro de humedad ni de paja vieja.

El calor del fuego llegaba hasta la cama sin resultar sofocante, y por primera vez en mucho tiempo, Dolly no tuvo que hacerse un ovillo bajo una manta fina para evitar el frío.

Se durmió antes de terminar de pensarlo, con la mano cerca de la almohada, por costumbre, y la cara vuelta hacia la ventana, donde las cortinas azules dejaban entrar una rendija de luna que no se parecía en nada a la que entraba por la ventana torcida de su antiguo cuarto.