Una apuesta entre caballeros Capítulo 7. Seda rosa y una navaja bajo la almohada
17%

Capítulo 7. Seda rosa y una navaja bajo la almohada

La habitación era azul. No un azul cualquiera, sino un azul que a Dolly le recordó el Támesis en los días buenos, cuando el sol le sacaba destellos verdosos y plateados, solo que aquí el color del río estaba en las paredes, en las cortinas y en la colcha.

La cama era más grande que todo el cuarto que tenía Dolly en la taberna y parecía flotar sobre un colchón que se hundía cuando lo tocó, tan suave que costaba creer que hubiera plumas debajo y no solo aire.

Se quedó parada en el umbral un buen rato, sin atreverse a entrar del todo, hasta que Anne la empujó suavemente por el hombro hacia dentro.

—Vamos, señorita. El baño se enfría.

Fue entonces cuando Dolly vio la bañera, y todo su asombro por la habitación se convirtió en otra cosa completamente distinta.

Era de cobre, brillante, tan grande que un hombre podría haberse tumbado dentro cuan largo era, y estaba llena hasta un palmo del borde, con el vapor del agua subiendo como si hirviera a fuego lento.

—No pienso meterme ahí —dijo Dolly, retrocediendo un paso.

—¿Cómo dice, señorita?

—Que ahí me ahogo. —Señaló la bañera con el dedo—. Yo me lavo con un cubo y un paño, como Dios manda. Ahí dentro no cabe una persona sin quedarse bajo el agua.

Anne se rio, sin maldad, y otra doncella entró en ese momento por la puerta, más joven todavía que la primera, con toallas dobladas sobre el brazo.

—No se hunde usted, señorita, se lo prometo. Se sienta, y el agua le llega por aquí. —Anne se señaló el brazo por debajo del hombro—. Vamos, quitémosle el vestido.

—¿Cómo? —Dolly retrocedió otro paso, cruzando los brazos sobre el pecho—. No, no, yo me desvisto sola, no necesito que nadie me...

Pero las dos doncellas ya se habían puesto manos a la obra, una desabrochando por detrás y la otra sujetando por delante, los dedos moviéndose sobre los botones sin necesidad de mirarlos.

Dolly se tapaba como podía, roja hasta las orejas, pensando que esta gente rica no tenía ni pizca de decencia, que meter a dos mujeres a desvestir a una tercera como si fuera un pollo para el asador no podía ser cosa de gente elegante.

—Por favor —murmuró, más para sí misma que para ellas.

—Ya está, señorita, no se preocupe. Entre, el agua se enfría.

Dolly metió un pie, después el otro. Se agarraba tan fuerte al borde de la bañera que se le marcaban todos los nudillos. Se sentó despacio, con los ojos cerrados, esperando lo peor.

El agua le llegó justo por debajo de los hombros.

Abrió un ojo. Después el otro. No se hundía. El agua estaba caliente, de verdad caliente, como no lo había estado nunca ninguna que hubiera tocado en su vida, y algo en sus hombros, en su espalda, que llevaba tenso desde que tenía memoria, empezó a aflojarse poco a poco.

—¿Ve? —dijo Anne, sonriendo—. Ahora la cabeza atrás, que le lavamos el pelo.

Le echaron agua tibia con una jarra, despacio, y después algo espumoso que olía a flores, y unos dedos empezaron a frotarle el cuero cabelludo con una suavidad que Dolly no recordaba haber sentido nunca, ni siquiera de niña.

Cerró los ojos del todo esta vez, y se le escapó de la garganta un sonido que no había pretendido hacer, algo entre un suspiro y un gemido.

—Otra vez —dijo Anne, y le enjabonaron el pelo por segunda vez, y a Dolly le pareció que aquello, sencillamente, era lo más parecido a la gloria que había sentido en toda su vida.

Cuando por fin salió, envuelta en una toalla más grande que cualquier manta que hubiera tenido nunca, la sentaron frente a un espejo y le cepillaron el pelo hasta dejarlo suelto y brillante, sin un solo nudo, cosa que a ella le llevaba media hora de tirones y maldiciones cada domingo.

Bajo la luz de las velas, el pelo se le veía distinto de como lo recordaba: castaño cálido, con reflejos dorados que asomaban cada vez que Anne pasaba el cepillo, y Dolly no supo si era el jabón, o la luz, o simplemente que nunca lo había visto de verdad limpio.

Le frotaron las manos con un aceite que olía a almendras, le limpiaron y recortaron las uñas, negras de mugre en los bordes desde hacía tanto tiempo que Dolly ya ni se acordaba de que pudieran ser de otro color.

—Ahora el vestido —dijo Anne, sacando de un armario una prenda en color rosa pálido, sencilla, pero de una tela que Dolly reconoció, incluso sin saber su nombre, como mucho más fina que cualquier tejido que hubiera tocado antes.

—No puede ser pa' mí —dijo Dolly, mirándolo sin acercarse—. Eso es demasiado bonito.

—Es de la señora, de hace unos años. Ha dicho que se lo demos a usted.

—Pero yo no puedo aceptar eso...

—Son órdenes de la señora —dijo Anne, con una sonrisa que no dejaba mucho margen para discutir, y empezó a vestirla antes de que Dolly encontrara más argumentos.

El vestido le quedaba algo holgado en los hombros y en la cintura, pero el largo era el correcto.

El rosa pálido resaltaba contra el pelo, con sus reflejos dorados, y contra la piel que el baño había dejado limpia y algo sonrosada.

Cuando se miró en el espejo, Dolly no se reconoció.

No se parecía en nada a la muchacha que había entrado en aquella habitación una hora antes.

Cuando las doncellas se marcharon, Dolly se quedó sola, sentada en el borde de la cama, sin saber muy bien qué hacer con tanto silencio y tanto lujo alrededor.

Sobre una mesita junto a la ventana había una pluma y un tintero, dispuestos junto a un montón de papeles y sobres, con la misma pulcritud que todo lo demás en la casa.

Se acercó, y de su hatillo, todavía en el suelo junto a la puerta, sacó el único libro que tenía: su ejemplar de Manon Lescaut con sus tapas gastadas y las páginas que le faltaban al final, y lo colocó junto a la pluma.

Se quedó mirándolo. Desentonaba allí, entre tanto papel limpio y tanta plata pulida, como una piedra vieja en medio de un joyero.

Llamaron a la puerta, y Beatrice entró sin esperar respuesta, ya vestida para la noche, y se quedó un instante mirando a Dolly con una expresión que a ella le costó descifrar.

—Ahora sí —dijo Beatrice, con una sonrisa pequeña—. Ahora empiezo a ver a la señorita Marchant.

—Gracias, señora. Por to’ esto. —Dolly bajó la vista hacia el vestido rosa—. No sé cómo voy a pagárselo algún día.

—No hace falta que lo pague. Considérelo un préstamo del destino, que a veces también hace estas cosas.

—Beatrice se sentó en una silla junto a la ventana, con la misma elegancia con la que hacía todo—.

Cuénteme, ¿qué espera usted de todo esto?

De verdad, quiero decir. No lo que cree que debería decir.

Dolly se sentó también, en el borde de la cama, y no dudó demasiado antes de contestar.

—Que alguien me quiera, señora. De verdad. Y que ese amor termine en matrimonio, que es lo que pasa siempre cuando el amor es verdadero.

Beatrice la observó antes de hablar, y su cara adquirió una expresión mucho más seria.

—Desde mi experiencia, el amor no siempre acaba en matrimonio, señorita Marchant. A veces, incluso, solo trae sufrimiento.

Dolly frunció el ceño.

—No la entiendo, señora.

Beatrice miró el libro y después se volvió hacia Dolly, con una mirada tierna.

—No. Supongo que no.

***

Llevaban en la salita casi una hora, Beatrice preguntándole cosas y Dolly respondiendo cada vez con menos miedo, cuando la puerta se abrió y entraron Sebastian y William, ya vestidos para la cena.

—¿Dónde está la chica del puerto? —dijo Sebastian, mirando alrededor con fingida confusión, antes de posar los ojos en Dolly y quedarse un instante con la boca abierta—. Porque esta señorita, desde luego, no es ella.

Cruzó la sala hasta donde estaba sentada y le cogió la mano, llevándosela a los labios con una reverencia tan exagerada que Dolly no pudo evitar reírse.

—Un placer volver a conocerla, señorita Marchant.

William se había quedado en la puerta, un paso por detrás, y no dijo nada durante unos segundos. La miraba de una manera distinta a como la había mirado en todo el día, con algo parecido al asombro, aunque intentaba disimularlo con no mucho éxito.

—Está usted... —empezó, y la frase se le cortó sola.

—Cambiada —terminó Beatrice por él, con una sonrisa pequeña, y William asintió.

La cena se sirvió poco después, en un comedor con una mesa larguísima cubierta de un mantel blanco tan planchado que Dolly tuvo miedo de tocarlo.

Delante de su plato había más cubiertos de los que había visto juntos en toda su vida, y tres copas distintas, y ella se sentó en cuanto llegó, porque le pareció lo natural, sin esperar a que los demás lo hicieran.

—Señorita Marchant —dijo Beatrice, con suavidad.

Dolly miró alrededor y vio a los tres todavía de pie, esperando junto a sus sillas, y se puso en pie tan rápido que la silla estuvo a punto de caer hacia atrás.

—Perdón, perdón, no sabía...

—Se sienta cuando el anfitrión lo hace primero —explicó Beatrice, sin ningún reproche en la voz—. Y el caballero que la acompaña le retira la silla. Vuelva a intentarlo.

Volvieron a empezar, esta vez con William apartándole la silla, con una torpeza que no encajaba con sus modales de siempre.

En cuanto trajeron el primer plato —una sopa clara con algo verde flotando que Dolly no supo nombrar—, se lanzó a comer con el mismo apetito de siempre, la cuchara a medio camino de la boca antes de que los demás hubieran tocado la suya.

Se detuvo notando las miradas.

—Se me había olvidao que aquí no hay que vigilar que no le roben la comida a una —dijo, dejando la cuchara con un cuidado exagerado, y Sebastian tembló intentando contener una risa que hizo que su copa temblara.

—Con el tiempo, no tendrá que recordarlo —dijo Beatrice.

Durante el resto de la sopa hablaron del plan: el apellido Marchant, decidieron, no serviría; sonaba demasiado a lo que era.

Sebastian propuso Marchmont, con esa vocal de más que le daba, según él, el peso justo de antigüedad sin resultar pretencioso, y Dolly repitió el nombre en voz baja un par de veces, probándoselo como se había probado el vestido rosa esa tarde.