Capítulo 6. Sin cuna, apellido o dote
En cuanto la puerta se cerró detrás de Dolly, Beatrice se levantó y se volvió hacia ellos dos.
William reconoció de inmediato la expresión de su cara: la misma con la que Beatrice solía desmontar los argumentos de un pretendiente inoportuno en mitad de un baile, solo que ahora apuntaba directamente hacia ellos.
—¿Cómo se atreven? —dijo, sin levantar la voz, lo cual la hacía parecer más enfadada—. ¿Cómo se les ocurre jugar así con la vida de una muchacha?
Hizo una pausa.
—Porque de eso se trata, caballeros. No de una apuesta entre amigos con una botella de más encima. De la vida de una persona.
Sebastian frunció el ceño.
—Vamos, vamos. No es para tanto. Si lo piensa bien, vamos a cambiarle la vida a esa muchacha. Para mejor. De fregona a dama en una temporada, con propuestas de matrimonio de hombres respetables. Muchas mujeres matarían por esa oportunidad.
—¿La oportunidad de qué, exactamente? — Beatrice dio un paso hacia él, visiblemente enojada—.
¿De fingir ser alguien que no es delante de gente que la despreciaría sin dudarlo si supiera la verdad?
¿De pasar cinco meses aprendiendo a esconder todo lo que es, con la esperanza de que nadie se dé cuenta?
—Cuando lo dice así, suena peor de lo que...
—Suena exactamente como lo que es, señor Fitzwilliam —interrumpió Beatrice—. Y lo peor no es lo que le han pedido a ella. Es lo poco que les ha costado pedírselo. ¿Cuánto tardaron? ¿Una hora? ¿Dos jarras de cerveza?
—Quizás fueran algo más de dos… — intentaba justificar Sebastian, mientras Beatrice empezó a pasearse por la habitación, mirándolos a ambos.
—Esa muchacha va a pasar meses de su vida jugándose lo poco que tiene, y a ustedes les bastó una noche de borrachera para decidir que era una buena idea.
Sebastian abrió la boca, pero Beatrice levantó una mano.
—¿Qué saben de ella? ¿De su familia? ¿De dónde viene? ¿Quién va a responder por ella si esto sale mal?
Nadie dijo nada. William pensó en la cara de Dolly en el muelle, las lágrimas, los churretes, la barbilla que se negaba a bajar del todo. Dio un paso al frente antes de que Sebastian pudiera contestar.
—Tiene razón. No tengo ninguna excusa. —Le costó decirlo, pero no apartó la mirada mientras lo hacía—. Sé perfectamente el daño que hemos causado. Lo he visto en su cara esta mañana, en el muelle, y no he podido dejar de pensar en ello desde entonces.
Sebastian se removió en el asiento y se levantó despacio.
—Bueno, lo hecho, hecho está. No parece que tenga a nadie. Nos contó que sus padres habían fallecido y no parecía que la dueña de la taberna, la señora Peck, la tuviese en mucha estima.
—Sebastian tiene razón en una cosa, aunque no en cómo lo ha dicho.
—William no apartó los ojos de Beatrice—.
Lo hecho, hecho está. Podemos pasarnos la mañana entera reprochándonoslo y seguirá siendo verdad que esa muchacha se despertó hoy sin trabajo, sin cuarto y sin ningún sitio adonde ir por algo que empezamos nosotros.
Hizo una pausa.
—Devolverla a la calle no repara nada. Lo único que podemos hacer ahora es cumplir con lo prometido y hacerlo bien. No como una apuesta de borrachos, sino como es debido.
Beatrice lo observó en silencio.
—Con usted vigilando que lo hagamos así, si acepta —añadió William—. Con su ayuda estoy seguro de que podemos arreglar toda su situación.
Beatrice no contestó enseguida. Se quedó mirando a William y después volvió a sentarse, despacio, alisándose la falda sin necesidad.
—Con usted vigilando —repitió, sin ninguna burla, casi para sí misma—. Qué manera más cómoda de pedirle a otra persona que cargue con la parte difícil de su error.
—No se lo pido como un favor fácil —dijo William—. Sé lo que estoy pidiendo.
—No, no lo sabe. —Beatrice cruzó las manos sobre el regazo—. Lo que me están pidiendo no es que la aloje unos días, lord Harwood. Es que forme parte de esto. Que ayude a convertir a una muchacha sin un penique en la pieza de una apuesta entre dos hombres que se aburrían una noche.
Sebastian hizo un gesto de protesta.
—No era exactamente...
—Era exactamente eso, señor Fitzwilliam. —Beatrice lo miró—. Y no voy a fingir que no lo es solo porque a usted le resulte más cómodo llamarlo de otra manera.
Sebastian guardó silencio.
—Ella no tiene nada —continuó Beatrice—.
Ni dinero, ni familia que vaya a preguntar por ella si esto sale mal.
Eso la hace fácil de convencer, y ustedes dos ya lo aprovecharon una vez.
Lo que me pregunto es si ahora, sobrios, siguen dispuestos a aprovecharlo otra vez, solo que con mi nombre puesto encima para que resulte más convincente.
Nadie habló. William fue el primero en romper el silencio.
—Entonces díganos que no.
Beatrice alzó la mirada.
—Si de verdad cree que estamos aprovechándonos de ella, dígalo ahora y la llevaremos a otro sitio. No voy a discutírselo.
Beatrice lo miró un instante de más antes de contestar.
—No he dicho que vaya a decirles que no —dijo—.
He dicho que no pienso participar en esto a la ligera, que es distinto.
—Se levantó de nuevo y caminó hasta la ventana, dándoles la espalda, mirando hacia el jardín donde antes había mirado William—.
Si accedo, no es porque la apuesta me parezca ingeniosa, ni porque ustedes dos merezcan que les saque las castañas del fuego.
Es por ella. Porque ya ha perdido lo poco que tenía y porque si alguien no se asegura de que esto se haga con algo de decencia, nadie más lo hará.
Se dio la vuelta.
—Aunque también hay algo más. —Su tono se volvió más frío—. Llevo veinte años viendo cómo esta sociedad decide quién merece un buen matrimonio y quién no, y la respuesta siempre es la misma: cuna, apellido, dote.
Dejó que las palabras quedaran suspendidas.
—Nunca carácter. Nunca inteligencia. Y si esa muchacha tiene la mitad del temple que ha demostrado esta mañana en mi salón —continuó Beatrice—, me gustaría ver qué pasa cuando alguien como ella se mete en ese juego y gana la partida, sin que nadie sepa las cartas que tenía en realidad.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Debo admitir que la idea no me disgusta del todo.
William la observó con atención. Empezaba a comprender que, quizás, Beatrice no estaba aceptando la apuesta. Estaba aceptando el reto.
—Pero no nos engañemos —añadió mientras tomaba asiento otra vez—.
Lo que no podemos hacer es tenerla aquí, en mi casa, hasta el comienzo de la temporada.
Londres está lleno de gente sin nada mejor que hacer que preguntarse quién es la joven nueva que ha aparecido en casa de la duquesa de Blackmoor, y las respuestas que se inventarán solas serán mucho peores que la verdad.
—¿Cuánto tiempo cree que tenemos? —preguntó William.
—Una semana, quizás dos, antes de que empiecen las preguntas incómodas.
Menos si alguna visita la ve por error en un pasillo con el pelo suelto y sin instruir todavía.
—Beatrice se llevó los dedos a la sien—.
Necesitamos sacarla de Londres pronto, a algún sitio donde nadie tenga motivos para preguntarse quién es, y donde pueda aprender sin que cien pares de ojos la estén juzgando desde el primer día.
Se hizo un silencio breve.
—Llevo pensándolo desde que salimos del muelle —dijo William, aprovechando la pausa—. No queda otra que llevarla a Faircross. Si alguien la descubre antes de tiempo, en Londres, todo habrá acabado incluso antes de tener la oportunidad de comenzar.
—Podríamos hacerla pasar por una prima lejana mía —propuso Sebastian—. Nadie pregunta demasiado por primas lejanas. Siempre hay alguna rama de la familia de la que nadie se acuerda bien.
—Eso podría funcionar —dijo Beatrice, pensativa—. Pero antes de hablar de primas y de Faircross, hay algo más urgente. Si quieren que pase por una señorita, lo primero es que parezca una. Y ahora mismo no tiene ni un vestido decente que ponerse.
—Por supuesto —dijo William inmediatamente—. Todos los gastos correrán de mi cuenta. Lo que haga falta.
Beatrice arqueó una ceja.
—Eso era de esperar.
William ignoró el comentario.
—Hoy mismo escribiré a mi familia. Les anunciaré que volveré acompañado de una prima lejana de Sebastian y pediré a mi abuela que la tome bajo su protección.
—Yo me quedaré con ella estos días —dijo Beatrice—. La llevaré a una modista de mi confianza. Sabe guardar silencio cuando se le paga para ello.
William miró el reloj de la repisa.
—Tengo que irme. Una cita con mi banquero que no puedo posponer más.
Beatrice se levantó.
—Vayan.
William y Sebastian se dirigieron hacia la puerta.
—Pero esta noche cenarán aquí los dos —añadió Beatrice.
Ambos se volvieron.
—Necesitamos hablar con más calma de todo esto. Y prefiero hacerlo con la cabeza despejada, sin prisas de por medio.
William asintió.
***
Cuando salieron de la habitación, Beatrice se quedó sola.
Dolly, Dorothea Marchant. Una muchacha sin cuna, sin apellido y sin dote.
Ella misma era exactamente lo contrario —cuna intachable, apellido antiguo, dote generosa— y sabía mejor que nadie lo poco que todo eso tenía que ver, en realidad, con merecer algo.
Había visto a necias con buen nombre casarse por encima de lo que merecían y envejecer felices sin haber tenido que demostrar nunca nada; había visto a mujeres con el doble de inteligencia y la mitad de suerte languidecer en los márgenes de cada salón, invisibles.
La sociedad decidía quién merecía un lugar en el mundo sin mirar lo que valía de verdad cada persona. Dolly iba a tener la oportunidad de demostrar lo contrario, aunque fuera a costa de una mentira.
No era una buena razón para participar en un engaño.
Beatrice lo sabía perfectamente. Pero llevaba tanto tiempo viendo la farsa desde dentro, sin poder hacer nada más que servir el té con la espalda recta, que la tentación de torcerle el brazo a la sociedad, aunque fuera una sola vez, le resultaba, para su propia sorpresa, casi imposible de rechazar.
Miró hacia la puerta por la que Dolly había desaparecido unos minutos antes y después hacia la ventana, reflexionando sobre la joven que había visto sentada en su salita.
Una muchacha sin cuna, sin apellido y sin dote.
Beatrice sonrió apenas.
—Veremos qué hace con todo lo demás, querida.