Capítulo 5. Té frío en taza de porcelana
No había carruaje propio esperándolos, así que Sebastian tuvo que ir a buscar uno de alquiler entre los que rondaban cerca de los muelles, de esos que llevaban a cualquiera que pagara sin hacer demasiadas preguntas sobre su aspecto.
El cochero los miró dos veces, primero a ella y después al par de caballeros bien vestidos que la acompañaban, pero se guardó cualquier comentario cuando Sebastian le puso las monedas en la mano.
Sebastian le abrió la portezuela y le ofreció la mano para subir, como si ella fuera cualquier otra dama a la que ayudar a entrar en un carruaje y no una joven que hasta hacía menos de una hora trabajaba en una de tantas tabernas de los muelles.
Dolly miró la mano tendida antes de aceptarla, sin saber muy bien qué hacer con tanta cortesía repentina, y subió primero, seguida de los dos hombres.
Se sentó en el borde del asiento, con el hatillo sobre las rodillas y las manos encima, sujetándolo con fuerza.
—Bueno —dijo Sebastian, en cuanto el carruaje empezó a moverse, dando una palmada suave en su rodilla—, deberíamos empezar por lo básico. ¿Cómo se llama usted, además de Dolly?
—Dolly a secas, señor. No tengo otro nombre.
—Todo el mundo tiene otro, aunque no lo use.
—Dorothea —dijo ella, después de un momento; pronunciar ese nombre todavía le costaba—. Pero nadie me llama así desde que murió mi padre. Prefiero Dolly.
—Dorothea. —Sebastian lo repitió despacio, sopesándolo—. ¿Y de apellido?
—Marchant. Dorothea Marchant.
—Bien. Habrá que darle algo más de lustre, pero por algo se empieza. ¿Y de dónde es, señorita Marchant? No creo que naciera detrás de esa barra.
—De por ahí. —Dolly hizo un gesto vago hacia la ventanilla, hacia el puerto que iba quedando atrás—. Mi padre trabajaba en los muelles. Murió cuando yo tenía diez años.
—Lo siento.
—No hace falta que lo sienta. Usté no lo conocía.
Sebastian asintió con la cabeza y siguió preguntando: por su madre, que había muerto antes, por cuánto tiempo llevaba con la señora Peck, por si sabía leer bien o solo un poco.
Dolly fue contestando, primero con desconfianza y después, poco a poco, con menos, porque el hombre preguntaba con una curiosidad que parecía de verdad, y porque cada dos o tres preguntas soltaba algún comentario que la hacía sonreír a su pesar.
William, en cambio, no había abierto la boca desde que subieron al carruaje.
Se había sentado en el rincón opuesto, con la mirada clavada en la ventanilla de su lado, y no la había mirado a ella ni una sola vez, ni siquiera de reojo.
Cada vez que ella hablaba, él apretaba un poco más las manos que llevaba sobre las rodillas.
Dolly lo observó un instante, de perfil: la mandíbula tensa, los ojos fijos en algo que no estaba realmente ahí fuera.
Aquel no era el mismo hombre de la noche anterior, el que le había preguntado si quería ser una dama, borracho y serio a partes iguales, lo bastante para que ella se lo hubiera creído entero.
Este otro parecía completamente distinto, cargando con algo que a ella no le explicaba y que ella, decidió, tampoco pensaba preguntarle.
De los dos, se fiaba más del rubio. Al menos ese le hablaba de frente, aunque fuera con esa media sonrisa que parecía no quitarse nunca. En cuanto al otro, a Dolly le costaba confiar en un hombre que no era capaz de mirarla a la cara.
El carruaje siguió avanzando, y las calles fueron cambiando poco a poco: primero las callejuelas estrechas del puerto dieron paso a calles algo más anchas, con más tiendas y menos barro. Y entonces, sin transición que a ella le pareciera anunciarlo, todo cambió de repente.
Las casas dejaron de ser casas y empezaron a ser otra cosa que Dolly no tenía palabras para nombrar: fachadas blancas tan anchas como toda la calle donde ella había vivido, con columnas a la entrada como las de los templos que salían dibujados en sus fascículos, y verjas de hierro negro tan altas como dos hombres, custodiando jardines más grandes que cualquier plaza que hubiera pisado en su vida.
Carruajes mucho más elegantes que el suyo cruzaban en dirección contraria, con escudos pintados en las puertas, y criados de librea abrían portones para dejar pasar a gente que ni se dignaba a mirar a la calle.
Dolly se quedó con la cara pegada al cristal, la boca entreabierta, sin encontrar nada que decir.
En sus fascículos había leído sobre casas así, sobre nobles y sus salones.
Nunca las había creído más reales que los dragones o los naufragios que salían en las historias que leía.
Nunca había pensado que pudiera cruzarlas en un carruaje de alquiler, con la mugre de la taberna aún pegada a la piel.
***
Un hombre de librea azul oscuro y botones dorados les abrió la puerta antes de que Sebastian llegara a tocar la aldaba.
Miró a Sebastian, después a William, y por último a Dolly, y no apartó los ojos de ella tan rápido como de los otros dos, con esa expresión que la gente ponía cuando no sabía en qué categoría meterla.
—Fitzwilliam —dijo Sebastian, sin más presentación—. Necesito ver a la duquesa. Es urgente.
—Voy a anunciarle, señor.
Los hicieron pasar a una sala mientras Sebastian desaparecía escaleras arriba con el criado, y Dolly se quedó allí, junto a William, sin saber muy bien qué hacer con su propio cuerpo.
La sala era más grande que toda la planta baja de la taberna, con las paredes cubiertas de un papel color crema con dibujos dorados y cortinas tan pesadas que parecían de otro material que ella no conocía.
Había sillones tapizados en terciopelo verde y una mesita con las patas simulando las garras de un león.
En una esquina, había un espejo de marco dorado tan grande que Dolly pudo verse entera dentro de él.
El espejo le devolvía el terciopelo verde de los sillones y la luz de la ventana derramándose sobre la alfombra, y en medio de todo aquello, ella.
Era lo único de la sala que no brillaba.
El vestido le colgaba de los hombros y, aunque llevaba la cinta de la cintura anudada todo lo prieta que daba de sí, todavía le sobraba tela por todas partes. Se apartó un paso para salir del marco.
Miró los sillones y decidió que no. No con esa ropa.
Se quedó de pie, junto a la puerta, con las manos entrelazadas delante, mirándolo todo con la boca entreabierta.
William tampoco se sentó. Se quedó de pie al otro lado de la sala, con las manos a la espalda y la mirada fija en la ventana que daba al jardín.
Pasaron casi veinte minutos antes de que la puerta se abriese y apareciese una mujer que hizo que todo lo demás en la sala pareciera de repente menos interesante.
Llevaba un vestido azul con detalles en negro, de talle alto.
La tela de la falda caía en pliegues que se mecían a cada paso, vivos, inquietos.
El pelo, recogido en lo alto, lo sujetaba con una peineta que brillaba cada vez que giraba la cabeza.
No era joven —Dolly calculó que tendría cerca de cuarenta años, quizás algo menos—, pero había algo en la manera de moverse, en la barbilla alta y la mirada directa, que hacía que la edad pareciera lo de menos.
Era, sencillamente, la mujer más hermosa que Dolly había visto nunca, y la más distinta a ella misma que pudiera imaginarse: donde Dolly era pelo oscuro despeinado y manos rojas, aquella mujer era pulcritud entera, de la cabeza a los pies.
Dolly sintió que tenía que decir algo a la altura de lo que tenía delante, y las palabras le salieron antes de pensarlas.
—Gracias por recibirme, su majestad —dijo, con la voz un poco más aguda de lo que pretendía, y una reverencia torpe que no le salió del todo bien—. Su morada es de una elegancia y opulencia verdaderamente sobrecogedoras. Jamás había contemplado semejante refinamiento “arquitetónico”.
Se hizo un silencio breve, y William, desde su rincón junto a la ventana, se llevó una mano a la cara con un golpe repentino.
Pero la mujer no se rio. La miró sin decir nada, con la cabeza algo inclinada. Era una mirada distinta de todas las que había recibido esa mañana: ni lástima, ni desprecio, ni la curiosidad divertida de Sebastian.
—Su excelencia habría sido más exacto —dijo, sin ninguna burla en la voz—, pero le agradezco el cumplido de todos modos, dicho con tanto entusiasmo. Mi nombre es Beatrice, duquesa de Blackmoor. Por favor, tome asiento.
—No querría estropear unos muebles tan bonitos, señora. Vengo... —Dolly se miró el vestido, sin terminar la frase.
—Insisto. —Beatrice señaló uno de los sillones de terciopelo verde con un gesto que no admitía discusión, y se sentó ella misma en el de enfrente, con una elegancia que a Dolly le pareció imposible de aprender en toda una vida, y no digamos en una temporada—. ¿Le apetece un té?
Un criado trajo una bandeja con una tetera de porcelana tan fina que Dolly tuvo miedo de tocarla, y unas tazas tan pequeñas que parecían de juguete. Beatrice sirvió ella misma, sin esperar al criado, y le tendió una taza a Dolly con un gesto tan natural que resultaba casi imposible negarse.
Dolly la sostuvo con las dos manos, sin atreverse a beber todavía, mirando cómo Beatrice se llevaba la suya a los labios sin derramar ni una gota, sin hacer ruido.
—El señor Fitzwilliam me ha explicado su situación —dijo Beatrice, dejando la taza en el platillo con un tintineo pequeño y preciso—. Si a usted le parece bien, se quedará conmigo unos días, mientras se decide qué hacer. He mandado preparar la habitación de invitados.
—Es demasiado, señora. —Dolly negó con la cabeza, apretando la taza—. Puedo dormir con el servicio, no quiero causar molestia.
—En las habitaciones del servicio duermen los sirvientes —dijo Beatrice, sin dejar espacio a la réplica—. Usted, a partir de ahora, es mi invitada. Y las invitadas duermen en los cuartos de invitados.
Sebastian, de pie junto a la chimenea, asintió con entusiasmo, como si Beatrice acabara de resolver el problema más difícil de la mañana con una sola frase. William seguía junto a la ventana, de espaldas casi por completo a la conversación, con la vista perdida en el jardín.
—Hábleme de usted —dijo Beatrice, mirándola sin desviar los ojos, de un modo que hacía imposible escurrir la respuesta—. No de dónde viene, eso ya me lo ha contado el señor Fitzwilliam. Cuénteme cómo es usted.
Dolly dudó, sin saber muy bien qué parte de sí misma merecía la pena contar.
—No sé qué quiere que le diga, señora.
—Empecemos por algo sencillo. ¿Sabe leer?
—Sí, señora. Mi padre me enseñó, antes de morir. Y después seguí sola, con lo que caía.
—¿Y qué lee?
Dolly notó que se le encendían las mejillas.
—Fascículos, señora. De esos que venden por entregas. Historias de amor, sobre to’.
Esperaba una sonrisa condescendiente, la misma que había visto en tantas caras esa mañana, pero Beatrice se limitó a asentir, y pasó a la siguiente pregunta sin pausa, antes de que a Dolly le diera tiempo a avergonzarse.
—¿Y sabe coser? ¿Bordar?
—Sé remendar, señora, que no es lo mismo. Coser un botón, zurcir un roto. No sé bordar flores ni nada de eso.
—¿Sabe bailar?
—No, señora.
—¿Tocar algún instrumento?
—No, señora.
—¿Francés?
Dolly negó con la cabeza, cada vez más pequeña en el sillón, sintiendo que cada pregunta abría un agujero más en el suelo bajo sus pies.
Beatrice, sin embargo, no parecía estar llevando la cuenta de sus fallos con ningún propósito de humillarla; hacía las preguntas con la misma tranquilidad con la que se pregunta la hora.
—No sabe nada de lo que hace falta saber —dijo Beatrice al fin, sin dureza—. Lo cual, para ser sincera, no me sorprende, y tampoco es lo más importante ahora mismo.
—¿Y qué es lo más importante, señora?
Beatrice se la quedó mirando, con una expresión tierna que a Dolly le pareció completamente sincera.
—Si tiene usted el temple necesario para todo esto. Lo demás se enseña. El temple, no.
Dolly no supo qué responder a eso, así que se bebió, por fin, el té, que se había quedado casi frío en la taza, y descubrió que le sabía mejor de lo que había esperado.
Beatrice tiró de un cordón junto a la chimenea, y al poco apareció una doncella joven, con el uniforme impecable y las manos entrelazadas delante del delantal, esperando instrucciones.
—Anne, acompañe a la señorita Marchant arriba. He mandado preparar un baño para ella.
—No será necesario, señora —dijo Dolly, incorporándose ya del sillón—. Me he lavao bien la cara y las manos antes de venir.
Sebastian soltó una carcajada y se llevó una mano a la boca demasiado tarde para disimularla.
Beatrice se giró hacia él con una calma que resultaba más severa que cualquier grito.
—¿Le hace gracia algo, señor Fitzwilliam?
—No, yo... —Sebastian carraspeó, intentando recomponer la cara.
—¿Necesita usted también que alguien le enseñe modales, para aprender a comportarse como un caballero? Porque, por lo que estoy viendo esta mañana, no le vendría mal repasar algunos.
La risa de Sebastian se cortó en seco y bajó la vista hacia la alfombra. Tenía las orejas algo enrojecidas, y no encontró nada que responder.
Dolly, sin entender del todo por qué el comentario había tenido tanto efecto, pero disfrutando bastante del resultado, se despidió con una inclinación de cabeza —esta vez algo menos torpe que la reverencia de antes— y siguió a la doncella hacia la puerta.
—Por aquí, señorita —dijo Anne, y Dolly se descubrió sonriendo al oírse llamada así, señorita, aunque solo fuera por una doncella que probablemente se lo decía a todas por igual.