Capítulo 4. El peso de la palabra empeñada
Algo golpeaba desde dentro de su cráneo, con la regularidad exacta de un reloj mal engrasado.
William abrió los ojos y se arrepintió de inmediato: una luz gris y sucia entraba por una ventana diminuta, y hasta esa luz parecía tener intención de hacerle daño.
Tenía la boca tan seca como la suela de un zapato.
No reconoció el techo. Bajo, inclinado, con una mancha de humedad justo encima de su cabeza. Se incorporó despacio, y el movimiento le costó un mareo que le obligó a quedarse quieto unos instantes, con los ojos cerrados, esperando a que el cuarto dejara de moverse.
Olía a puerto, a humedad vieja y a paja mojada. Se miró: seguía vestido, con el pañuelo deshecho colgándole del cuello y una bota puesta y la otra tirada en el suelo, a medio metro de la cama. No recordaba habérsela quitado. En realidad, tampoco recordaba muy bien cómo había llegado hasta allí.
Un baile. Eso sí lo recordaba, con una claridad turbia como si mirase a través de un vaso lleno de agua sucia. Un salón, muselinas, la señora Halworth. Después, calles estrechas. El olor a pescado. Sebastian insistiendo en algo.
Después de eso, solo fragmentos, sueltos y sin orden: un vaso de ron que no recordaba haber pedido. Una risa que no era la de Sebastian. Una muchacha de pelo oscuro moviéndose entre las mesas con una bandeja.
Se pasó las manos por la cara y descubrió que le dolía hasta el gesto de tocarse.
Se calzó la bota que le faltaba, se ajustó el pañuelo sin conseguir que quedara decente, y se levantó con cuidado sin confiar demasiado en sus propias piernas.
La habitación tenía dos pasos escasos hasta la puerta.
La abrió despacio, asomándose antes de salir del todo, sin saber qué iba a encontrarse al otro lado.
Un pasillo estrecho, otra puerta cerrada, unas escaleras que bajaban en curva hacia algún sitio de donde llegaba ruido. William las tomó agarrándose a la pared, un escalón cada vez, con el corazón latiéndole en las sienes.
Abajo, la sala de la taberna se veía distinta a la luz del día: más pequeña y gris. Y allí, sentado a la mesa, con un plato de huevos con salchichas y pan recién hecho, estaba Sebastian. El pelo perfectamente peinado y la ropa impoluta.
—¡William! —Sebastian levantó la vista con una sonrisa que a esas horas resultaba casi ofensiva—. ¿Qué tal has dormido? En mi vida había pasado la noche en un colchón de paja tan generoso. ¿Te apetece desayunar?
William se dejó caer en la silla de enfrente sin responder, y el crujido de la madera le pareció innecesariamente ruidoso.
—¿Cómo puedes estar así?
—¿Así cómo?
—Así. —William hizo un gesto vago hacia todo Sebastian—. Tan… tan entero.
—Práctica, William. Años de práctica.
—Jamás me había excedido tanto. —William apoyó los codos en la mesa y enterró la cara entre las manos—. Sebastian, recuérdame por qué somos amigos.
—No lo sé. Yo diría que adoras mi facilidad para tomar malas decisiones. Así las tuyas siempre parecen buenas. —Bebió un sorbo de café, sin ninguna prisa—. Hasta anoche.
William soltó una risa que le retumbó en entre las sienes como un cañonazo. Desde algún lugar detrás de la barra llegaban voces —una mujer dando órdenes y alguien respondiendo entre dientes— y cada sonido le atravesaba la cabeza a William con una precisión que le pareció personal.
—¿Qué pasó anoche? —preguntó, con apenas un hilo de voz y los ojos entornados contra la luz.
Sebastian se llevó un trozo de pan a la boca, y no contestó inmediatamente. Después de tragar, le preguntó:
—¿Qué es lo último que recuerdas?
William se frotó las sienes, intentando que el esfuerzo de pensar no le costara tanto como parecía costarle.
—Una jarra de cerveza. Y a alguien riéndose.
—Eso no reduce mucho el rango horario —dijo Sebastian, y le dio otro mordisco al pan, sin ninguna prisa por continuar—. ¿Seguro que no quieres desayunar? Son los mejores huevos con salchichas que he probado en toda mi vida. No sé qué le echan, pero deberían venderlo embotellado.
William miró el plato, y el plato le devolvió una mirada que no le gustó nada.
—Ni lo menciones. Mi estómago ha presentado su dimisión esta mañana.
—Tú mismo.
En ese momento la puerta de la cocina se abrió, y por ella salió una joven de pelo oscuro que William recordaba solo a medias, seguida de cerca por una mujer con el delantal manchado, que la perseguía a voces sin importarle quién la oyera.
—¡Pequeña ladronzuela desagradecida! ¿Te crees que puedes irte así, sin más, después de todo lo que he hecho por ti? ¡Te recogí de la calle, mocosa, y así me lo pagas!
La joven no se giró a responder. Cruzó la sala con la barbilla alta y paso firme, directa hacia la mesa donde estaban sentados William y Sebastian. Al llegar a su altura dejó sobre la mesa, entre los platos del desayuno, un pequeño hatillo hecho con un pañuelo anudado.
—Bien —dijo, con la barbilla en alto, mirando primero hacia Sebastian y después hacia William—. Estoy lista para marcharme con ustedes.
William se quedó mirando el hatillo, y después a ella, sin comprender lo que acababa de oír.
—¿Cómo dice?
Sebastian, por toda respuesta, rompió a reír otra vez, con tantas ganas que tuvo que dejar el pan sobre el plato para no atragantarse.
***
Habían salido de la taberna casi corriendo, con Sebastian pagando el desayuno y las habitaciones a toda prisa, sin esperar el cambio, mientras la señora Peck —Dolly les había dicho su nombre en algún momento de la refriega— seguía gritando desde la puerta que no quería volver a verlos ni a ellos ni “a la buena para nada” por allí.
Ahora estaban los tres en el muelle, con el viento frío del río metiéndose por debajo de las capas, y Dolly esperaba unos pasos atrás, junto a un poste de amarre, con el hatillo apretado contra el pecho.
—¿Qué quieres que haga con ella? —preguntó William, en voz baja, sin volverse hacia donde estaba Dolly.
—¿Cómo que qué? —Sebastian lo miró como si la pregunta no tuviera sentido—.
Llevarla contigo, para empezar. Instruirla, como dijiste anoche.
Enseñarle modales, conversación, lo que haga falta, y en la siguiente temporada tiene que haber recibido al menos tres propuestas de matrimonio.
Ese era el trato, William. Tú lo propusiste así.
—No hubo ningún trato, Sebastian. Hubo una apuesta hecha entre dos hombres borrachos a las tres de la madrugada.
—Una apuesta sigue siendo una apuesta, borracho o sobrio.
—¿Estás loco? —William se pasó la mano por la cara, notando cada latido detrás de los ojos—.
No puedo llevarme a una desconocida a mi casa.
No puedo instruirla durante cinco meses.
No puedo... —Se detuvo, buscando la manera de decir lo que ya llevaba un rato pensando—.
Lo mejor será devolverla al lugar de donde ha salido.
Está claro que anoche no estaba en mis cabales.
—William. Le diste tu palabra.
—Sebastian, ahora no.
—Solo digo que la diste. Delante de mí. Delante de ella.
Un ruido de pasos apresurados en la madera del muelle le hizo darse la vuelta. Dolly se había acercado sin que ninguno de los dos se diera cuenta, y por la cara que traía, había oído bastante.
—No puede hacer eso —dijo, con la voz quebrada—. Lo prometió. Me dio su palabra de caballero.
—Escuche...
—¡Usté dijo que me amarían! —La voz se le subió de golpe, aguda, atropellada, y a William le pareció ver que le temblaba la barbilla, esa misma barbilla que la noche anterior se había mantenido tan alta—.
¡Eso dijo! Delante de su amigo, con esa cara de honrao, y yo le creí, porque un caballero no dice esas cosas pa' reírse.
Dejé mi trabajo. Dejé mi cuarto. ¡La señora Peck me ha echao esta mañana en cuanto se ha enterao, me ha dicho que no vuelva a poner un pie en su taberna nunca más!
—Lo siento —dijo William, y las palabras le sonaron huecas incluso a él mismo—. No puedo hacer nada por usted. Está claro que hubo un error anoche...
—¡Un error! —Dolly soltó una risa amarga, sin nada de gracia en ella—.
Pues menudo caballero está usted hecho. Vienen ustés, dos finolis, con sus levitas y sus modales, a reírse de una que no tiene ni dónde caerse muerta, ¡y encima me viene ahora con que fue un error!
Usted no es ningún caballero. Es un embustero con chaleco bueno, que es distinto.
Un par de estibadores que descargaban cajas de un barco cercano habían dejado de trabajar y miraban hacia ellos. Un hombre se aproximó un par de pasos, parecía deseoso de ver algo más que cajas descargándose. William sintió que se le subían los colores.
—Está bien, está bien. —Bajó las manos en un gesto que pretendía calmarla y que solo consiguió hacerla hablar más alto—. Vayamos a otro sitio más tranquilo, esto no es lugar para...
—¡No me diga usté dónde es lugar y dónde no! —Pero ya bajaba la voz, aunque solo fuera un poco, mirando de reojo a los hombres que los observaban desde los barcos—. Usté dijo que me amarían.
Se le quebró del todo la voz en esa última frase, y las lágrimas le resbalaron por las mejillas, dejándole churretes en la cara.
No se las secó. Se quedó allí plantada, con el hatillo contra el pecho, sin apartar los ojos de William ni un segundo, como si esperase que él se retractara. Él no supo qué decir.
—Espere aquí, por favor —le dijo Sebastian a Dolly, con una suavidad que no era su tono habitual—. No nos vamos a ninguna parte sin usted, se lo prometo.
Dolly no contestó, pero tampoco se movió, y se quedó allí, de pie, con la vista perdida en el agua gris del río.
Sebastian la miró, con una expresión seria que William no le había visto en toda la mañana, y después le puso una mano en el hombro a William y lo apartó unos pasos, hacia el borde del muelle, donde el ruido del agua contra los pilotes les daba algo de intimidad.
—Beatrice —dijo Sebastian, ya lejos de donde ella pudiera oírlo—. Llevémosla a casa de Beatrice.
William tardó un momento en entender lo que acababa de escuchar.
—¿Estás proponiendo llevar a una fregona a casa de tu amante? ¿A casa de una duquesa?
—No hables de ella así, William, ni de Beatrice ni de la muchacha. —Sebastian había perdido el tono de broma—. Y sí, eso es exactamente lo que propongo.
—Es una broma. Tiene que serlo.
—No es ninguna broma, William —dijo con dureza, y por un instante pareció mayor de lo que era—.
Piénsalo. No puede ir a mi casa, porque mi casa no tiene una sola mujer decente que se ocupe de ella y el escándalo nos caería a los dos.
Y por el mismo motivo tampoco puede ir a la tuya.
Beatrice tiene servicio de confianza, tiene discreción, y tiene, además, la ventaja de no deberle explicaciones a nadie sobre a quién recibe en su casa.
William se quedó callado, mirando hacia Dolly que seguía esperando, sola, junto al poste de amarre.
—Esto es serio, Sebastian. Le diste tu palabra a una desconocida en una taberna de mala muerte, y ahora quieres presentársela a una duquesa.
—Tú se la diste primero. —Sebastian no lo dijo con maldad, pero tampoco lo suavizó—. No estoy jugando, William. Anoche empezó como una broma, lo sé tan bien como tú. Pero mírala.
William la miró.
No podía tener más de veinte años. El vestido de color pardo que llevaba y, que a la luz de la vela de la taberna le había parecido simplemente humilde, resultaba ahora, bajo el sol gris de la mañana, francamente pobre.
El pelo sucio, recogido de cualquier manera, se le había deshecho en mechones sueltos que el viento del río le empujaba contra la cara.
Los ojos algo enrojecidos. Y aun así seguía de pie, con la postura erguida, esperando a que dos hombres decidieran qué hacer con el resto de su vida.
—Está bien —dijo William al fin.
Miró otra vez a Dolly.
—Beatrice, entonces.